Encendió el
ordenador bostezando. Qué noche más perra, el último cubata había sobrado
claramente. Puso la cafetera y la tostadora en marcha, y mientras se calentaban
tecleó hasta llegar a su correo electrónico, donde le esperaban los referéndums.
Hoy la cosa venía tranquila, apenas había doce, y aún le quedaba media hora
para votar, tranqui, tío, se impuso. Mientras desayunaba recordó aquellos
tiempos en que se acercaba a una urna cada dos o tres años, y no pudo evitar
una sensación agridulce: es verdad que no era una democracia real, pues apenas
contaban con la ciudadanía, pero qué tranquilo se vivía, qué relajado. Desde
hacía unos años, sin embargo, las oleadas de cambio que habían transformado la
sociedad habían convertido a Enrique en un legislador más: cada mañana (con la
excepción de Año Nuevo y de la fiesta nacional del Empoderamiento de la Gente)
su correo electrónico amanecía repleto con un montón de documentos jurídicos,
políticos y técnicos sobre el emplazamiento de las rotondas circulatorias, el
porcentaje de sodio en los insecticidas agrícolas, el nombre de los aeropuertos
o las subvenciones a las películas hechas por celíacos. Al principio se leía la
documentación adjunta de cabo a rabo (a compromiso no le ganaba nadie), pero
poco a poco empezó a cansarse, y desde hacía meses no era raro que su voto se
decidiera casi al azar, como aquellas quinielas infantiles que rellenaba con su
padre. Un atisbo de resaca se manifestó de repente, por lo que esta vez no se
esforzó demasiado: puso que sí a los nueve primeros referéndums, no a los dos
siguientes, abstención al último. Enviar. Y a otra cosa, mariposa. Trasteó por
los cajones hasta encontrar un ibuprofeno, se lo tomó con el último trago de café, y se dispuso
a salir al trabajo. Miró en su agenda la tienda que tenía que visitar para
intentar venderles sus productos: calle Mario Vaquerizo esquina avenida Belén
Esteban. Hum, musitó cerrando la puerta, quizás esto de la democracia directa
no sea tan bueno como nos quieren hacer creer.
lunes, 7 de marzo de 2016
domingo, 6 de marzo de 2016
Si la montaña no viene a ti...
El fin de
semana pasado, desafiando un frío importante, me desplacé a Elda para recoger
uno de los premios del VIII Certamen de las Artes y las Letras Montañeras.
Estuve cortés y amable, aguanté como un machote una ceremonia de tres horas y
veinte minutos (¡”El anillo de los Nibelungos” dura menos!), en la cena me comí
todo lo que me dieron para comer y me bebí todo lo que me dieron para beber. Dejo
estas imágenes como recuerdo de mi paso por aquellas tierras, agradablemente sorprendido
por el amor a la montaña y a la aventura que descubrí entre sus habitantes.
Como habrá
gente (hay gente para todo) que querrá leer el cuento premiado, pues yo lo
pongo. Se titula “Venirse arriba” (ingeniosísimo juego de palabras para un
relato ambientado en una ascensión montañosa), y su lectura provocó que la
secretaria del jurado, al conocerme, me espetara estas enigmáticas palabras: “Eres
tal y como te había imaginado”.
VENIRSE ARRIBA
Ya
sé que todo es cuestión de probabilidades, no necesito que nadie me lo
recuerde: soy profesor titular de Estadística e Investigación Operativa en la
Universidad de X., experto en teoría de juegos. Y para que se entienda lo que
voy a contar, lo haré empezando de una forma sencilla, para que pueda
comprenderlo todo el mundo. Veamos: hay una probabilidad entre un millón de que
los dígitos del décimo de lotería que jugáis en la oficina, y que han escogido
sin consultarte, coincidan precisamente con los de la fecha de tu nacimiento,
qué casualidad, exclamas cuando te dan tu participación. Sigamos: hay una probabilidad
entre mil millones de que, mira tú por dónde, dicho número resulte agraciado nada
menos que con el gordo, nada de pedreas o premios de consolación. Acabemos:
finalmente, hay una probabilidad entre un billón de que, rizando el rizo, el
azar dictamine que te enteres de la buena noticia precisamente mientras estás
celebrando tu cumpleaños, justo en el momento de soplar las velas. Se trata del
ejemplo clásico que ilustra la teoría de Betgson, denominada así en honor a un
matemático noruego que dedicó toda su vida a investigar las interacciones del
azar con la realidad, luego murió loco y olvidado, pero eso no tiene nada que
ver. En todo caso, ni siquiera aunque hubiera disfrutado de tres vidas más, el
tal Betgson habría podido acertar el número de posibilidades que hay de que,
cuando estás a mitad de la subida del Ocejón con tu nueva pareja, que te
acompaña por primera vez en tu pasión montañera, veas aparecer tras de ti a
Marián (los colores de su polar son inconfundibles) haciéndose carantoñas con
alguien que tiene toda la pinta de ser su nuevo novio.
Cuestión
de probabilidades, repito. Habíamos firmado los papeles del divorcio apenas un
par de semanas antes, en medio de una ensordecedora catarata de reproches y
acusaciones, y desde entonces no nos habíamos visto, deseando olvidar una etapa
de nuestras vidas de la que yo únicamente pretendía conservar las fotos que nos
hicimos en las muchas cumbres que habíamos conquistado juntos (no en vano nos
habíamos conocido en un club de escalada). Y las leyes del azar, esas mismas
que pronostican que este tipo de desagradables encuentros suceden siempre en
una calle secundaria de tu ciudad o en una gasolinera del extrarradio (sitios
ideales para un saludo desabrido y una despedida casi inmediata), habían
escogido para nosotros un lugar tan comprometido como una escalada montañera, donde
por fuerza tendríamos que compartir horas de íntima compañía sin poder buscar
un camino alternativo o una salida honrosa.
