viernes, 24 de julio de 2015

(I left my heart in) Samarcanda, 2

27 de julio. A ora de mediodía fueron en una ciudat que es llamada Azeron (…), e solía ser esta ciudat la mejor e la más rica que en toda esta comarca avía. Ya no se llama Azeron, sino Erzurum, y poco rastro queda de esa riqueza. Estamos en la Turquía profunda, de camino hacia la frontera iraní, y aparcamos para dejar que descanse nuestro esqueleto, magullado tras muchas horas de coche. Nos hemos parado frente a la Çifte Minareli Medrese, una sólida muestra de la arquitectura selyúcida (según los manuales), para mí una berroqueña fachada de piedra sucia y poco vuelo. Hay un jardincillo donde se sienta la ciudadanía, unos vendedores de alfombras intentan endilgarnos un horror con ciervos, un bodegón cinegético anterior al descubrimiento de las leyes de la perspectiva. No es excusa que vuestro sentido de la estética se haya visto anestesiado por siglos de oscurantismo y por una religión iconoclasta, les exhorto, esta alfombra es sencillamente horrible. Mis palabras no parecen hacer merma en su determinación, y sacan más alfombras, con diseños igualmente abominables. Las mujeres pasan charlando, la mayoría con velo, se paran al vernos rodeados de vendedores, quién sabe si este tableaux vivant no les da alguna idea para una futura alfombra, una alegoría del comercio, o algo así. Miro de nuevo la Madrasa, y me gusta más que antes, quizás he madurado (como crítico de arte y como persona) y descubro nuevos matices a un edificio que hace apenas un cuarto de hora se me antojó pedestre: los dos alminares de ladrillo, las celdillas del arco de entrada, la voluntad de permanencia. Está anocheciendo, los vendedores han cejado en su empeño y me preguntan cuánto me ha costado el reloj y por qué llevo traje, se ríen, los turistas son tan raros. Pido un ratito más antes de irnos, he descubierto una secreta armonía en la Madrasa, un atisbo de elegancia bajo sus formas perentorias. Es de noche cuando nos vamos, y el vendedor más tenaz me tiende la mano: no puede parar de reír, como diciendo qué más da si no he vendido nada, qué bien me lo he pasado con este tipo. 

Madrasa de Erzurum

28 de julio. Esta dicha montaña era aguda e tenía un pico muy alto, el cual estava nebado e cubierto de niebla, e no podía parecer el cabo. A las faldas del Monte Ararat, todo lo cerca que nos permiten las autoridades militares. Hay un poblado misérrimo, los niños salen a vernos y nos piden dinero, bolígrafos, cosas. Agria ironía que se tratara de los descendientes de Noé, embarrancados junto con los restos de la famosa arca. La historia se nos presenta en toda su pureza mineral, impertérrita y desafiante. El día es claro, luminoso, las nubes se disuelven y reaparecen en lo alto de la montaña. El taxista se encoge de hombros, ha de haber traído aquí a docenas de chiflados occidentales que se quedan como extasiados (pero si no es más que un monte). El hombre se aburre y nos dice que es kurdo, y no sabemos si eso añade un valor diferencial a la conversación, bueno, qué se supone que deberíamos hacer ahora, ¿los niños?, también son kurdos, ¿Noé era kurdo?, el taxista asiente con cierto orgullo (entonces, ¿admitiría turcos en el arca?, ah, qué hartazgo de particularismos). Hay un rebaño de ovejas, que me impide calificar al silencio como absoluto. En todo caso, es un silencio bastante respetable, no se ve a nadie en todo lo que alcanza la vista. Los niños se ríen con nosotros, jugamos con ellos (bueno, yo no, yo me mantengo muy digno mirando el monte, posando para un hipotético Anuario de Exploradores, además, me aburren los niños, incluso los niños kurdos que, por otra parte, son clavados a los niños turcos, que son clavados a todos los demás niños). El taxista (kurdo) nos mete prisa, hay que ir a la frontera, los aduaneros iraníes son muy y un gesto que abraca desde puntilloso hasta tocapelotas. Nos despedimos de los niños, les regalamos cuatro chucherías, escrutamos en ellos una secreta grandeza que los emparente con el precavido constructor de barcos que salvó a la humanidad. Es perder el tiempo, quieren más cosas, busco en la mochila y les doy un bolígrafo con el anagrama de unos almacenes de ropa, uno de una naviera me hubiera suministrado una anécdota preciosa, pero no tengo ninguno. 

Mapa con la ruta que siguió Clavijo

29 de julio. E esta ciudat está asentada en un llano e vienen por ella muchos caños de agua; e en ella ha muchas plaças e calles bien ordenadas, onde se venden las mercadurías. Ahora se llama Soltaniyeh, y las mercadurías se han renovado, las que más nos llaman la atención son unas enormes sandías y melones que comemos sin medida desde que entramos en Irán, una verdadera delicia, una gollería en contraposición a la estricta dieta de cordero que llevamos desde hace tres días. No es necesario preguntar por el principal monumento de la ciudad, visible desde bastantes kilómetros, y hacia allí nos dirigimos, el Mausoleo de Oljeitu, una construcción que comparte influencias mongolas e islámicas. Está siendo restaurado, y sólo en los intersticios que permiten los andamios pueden contemplarse retazos de su antigua grandeza. Hay un grupo de adolescentes, vestidas rigurosamente de negro, que corretean burlándose de las explicaciones de su profesora, no parece muy interesante lo que está contando, su mismo gesto delata su falta de entusiasmo, cuántas veces habrá repetido eso de aquí yace. Subimos al primer piso, y el panorama no es que sea demasiado excitante: un pueblo de casas bajas, polvoriento, ni grande ni pequeño, sin rastro de los caños de agua que sorprendieran a Clavijo. No hay apenas souvenirs para comprar, unas pocas postales desteñidas, incongruentes, como concebidas para contar desgracias. Son tristes los mausoleos, me imagino que están diseñados para generar ese sentimiento, y el de Oljeitu no es una excepción (el Taj Mahal es un mausoleo, pero no exactamente, o por lo menos eso me pareció a mí). Por eso (quizás) no hay inscripciones, nadie deja constancia de su paso por aquí, como si prefirieran olvidarlo pronto, es un mausoleo, para proclamar mi amor o desarrollar mi gamberrismo exijo un palacio, o una mezquita, sitios así. Cuando salgo me doy cuenta de que no hemos visto por ninguna parte la tumba del tal Oljeitu, hay muertos tímidos que se esconden a las miradas superfluas, es una hipótesis muy poética aunque poco probable.

Reunión ejecutiva de Comité de Apreciación de la Sandía Persa

30 de julio. A ora de mediodía fueron a una ciudad que ha nombre Teheran, en la cual fallaron al dicho caballero Bayan Baque. El modesto villorrio de hace seis siglos se ha convertido en una megalópolis de quince millones de habitantes, una ciudad sólida, con ese barniz funcionarial que deslustra a las capitales. Muy poco margen para la fantasía orientalizante: el escaparate de un banco es universal, la misma vibración que emite el dinero escondido. Indagando en el cambio de milenio, en el choque entre tradición y modernidad, estomagados por ese barniz de agobiante religiosidad que rebosa por todas las calles, nos hemos dejado caer por una cafetería de la zona más moderna, donde el velo es la frontera donde se lucha por las libertades. Es precisamente a causa de un cartel que recuerda su obligatoriedad que se nos acerca una chica, poco más que una adolescente, y nos traduce su ominoso mensaje. Nos parece insólito que nos aborde una mujer en un país islámico, eso rompe muchos prejuicios sobre sus intransigentes costumbres (ninguno queremos creer que quizás tengamos una pinta excesivamente paternal como para despertar remotas concupiscencias). La chica se sienta en nuestra mesa, y responde sin ambages a nuestras cuestiones: sí, está harta de los ayatollahs, son todos unos corruptos, con qué derecho pueden obligarle a ella a ponerse o dejarse de poner un velo, este país lo que necesita es un nuevo Shah, ¿ustedes saben la masacre que supuso la absurda guerra contra Irak? Asentimos apesadumbrados, han sido demasiados los murales que durante el día hemos visto por toda la ciudad glorificando a mutilados, a ingenuos púberes enviados a trincheras sin retorno, se habla de un millón de muertos. Tiene que pasar un buen rato para que nos demos cuenta de que ni siquiera le hemos preguntado su nombre, no, prefiero no decirlo, pero nos interesa mucho conocer cómo piensan los jóvenes, ¿podríamos vernos mañana?, se levanta y niega, tengo miedo, pueden haberme visto con ustedes, no podemos evitar un estremecimiento cuando la vemos abandonar el establecimiento. Tan digna, tan frágil, qué horror.  

