jueves, 14 de septiembre de 2017
Regreso (ácrata) al pasado (lisérgico)
miércoles, 13 de septiembre de 2017
El burócrata imperial y el guerrillero planetario
En las fotos
que conservamos de Sir William Henry Beveridge (todas en riguroso blanco y
negro), se nos aparece como lo que fue: un acabado producto del Imperio
Británico. Tanto es así, que tuvo la muy cosmopolita idea de nacer en lo que
hoy es Bangladesh, donde su padre ejercía como juez de la administración
colonial. Corría 1879, y para que nos hagamos una idea, cabe decir que, en ese
mismo año, Edison inventó la bombilla: literalmente, hasta entonces las noches
se pasaban a la luz de las velas. Hemos visto las suficientes películas para
suponer cómo fueron los días de infancia del joven William: calor sofocante,
nativos de extrañas costumbres, la irónica certidumbre de pertenecer al lado
correcto de las creencias. Con el paso de los años, Mr. Beveridge emigraría a
la Gran Bretaña de sus ancestros, donde estudió literatura clásica antes de
dedicarse al periodismo, para finalmente entrar en el mundo de la política de
la mano del mismísimo Winston Churchill, por entonces ministro de economía. Dos
guerras mundiales después, y tras una vida dedicada a la función pública (lo
cual le valió ser ennoblecido), mister Beveridge murió discretamente en 1963.
El mundo en el que había nacido se apolillaba en los museos: pocos días después,
The Beatles grabarían “From me to you”, la tarjeta de presentación de lo que
con el tiempo se llamaría “la Década Prodigiosa”.
Es
difícil encontrar dos personalidades más antitéticas. Beveridge era metódico,
aburrido, victoriano hasta la médula, un ratón de jurisprudencia y reglamentos.
No hace falta documentarse para intuir que, como buen inglés, le gustaba el té
y recortar obsesivamente los rododendros, y dudo que alguien, además de su
esposa, le viera sin su cuello duro. Ernesto Guevara, por el contrario, era
exuberante y carismático, abundante en arrojo físico a pesar de su asma,
palabrero y seductor. Es uno de los pocos mitos incontrovertibles que nos ha
legado el siglo, y su brillo no da muestras de agotarse: raro es el día en que
uno no se cruza con una camiseta en la que esté reproducido su rostro, ese
rostro que mira hacia el infinito y que provocó un vahído de deseo en Simone de
Beauvoir cuando acudió, acompañada de su pareja Jean-Paul Sartre, a entrevistar
al guerrillero más famoso de todos los tiempos.
Pero
si escarbamos un poco, descubriremos algo que une a nuestros protagonistas de
hoy. Ambos poseían una conciencia social muy desarrollada, con todo lo genérico
que esto suena. No será necesario explicitar cómo vehiculó el Che dicha
conciencia, que le llevó a luchar en Cuba, África y Sudamérica, donde alcanzó
la palma del martirio, quedando como, posiblemente, el último hombre de acción
que ha conocido la humanidad. Mr. Beveridge, aclarémoslo ya, no era precisamente
un aguerrido activista (hay que ser muy fantasioso para imaginarle manejando
una metralleta, o lanzando un cóctel molotov), sino un burócrata concienzudo
que dejó sus incipientes estudios de derecho para ponerse a trabajar en Toynbee
Hall, una fundación humanitaria al este de Londres. Nada especialmente
aventurero, hay que admitirlo: pero aquellos años de formación pusieron las
bases de un empeño que le llevaría muchos años después, tras la derrota de las
tropas nazis, a elaborar lo que se conoce como el “Informe Beveridge”, un árido
documento que significó, nada más y nada menos, que el nacimiento de la
seguridad social tal y como hoy la conocemos.