Sigamos
con las probabilidades: ¿cuántas montañas puede haber en España? ¿Treinta mil?
¿Cuarenta mil? ¿Más? Bueno, pues tenía que haber escogido precisamente la misma
para escalar aquel sábado de finales de enero, y a la misma hora, y por la
misma vía. Si lo intentas hacer a propósito no sale. Y en otro orden de cosas: ¿cuántas
probabilidades había de que Marián me creyera cuando le dijera (apenas quedaba
medio minuto para el encuentro, ella ya me había reconocido con un desganado
cabeceo) que Belén no había tenido nada que ver con nuestra ruptura? No hay
terceras personas, le había jurado cuando me fui de nuestra casa (bueno, seamos
precisos: ahora es su casa; y no me fui, me echó), y era verdad, no gano nada
con mentir. Belén y yo llevábamos tiempo coqueteando como dos adolescentes en
la Universidad, eso lo admito, y siempre me insistía para que la invitara a una
de esas excursiones montañeras de las que tanto me gustaba alardear, y no vi
inconveniente en hacerlo en cuanto me quedé (por así decirlo) sin compañera de
cordada, nunca me ha gustado escalar en solitario. Las probabilidades eran
mínimas, tan escasas como eran las de que yo me creyera que a aquel tipo que
llevaba con galantería en su espalda la mochila que yo mismo le había regalado
por nuestro aniversario (¡me costó una pasta!) lo hubiera conocido en las dos
últimas semanas y se lo hubiera camelado para acompañarla en la subida al
Ocejón haciendo manitas. No, definitivamente eso no se lo tragaba nadie, ni
siquiera el muy confiado profesor Betgson.
El
caso es que por fin llegaron donde estábamos nosotros, y las primeras palabras
que intercambiamos no fueron menos frías que la nieve que nos rodeaba. Vaya, me
dijo burlonamente, mira quién tenemos aquí. No se me acercó a darme un beso, ni
a darme la mano, por lo que yo tampoco moví un músculo. Esto está más
concurrido que la Gran Vía, respondí yo con un punto de sandunga, sin hacer
ademán siquiera de soltar los bastones, rígido como una estatua. Ambos nos
miramos con esa mezcla de circunspección y cautela que se dedica a un repentino
obstáculo que se interpone en tu camino hacia la cima: una tormenta imprevista
o un sendero que no aparece en el mapa. Durante unos instantes fue como si
estuviésemos calculando mentalmente cómo sortear esa dificultad. Volver atrás
era impensable, eso estaba claro. ¿Intentar otra vía? A los lados de la pequeña
meseta en la que estábamos se abrían dos precipicios que me hacían imposible
tal solución. Dado que ambos nos mirábamos sin ceder ni un milímetro, tuvieron
que ser nuestros acompañantes los que rompieran el hielo: Belén ensayó un
tímido hola, ¿te acuerdas de mí?, coincidimos en una charla de la Universidad, y
el otro tipo, un hipster barbudo diez o doce años más joven que Marián, se
presentó con un apocado me llamo Guillermo, pero podéis llamarme Willy.
- Belén,
qué tal. ¿Sigues de becaria de este tirano, o ya te ha ascendido?
La
gélida temperatura ambiental reforzó con una vaharada el bufido que me salió de
la boca: cualquiera que me viera en ese momento pensaría que yo era un dragón
preparándose para rostizar a alguien, y no estaría muy desencaminado. La pobre
Belén tartamudeó una respuesta trufada de onomatopeyas, y cuando me disponía a
contraatacar el tal Guillermo preguntó a Marián de qué nos conocíamos: desde
luego, si estaba intentando parecer idiota, lo había conseguido plenamente. Mi
ex estaba esperando la oportunidad, y se decidió a sacar la artillería.
-
Hemos subido juntos a algunos picos. Ninguno demasiado grande. En esto del
montañismo, como en otras cosas, el tamaño importa.
Sentí
que me ardían los ojos y que se me secaba la garganta: ¿ha dicho lo que yo creo
que ha dicho? ¿Se ha atrevido a mencionar eso
delante de dos desconocidos? A Belén se le escapó un sonido sin identificar,
una mezcla de hipido incrédulo y risa por lo bajinis ¿Cuánto tardaría en
informar a toda la Universidad de lo que había escuchado? La cabeza empezó a
darme vueltas, seis años de matrimonio se condensaron en unas pocas décimas de
segundo vertiginosas, un borbotón de palabras pugnó por salir de mi boca sin
orden ni concierto. Por suerte, justo en ese momento un grupo de cinco
alpinistas llegó hasta nuestra altura y tuvimos que apartarnos para que
pasaran, lo cual me dio tiempo a pensar mi respuesta: te vas a enterar,
listilla.
- Puede que el
tamaño importe, de acuerdo, pero unos subimos por la cara norte y otros lo
hacen por la cara sur.
En cuanto
cerré la boca me di cuenta de que mi frase carecía por completo de sentido, tal
como pude comprobar por el gesto de desconcierto de Guillermo y por el rictus
de maligna superioridad con el que me obsequiaba mi ex, consciente de que se
había apuntado el primer tanto. Soy un imbécil, me enfadé por haber entrado en
su juego: ella siempre ha sido más ingeniosa y más viperina que yo, para qué lo
voy a negar, ha salido a su señora madre. Decidí terminar con la absurda conversación,
y dije que bueno, habrá que ir subiendo si no queremos que se nos eche encima
la hora, un placer, Julián, no, Guillermo, eso, al menos me permití esa pequeña
maldad. Sin dedicar siquiera una mirada de soslayo a mi ex grazné un adiós
desangelado, cogí a Belén por el codo y nos pusimos en marcha, deseando
distanciarnos de ellos lo antes posible. Marián hizo una reverencia burlona y
nos cedió el paso.