Teherán: dos mujeres persas fumando un narguilé

31 de julio. Ayúntanse allí mucha gente de religiosos e de beatos, e otras muchas gentes. Clavijo no estuvo en Qom, pero sus palabras sobre una iglesia de Constantinopla bien pueden aplicarse a este parque temático de la Expiación y la Culpa (o cualesquiera otros sentimientos extraterrenales). Aquí nació el imán Jomeini, ese abrupto señor cuyo ceño amontonado me lleva escrutando desde que entré en Irán, y desde aquí se forjó la revolución islamista que acabó con el régimen de los Palevhi. Ahora mismo estamos en el sacta sanctorum de Qom, en el Hazrat-e Masumeh, donde se encuentra enterrado Fatima, la hija del Iman Reza, y uno de los lugares santos para no sé si los sunníes o los chiíes, llega un momento en que las diferencias teológicas me traen un poco al pairo. Se trata de una construcción enorme, decorada con el mismo gusto exquisito que demostró el interiorista que perpetró los salones de bodas Windsor’s. Apoteosis de espejos y dorados, el suelo de mármol escupe calor a esta hora inclemente del mediodía. Deambulamos con precaución, nuestra condición de bautizados (incluso sin nuestro consentimiento) nos veda el acceso a no sé qué reliquias, tampoco es que nos apene. La muchedumbre camina sin rumbo fijo, hay quien duerme en el suelo escapando del sol, los niños corretean, los mulás pasan a nuestro lado rigurosamente vestidos de Darth Vader. Al final nos dejamos liar, y acabamos en una salita, junto a dos parejas de belgas, mientras un clérigo de cargo indeterminado nos da una charla sobre la amistad entre los pueblos (con la excepción de Israel y los EEUU) y sobre las virtudes de (aquí me quedo dormido). El traductor nos acompaña, nos regala unas golosinas, arquea las cejas cuando le preguntamos por un buen sitio para comer, el peregrinaje y la gula no hacen buenas migas, no lo dice así, claro, sería una frase demasiado perfecta, pero ésa es la idea que yo saco. Volvemos al coche, aparcado en el cauce seco de un río, y no nos duele despedirnos de Qom, vaya un sitio triste, hasta los souvenirs que hemos comprado son gazmoños, cosas sin interés que acabarán acumulando polvo en un cajón. 


Algunos de los folletos que nos endilgaron en Qom

                                                                              (Continuará)





jueves, 23 de julio de 2015

(I left my heart in) Samarcanda

Hace hoy exactamente diez años, y acompañado por tres camaradas de fatigas, salí del aeródromo de Cuatro Vientos con la intención de repetir el periplo que, seis siglos antes, había realizado el caballero castellano Ruy González de Clavijo y que le llevó a la lejana Samarcanda, a rendir pleitesía al formidable caudillo Tamorlán, a la sazón dueño y señor de media Asia. De resultas de aquel viaje redacté unas cuartillas que me he decidido a exhumar, y que publicaré en mi blog en unas cuantas entregas, a efectos de hacer más llevadera su lectura. Cada una de ellas se abre con un pequeño párrafo del libro que, a su regreso a Madrid, escribió el esforzado Clavijo (“Embajada a Tamorlán”), y se cierra con alguna de las fotos que hicimos en route. Con la perspectiva que da el tiempo, reconozco que aquella aventura me hizo comprender a qué se refería Ciro Alegría cuando dijo que el mundo es ancho y ajeno. 

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23 de julio. La dicha isla es todo lo más d’ella montañas altas, de montes baxos e pinares.  Desde que Clavijo pasara por aquí, la orografía ibicenca se ha mantenido, pero una constelación de piscinas, brillantes teselas azules en un mosaico verdipardo, nos llama poderosamente la atención desde nuestra altura de pájaros impostores. Hemos sustituido la carraca de antaño por una avioneta de hogaño, y no hay que forzar mucho la imaginación para sentir cómo cosquillean nuestra panza los pinos, unos pinos densos y sobrios que ignoran el calor del mediodía. Aterrizamos con algún bote más de los estrictamente necesarios, y uno de los pilotos sentencia aterrizaje duro, aterrizaje seguro, no sé si se lo acaba de inventar o es un intento de tranquilizarme (¿tanto he dejado entrever mi nerviosismo?), durante un momento dudo sobre si hacer la broma esa de besar el suelo, quizás sea pasarse, mejor no. Clavijo poco (o nada) cuenta de sus mareos, tan comprensibles en alguien tan de tierra adentro, era gente más curtida, más púdica para con sus debilidades (yo no tengo por qué). En la cafetería me repongo, recupero el color, la comida hace milagros, no sé si atreverme con una cerveza, todos los hermanos fueron valientes, camarero, por favor. Es al dejar el restaurante cuando se nos informa de que no podemos volar a Nápoles por no sé qué alarma antiterrorista, vuelven las mariposas a mi estómago, los pilotos arquean las cejas (simplemente han arqueado las cejas, me convenzo, no pasa nada), hay que buscar un trayecto alternativo, hay una Alerta Bravo (¿Alerta Bravo? ¿No es demasiado… peliculero?), será mejor que busquemos el norte de Cerdeña (¿No fue por allí por donde capotó la avioneta de Saint Exupery?: él, por lo menos, tuvo tiempo para escribir su obra, yo aún estoy comenzando). Cuando montamos de nuevo en la avioneta el piloto me palmea la espalda, que no pasa nada, hombre, pues claro que no, sonrío forzado, qué podría pasar (“El Principito”, eso podía pasar, miles de escolares martirizados con el niño, y el zorro, y la flor esa que habla, fíjate si podían pasar cosas…)

El intrépido aviador
24 de julio. A la mano esquierda, pareció otra isla de una sierra alta que es llamada Astrangol, e tiene una boca por do salían fumo e fuego. El cambio de nombre no lo ha domesticado, el Strómboli sigue dando muestras de su áspero carácter, y nos recibe con una filigrana de humo, eso sí, sin mucho entusiasmo, es un estallido telúrico un poco funcionarial, como para cubrir el expediente, los grandes rugidos los ha de reservar para los vulcanólogos. Aun así, me dejo hipnotizar por esas volutas que serpentean sin pausa, me sorprendo pidiendo que bajemos aún un poco más, quiero ver más de cerca la naturaleza en todo su exuberante esplendor, esto último quizás no debía haberlo dicho (no sé si ha quedado un poco cursi, la mirada que intercambian los pilotos disipa mis dudas: ha quedado un poco cursi), pero bajamos, circunvolamos la isla cónica, rodeamos los más de novecientos metros que se elevan sobre el Mediterráneo (novecientos veinticuatro, afirma la guía), me decepciona no oler a azufre, en realidad no huele a nada, ni siquiera a mar. Hay un poblado que se apiña en uno de los lados protegidos, se agarra a un costado de la isla, es como si sus habitantes mantuviesen un pie en tierra y otro en conato de huida, no sé qué es más maravilloso, si la cólera de la naturaleza o la tenacidad del ser humano, también me podía haber guardado la frasecita, los pilotos ya no esconden su francachela ante mis deslices verbales, reservo a mi monólogo interior una observación sobre el delicado sabor que ha de tener el vino producido por esas viñas inverosímiles. Damos una vuelta más, la imagen de King Kong y las avionetas no me parece disparatada, un súbito exabrupto de cólera podría abatirnos sin esfuerzo, los desolados flancos del volcán dejan poco margen a la duda. Se me deniega una tercera vuelta, vamos muy retrasados para Rodas, miro cómo se desvanece por la ventanilla trasera, se convierte en un recuerdo, de tener más personalidad declamaría un poema o algo, unos versos sobre el infierno, (¿cómo era eso de Blake? ¿O era Shelley?: comprobar) pero cualquiera aguanta luego a los pilotos.