En
los tiempos que corren (y no creo que sea necesario detallar a qué me refiero),
parece lugar común hacer gala de compromiso con los desfavorecidos, con los que
sufren. Hasta en los perfiles de internet es casi una cláusula de estilo
comenzarlos proclamando que se odia la injusticia y la discriminación. Y ese ha
sido el punto medular que, durante el último siglo largo, ha constituido el ADN
de lo que muy genéricamente podríamos llamar la izquierda. Si se me permite la
hipótesis, una sociedad posee una conciencia social articulada cuando en su
seno se complementan armoniosamente los Beveridge y los Guevara, los
legisladores y los visionarios. Pero desde hace unos años, desde que el
populismo llegó a la política mundial, nadie quiere ser Beveridge, todos pretenden
constituirse en Guevaras de inflamada oratoria y formidable melena al viento.
Siento ser aguafiestas: mientras que el pulcro y morigerado señor Beveridge nos
legó el más formidable instrumento de nivelación social que ha conocido la raza
humana, las aportaciones del señor Guevara en ese sentido han sido (¿cómo
decirlo sin que se ofenda nadie?) radicalmente irrelevantes. Por lo tanto, y
aquí quería yo llegar, el partido que representa a la socialdemocracia en
España (y al que llevo votando desde octubre de 1982, lo cual me da cierta
legitimidad para decir lo que estoy diciendo) debe dejar de creerse un émulo
del Che para adoptar la ideología pragmática, tenaz y reformista que guió los
pasos del señor Beveridge. En lugar de pretender gobernar a través de pancartas
y tweets, ha de hacerlo como los partidos con vocación de gobierno: a través
del BOE. Es verdad que no suena muy aventurero, es verdad que no suena muy
excitante, es verdad que eso no va a recolectar muchos likes en su página de facebook. Es verdad (no lo vamos a negar) que
lo más bonito que le van a llamar es el
partido de la casta. Pero no se gobierna para ser popular, sino para
cambiar la sociedad. Y no recuerdo ninguna sociedad que se haya cambiado a base
de camisetas.
miércoles, 23 de agosto de 2017
Lecturas de verano
De
todas las concesiones al exhibicionismo que permite facebook, una de las pocas
que cuentan con mi comprensión es aquella por la que se nos informa de los
libros que el interfecto va a intentar leer en estos días de asueto que nos
proporciona el verano. Como todo lo que se nos ofrece a través de la red de
redes, dichas listas hay que tomarlas cum
grano salis (ay, perdón, que mi correctora de estilo me ha prohibido usar
cultismos: bueno, pues hay que tomarlas de aquella manera, ¿está bien así? ¿soy
lo suficientemente populachero?). Si es verdad lo que en ellas se dice, en
España nadie se va a la playa con las novelas de María Dueñas, o de Pérez-Reverte,
ya no digamos de Dan Brown: todo el mundo se jacta de adentrarse en poesía
ultímisima, o en thrillers recién sacados del horno (que, inevitablemente, nos
desvelan el lado oculto de nuestras sociedades occidentales: qué ganas tengo de
que un thriller nos desvele el lado
visible de dichas sociedades), o en ensayos de densa papilla
postestructuralista. Además, me resulta muy curioso que prácticamente todos los
títulos que se mencionan han visto la luz en los últimos tres o cuatro años.
¿Qué pasa, qué nadie lee a Maupassant, o a Baroja, o a Virginia Woolf? ¿No hay
un punto de papanatería en declamar con énfasis: si tiene más de cinco años ya
no me representa, no es moderno?
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| Lawrence Osborne |
En
fin: que para pasar los rigores del verano yo me he permitido escoger (ese
momento en el que te sientes seleccionador de fútbol y dices tú sí, le metes en
la maleta, tú no, lo devuelves a su estantería, tú quizás el año que viene…)
una serie de libros mayoritariamente viejunos, pero que me han proporcionado
instantes de inaudito placer, entreverado con alguna decepción (léase bostezo).