- Si tenéis algún problema, avisadme.
Apreté
los puños. Había que reconocer que sabía cómo sacarme de mis casillas, y uno de
sus recursos favoritos era manifestar una y otra vez que era bastante mejor
montañera que yo. De hecho, fue ella la que me inculcó el vicio por este
deporte: yo era mucho más de futbito y barbacoa, si me apunté a aquel club de escalada
en el que ella era monitora fue porque todo el mundo me decía que así se
conocían chicas, que maldita la hora. Cuando, tras quedar un día a solas para
tomar un café, me propuso escalar con ella en Navacerrada dije que sí
inmediatamente, y no me duelen prendas en admitir que me quedé fascinado por su
agilidad casi de bailarina, por la elegancia con la que gestionaba las partes
más peliagudas, por el aplomo que demostraba en circunstancias difíciles, de
ahí a enamorarme hasta las trancas solo hubo un paso. Llevaba subiendo montañas
desde que era una niña, ya que su padre le había insuflado el amor por las alturas
allá en su Asturias natal: con dieciocho años ya había conquistado el Naranco,
con eso lo digo todo. Yo soy de Ciudad Real, allí el pico más alto es el
campanario de la iglesia, quién me iba a decir a mí que iba a acabar de
montañero. Ni siquiera por carácter parecía predispuesto: soy demasiado
nervioso, nada tengo en común con la fría precisión con la que veía a Marián
poner los anclajes o buscar los apoyos más adecuados, yo soy más de hacer las
cosas (digámoslo claro) a las bravas: esta montaña de mierda no va a poder
conmigo, exclamé cuando intentamos coronar el Almanzor, segundos antes de
resbalarme con unas rocas sueltas y casi romperme la crisma, lo que se pudo
reír de mí. En fin, mejor no recordar aquello, ya no hay marcha atrás.
Belén, ajena a
todas estas sutilezas, sonrió ante el ofrecimiento de Marián y reemprendió la
marcha, visiblemente aliviada por acabar con aquel momento tan embarazoso. Yo
la seguí, mascullando aún mi cabreo, y unos metros detrás de nosotros venían
ellos, casi podía sentir su mirada de recochineo en mi cogote. Bajando la voz
le susurré a mi nueva acompañante que más valía acelerar, ¿por qué?, porque lo
digo yo, me salió del alma, ah, vale, dijo ella, con ese mohín de susto que
utiliza en la Universidad cuando le doy una orden.
Inútil
sería negarlo: en cuestión de unos pocos minutos todo había cambiado. Hasta
entonces, el día estaba siendo un auténtico lujo, con un sol esplendoroso y un
cielo despejado que permitía solazarse con la visión de toda la Sierra de
Ayllón, uno de mis rincones favoritos de Guadalajara. Desde que habíamos aparcado
el coche en las estribaciones y habíamos comenzado a subir, Belén no había
parado ni un momento de reírse con mis comentarios chistosos, y daba la
impresión de estar fascinada con mis conocimientos de la naturaleza: este árbol
es un alerce, le informaba con suficiencia, aquel arbusto se llama jara
pringosa, tócala, comprueba cómo se te queda pegada a los dedos, es verdad.
Pero desde que Marián y su acompañante habían llegado era como si una nube
viscosa se hubiera apoderado del ambiente, hasta juraría que el cielo se había
encapotado y la temperatura había bajado varios grados. Me concentré en mi
acompañante, y para estimularme recordé que, si todo iba bien, íbamos a rematar
el día en un apartamento rural que había reservado en Majaelrayo, al pie mismo
de la montaña, tenía jacuzzi y todo. Qué curioso: si hasta hacía apenas unos
minutos no me fijaba nada más que en sus ojos verdes, en su provocador pelo
rubio y en lo muy ceñido que le quedaba el polar, de repente me sorprendió
comprobar con qué torpeza se arrastraba bajo el peso de la mochila, y en cómo
boqueaba sudando a mares: en comparación con el cuerpo atlético y vigoroso de
Marián, comprendí que el único deporte que había hecho Belén hasta entonces
había sido levantamiento de cubalibres en las discotecas. A ver, céntrate, me
impuse, estás siendo injusto: lo que tienes que hacer es subir ahí arriba (no
necesité decirme que antes que Marián, eso era evidente), luego vas a bajar, os
vais a meter Belén y tú un cordero entre pecho y espalda, vas a proponer una
siestecita en el apartamento, al llegar la vas a invitar a que se duche contigo
y vais a acabar haciendo el amor como locos. Sí, eso es, me jaleé, hasta me
permití darle un pellizco cariñoso, ánimo, cielo, deseé interiormente que
Marián nos viera y tomara nota, que se enterara de que ya no la necesitaba. Sí,
sí, resopló Belén, echando el bofe.
Ya
habíamos rebasado el saliente que llaman de Peñas Bernardas, y por el rabillo
de ojo intuí que Marián y su chico nos seguían a una docena escasa de metros,
quien nos viera pensaría que estábamos jugando a una versión montañera del
Hombre del Frac. Giré la cabeza con disimulo, y pude ver que la mochila había
cambiado de dueño: ahora era ella quien la llevaba, pues el tal Guillermo resoplaba
como un condenado, con el flequillo bailándole por delante de los ojos, esto
del montañismo es más difícil de lo que creía, rezongaba, qué necesidad hay de
correr. A pesar de la distancia (la conozco muy bien) reconocí ese gesto que
pone cuando algo no le gusta, ese fruncimiento de cejas tan familiar que precedió
a algunas de nuestras broncas más memorables. Venga, joder, que se nos escapan,
le ordenó al señoritingo aquel, tampoco parecía muy acostumbrado a los deportes,
¿qué les pasa a los jóvenes de ahora que están hechos de plastilina?, pensé
regocijándome. Al escuchar aquello se me escapó una risita, yo a veces soy un
poco infantil, lo reconozco.