Stromboli

25 de julio. Esta ciudad de Rodes no es muy grande, e está en un llano junto con el mar. E es isla que tiene un castillo muy grande e es apartado sobre sí. El castillo ha sido tomado por los turistas, también el puerto, nos encaminamos hacia donde estuvo el Coloso. Un par de columnas sin fuste, pulidas y tristes, coronadas con sendas estatuas de ciervos, malocupan el enorme vacío que dejó aquel faro delirante, una de las maravillas en aquellos siglos de asombro. No sé muy bien qué representan los ciervos, ridículos en un lugar donde habitó la desmesura, leo en algún sitio que los mandó erigir Mussolini, qué amor a la quincallería demuestran los dictadores, qué pasión por el bibelot. Hay grupos de nórdicos que hacen fotos, nosotros también las hacemos: el mar, los ciervos, la terrible ausencia del Coloso. Docenas de barcos ofrecen cruceros a islas próximas y lejanas, a la costa turca, simplemente para pasar el día o ver delfines. También hay un vidente que bosteza y algunos puestos de zumos. Los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén han sido sustituidos por una cofradía no menos fervorosa, esos miles de turistas que van y vienen, y hacen fotos, eso ya lo he dicho, pero es que hacen muchas. Es difícil abstraerse, meterse en la piel de aquellos cruzados de fe inquebrantable y brazo de hierro que hicieron de esta isla su cabeza de puente contra el infiel, eran otros tiempos, otro temple, hoy no creo yo que. Hay restaurantes, muchos restaurantes, ofrecen carne y cerveza un poco floja, también ofrecen esa hospitalidad a granel pensada para el viajero apresurado. Lo que no quita para que nos sentemos y pidamos carne y cerveza un poco floja, y aceptemos con agrado esa hospitalidad a granel, incluso que hagamos más fotos. Se te queda un regusto dulzarrón, la melancolía (no es melancolía) de las cosas que ya han pasado y a las que no has llegado por poco. Brindemos por la amistad entre españoles y griegos, levantamos la cerveza ante la solicitud del patrón, él pone toda su buena voluntad y no vamos a ser nosotros quienes le estropeemos la fiesta. 

Cena en Rodas, con nuestros pilotos
26 de julio. Avía una cisterna muy grande so tierra, que tenía mucho agua, e tan grande era que dezían que podría en ella estar cient galeas. Clavijo no la nombra, pero tiene que ser la cisterna de Yerebatán, a unos metros de Santa Sofía, es mi primer destino cada vez que visito Estambul, esa ciudad que vive con un pie en (o a caballo de, la imagen que se prefiera) Oriente y otro en Occidente, cómo era eso de siervo de dos señores (¿o casa de dos puertas?). Paseamos entre las trescientas treinta y seis columnas, atentos a las extrañas reverberaciones del agua, a las cacofonías que provocan las conversaciones, los desparejos idiomas. Arrastro a mis compañeros hasta un capitel que, caído en el suelo y teñido por el verdín, representa la cabeza de la Medusa, sumergida a medias en el agua: la incierta suerte de los dioses (o de los semidioses), carne de postal fácil. La gente tira monedas, desde lo de la Fontana de Trevi la gente tira monedas en cuanto ve agua y piedras, un mosaico de níquel sobre el que cruza una carpa, qué deseo acompañará a ese rubicundo alemán que (feo gesto) ha cambiado el euro que pensaba arrojar por una moneda de veinte céntimos: ¿Volver a Estambul, conocer el amor, dominar el mundo? La moneda es tragada con un suspiro de succión, el alemán se ríe, sabe que ha hecho una gansada, y eso es impropio de él, si me ven en Hannover. El gigantesco aljibe (sale en una película de James Bond) es lugar de furtivos encuentros, o al menos eso quiero imaginarme: juraría que esa pareja del fondo entraron por separado, y ahora ella se deja acariciar la mano con lentitud bizantina (el adjetivo está un poco forzado, pero me gusta), con esa delectación que sólo proporciona el adulterio (cuando uno viaja, lo hace con la papilla digerida de todas las malas novelas que ha leído). Es hora de ir a ver Santa Sofía, una palmada en el hombro me saca de mis ensoñaciones, sí, sí, ahora voy, me demoro lo suficiente para comprobar cómo la pareja se separa, ella sale antes pero no sin volver la cabeza, está muy lejos y apenas hay luz, adivino una sonrisa cómplice, aunque también puedo habérmela inventado, no lo descarto.

Tras salir de la Cisterna, con Santa Sofía de fondo

                                                                     (Continuará)

domingo, 12 de julio de 2015

Muñoz hace vida literaria

Hace unos días, los amigos de La Tertulia de la Granja me llamaron para decirme que me habían concedido el Primer Premio del “I Certamen Internacional de Relatos Extragranjeros”. Y como a la sazón me encontraba por Asturias pensando los detalles de mi próximo plan y tenía entradas para ver a Dylan en San Sebastián el sábado 11 (mejor no me preguntéis por el concierto: Bob, háztelo mirar), pues hete aquí  que me presenté ayer en su guarida del café La Granja, en plena Gran Vía de Bilbao, y pudimos compartir un rato de charla sobre temas literarios, en especial sobre novela rusa. En fin, quiero dejar constancia de la estupenda experiencia, y agradecerles su incansable esfuerzo por promocionar el relato breve, ese género tan denostado en nuestro país, más adicto a las novelas escritas al peso.

¡Es solo literatura (but I like it)!

PD 1. Adjunto dos fotos que nos hicimos, en las que no sé si parecemos la Generación del 98 o la alineación del Athletic de la segunda gabarra.





PD 2. Para aquéllos que tengan curiosidad por el relato en cuestión, se titula: “Habladme, poder desconocido”. ¿Sus ingredientes?: En un vaso largo se pone 1/3 de Shakespeare, 2/3 de la India, y se agita con una pizca de ghost story. ¡Disfrutadlo sin moderación! 