Cerré julio y abrí agosto con “El turista desnudo”, de Lawrence Osborne (Gatopardo
Ediciones), una vindicación inteligente y desinhibida de la última Gran Presa
del Progresismo Europeo: el turista. Osborne cuenta con gracia y rigor sus
peripecias por algunos de esos lugares que aparecen en los folletos satinados
de las agencias de viajes, y es tan sincero como para confesar que, en lugar de
ir a ashrams incómodos o a campos de
trabajo solidario, él es más de perderse por los garitos de masajes de Bangkok
(he estado a esto de escribir: no es
tonto el pibe, no, pero si se entera mi agente de prensa me la lía: ¿qué
quieres, insensato, que perdamos el target de las feministas?).
Esperé
a estar frente al mar para abrir “Moby Dick”. Ya sé que la amaestrada bahía de
Altea está en las antípodas de los feroces océanos que surca la Ballena Blanca,
pero supongo que su presencia salitrosa algo tuvo que ver con el entusiasmo con
el que leí una obra que tiene más de siglo y medio, pero que no ha perdido su
capacidad de fascinación, ni el filo del bisturí con el que secciona algunas de
las neurosis humanas. A pesar de que Melville, muy cervantinamente, se adentra
a veces en excursos que amenazan con sacarte de la obra (esas académicas
descripciones de los diferentes tipos de cetáceos, o el pormenorizado recuento
de las partes de un navío), reconozco que las cincuenta últimas páginas son
magnéticas, con la locura de Ahab campando por sus respetos, en un crescendo de
horror que las adaptaciones cinematográficas solo muy pálidamente han logrado
reflejar. Un clásico absoluto que no sabes muy bien en qué compartimento de tu
biblioteca colocar, si en el libros de aventuras o en el de novela psicológica.
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| Max Aub |
Tenía
muchas ganas de leer “La calle de Valverde” (Seix Barral). Cuando yo hacía COU,
para mi profesor de Literatura Contemporánea solo había dos autores españoles
que merecieran la pena: Juan Goytisolo y Max Aub. Han pasado los años, Muñoz
Molina se ha hartado de alabar las virtudes de un escritor medio suizo, medio
español, medio judío, medio exiliado, y que, sin embargo, escribió la frase
definitiva sobre la identidad: “Uno es de donde hace el bachillerato”. Apuro mi
segundo Campari, me arrellano en la silla, regulo la luz y me adentro por fin
en el libro: ambientado en 1926, se trata de un maravilloso pastiche galdosiano
(pasado por la trituradora verbal de Valle-Inclán), que me engancha desde el
principio. Eso sí, su prosa suena completamente demodé: el mismo año de su
publicación (1961), Luis Martín-Santos dio a conocer “Tiempo de silencio”: es
como comparar un Ford-T con la Apolo XII. Ah: y como uno tiene sus debilidades,
me encanta que una de las escenas claves de la novela se desarrolle en Alcalá
de Henares (“…un pueblo ancho, limpio, viejo. Hermoso color de piedra”).
Hace
un par de años, y despejando prejuicios como el portero despeja a corner un
chut envenado que, tras tocar en un defensa, se colaba por la escuadra (el
departamento de metáforas y símiles de mi editorial se tira de los pelos cada
vez que les intento endilgar una como esta: ¿pero qué pretendes, que nos machaquen
los de Babelia, con lo refitoleros que son para estas cosas?) me compré un
libro de Stephen King (otro de esos autores que nunca verás en la lista de
libros para el verano). “La zona muerta” me gustó mucho, y este año me llevé “En
el umbral de la noche”: creo que es su primer libro de cuentos. Si obviamos
algunos de monótona filiación lovecraftiana, hay cinco o seis que me parecen
verdaderamente originales, olvidando todos los tópicos del terror decimonónico
(los vampiros, las casas edificadas junto a acantilados, etc…), y descubriendo
el potencial inquietante de lavadoras, gasolineras, plantaciones de maíz y
demás lugares aparentemente inocuos. Me ha divertido especialmente “Basta S.A.”
(mala traducción del original: “Quitters Inc.”), una delicia de mala baba que
dedico a todos mis amigos fumadores.