Pasó media
hora, una hora, el arbolado fue poco a poco raleando, llegamos al paso de
Collado Perdices. Nosotros delante, ellos detrás, sin darnos tregua, como si
estuviésemos jugando a ladrones y policías. Contrariamente a lo que me sucede
en otras ascensiones, estaba muy lejos de sentir ese inmenso burbujeo de placer
que te trepa desde los muslos y te invade todo el cuerpo, esa serenidad que te
produce el cansancio, ese suave balanceo que te proporciona la respiración
acompasada: no, estaba subiendo a marchas forzadas, mecánicamente, con la
férrea determinación con la que se estudian unas oposiciones para las que no se
tiene vocación, sin disfrutar, sin pensar, era como si tuviera la cabeza
tallada en rígida piedra, obsesionado con el único objetivo de humillar a
Marián. No sentía el paisaje, no sentía el inmenso cielo, no veía nada más que
el vértice de la montaña, como esos que suben el Everest solo para presumir que
han estado allí, sin experimentar ese goce casi sensual de encaramarte sobre
una montaña como un semental cubre a la ardiente yegua. No escuchaba los
sonidos de la naturaleza, ese delicioso bálsamo que en otras excursiones me
había transportado a éxtasis difícilmente explicables. A mis oídos solo
llegaban los arrítmicos jadeos de Belén, que ya hacía mucho que había perdido
ese donaire con el que se pasea por los pasillos de la Universidad, y gracias
al cual (no me voy a andar con paños calientes) me decanté por ella como
becaria en lugar de aquel andaluz tan empollón, no había color.
Llegamos por
fin al Ocejoncillo, la pequeña cumbre que precede a su hermano mayor. Apenas
quedaban un centenar de metros, pero el camino se estrechaba y se empinaba
bruscamente, y los síntomas de fatiga de Belén empezaron a hacerse alarmantes. ¿No
podríamos?, tan fundida estaba que no fue capaz de acabar la frase hasta un
rato después, ¿…no podríamos… quedarnos aquí? Saqué una barrita energética de
la mochila y poco menos que se la metí a la fuerza en la boca, con esto vas a
subir como una campeona, pero ni por esas dio muestras de recuperarse, le
faltaba el aire. Afortunadamente, echando miradas furtivas vi que Marián tenía
los mismos problemas con su chico, que no paraba de quejarse de las botas, el
muy pardillo se las había comprado la víspera y le estaban destrozando los
pies. ¿Tú crees que le ha molestado vernos juntos?, me preguntó Belén entre
susurros, respirando con dificultad. No, qué va, lo dejamos de buen rollo,
mentí, ahorra tu aliento para lo que importa. Casi la arrastré a que
adelantásemos a unos alpinistas veteranos, que nos miraron con el desdén que se
suele reservar a los advenedizos: aquí no se viene a correr, se burló uno.
Cuando creía que habíamos puesto tierra de por medio, me llegó la convulsa voz
de Guillermo, que pidió permiso para parar un momento y echarse un pitillo: no
tenemos ninguna prisa, mi amor, exclamó Marián lo suficientemente alto como
para que lo yo escuchase, ya les alcanzaremos antes de la cima.
Mi
amor. En seis años de matrimonio (¿el noviazgo también cuenta? ¿sí?, pues
entonces seis y medio) no le escuché mi
amor ni una sola vez, y cuando yo se lo reprochaba me decía que vaya
cursilada, que dicha expresión le sonaba a culebrón sudamericano. Y ahora se lo
decía a un botarate al que apenas conocía desde hacía dos semanas, a un
jovenzuelo que lloriqueaba porque le apretaban las botas, vaya una nenaza. Noté
que un sordo cabreo alborotaba mi pecho, ya he dicho que yo de tolerancia y
comprensión voy muy justito, y no se me ocurrió otra cosa que azuzar a Belén:
venga, que vamos muy despacio. La chica, con el rostro completamente
desencajado, me miró angustiada: estoy muy cansada, ¿no podemos descansar un
rato? No sé qué cara hube de poner a su requerimiento, pero me miró con un
innegable rictus de susto, para a continuación ponerse en marcha casi a cuatro
patas. Buena chica, le grité, ya verás lo bien que lo vamos a pasar en el jacuzzi,
qué jacuzzi ni jacuzzi, balbuceó con los ojos extraviados.
Estando
así las cosas llegamos a la pared final, en la que era necesario subir
agarrándose a las rocas, con Marián y Willy a unos cuarenta metros por detrás
de nosotros. Belén, al ver el súbito encrespamiento del terreno, se puso
pálida, y manifestó su temor a caerse, sube tú, yo te espero aquí. No te
preocupes, le dije, con un ojo en nuestros perseguidores, es muy fácil,
limítate a pisar ahí, y le señalé un hueco del terreno que podía servirle como
escalón. No puedo, me dijo, no puedo más. Sí que puedes, le ordené. Le cogí el
pie y se lo encajé en el hueco, venga, yo te aúpo. ¡Vale ya!, me espetó,
mirándome con ferocidad, al tiempo en que se dejaba caer sobre una piedra, yo
no sigo, me informó, ya estoy harta de vuestros jueguecitos. A nuestro
alrededor empezaron a agolparse escaladores (¿nuestros jueguecitos? ¿Quién te
has creído que eres para hablarme así, mocosa?), se trataba de un paso muy
estrecho y estábamos colapsando la subida, alguien nos sugirió que dejásemos la
vía libre.
Todo
se estaba torciendo, si es que no se había torcido ya irremediablemente: qué
sentido tenía la habitación de Majaelrayo, qué sentido tenía el maldito jacuzzi.