HABLADME, PODER DESCONOCIDO

Una repentina oleada de silencio me despertó. Me estiré con cuidado, notando cómo mis articulaciones volvían a la vida con un chasquido de alivio. Mis ojos tardaron en enfocar, y cuando lo hicieron exhalé un suspiro: estábamos parados en mitad de la noche, y media docena de cabezas en los asientos anteriores empezaban a incorporarse, entre ellas los otros dos turistas, una pareja de acaramelados japoneses. Consulté el reloj: las tres y cuarto. Reprimí una palabrota. Estoy en la India, recordé, aquí nadie va a entenderme. Solté la palabrota, aunque sin gritar demasiado, fue una palabrota casi amaestrada. Tras comprobar que mi mochila seguía en su sitio me levanté, avancé por el pasillo y salí a investigar.
El sistema de alumbrado público occidental ha pervertido nuestra idea de la noche, convirtiendo nuestros países en una especie de maquetas iluminadas a todas horas cual quirófanos a punto de ser utilizados. Esto sí que es una noche, pensé, al mirar en torno a mí y sentir la abrumadora presencia de una bóveda negra y densa, bajo la cual el único desafío eran los dos faros de nuestro autobús, dos índices amarillentos que señalaban con timidez la desigual carretera. Gracias a la asténica claridad que derramaban pude ver que nuestro conductor peleaba, más bien infructuosamente, con el motor, al que golpeaba con una llave inglesa. No sé nada de mecánica (no sé nada de tantas cosas), pero no hacía falta ser un experto para notar que aquello no auguraba nada bueno. Repetí la palabrota de antes, ahora más cuajada, más rotunda. En cuatro horas (cuatro y media a lo sumo) tenía que estar en el aeropuerto de Bombay, de donde salía mi avión para España. Eso por haber apurado tanto, me reproché, tenías que haber salido ayer.
Mientras me entregaba al inútil deporte de la autoflagelación bajaron dos pasajeros, bostezando furiosamente. En su idioma preguntaron algo al conductor, que sudaba a mares. Éste les respondió, y ambos hicieron ese gesto indio tan característico que puede querer decir sí, no o indiferencia. Un gesto ideal para situaciones como aquella. A continuación se rieron (el conductor también se rió), y los pasajeros volvieron al autobús, para amodorrarse inmediatamente en sus asientos, estaría por jurar que se pusieron a roncar antes incluso de sentarse. Cálmate, me dije, vienes de un retiro de yoga, no tiene mucho sentido que eches a perder todo el karma que has conseguido por una nimiedad como ésta, deja que la rueda de la vida siga su curso.
- Oiga, tengo muchísima prisa por llegar al aeropuerto, es una cuestión de vida o muerte ¿cuánto cree que tardará en arreglar esto? ¿Si le doy cien rupias lo haría más deprisa?
El conductor me dirigió una de esas miradas que tanto abundan por la India, y que nadan entre la beatitud y el desprecio. Motor roto, me dijo al fin, en un inglés tan esencial como el campo que nos rodeaba. Era uno de esos musulmanes de barba larga y sin bigote, un capitán Ahab con chilaba. No se le veía muy preocupado.
- ¿No podemos llamar a alguien para que venga a arreglar esto? ¿A la sede central de su compañía?
Separé exageradamente el pulgar y el índice y me los llevé a la oreja, por si así me entendía mejor. El conductor me volvió a mirar, aunque en esta ocasión el desprecio ganaba protagonismo en detrimento de la beatitud. Se incorporó muy despacio, y a continuación se limpió con una toalla grasienta. Sacó su móvil del bolsillo y me lo enseñó: el símbolo de falta de cobertura es internacional. Qué le vamos a hacer, suspiré, y palmeé al autobús, que resoplaba como un animal moribundo. Su tacto era sorprendentemente suave, miles y miles de manos habían limado todas las aristas de aquella máquina sin color definido. Me di media vuelta: disfruta de la noche, me sugerí, sin convencerme demasiado.
En todo caso, dejé al conductor y me senté al lado de la carretera, en una especie de mojón, saqué mi paquete de tabaco, y me consolé pensando que aquel debía de ser de los pocos sitios del planeta en los que se podía fumar sin problemas. Bien, me dije, estás viendo el lado positivo de las cosas, a ver si al final van a ser rentables los muchísimos euros que me te has gastado en el ashram ese. A mi alrededor todo estaba cubierto por una única y omnipresente sombra, que llegaba hasta las lejanas colinas, más intuidas que ciertas. Solo cuando mis ojos parecían haberse acostumbrado mínimamente a aquella ausencia de luz distinguí un bulto sentado a una docena de metros de mí, y di un respingo. Un mono, me aterré: apenas dos días antes uno de esos simios de cola enorme me había atacado en la fortaleza de Daulatabad, y solo la repentina aparición de un vigilante me había salvado de un doloroso percance. Y ni siquiera cuando el bulto se levantó y comprobé que era un hombre cedió el pánico, férreamente instalado en mi cabeza. Luego ya sí, hasta logré sonreír.
- ¿Cómo va la noche, hijo?
De edad indeterminada, escaso de cuerpo, se trataba de un indio de molde, con esa tez morena y ese bigotito tan caricaturesco, vestido además con el dhoti de rigor. Mientras se acercaba a mí un atisbo de inquietud empezó a rondarme: ¿de dónde había salido? La luna arrojaba la suficiente claridad como para ver que no había casas en muchos kilómetros a la redonda, rodeados como estábamos por una llanura inabarcable. No se distinguía ninguno de esos templos solitarios que podían verse en los parajes más insospechados. Había surgido de la nada, del sótano mismo de las sombras.
- Y bien, mi señor, ¿por qué permanecéis a solas llevando tristes pensamientos por toda compañía?
Sé de lo que hablo: soy profesor de inglés. El de aquel tipo era sencillamente magnífico. Un inglés antiguo, isabelino. Para nada habitual en un indio de la calle. Mientras improvisaba una respuesta de compromiso (algo sobre el motor que no funcionaba), aquel sujeto, con parsimonia y precisión, empezó a desplegar en el suelo un pequeño saco que traía con él. No me lo puedo creer, pensé estupefacto. Estaba sacando la habitual quincallería de los vendedores de souvenirs: la cobra de madera articulada, las postales, las piedras pulidas y brillantes, las estatuillas de dioses y diosas. Casi tuve que reprimir una carcajada: a las tres y pico de la madrugada, aquel hombre pretendía hacer negocio. Mientras acababa de adecentar su improvisado escaparate me reprendí: lo que hace la necesidad, el hambre, se nota que tú nunca la has sufrido. Una sofocante ola de vergüenza me invadió, me asombraba haber sido tan superficial, tan turista. Recordé los miles y miles de pobres (no había otra forma de definirlos) que había ido viendo en el último mes, la sensación de que aquel país estaba definitivamente condenado a la miseria y el hambre, a que su demografía de roedor le empujaba a una subsistencia precaria, cuando no decididamente inviable. Y yo me permitía criticar a aquel hombre porque, robándole horas al sueño, se esforzaba por sacar algo de dinero para una familia que imaginé extensa y desnutrida. No sé, quizás estaba pensando de una forma demasiado intensa, o mi rostro demostraba a las claras mis remordimientos, el caso es que el hombre, una vez colocados todos los adminículos, se sacudió las palmas de las manos, me miró sonriendo, y habló con un tono de voz más propio de un reputado actor que de un mero campesino o vendedor.
- El trabajo que agrada nos cura el dolor.
Llevo hablando inglés casi desde los quince años, y hasta he pasado cuatro en la Universidad de Liverpool, redactando una aburridísima tesis doctoral sobre John Donne. A mayor abundamiento, durante seis años tuve una novia escocesa que no hablaba ni una palabra de español. Por lo tanto, espero que no suene muy petulante si digo que conozco bastante bien la lengua y la literatura inglesas. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando me di cuenta de que aquel indio desmedrado, que se expresaba con la pulida dicción de un Laurence Olivier, me estaba recitando frases de Shakespeare, el aturdimiento me impedía distinguir de qué obra.
- Así que el trabajo que agrada nos cura el dolor – repetí como un idiota.
Estás en la India, recordé: en el último mes había visto cosas que escapan de las coordenadas en las que solemos movernos, tan apegadas a la lógica y la razón. Adivinos que habían descubierto mis miedos más secretos con solo palparme la mano. Practicantes de yoga que podían pasar semanas sin comer ni beber. Estás en la India, repetí, el país que no conoció Descartes. El hombre limpiaba sus abalorios con un trapo, y pareció intuir la deriva de mis pensamientos.
- Stones have been known to move, and trees to speak.
Se ha sabido de piedras que se mueven y de árboles que hablaron. Por fin: Macbeth, recordé súbitamente, acto II ó III. La madre que me parió, me asusté, ¿qué está pasando aquí? El autobús seguía ronroneando a mis espaldas, la noche no cejaba en su negrura, el hombre frente a mí pulía concienzudamente con un trapo una burda imitación de un puñal de fantasía. Sentí un ataque de vértigo, una ingobernable necesidad de huir, de estar en otro sitio, rodeado de gente, de toda esa gente que parecía ocupar todos y cada uno de los rincones de la India, excepto aquel en el que me encontraba. Mi cerebro, supuestamente el suministrador de soluciones (y que tan bien había hecho su trabajo durante los últimos cuarenta y tres años) se había quedado en blanco, incapaz de analizar la situación y aplicar el plan más adecuado para enfrentarse a ella. El hombre levantó la vista de la pieza que limpiaba, me miró sin expresión, y con un tono neutro repitió la frase del mensajero a Lady Macduff.
- Si aceptáis que un simple súbdito pueda daros un consejo…
Un ruido metálico me hizo volver la cabeza. El conductor volvía a golpear alguna pieza del motor, sin resultado aparente. Cinco, seis, muchas veces. Nada. El vendedor tosió ligeramente, y cuando logró llamar mi atención vi que llevaba en la mano una estatuilla que representaba un elefante sentado en un trono, bajo un historiado parasol. In the great hand of God I stand, susurró con una voz cantarina. Confío en la poderosa mano de dios, en este caso Ganesha, el removedor de obstáculos, el dios sin el cual no puede emprenderse ninguna acción en la India, aquel al que se encomiendan todos los hindúes al comienzo de la jornada. Pero no nos confundamos, y llamemos a las cosas por su nombre: me estaba vendiendo una reliquia para turistas. Un atisbo de explicación se abrió paso entre mi desconcierto: todo aquello era una milonga montada entre el conductor y su colega el vendedor para engañar a un pardillo como yo, el típico turista al que ven como una billetera con patas. Acabáramos. Nada nuevo bajo el sol, con la excepción de que, en este caso, el muy tunante tiene como hobby representar obras de Shakespeare con sus amigos del club de lectura. Un slalom de racionalidad recorrió mi columna vertebral: ah, por fin esa explicación científica que tanto había estado esperando. Se había hecho esperar, pero aquí estaba, reluciente y definitiva. De golpe recobré la serenidad, y hasta me permití un acceso de humor: si hay que jugar, juguemos, pensé.
- ¿Así que coliges que si te mercadeo a Ganesha el motor volverá a rular y arribaré a tiempo al aeropuerto? Hum, me parece que demuestras poco respeto por tu religión, pues infiero que sabes que ni yo ni turista alguno creemos en toda esa parafernalia de dioses con ocho brazos o con trompa de elefante.
A propósito desenterré mi inglés más complicado, como para darle a entender que no estaba tratando con un cualquiera. El vendedor dejó entrever una media sonrisa. Hasta hizo ese gesto universal de rascarse el pelo, como si estuviera buscando una respuesta a mi mordaz observación. Por la rapidez y pertinencia de la que me ofreció, deduje que había estado jugando conmigo como un gato con un ovillo.
- Mock the time with fairest show: false face must hide what the false heart doth know.
Engañemos a todos fingiendo la inocencia: que esconda el rostro hipócrita lo que conoce el falso corazón. Touché. Si para sacarme de aquel atolladero tenía que dejarme engañar por una idolatría de pega, lo haría: le compraría la estatuilla, y ya podría dar orden a su compinche de poner el autobús en marcha. Estaba cansado, el reloj me informó de que ya eran las cuatro de la madrugada, el motor del autobús seguía expectorando como un fumador centenario. Ni era la primera vez que me engañaban en un viaje por el extranjero, ni sería seguramente la última. Habéis ganado, el anticolonialismo se apuntaba un nuevo tanto. Venga, dije en español, dame el puñetero Ganesha, y le extendí un billete de cien rupias, empiezo a estar un poco harto.
El hombre me miró, y negó con la cabeza. Una negación tajante, cartesiana, nada de ese gesto giróvago que tanto desconcierta. La mano que no sujetaba la estatuilla se abrió lentamente como una flor: cinco. ¿Quinientas rupias? ¿Pero tú estás loco? Todo tiene un límite, y aquella broma había ido demasiado lejos. Una cosa es retorcer mi arraigada creencia en lo racional y permitirme una pequeña excursión por los pagos del absurdo, y otra dejarme expoliar por aquel sinvergüenza sin escrúpulos. Hasta la mera diferencia física (yo le sacaba la cabeza, y así a bulto pesaría unos veinte kilos más que él) me impedía transigir, caer en su trampa de una forma tan rastrera. Gesticulando como un actor de una película muda alcé los brazos al cielo, meneé vehementemente la cabeza, e hice ademán de volver hacia el autobús.
- Hasta aquí podíamos llegar, hombre – exclamé, no sé si en español.
El hombre sonrió torvamente y se encogió de hombros. Durante unos segundo dio muestras de estar pensando algo, y al final pronunció la célebre frase de Banquo: It will be rain tonight. Fue acabar la última de las palabras y el motor del autobús expiró con un resoplido de jabalí, y de un cielo hasta minutos antes inmaculado y negro empezaron a caer unas gotas gruesas y feroces, que repiquetearon en el techo del autobús hasta convertirlo en un incandescente solo de batería. Un miedo sinuoso y gradual se fue apoderando de mí, primero la espalda, luego los hombros, los brazos, cuando escalaba por el cuello eché mano a la billetera, y entre los trallazos del agua que me empapaba pude rebuscar hasta dar con un billete de quinientos, que empotré sobre la mano del vendedor, para, sin delicadeza, arrancarle la estatuilla. ¿Y ahora qué?, le desafié con la vista, sintiendo un violento escalofrío por mi cuerpo, ¿qué estás preparando ahora?
El hombre se encogió de hombros. También la lluvia caía inmisericordemente sobre él, pero eso no parecía alterarle lo más mínimo. Me hizo una señal para que lo siguiera, y lo hice en silencio, humillado y confuso. Me acompañó a la puerta del autobús, donde el conductor se había refugiado del súbito latigazo del monzón, me indicó que subiera, por gestos me hizo poner la estatuilla de Ganesha encima del salpicadero, sobre los dimitidos manómetros, y también por gestos indicó al conductor que probara una vez más con la llave de contacto. El conductor me miró: salvo que fuera un actor formidable, por su cara me confirmó que estaba tan desconcertado como yo. Con un grito que no necesitaba traducción le supliqué que hiciera lo que se le ordenaba. El atribulado conductor se sentó sin agilidad, suspiró quedamente, e hizo girar la llave. El motor arrancó con un vibrante relincho de alegría. El conductor me miró, yo le miré a él, ambos nos volvimos para mirar al vendedor, pero en el lugar donde se suponía que debía de estar no había más que noche y silencio. Asomé la cabeza por las puertas abiertas, incluso bajé los tres escalones, comprobé que había dejado de llover, una especie de mareo se adueñó de mis sentidos. Aún así, grité con todas mis fuerzas:
- The devil damn thee black, thou cream-fac’d loon!!
Vámonos, por favor, imploré al conductor subiendo de nuevo al autobús, en inglés, en español, lo seguí haciendo incluso cuando ya llevábamos más de un kilómetro acelerando, ya había metido primera, segunda, tercera, vámonos, por favor.
Volví a mi asiento, me tumbé y caí rendido de inmediato, siendo incapaz de amortiguar el violento girar de mis pensamientos. A mi alrededor dormían los escasos viajeros, tanto los indios como los dos japoneses. “¡Que el diablo te tiña de negro, necio de cara lívida!” Un repunte de risa me sacudió: el único insulto que recordaba de toda la obra, y qué poco apropiado para una persona de piel tan oscura como aquel maldito vendedor. En fin, tosí, dejémoslo estar.
La aurora despuntó por la inacabable llanura cuando empecé a estornudar, a sentir dolor en todos los huesos. Entrábamos ya en las inmediaciones del aeropuerto cuando noté que la fiebre galopaba libremente por mi cuerpo, y aún hoy no sé cómo logré coger mi mochila, descender del autobús, volver a él cuando recordé que había olvidado a Ganesha, arrebatársela de un zarpazo al perplejo conductor que miraba la estatuilla sin entender nada, meterla en la mochila, y arrastrarme hasta la fila de embarque, donde una solícita azafata me empujó hacia el avión: cinco minutos más, señor, y no le hubiésemos dejado embarcar, me dijo sin perder la sonrisa.
Me dejé caer sobre el asiento que me habían asignado, y despegamos. Mi tiritona iba en aumento, y por más mantas que me pusieran no lograba amortiguar la sensación de frío (no era exactamente frío, era algo más). Me dieron dos o tres comprimidos de un medicamento que preferí no identificar, y solo cuando me tomé el segundo té hirviendo empecé a notar que se alejaba la sensación de incomodidad: estoy en un avión, me concentré, un prodigio de la aeronáutica, una prueba de la creatividad del ser humano, de su fe en las matemáticas, hay azafatas, te has tomado unas aspirinas que han inventado hombres muy sabios, te espera un continente sin prodigios, un monumento a la razón, qué alivio me estaba suministrando todo aquel listado de pensamientos, qué alivio. 
Un alivio que me duró muy poco. El tiempo en que tardé en estirar mi magullado cuerpo y levantar la vista. Detrás de mí estaban sentadas tres señoras que quizás cualquier otro hubiera calificado como poco atractivas, pero que para mí eran tres auténticas brujas.  