Tras
dejar Altea me fui a Marruecos, concretamente a Essaouira y Marrakech. Qué coño
fui a hacer allí no es el tema de estas líneas, por lo que me limitaré a decir
que me llevé como compañeros de viaje a dos libros bastante disímiles. “El
divino fracaso” (El Club Diógenes – Valdemar) es una melopea modernista de Rafael
Cansinos Assens (“Qué bueno es Cansinos”, se limitaba a balbucear Borges cuando
le preguntaban por la literatura española. “¿Y Cela? ¿No le gusta Cela,
Maestro?”, “Qué bueno es Cansinos”, “¿Y Delibes?”, “Qué bueno es Cansinos”), en
la que se nos insta a seguir aferrados al arte más sublime y no ceder nunca a
las pretensiones del mercado y los mediocres. Esto que yo acabo de resumir en
una frase Cansinos lo desarrolla durante casi trescientas páginas, con lo que
en algún momento la cosa se pone repetitiva, no nos vamos a engañar. No he
leído nada más del autor sevillano, pero empiezo a confirmar algo que ya
sospechaba antes de abrir el libro: estamos ante uno de esos artistas cuya obra
está por debajo del personaje que la creó. Valga un polémico ejemplo: Paul
Bowles, y mira que me duele decirlo.
Y
aunque quedan unos días para que acabe el mes, cierro este listado con uno de
esos escritores a los que próximamente borrarán de los callejeros de España,
dado que difícilmente puede agavillar más iniquidades: novelista de éxito
durante el franquismo, escritor de escasa conciencia social (¡el protagonista
de sus libros era un comisario de policía!), cantor ternurista del paisaje
manchego y sus gentes, y, para rematar la jugada, físicamente era un clon de
José María Ruiz Mateos: si se descubriera que Francisco García Pavón fue quien
mató a Kennedy o quien comercializó el aceite de Colza, no creo que su
popularidad descendiera significativamente. Pero a mí me encanta su prosa, su
lenguaje lleno de tersura, su aparente sencillez, la elegancia con la que
alancea tópicos sin necesidad de meterse en berenjenales vanguardistas. Aunque
no alcanza la excelencia de sus novelas de Plinio, el volumen titulado “La
cueva de Montesinos y otros relatos” (tengo una edición de Austral comprada en
alguna librería de lance) es un excelente relajante para los excesos
narrativos, pues cuenta las cosas con una gracia y una liviandad bajo las que
se ocultan muchas horas de afanosa artesanía. El perfecto regalo para ese amigo
de Podemos que todos los cumpleaños nos inflige la última jeremiada de Juan
Carlos Monedero.
¿Y
en septiembre? ¿Qué tengo previsto para la rentrée? Desde hace años me rondan las ganas
de hincarle el diente a “Bouvard y Pécuchet”. También he leído calurosas
reseñas de “Los senderos del mar”, de María Belmonte. Pero todo eso tendrá que
esperar, pues dado que tengo cita con los Stones el próximo 27 de septiembre,
antes me voy a leer la autobiografía del Gran Pirata del Rock, su Majestad
Keith Richards. I know, It’s only literature,
(but I like it)!
martes, 27 de junio de 2017
Ecos de sociedad en La Mancha
Q
notó que el naciente sol le taladraba. Uf, rezongó. Se desperezó a retazos, con
las articulaciones machacadas por la incomodidad. No era la primera vez que
dormían en el coche, ya tuvieron que hacerlo cuando persiguieron de fiesta en
fiesta a la princesa Micomicona, aunque la exclusiva valió la pena, su jefe les
felicitó y les dedicaron la portada, un exitazo. Pero se estaba haciendo mayor,
su cuerpo ya no le respondía como cuando empezó en el mundillo de la prensa
rosa, muchos años atrás. Miró a su inseparable S. El fotógrafo dormía
apaciblemente, roncando como un bendito, qué envidia: ¡venga, que es la hora!,
le zarandeó.
S
bostezó antes incluso de abrir los ojos. Habrá que desayunar, ¿no?, musitó
entre risas, sin preocuparse siquiera de dar los buenos días. Q miró a su
compañero: ¿desde cuándo llevaban recorriendo la Mancha a la caza de noticias?