Levanté la cara hacia el cielo: unos gruesos copos de nieve se dejaron caer,
como uniéndose a la fiesta. Me forcé a respirar despacio, a intentar recuperar
la cordura, el entendimiento. Nuestros jueguecitos. Sí, quizás Belén tuviera
razón: ¿cómo había dejado que la imprevista aparición de Marián me hubiera
afectado tanto? Soy un hombre racional, me recordé, un profesor universitario,
no soy un hooligan ni un fanático, creo en el poder del pensamiento sobre las
emociones. Sí, todo eso estaba muy bien, pero cuando vi que mi ex se abría paso
a codazos entre el grupo de escaladores y subía a toda pastilla por la pared,
agarrándose a las rocas con su agilidad habitual, mandé a la razón a hacer
puñetas y me lancé en pos de ella, dejando a Belén tirada en el suelo
lloriqueando y sin que me importara una mierda las quejas del resto de
montañistas.
En
su estela solventé la dificultad que ofrecía la pared, más recurriendo al
corazón que a la técnica, y pronto estuve trepando a menos de diez metros de
Marián, que subía como si le hubieran metido un cohete en el culo, aprovechando
todos los resquicios del terreno y utilizando las huellas en la nieve de los
escaladores que nos habían precedido. No pude evitar caer rendido ante el
espectáculo: era como ver uno de esos superhéroes de las películas que trepaban
por las fachadas de los edificios con la facilidad con la que el resto de los
humanos caminamos por la calle. Mi orgullo (¿llegar después de ella? ¡Ni de
broma!) salió entonces en mi ayuda, al tiempo en que mis pies buscaban la más
mínima grieta para volar hacia la cima, asumiendo muchos más riesgos de los que
suelo aceptar en la vida diaria. Era como si una venda negra cubriera mi
entendimiento, y más aún cuando vi que ella se volvía para mirarme, y en sus
ojos se había instalado esa misma mirada de desafío que puso cuando el notario
nos presentó el acuerdo de divorcio: estuvo a punto de romper el papel al
firmar, se diría que en lugar de bolígrafo tenía un punzón.
Sobrepasamos
por fin, ambos a la carrera, el falso llano que precede a la última pared.
Marián había arrojado su mochila, yo hice lo mismo con la mía, los bastones
también volaron despedidos, las gafas, el polar: todo lo que no fuera
estrictamente necesario. En el momento justo de llegar al tramo final, vimos
que había dos senderos claramente marcados sobre la nieve, casi paralelos: ella
cogió el de la derecha, yo el de la izquierda. Los alpinistas que bajaban nos
miraban con estupor, claramente indignados por la falta no ya de
profesionalidad, sino incluso de sensatez que estaban demostrando aquellos dos impresentables,
y luego dicen que hay accidentes, nos gritó uno, no recuerdo qué improperio le
solté, Marián tampoco se mordió la lengua. Recurriendo a mis últimas reservas
de energía logré sortear un tramo notablemente difícil, y agarrándome a rocas
que me laceraban los dedos incluso a través de los guantes alcancé el horizonte
de la cumbre dando manotazos.
Justo
frente a mí, en el otro lado de la pequeña meseta que constituía la cima, vi
asomarse a Marián, quien también braceaba como un niño que intentara salir de
una piscina demasiado profunda. Ambos habíamos llegado a la par, ambos nos
lanzamos en una estirada felina y ambos tocamos el vértice geodésico al mismo
tiempo. Cuando por fin nos incorporamos,
por entre el vaho que exhalábamos dejamos escapar, al unísono, un
aullido lleno de rabia y de satisfacción, y antes de darnos cuenta estábamos
abrazados y dando saltos de alegría, lo que no hacíamos desde que, casi un año
antes, habíamos coronado el Aneto. Poco a poco paramos de brincar, nos miramos fijamente
a los ojos, y sin hablar nos separamos unos metros el uno de la otra, ella no
sé si avergonzada de la chiquillada que estábamos haciendo, yo desde luego que sí.
Durante unos instantes nos quedamos parados, escuchando únicamente el viento
que barría la cima, mecidos por sentimientos que no me convenía convocar. Fue
el sonido de mi móvil el que nos despertó de aquel estado de trance.
Mecánicamente eché mano de él, y en la pantallita se me informaba de que Belén
había escrito: que os aproveche. Miré
hacia abajo, y entre la bruma pude distinguir que ella y el tal Guillermo, en
el recodo en que les habíamos dejado, emprendían la bajada. Cuando volví mi
mirada hacia Marián vi que también ella estaba consultando su móvil. Le
pregunté qué le decía ese mamarracho, y me lo enseñó.
-
Me voy con Belén a Madrid. Sois tal para
cual.
A
continuación soltó una de sus carcajadas de cotorra borracha que tanta gracia
me han hecho siempre, apuesto que se oyeron sus ecos por toda la sierra. Hum,
pensé preocupado, será todo lo mamarracho que quieras, pero hay veces en que
tiene más razón que un santo.
lunes, 25 de enero de 2016
Mientras haya rebajas no habrá revolución
¿Nueva Política?