El protagonista fotografiado en el Taj Mahal,
poco antes de perder la chaveta

sábado, 4 de abril de 2015

El hombre de la linterna


Los peores eran los paracaidistas: en mitad de la proyección se ponían a cantar, o a empujarse, y no había quién se enterase de nada. Es verdad que aquellas películas de artes marciales no requerían excesiva concentración (todos los japoneses nos parecían iguales), pero siempre había quien llamaba al acomodador a voces, reclamando silencio. Saliendo sigilosamente desde algún lugar escondido, aparecía precedido por su linterna, ese sable de luz de andar por casa. En otras salas eran más corpulentos, o llevaban un uniforme con más galones, y solucionaban los problemas a las bravas, arrastrando a la calle a los alborotadores, incluso a mí me echaron alguna vez. Pero el del Cine Paz era flaco y desmedrado, no sería mucho más alto que yo. Sin apresurarse se acercaba a la zona de los paracas, y no sé cómo lo haría, pero les decía un par de cosas que no alcanzábamos a escuchar, se reían, y poco a poco iban callándose: una sábana de tranquilidad se extendía por la platea mientras los japoneses (quizás fueran chinos, quién sabe) seguían zurrándose la badana. Otras veces eran los de los pueblos vecinos, que venían a buscar bronca (y a ver alguna peli de destape): el acomodador se arrimaba a ellos como quien no quiere la cosa, les contaba un chiste, les vacilaba un poco, intercambiaban cigarrillos y aquí paz y después gloria. En todos los años que frecuenté aquella cueva llena de columnas mal colocadas y de butacas a medio disolver, no hubo ni un solo incidente que no resolviera con mano izquierda aquel señor del que nunca supe el nombre, pero al que yo hubiera puesto sin dudar como mediador entre árabes y judíos. Y si cuento esto es porque el otro día, y mira que han pasado años (ya solo veo cine en salas ultramodernas, donde la única interrupción son los omnipresentes móviles), creí reconocer a aquel acomodador de mi adolescencia sentado en un banco del parque, entregado a la espera sin recompensa. Al principio dudé, el tiempo le había reducido aún más, y el pelo era del color de la ceniza en otoño: un anciano indistinguible, quizás fuera otro, el parque estaba lleno de ellos. Pero cuando vi cómo engatusó a su perrito para que dejara de pelearse con un chihuahua me convencí: qué tío, no ha perdido maña.  