El periodista no recordaba la fecha, pero daba fe de que el primer pensamiento
matutino del fotógrafo siempre versaba sobre el desayuno. Qué hombre, qué
obsesión tenía. Incluso simuló husmear como un perro de caza: no sé si será por
la resaca, Q, pero juraría que huele deliciosamente…
Ya
iba a descargar su ira sobre su hambriento amigo cuando su olfato se activó:
sí, sí que olía a comida al otro lado de la enramada, tenía razón. Se
acicalaron un poco, S se cercioró de que llevaba sus cámaras de fotos, Q hizo
lo mismo con su grabadora y su agenda, en la que escondió con mimo unos papeles.
Salieron del coche, serpentearon por un laberinto vegetal que parecía no
acabarse nunca. Mientras peleaban con la floresta, S le pidió a Q que le
refrescara la memoria: ¿y esto de qué va?
- Si dedicaras
menos tiempo a pensar en comida tus facultades no estarían tan mermadas. Vamos
a cubrir la boda de la señorita Quiteria Von Hollenzozer Und Taxis.
- ¿Ésa no fue
Miss La Mancha? – S pareció despertar de su letargo. - Le saqué unas fotos en
el concurso. Buenos pechos, buenos muslos, una jaca en condiciones… ¿Y, por
cierto, no estaba liada con un actor, un tal Bartolo, o Bernardo…?
- Basilio.
Pero el chico no tenía ni un euromaravedí, y ella se hartó de que sus películas
fracasasen una tras otra en taquilla. Y como se le iba a pasar el arroz, pues
se decidió a aceptar la propuesta del conocido industrial manchego J.B. Camacho
III.
- ¿El
millonetis ese que sale en los papeles? ¿El presidente del club de fútbol?
Q asintió, y
no pudo evitar acariciar su agenda. Inconscientemente comprobó que los llevaba
consigo. Sí, ahí estaban los papeles que, si todo salía bien, podrían auparle a
ese éxito profesional que tanto tiempo llevaba eludiéndole. Se trataba de los
documentos que, filtrados por una fuente anónima, demostraban que Camacho había
reunido su fortuna especulando con terrenos y blanqueando capitales. Le había
costado años conseguirlos, pero ahí estaba todo: domiciliaciones bancarias,
cuentas off shore, fotos incriminatorias…
Tras más de veinte años en la profesión, por fin la fortuna le había dado
buenas cartas. No le había dicho nada a S para que no se fuera de la lengua,
menudo bocazas estaba hecho. Solo necesitaba unas cuantas fotos actuales para
presentarse ante su jefe con todo el material, y, si la cosa gustaba, dejaría el
cotilleo para pasar a nacional, su auténtico sueño. En fin, mejor no fantasear:
céntrate, se impuso.
- Lo que yo
digo: donde esté un industrial de posibles que se quite un titiritero.
Q no supo qué
hacer: si indignarse por el materialismo de S o admirar su inefable olfato,
gracias al cual no se perdieron entre la maleza y llegaron a un claro en el que
había dispuestas numerosas mesas y utensilios de cocina, mientras un batallón
de cocineros trasteaban de acá para allá llevando viandas de todo tipo. S puso los
ojos en blanco y pidió permiso para fisgonear un poco, para ir calentando la
cámara, como él decía. Q accedió, y con guasa le vio partir, sabiendo que iba
de cabeza a conseguirse algo de manduca, qué tío. El periodista siguió andando
sin prisa, tomando nota mental de la elegancia de los invitados, reconociendo a
algunas caras conocidas: varios congresistas, la presidenta de la diputación,
un famoso cantante. Al dejar atrás una arboleda, la estupefacta mirada de Q
descubrió una estrafalaria estructura de unos cincuenta metros de altura sin
forma reconocible, a medio camino entre una sala de torturas y un columpio medio
oxidado. Un mozo de la organización pasó a su lado, y el periodista le echó el
guante mientras le enseñaba su carnet de prensa.