¿Transversalidad? ¿Empoderamiento? ¿Plurinacionalidad? No preocuparse, que el
nene ya ha encontrado la explicación a toda esa monserga. Y no he tenido que
irme muy lejos, pues está aquí cerca, en el centro de Madrid, concretamente en
Gran Vía, 32. El mismo edificio que durante años ha servido como sede al grupo
editorial español más identificado con ese proyecto colectivo que es la
socialdemocracia, hoy en día ha sido ocupado por la megacorporación que mejor
representa la dictadura blanda de la globalización y el low cost. De PRISA a PRIMARK: no hace falta decir más.
martes, 19 de enero de 2016
Loving the Alien
Camaleón. Marciano. Visionario. Hum, no sé si estoy muy de acuerdo con la
avalancha de apresurados elogios que ha recibido David Bowie desde que falleció
el pasado once de enero. No, vamos a ver si me explico, más bien discrepo del
enfoque, no del contenido. Me da la impresión (reconozco que soy muy mal
pensado) que la inmensa mayoría de gente que se ha sentido tan afectada por la
muerte del cantante de mirada bifocal en realidad le conocían más por sus
excentricidades vestimentarias y por la pegajosa etiqueta de Rey del Gay Power
(¡sí, así se titulaba el primer recopilatorio de su obra que se publicó en
España, cuando Patascortas aún era el Rey del Fascist Power!) que por sus
canciones (si quisiera ser malo preguntaría a sus floridos plañideros por el
título de alguna de ellas, más allá de “Heroes” y las dos o tres que ha
adulterado la publicidad: no, no lo haré, qué necesidad tengo de granjearme
enemigos). No seré yo quien minusvalore la enorme importancia de Bowie para
hipervitaminar la estética del rock tras la resaca hippie, pero eso sería
banalizar su verdadera aportación a la historia de la música pop de los últimos
cincuenta años, de la que es uno de sus más rutilantes pilares.
Digámoslo pronto: de todos los solistas que han seguido la estela de
Elvis, solo Bob Dylan supera a David Bowie en influencia e irradiación (el
mismo Bowie le homenajeó en Hunky Dory con la maravillosa Song for Bob Dylan). Hum,
espera un momento: acabo de escribir la frase, y ya tengo dudas. Es evidente
que el áspero trovador de Duluth es uno de los forjadores de la sensibilidad
pop contemporánea, tal y como hoy la entendemos, pero su hosquedad y la
impenetrabilidad que rodea a su obra ha desalentado a muchos seguidores,
cansados de recurrir a una hermenéutica casi religiosa para saber de qué coño
les está hablando su gurú. Por el contrario, Bowie (cuyos textos no son mucho
más accesibles que los de Dylan), sí ha facilitado la autopista que lleva a su extraño
mundo, gracias a la profusión de referencias visuales o iconográficas, a su
temprana adhesión a ese nuevo sistema de signos que es el video clip, y a su colosal talento para la promoción (todos los periodistas le tenían por el entrevistado
más amable y encantador de normalmente abrupto mundo del rock). En España, sin
ir más lejos, durante la Movida, el cantante de Brixton era el único de los
dinosaurios de la Época Dorada del Rock al que respetaban la crítica y los
músicos (ah, todavía recuerdo la maravillosa versión de The secret life of Arabia que interpretaron Radio Futura en una de
las veces que pude verles en Rockola). Frente a la adustez cuasi trapense de
Dylan, Bowie ejercía de magnético pavo real para aquella tribu frívola y
pinturera que entró en la edad adulta a principios de los ochenta (y eso que
por entonces el Duque Blanco empezaba a dar muestras de agotamiento musical,
especialmente tras el decepcionante Tonight).
Daba igual: sus magníficos video clips y su alambicada sexualidad (pero ¿es o
no es?, nos preguntábamos, un punto morbosos) le mantuvieron en la cresta de la
ola durante toda la década, incluso le perdonábamos sus erráticas apariciones
cinematográficas, qué fans éramos. Cuando llegó el grunge nuestro unicornio
favorito desapareció con elegancia: qué pintaba él en medio de aquella horda de
depresivos mal peinados y con la camisa sin planchar, ahí os quedáis con
vuestro angst de andar por casa. Se
largó a Nueva York, se casó con una modelo (¡how
shocking!), se obsesionó con la pintura vanguardista y ya casi no volvimos
a saber nada de él hasta que, en 2013, sacó The next day (disco que, reconozco, no he escuchado más que
superficialmente). Y hace un par de semanas, cuando aún estábamos digiriendo
los jodidos polvorones, las agencias de noticias se alborotan con un nuevo
video clip del artista (titulado Lazarus:
ah, qué rápido hilamos todos a posteriori). Dos días después desaparece. ¡Me
quito el cráneo, mago del márketing!
En fin, supongo que sería ridículo enumerar las canciones que me han
acompañado desde que, corría 1982, Julio Ruiz (sigue dando guerra, ahora no sé
en qué emisora) dedicó un programa especial a los diez años de Ziggy Stardust: qué flipe, sentado en mi
habitación del Gurugú, escuchando aquella música que no tenía nada que ver
(¡pero nada!) con la que yo consumía por entonces, y eso que lo hacía por toneladas.
Qué inconsistente se me antojó, en comparación, la aún incipiente Movida, qué
toscos los Stones, qué decimonónicos los Beatles, qué previsibles los Who:
aquel tipo de ojos discordantes mezclaba guitarras como serruchos con violines
de miel, y lo envolvía todo con historias que no transcurrían ni en Nebraska ni
en California, sino en lejanas órbitas mentales, y se vestía como un empleado
de gasolinera que se hubiera pasado con el ácido, y era inquietantemente bello
como una gacela, como una mentira muy bien contada, y pasaba de la melodía más
delicada al estribillo más vacilón, te obligaba a bailar y luego a flotar, te
hipnotizaba. No, no cometí la locura de proclamar que yo quería ser como él
(uf, ya por entonces mi carrocería era mucho más, euh, terrenal), pero algo se
descolocó, algo me hizo sospechar que todo es más imprevisible de lo que nos
creemos, todo es mucho más sutil y delicado que aquella monserga que se
empeñaba en contarnos el profesor de Derecho Político (¿habrá escuchado este
mamón alguna vez Soul Love, o Moonage daydream, me preguntaba yo?).