sábado, 21 de marzo de 2015

El último ácrata

Ácrata: qué bonita palabra. “Ni dios, ni amo, ni estado”, vi pintar en un muro cerca de la fábrica Roca, con soñadora caligrafía, a un barbudo con apretados pantalones de campana, atuendo que se demostró poco idóneo cuando a continuación tuvo que salir pitando delante de los grises, le hostiaron hasta en el cielo de la boca. Hoy ya no se lleva la acracia: todos somos demasiado serios, demasiado solidarios, estamos demasiado indignados. Pero hubo unos años, en aquella transición hoy tal maltratada, en los que los anhelos revolucionarios no eran incompatibles con el sentido del humor, con la ironía, con la arraigada convicción de que la risa es más disolvente que los cócteles molotov. Cualquier adolescente que se asomara a la vida por entonces (uno que fuera, yo qué sé, feúcho y entusiasta, y que soñara con escribir poemas y al mismo tiempo militar en un conjunto de punk-rock, por ejemplo, y que viviera en una ciudad no lejos de Madrid famosa por sus almendras garapiñadas y sus muchos conventos) no podía por menos que ojear fascinado “El Víbora”, o escuchar en la radio al Mariscal Romero, o leer vorazmente la miríada de revistas y fanzines (lo que entonces se llamaba la prensa underground o contracultural) que te demostraban que el mundo era algo mucho más enriquecedor que estudiar una carrera y encontrar un empleo. 

Una de esas revistas era “Madrid me Mata” (MmM), una de las innumerables intentonas de Moncho Alpuente para convertir un país gris poblado de oficinistas en una lisérgica explosión de colores. Creo que aún conservo varios números por casa, con aquel formato apaisado tan singular, junto con ejemplares de “Ajoblanco”, “Sal Común”, “Vibraciones” y otras flores de la época. Muchos de los artículos hoy en día serían sencillamente irreproducibles: nos hemos vuelto demasiado pejigueros, nuestra piel es tan fina como gruesa es nuestra capacidad para sentirnos ultrajados por cualquier comentario mínimamente humorístico. Sí, todos afirmamos ser Charlie, excepto cuando es a nosotros  (o a los nuestros, o a nuestra sacrosanta identidad) a quien se pone en solfa, entonces todos somos Coulibali.

Pero Moncho no fue solamente un periodista: fue uno de los primeros agitadores culturales, tanto en los mundos del teatro como en la literatura y la música. Ya en los amenes de la oprobiosa fundó algunos de los grupos más corrosivos e iconoclastas de la historia musical española: Las Madres del Cordero, al que siguió otra banda, también de nombre delirante: Desde Santurce a Bilbao Blues Band. Eran buenos tiempos para el humorismo musical: más o menos por entonces surgirían La Charanga del Tío Honorio y Desmadre 75, en Cataluña ya triunfaban La Trinca, y, unos años después, la Orquesta Mondragón alcanzaría el cielo con su mezcla de cabaret y surrealismo. Las Madres… tuvieron el único éxito entre muchas comillas que puede atribuírsele a Moncho: la impagable “Adelante hombre del 600”, gloriosa burla del españolito medio, ese que renunció a sus ideales democráticos a cambio de poseer esa perfecta máquina automovilística con la que identificamos el desarrollismo hispano.
Pero de repente vino la movida: todo el mundo se volvió moderno, todo el mundo se tiñó el pelo, todo el mundo se infantilizó. A consecuencia de esa brusca mutación cultural, el frágil entramado musical construido hasta entonces por el antifranquismo se fue al garete, y los cantautores volvieron a sus clases de Lengua y Literatura en los Institutos de Segunda Enseñanza. Pero Moncho, un superviviente al fin y al cabo, supo olfatear los tiempos, y sin perder mordacidad se recicló en otro grupo de nombre no menos ingenioso (Moncho Alpuente y los Kwai), con los que obtuvo algún éxito menor (“Carolina querida”). A partir de ese momento, y sin renunciar a puntuales incursiones musicales, Moncho se concentró en su faceta periodística y humorística. El que esto suscribe recuerda las panzadas a reír que le produjo El País Imaginario, aquella disparatada separata que, hacia 1985, empezó a publicar en El País, y que duró unos años. Sé que puede sonar a retruécano literario, pero hoy en día aquellas noticias inventadas por Moncho y su equipo no tendrían cabida en “el diario global en español”, por la sencilla razón de que el periódico de Cebrián y sus secuaces ya hace mucho tiempo que se dedica de pleno al periodismo imaginario, tal y como hemos comprobado con el feo affaire del acoso y derribo de Tomás Gómez.
Pero estábamos hablando de Moncho Alpuente. Sí, ya sé que he titulado este artículo / réquiem / homenaje / cosa como “El último ácrata”. ¿De verdad lo es? Murieron Agustín García Calvo, el Maestro Reverendo e Iván Zulueta, Sisa y Pau Riba están desaparecidos en combate, no sé nada de Nazario ni del Mariscal Romero ni de Chicho Sánchez Ferlosio, Sabina está abotargado por su propio éxito, Gonzalo García Pelayo hace mucho que ha abandonado su vertiente contracultural para dedicarse al muy lucrativo hobby de reventar casinos, Lluis Llach se ha convertido en requeté catalanista… Únicamente Krahe sigue dale que te pego, fiel a su ideario antidogmático y sandunguero. Uf, pues va a ser que sí: la cantera ácrata ya hace tiempo que no produce frutos apreciables. Y por si a alguno de mis muy improbables lectores se le pasa por las mientes que Podemos podría aglutinar a los ácratas supervivientes, le recuerdo que una de las obsesiones de Pablo Iglesias y su gente es el poder, concepto que a un verdadero ácrata le ha de provocar sarpullidos sin freno.
En fin, Moncho, no tengo mucho más que decirte. Aquel adolescente feúcho y entusiasta que devoraba tus fanzines y tus canciones allá por los primeros ochenta ya no es un adolescente, y mentiría si te dijera que he hecho de la acracia un modo de vida (¡hasta estoy pagando una hipoteca!): muy a mi pesar me he dejado devorar por el odioso establishment. Pero a veces (esto que quede entre nosotros) se me enturbia la cabeza y me pongo melancólico, intuyo que hay otra vida por ahí que se nos escapa, más libre, más auténtica. Sin ir más lejos, la otra noche, cuando estaba cenando en uno de esos restaurantes tecnoemocionales tan caros que últimamente frecuento, al mirar fijamente la pijada que iba a comerme me di cuenta de lo muy gilipollas que nos estamos volviendo todos. Pedí educadamente permiso para ir un momento al baño, y al llegar allí cerré el pestillo, comprobé que no me veía nadie, saqué un bolígrafo que siempre llevo conmigo y escribí en la pared “Ni dios, ni amo, ni estado”. No creo que sirva de mucho, la verdad, pero te juro que salí del baño con una sonrisa de oreja a oreja.            

jueves, 12 de marzo de 2015

Estampas británicas. Nº 1: Christopher Hitchens

       Es curioso: a pesar de considerarme ateo, me causa cierto desasosiego determinados ataques a la Iglesia Católica o al Cristianismo en general. No me refiero a esa inquina burda, propia de tertulias de bar, del que asegura que todos los curas son pederastas y que la jerarquía eclesiástica está formada por una panda de retrógrados oscurantistas que aspiran a vivir sin hacer nada útil gracias a nuestros impuestos. Intuyo que atacar a la Iglesia, hoy en día, es buscarse un adversario torpe y sin reflejos, al que su propio boato y el espesor de sus dogmas imposibilitan para devolver los sarcasmos y las puyas que le vienen encima.