- Soy de “La
Mancha News”. Esa cosa de ahí, ¿qué se supone que es?
- ¿De verdad
no lo sabe? - El mancebo escrutó a Q de arriba a abajo, y un rictus de sarcasmo
se derramó por su cara. - Es una capilla deconstruida por Frank Gerhy para la
ceremonia. Es un ready made de una
audacia absolutamente posmoderna. Y ha costado una burrada de euromaravedíes,
el señor Camacho nunca repara en gastos.
Q se rascó la
cabeza. Aquello era un churro de mucho cuidado, sin pies ni cabeza, una
acumulación insensata de ventanas y ángulos: ¿y por qué la ceremonia no tiene
lugar en El Bonillo? Me han dicho que es un lugar precioso, con un palacio de…
- No sea usted
vintage. Los palacios renacentistas no
son modernos, son superantiguos. A ver si lo entiende: es como si usted
escribiera sus crónicas en una Olivetti. Bueno, me tengo que ir, hay que hacer
muchas cosas.
Q le dejó ir.
Se encendió un cigarro: ¿qué tendría aquel cretino en contra de las Olivetti?
Por supuesto que ya no la usaba, en la redacción todo estaba informatizado, a
la última. Pero en su casa aún sacaba de vez en cuando su vieja máquina de
escribir y la limpiaba cuidadosamente, anda que no había hecho kilómetros y
reportajes con ella. S, que se le había arrimado sin hacer ruido, le sacó de
sus ensoñaciones.
- Y yo que me
las prometía muy felices poniéndome hasta la bola de los productos de la tierra....
Pues resulta que me acerco a la comida, y ni rastro de las famosas gallinas, ni
de los quesos. Todo es, agárrate, tecnoemocional. No me preguntes qué es eso,
me lo ha explicado aquel zangolotino de allí, el de la cresta y los tatuajes.
S señaló al
que parecía dirigir las operaciones. Vestía como de pirata, con aretes en las
orejas, y todo el tiempo estaba gritando por el móvil, más parecía un director
de orquesta que un cocinero. Q reconoció al tipo: Adrián Ferrys, el chamán de
los fogones, el Edison de la gastronomía cuántica, el demiurgo de la fabada
neoconceptual. A Camacho le habrá salido por una pasta.
S se puso a
hacer unas fotos mientras Q apuntaba unas frases en su libreta: “Blanqueo de
capitales en la Mancha”, había que ir pensando en un titular de impacto para el
reportaje, lo tachó, ya se le ocurriría otro mejor. De repente, un ruido
horrísono le obligó a volver la cabeza. Un tipo estrafalariamente vestido,
subido a una tarima, empuñaba un micrófono, y en un castellano aproximativo se
presentó como DJ Benengeli. Iba a encargarse de la música, y exigió a los
asistentes que se olvidasen de los mortalmente aburridos (“deadly boring”) bailes típicos de la región, la modernidad venía de
la mano de su novísima performance “Holistic
Wedding mindfullness nº 35”
- Yeah, motherfuckers, let’s have some dancing!
Una docena de
bailarines surgió de entre la multitud, y comenzaron a moverse al ritmo de los
crispantes gruñidos que el tal DJ Benengeli extraía de sus platos, y que
sonaban como dos chimpancés peleándose con tenedores oxidados. Q y S se miraron
con ironía. Ya estaban acostumbrados a los caprichos de los ricos, anda que no
habían cubierto saraos y festejos, pero lo que estaban viendo superaba todo lo
imaginable. Los invitados a la boda, cada vez más numerosos, hicieron un corro
alrededor de los bailarines, que ya habían abandonado cualquier concesión a la
armonía y a la elegancia corporal para contorsionarse como si se hubieran
tomado un chupito de ácido sulfúrico. Qué avant-garde,
suspiró una señora al lado de S, y éste le dio la razón, avant-garde a tope, se rió, mientras dejaba deslizar sus ojos por
el generoso escote de la invitada.