Que sí, que estoy de acuerdo: Bowie era un camaleón, un marciano, un
revolucionario, todo lo que quieras, pero sobre todo era el cantante de pinta
indescriptible que hizo soñar a aquel adolescente desorientado en la soledad de
su cuarto, y por eso siempre le estaré agradecido, por eso sigo
escuchando su música (lo estoy haciendo ahora), por eso me dolió su muerte,
pero más me dolió saber que ordenó ser incinerado sin nadie a su alrededor, sin
su familia, a solas con el anodino empleado de la funeraria. David Robert Jones,
lo siento, tus órdenes me las paso por el forro: no sé cómo, pero yo estaba
allí, y sé que no te molestó que bailara.
lunes, 18 de enero de 2016
"Reyes de Alejandría", de José Carlos Llop (Alfaguara, 2016)
Un libro que viene auspiciado por Ezra Pound y Lou Reed merece que le
demos una oportunidad, y así lo hago, a pesar de no haber leído nunca al chiflado
poeta norteamericano (para compensar, el no menos chiflado bardo neoyorkino es
casi como de la familia, y quizás por eso nunca le perdonaré que, después de
tirarse toda la vida enganchado a la heroína, se nos muriera haciendo Taichi:
qué falta de respeto). A lo que vamos: son muchos los dioses tutelares que
florecen por los cuatro rincones de “Reyes de Alejandría”, la crónica
sentimental que José Carlos Llop
(Palma de Mallorca, 1956) dedica a los años de su adolescencia y primera
madurez que transcurrieron entre su ciudad natal y la mítica Barcelona de,
entre otros, Ocaña, Vázquez Montalbán y Sisa, en aquel mágico paréntesis
libertario que va desde la disolución del meapilas Régimen Franquista hasta el
advenimiento del latrócida Régimen Nacionalista. A caballo entre la música y la
poesía, Llop nos cuenta nuestra mentira favorita: tras cocinar los datos en la
trastienda de la memoria, todas las chicas que te follaste a los dieciocho años
resulta que tenían nombres fascinantes (¡Fabianne! ¡Zaida! ¡Miss Opalo!), todas
exhalaban un delicioso perfume a hash (¡a grifa hubiera dicho yo, que tan
mitómano soy!), y de su boca salían frases misteriosas y evocadoras, como
versos muy bruñidos. A Llop le traiciona su vocación lírica y cuando está
inspirado deja párrafos de límpida serenidad mediterránea, pero en ocasiones se
le va la mano con la nostalgia (la testosterona de los poetas): “No puedo contar el amor porque el amor,
como larva que nunca ha de completar su metamorfosis, no puede contarse” (pag.
152) ¡Agárrame esa mosca por el rabo! La situación política aparece de refilón
y tratada con cierto desdén, como si no tuviera demasiada importancia para
aquel imberbe José Carlos tan henchido de poesía y de rock (música de la que
demuestra un conocimiento enciclopédico). El libro es breve y triste, al
cerrarlo te queda una sensación cenicienta en la boca: la vida iba en serio, ya
lo dijo Gil de Biedma, y el muy puñetero siempre tenía razón.
martes, 8 de diciembre de 2015
“Limónov”, de Emmanuel Carrère (Anagrama, 2013)
No
deja de ser curioso (incluso le dedicó una biografía) que una de las
referencias de Emmanuel Carrère (París, 1957) sea Phillip K. Dick, una de las
mentes más imaginativas de la literatura del siglo XX. Frente a los delirios y
las fabulaciones del norteamericano, su biógrafo ha construido una sólida
carrera sobre un género que se popularizó en la estela de “A sangre fría” y
que, hoy en día, ha desembocado en una verdadera avalancha de libros
etiquetados como “novelas biográficas” o “biografías noveladas” (piénsese en
“La fiesta del Chivo”, o “Anatomía de un instante”), en los que, y ahora se
entenderá la mención a Dick, la imaginación ha cedido el mando al estilo, a la
eficacia narrativa, que, en el caso de Carrère, es innegable. ¿Para qué crear
peripecias cuando tu personaje (como es el caso del inclasificable Eduard
Limónov) ha tenido una vida que excede toda invención? Y si además esa vida te
sirve como perfecto correlato de los últimos cuarenta años de historia de la
URSS / Rusia, pues miel sobre hojuelas. Ya en “De vidas ajenas” (el título es
toda una declaración de principios) y en “El adversario”, Carrère demostraba un
olfato finísimo a la hora de recurrir a historias verdaderas a las que aplicaba
el barniz de la creación novelística, aderezado con algunos toques del Nuevo
Periodismo: el resultado era magnífico, tal y como acreditan la cantidad de
premios que han recibido sus libros. Es cierto que en “Limónov” nunca sabes
cuál es la droga que te engancha, si las volteretas vitales del personaje (¿es
un personaje?: en realidad es una persona) o la pericia con la que el autor
(¿es un autor?: el DRAE lo define como “el que inventa alguna cosa”) ordena los
materiales que se le suministran. Pero qué más da: Carrère escribe de puta
madre, que es lo que importa, y las sutilezas terminológicas es mejor dejárselas
a los eruditos, con su pan se las coman.
viernes, 4 de diciembre de 2015
Dos cuadros
Sonará muy
pomposo, pero entro en el Museo del Prado con la sensación de que éste es el
único lugar en el mundo en el que me siento completamente seguro, a resguardo
de yihadistas, acreedores y señoritas empeñadas en hacerme (¡qué manía!) el
test de paternidad. En cuanto entrego en la consigna mi abrigo alcanzo un
estado de euforia, casi de ingravidez, ni siquiera una excursión de ruidosos
niños me alcanza, estoy muy por encima de las inquietudes humanas. Incapaz de
elegir entre la fabulosa oferta de cuadros, me dejo llevar cual leucocito por
el sistema linfático de un hipertenso (me lo he inventado, que quede claro: de
medicina no tengo ni idea). Al girar por una de las salas veo un cartel con “La
gran odalisca”: me anuncia la exposición dedicada a Ingres, y allá que te voy.