         No seré yo quien defienda a la multinacional más eficaz de los últimos dos mil años (de eso ya se encargan los apolillados columnistas del ABC, el diario de las grapas equidistantes), pero, en mí nada modesta opinión, dedicar tiempo y esfuerzo a desgarrarnos las túnicas ante los ultramontanos dicterios de la Curia Romana tiene más que ver con nuestra necesidad de reafirmar una tambaleante identidad izquierdista (zurrar a la Iglesia te permite recuperar los puntos que perdiste de tu carnet de progre cuando te compraste esa desaforada televisión de plasma) que con una supuesta alarma por un regreso a los años de la frailocracia. Llamadme frívolo si queréis, pero estimo que ante las encíclicas del Papa y ante las tronituantes opiniones de nuestra castiza Conferencia Episcopal hay que comportarse como lo hacemos con esos enajenados que nos juran haber sido abducidos por visitantes del planeta X-25, del que han regresado con la conciencia expandida: nos reímos blandamente de su locura, no nos atrevemos a llevarles la contraria, hasta les preguntamos si en X-25 el IVA es más reducido que en el nuestro, pero nos abstenemos de ensañarnos con ellos, bastante tienen con lo suyo.

      ¿Y a qué venía todo esto? Ah, sí: como ya he explicado, me resulta ligeramente / bastante démodé que se critique a la Iglesia, ya que es lo mismo que censurar a la navegación a vapor por ser excesivamente lenta, o escandalizarse ante la ineficacia de los sacrificios rituales como método para atajar las epidemias. Por eso, reconozco que abrí con cierta prevención, allá por el verano de 2009, el libro que me descubrió a Christopher Hitchens: “dios no es bueno”. Apenas conocía la reputación del polemista británico, pero a medida que atravesaba las páginas del ensayo se me antojó que la indudable brillantez expositiva del autor y su vigoroso uso del lanzallamas se desperdiciaban en una presa menor. Sin necesidad de tanta erudición, cualquier comecuras de provincias hubiera llegado a la misma conclusión de que las instituciones religiosas son un bochornoso anacronismo en la (supuesta) edad de la razón. Para este viaje no hacía falta alforjas, podría haber dicho cualquier adicto a las frases hechas.

         Pero lo uno no quita lo otro. Al terminar el libro comprobé que, además de ser un polemista de primera, Hitchens entroncaba en la tradición británica de los grandes ensayistas políticos, cuyo representante más eximio es Orwell, pero que en estas últimas décadas ha suministrado una serie de nombres a los que agradezco que, con sus libros, hayan intentado convertirme en alguien menos ignorante: Hobsbawn, Judt, Robin Lane Fox, Peter Watson, Niall Ferguson, incluso nuestro Ian Gibson. Pensadores a los que no les importa cargar con el desdoro de escribir con claridad, algo para lo que parecen genéticamente incapaces toda esa patulea de sacamuelas franceses (Lyotard, Debord, Bordieau) a los que he leído sin entender ni papa (con Foucault ni lo he intentado). Hum, musité al cerrar “dios no es bueno”, habrá que darle otra oportunidad al autor.

         Y como soy hombre de palabra, en el verano de 2011, junto a los acantilados de Cadavedo, me adentré en “Amor, pobreza y guerra”, una recopilación de artículos en los que, en su mayor parte, Hitchens defendía y argumentaba su toma de postura a favor de la última (por el momento) Guerra del Golfo, la invasión norteamericana de Irak que condujo al ajusticiamiento final de Sadam Hussein. A decir verdad, conforme leía el libro no tuve la impresión de que el autor estuviera defendiéndose: más justo sería decir que arremetía a toda máquina contra todos aquellos que habían adoptado la decisión contraria. Aunque no todos los artículos me interesaron por igual (algunos exigían un conocimiento exhaustivo de los meandros de la política estadounidense), aprecié en su justa medida que el autor tuviese la valentía de adoptar una postura tan poco popular, y que desplegase para ello una capacidad de argumentación tan formidable como para llegar a erosionar algunos de los sillares sobre los que se asienta mi inveterado pacifismo. Al cerrar el libro, a pesar de todo, permanecí fiel a mi negativa a la guerra (buen intento, Mr. Hitchens, pero no), embargado por la íntima satisfacción de comprobar que no hay lectura más productiva y estimulante que aquella que nos pone a prueba, de la misma forma en que nada existe más pernicioso que limitar nuestra dieta intelectual a aquellos libros destinados únicamente a reforzar nuestras certezas. A partir de aquel momento, y por mucho que sus detractores se empeñasen en calificarle como neoconservador y belicista, Christopher Hitchens contaba con un (devoto) lector más.

        Ya estamos en marzo de 2013, fecha en la que tiene lugar mi tercera y definitiva aproximación al universo hitchensiano: su esperada autobiografía “Hitch-22” ha entrado directamente al selecto grupo que forman aquellas obras que, más pronto que tarde, habré de releer. Dando por descontados la brillantez y el brío marcas de la casa, estas memorias (adecuadamente subtituladas “Confesiones y contradicciones” en su traducción española) ejemplifican de forma harto gráfica esa voltereta que ha dado la historia de las ideas políticas en los últimos cuarenta años, durante los cuales el formidable huracán que soplaba desde la izquierda en los años sesenta ha ido perdiendo paulatinamente vigor, para convertirse en la actualidad en un no menos abrumador tsunami (con rachas que va de lo alarmante a lo muy alarmante) y que sopla sin obstáculos desde lo más profundo de la derecha económica. ¿Quiere esto decir que, a lo largo de su vida, Hitchens traicionó sus ideales progresistas para (¡vade retro, Satanás!) mutar en adalid del neoconservadurismo más recalcitrante? A ver, no seamos simples, escondamos ese pequeño (¡qué coño pequeño: enorme!) Torquemada que dormita dentro de cada español y pensemos un poco con la cabeza.

       Hace ya tiempo leí, no sé dónde y dicho por no sé quién (esta maldita manía que tengo de no apuntar las cosas) un aserto que me hizo reflexionar: “El que de joven no es de izquierdas, no tiene corazón; el que de mayor no es de derechas, no tiene cerebro”. Las casi quinientas páginas de “Hitch-22” nos ayudan a bucear dentro de esa elegante paradoja. En el capítulo adecuadamente titulado: “¿Declive, mutación o metamorfosis?”, el autor recuerda un párrafo de su contemporáneo y amigo Julian Barnes, en el que se habla de “el giro ritual a la derecha” por el que han de pasar, indefectiblemente, todos aquellos que, en algún momento de su vida, se autodefinieron como izquierdistas, progresistas o incluso revolucionarios. Glups: ¿es así de fácil? ¿así de irremediable? ¿estamos ante una ley cuasibiológica, como la alopecia o la menopausia? Más importante aún: ¿me volveré yo de derechas? ¿Empezarán a gustarme los polos con la banderita de España, los toros, el despido libre, la xenofobia… en definitiva, todos los tópicos con los que se asocia tal opción política? Peor aún: ¿abjuraré de mi apasionada militancia rojiblanca y me pasaré al lado blanco de la Fuerza? Uf, me está dando un sofoco, necesito echarme agua en la cara…

        En fin, aparquemos la ironía, lenguaje que (a pesar de haber sido llevado a lo más alto por nuestro compatriota Cervantes) es comprendido en España aún peor que el inglés. En el manido debate izquierda / derecha, en lugar de descalificar a todos aquellos que cuestionan los anticuados mapas por los que nos regimos, deberíamos buscar cartógrafos que nos indicasen dónde está la una y dónde está la otra. Deberíamos incluso arriesgarnos a descubrir que ambos continentes, antaño en las antípodas el uno del otro, hoy están más próximos de lo que nos conviene admitir. En política, saber dónde están las ideas es mucho más importante que saber dónde están las personas. Hora es ya de que acabemos con esta ficción que alimenta las fantasías de muchos de los guardianes de la ortodoxia, que afirman que la izquierda está donde están ellos. Si eso no es egocentrismo (o, para ser exactos, egoizquierdismo), que venga el Che Guevara y lo vea.

       Pues bien, en “Hitch-22” el polemista británico se convierte en autorizado dragomán de este viaje en busca de la verdad, aún a costa de dibujar el mapa sobre jirones de su propia piel. El lector asiste a una revisión minuciosa y sin reservas de todos y cada uno de los fundamentos de la izquierda occidental, eviscerados por la formidable energía intelectual del apasionado Hitchens, comprobando que es posible mantener la coherencia siendo al mismo tiempo partidario de la Guerra del Golfo y furibundo detractor de todo tipo de religiones. Al lado de tal proeza, la cuadratura del círculo es un juego de niños.  

    Bueno, bueno, maticemos: a pesar de mantenerse inmune al atractivo de las religiones, hay circunstancias que incluso a alguien tan radical como Hitchens no le pueden dejar indiferente. Cuando se entera, ya largamente entrado en la madurez, de que su familia posee sangre judía, su reacción refleja (una vez más) todas las contradicciones que atenazan a la izquierda occidental. Será el novelista Martin Amis quien, informado de la nueva condición de su amigo, escenifique la incapacidad patológica de su entorno para enfrentarse desprejuiciadamente al llamado conflicto de Oriente Medio: Amis reconoce sin ambages tener envidia de su camarada, pues, de golpe y porrazo, ha adquirido una especie de aureola de trascendencia, un sello de intangibilidad histórica con el que la inteligencia occidental ha envuelto a todo lo que tenga que ver con la tan traída y llevada Cuestión Judía, y que podría resumirse con la siguiente aporía: ¿Qué partido tomar en una guerra en la que las dos partes se proclaman (y las proclamamos) víctimas? Una muestra sangrante de que, hoy en día, abundan los problemas políticos que ni siquiera alguien tan libre como Hitchens puede abordar sin desprenderse de sus anteojeras ideológicas.

            Pero además de un vademécum de la confusión política contemporánea, “Hitch-22” es una autobiografía, la transcripción literaria y forzosamente subjetiva de una vida. Y aunque en algún momento puede caer en la tentación del namedropping, no podemos por menos que reconocer que estamos ante un relato lleno de brío y pasión, desbordante de ese patrimonio inmaterial de la humanidad que conocemos como humor inglés. Como cada uno tenemos nuestras obsesiones, permitidme que reproduzca un párrafo que me hizo singular gracia, y en el que Hitchens nos cuenta su tonificante dieta alcohólica:

            “(…) En torno a las doce y media, un buen trago del reconstituyente del señor Walker, mezclado con agua de Perrier (un sistema ideal) y sin hielo. A la hora de comer, quizá media botella de vino tinto: no siempre más, pero nunca menos. Después vuelvo a la mesa, preparado para repetir el tratamiento en la comida de la noche (…) Las copas dependen de lo bien que haya ido el día, pero siempre el combinado de antes: nada de enredar con ginebra aquí y vodka allá (…)”

            ¿Por qué los intelectuales españoles (con la gozosa excepción de Fernando Savater) lucen tan sosos, tan pálidos, tan monaguillescos en comparación con el dionisíaco Hitchens? Encerrados en sus cómodas certezas, nuestros reconcentrados compatriotas se muestran más preocupados por mantener a toda costa su estatus libertario, guardándose de adentrarse en excursiones ideológicas por terrenos pantanosos. Aterrados ante la posibilidad de ser motejados como chaqueteros, traidores o (directamente) fascistas, nuestros pensadores, en lugar de intentar atraer con sus escritos a nuevos adeptos para la causa, prefieren recolectar el aplauso fácil de los suyos, gracias a lo cual los periódicos están plagados de artículos terroríficamente banales y retóricos, cuidadosamente pergeñados para evitar herir cualquier tipo de sensibilidad, especialmente aquellas que provienen de una minoría (y hoy en día todos nos refugiamos en una). Eso sí, cuando por fin deciden salir de su refugio es peor, pues, como hacía Tarzán con las lianas, solo sueltan una ortodoxia para aferrarse a otra, tal y como demuestra la hornada de antiguos ultraizquierdistas que hoy en día publicitan desde jugosas tribunas (Roma sí paga traidores) las excelencias del libre mercado.

            Apenas unos meses después de dejarme embriagar por la estimulante lectura de “Hitch-22”, su autor fallecía en Texas a la improbable edad de 62 años, víctima de un cáncer. La prensa se ocupó con profusión de su dolorosa agonía, quizás esperando una retractación en su firme rechazo de la religión. Hitchens no solo eludió con elegancia las trampas de la fe, sino que se convirtió en una mezcla de apóstol y mártir de la causa del ateísmo (tal y como atestiguan los numerosos debates en los que intervino, y que hoy pueden encontrarse con facilidad en youtube), circunstancia que, sin duda, habrá provocado más de una nostálgica carcajada entre el círculo de sus incondicionales, entre los que me cuento (“¿qué hubiera pensado Hitch de esto?”, no puedo evitar fantasear cuando la actualidad nos sirve alguna noticia descabalada). Un referente más que se pierde, y los puntos cardinales están cada vez más borrosos.

            CODA: Aquí finalizaría mi relación (por libros interpuestos, pero no por ello menos intensa) con el escritor inglés, de no ser por uno de esos avatares (por decirlo de alguna forma) que nos demuestran que la vida es una formidable caja de sorpresas. Me explicaré: un año y medio después de la muerte de Hitchens, en mayo de 2014, cumplí cincuenta años, y para celebrar tamaño acontecimiento mi novia y yo decidimos pasar unos días en Venecia. Tranquilos, os ahorraré toda la quincallería descriptiva (¡pero qué ciudad!), e iré al grano. 

       La noche del doce, el día de mi cumpleaños, nos encaminamos hacia el “Harry’s Bar”, dispuestos a brindar con una copa de Bellini, ese cóctel que tantos momentos de placer ha provocado a dispsómanos de medio mundo, y que fue inventado allí. El pequeño bar estaba abarrotado de gente, y solo a duras penas conquistamos un hueco en la barra. Pedimos la especialidad de la casa, y ya habíamos entrechocado nuestras copas cuando se fueron nuestros vecinos de la derecha, siendo inmediatamente sustituidos por dos mujeres indudablemente norteamericanas, con toda probabilidad recién desembarcadas de algún crucero. Más o menos de mi edad, peripuestas, guapas a su manera, adictas sin duda al gimnasio y al aggiornamiento estético. Alegres y confiadas ciudadanas del mundo, varios escalones por encima de los sacafotos, unos pocos por debajo del verdadero cosmopolitismo. Elvira y yo levantamos nuestros Bellinis hacia ellas, que nos correspondieron: un signo de complicidad entre los turistas que nos jactamos de no serlo. Fue al pedir refuerzos al camarero cuando noté que alguien había atracado junto a las dos señoras. A pesar de situarse en mi ángulo ciego, pude percibir los contornos de un hombre de robusta constitución, bien vestido pero mal afeitado, que estaba haciendo reír a aquellas dos gallinitas de Brooklyn (un suponer) con su recio acento cockney. Nada nuevo bajo el sol: el recurrente ciclo cinegético, la eterna zarabanda del depredador y la presa. Cuidado, advertí mentalmente a nuestro Romeo, éstas tienen espolones. A la tercera carcajada no pude evitar volverme, y al mirar al tipo me asaltó un atisbo de intriga: y a mí que esta cara me suena. Durante unas décimas de segundo (quizás algo más: los dos Bellinis ya estaban haciendo de las suyas) analicé, calculé, rebusqué, deseché. No, cómo va a ser. A ver si dejas de cotillear, me interrumpió Elvira, tironeándome de la manga de la chaqueta. No te lo vas a creer, le repliqué, pero el que está detrás de mí es un escritor inglés al que admiro mucho. No le conté que en realidad estaba muerto, qué necesidad había de alarmarla. Disimulé como pude el desconcierto, tamborileé con los dedos sobre la madera de la barra, me bebí de un trago lo que quedaba de copa. El alboroto a mis espaldas se iba transformando paulatinamente, la voz del hombre se hizo menos acechante, se convirtió en un melodioso solo de saxofón. Vaya pájaro tu amigo el escritor, me informó mi novia, que estaba frente a ellos, se va a pegar un atracón de padre y muy señor mío con esas dos cacatúas. No pude resistirlo más: dejé el vaso vacío sobre la barra y me di media vuelta. No, claro que no era Hitchens, qué tontería. Se daba un aire, de acuerdo, pero éste tenía el pelo más castaño, y los ojos eran oscuros y huidizos. Era otro, vaya. Nos sonreímos, yo a consecuencia del alivio, él por razones que desconozco. Me volví suspirando, y levantando mi copa vacía le hice al camarero ese gesto universal del que solicita más combustible. De eso nada, monada, me reconvino amablemente Elvira, nos vamos. Nos pusimos los abrigos: mayo, en Venecia, puede ser muy inclemente. Mientras pagábamos comprendí que la suerte estaba echada: el hombre había elegido a la más pimpolluda, a la que engatusaba con lindezas al oído, mientras que la otra removía mecánicamente el hielo de su combinado. Pura selección natural, mascullé, incrédulo aún de que, aunque solo hubiera sido durante unos segundos, hubiera confundido a aquel pichabrava con mi admirado Hitchens. Eso sí: no puedo asegurarlo con certeza, pues ya estábamos casi fuera, pero según salíamos me pareció que el tipo llamaba al camarero y le pedía una copa del reconstituyente del señor Walker. No sé, a veces mi inglés no es tan bueno como yo quisiera, y además estaba un poco curda, lo más seguro es que me confundiese.