No creo que
sea necesario que presente a Ingres, uno de los pocos pintores clásicos
respetados tanto por impresionistas como vanguardistas en general. La selección
de cuadros es apabullante: retratos hagiográficos de Napoleón (¡con la mano
metida dentro de la chaqueta comme il
faut!), alegorías medievalistas muy del gusto de la época, desnudos
femeninos de todo tipo (incluyendo el muy audaz “El baño turco”)… El pintor
francés se adentra con mano maestra en la apoteosis de la carne, gracias a una
serie de cuadros de erotismo adulto que convierten el calendario Pirelli en la
tosca fantasía de un adolescente granujiento. Como curiosidad, la exposición
también explora la vertiente religiosa de su obra: “Virgen adorando la sagrada
forma” o “Jesús entre los doctores” son dos muestras impagables de que un
artista del siglo XIX podía, al mismo tiempo, ser profundamente sensual y un
fervoroso cristiano. Hum, ahora que lo pienso, esa capacidad para integrar
ideas tan opuestas se perdió en el siglo XX, donde la exigencia de autenticidad
y coherencia fue una de las reglas básicas, dando lugar a artistas enormemente
libres, pero también enormemente predecibles. En fin, no se puede tener todo
(supongo).
Pero la joya
de la corona de la exposición es, sin ninguna duda, el retrato de
Louis-Françoise Bertin, un adictivo imán para los ojos ante el que permanezco
un buen rato, fascinado por ese pelo al tresbolillo y esa postura de gato a
punto de saltar sobre el descuidado ratón. El señor Bertin nos mira con una
mezcla de desfachatez y desafío muy propios de la clase social a la que
representa (la burguesía enriquecida que superó todas las piruetas políticas de
comienzos de XIX en Francia) y del estamento laboral en el que desarrolló su
actividad (la prensa, ese cuarto poder que tan decisivo iba a ser a partir de
entonces). Me tengo que remontar a los retratos del renacimiento italiano para
encontrar una intensidad tal en la mirada: bien visto, los propietarios de
periódicos fueron los herederos de los antiguos condottieri, y gracias a ellos se encumbró (y luego defenestró) a
la clase política de la época. Estamos ante uno de los últimos grandes retratos
de la Historia del Pintura, ya que, pocos años después, se popularizaría la
cámara de fotos, y los pintores, para no morirse de hambre, tuvieron que
inventarse ese coñazo del retrato subjetivo: a otro perro con ese hueso.
Mientras
recobro fuerzas con un refrigerio en la cafetería del Museo, advierto que hay
otra exposición, esta de muy distinto signo, dedicada al Divino Morales. Uf:
con la excepción de las baladas heavys, no hay un género artístico que me
irrite tanto como la pintura religiosa española. Ya sea en un museo diocesano o
en la sala de estar de cualquier andaluz, esos cristos dolientes y esas
magdalenas llorosas me ponen de los nervios, no lo puedo decir de otra forma.
En fin, que ya que estoy aquí, pago mi café y mi napolitana de chocolate
(¡cinco euros y diez céntimos por esto! ¿Viene con un Velázquez de regalo o
qué?, le espeto al camarero), y me meto a ver la exposición, si no me gusta me
largo y santas pascuas.
Al primer
golpe de vista se confirman todos mis temores: Jesusitos almibarados, vírgenes
de guardarropía, santos alopécicos, escenas de contrición y martirio. Me abruma
esa sensación de pegajosa religiosidad que te asalta en cualquiera de nuestras
iglesias, y de la que no te libras hasta la tercera ducha. El extremeño Morales
(contemporáneo de Carlos V y Felipe II) dedicó su carrera a suministrar cuadros
al por mayor para iglesias y conventos, por lo que no se planteó grandes
aventuras artísticas ni retos estilísticos, las innovaciones no dan de comer,
pensaría juiciosamente. Probablemente su estilo estuviese por encima del de sus
colegas (de ahí su mote de El Divino: mote que, por cierto, comparte con Francisco Vallés, el médico que aún hoy da nombre a un hospital en Alcalá),
pero no puedo decir que me entusiasme, al contrario, a los dos minutos estoy
harto de vírgenes y natividades, es como vivir dentro de un belén, qué agobio.
Pero
(Siempre hay
un pero)
Pero de
repente… harto como estoy de iconografía con olor a cirio, abro los ojos como
platos al toparme con “Cristo, varón de dolores”, un cuadro traído del
Minneapolis Institute of Arts que me deja fascinado (y cuando digo fascinado,
quiero decir fascinado). Hartos como estamos de ver representaciones canónicas
de la crucifixión, esa imagen de Cristo sentado con las piernas cruzadas (¡con
las piernas cruzadas!) y la cara apoyada en la palma de la mano como si fuera
un novelista primerizo posando para la solapa de su libro me atrapa inmediatamente. Solo le falta un cigarrillo
entre los dedos de su mano derecha para convertirse en una figura de Edward Hopper,
una especie de alegoría de la soledad o de la melancolía, de alguno de esos
sentimientos que tanto abundan en otoño. No soy experto en la pasión de Cristo,
pero en este cuadro (en el que, a pesar de que también aparece la cruz y
algunos útiles de carpintería, no sabemos si está concebido antes o después del
martirio) es como si el CEO de la Cristiandad se estuviera planteando alguna
duda existencial de mucho calado: qué hago yo aquí, o quién me mandaría meterme
en este fregado. En definitiva, un cuadro de una modernidad apabullante, que me
ayuda a salir de la exposición dando una zapateta de alegría y confirmando ese
refrán tan sabio que dice que nunca se sabe por dónde puede saltar la liebre.
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