Con la misma
brusquedad con la que había comenzado, la música cesó, y los bailarines se
retiraron entre aplausos. Un silencio expectante recayó sobre el lugar. Alguien
dio unas palmadas y avisó de la inminente llegada de la novia. Por una de las
puertas laterales, rodeada de edecanes y damas de honor, apareció una radiante
Quiteria, arrancando de todos los presentes un unánime estertor de admiración.
Sí, había que reconocer que era de una belleza incomparable, una de esas
mujeres que hacen enamorarse a todos los que las ven. El vestido es de
Montesinos, escuchó Q a alguien, y lo apuntó en su libreta. ¿El de la cueva
también es modisto?, le preguntó S, y Q ni se dignó en corregir la incultura de
su amigo, absorto como estaba en la contemplación de la esplendorosa Quiteria. Allá
dentro, en los sótanos de su alma, una campanilla de oro y miel le trajo a la
mente la imagen de su adorada Dulcinea, y una repentina amargura inundó todo su
ser. No sabía nada de ella desde hacía tiempo, desde que su novia había roto el
compromiso alegando que el estilo de vida de un paparazzi era incompatible con
el matrimonio. Puede que tuviera razón: era una profesión sin horarios, sin
rutinas, siempre pendiente de salir corriendo si una rica heredera hacía un
posado en la playa o un terrateniente calavera era pillado en una venta con su
secretaria. Dulcinea se hartó, y durante meses Q había recurrido al Valdepeñas
para olvidar, la de tinajas que vaciaría en aquella época. Ya llevaba limpio un
tiempo, pero el cabello dorado y los ojos azules de Quiteria le recordaron que,
allá en el Toboso, en un álamo a las afueras del pueblo, había un corazón tallado
con su nombre y el de su amada. Sacudió la cabeza, no quería dejarse llevar por
la melancolía, quizás si lograba dar la campanada con el reportaje que tenía
entre manos Dulcinea reconsideraría su negativa, quién sabe. Comprobó con
satisfacción que S estaba haciendo fotos con su habitual eficacia. Sería muy
primitivo, de acuerdo, pero en lo suyo era el número uno, el mejor. Mientras la
concurrencia seguía ensimismada con Quiteria, descubrió con el rabillo del ojo
que, en la mesa presidencial y sin apenas anunciarse, se había aposentado un
hombre de cierta edad, al que rodeaban una docena de secretarios y guardaespaldas.
A Q se le aceleró el ritmo cardiaco y se le secó la garganta: voy a por ti,
sinvergüenza, pensó.
Apenas había
la multitud empezado a tomar asiento cuando, abriéndose paso a codazos, surgió
un desconocido, y de un salto se subió a la tarima de la música. Sin hacer caso
de sus melifluas protestas empujó al DJ, que cayó al suelo de mala manera, para
después salir huyendo. Acto seguido, el recién llegado miró a todos desafiante,
se quitó la chaqueta y dejó ver una camiseta que decía: “No a la boda”.
- Déjame
adivinarlo: ése es el tal actor Basilio.
S había
acertado. A su alrededor, la gente estalló en un griterío formidable: unos le
reprochaban su aparición, mientras que otros jaleaban su audacia. ¡Qué querrá
ese cantamañanas!, se sulfuró una señora, ¡que lo echen! Camacho, sentado y
paladeando una copa de champagne, asistía a la escena sin pestañear, hasta se diría
que con un punto de cruel satisfacción. Sus acompañantes, eso sí, parecían
bastante más nerviosos, y alguno de ellos se aprestó a telefonear a la Santo
Oficio para que viniera a imponer su autoridad. En medio de toda aquella
barahúnda Basilio cogió el micrófono, y así dijo:
- Señoras y señores,
todos me conocéis. Vengo aquí movido por el amor que tuve a la sin par Quiteria.
Mas al verla en trance de casarse con el avieso Camacho, he comprendido que mi
vida carece de sentido. Por lo tanto, haré mutis por el foro.
Con toda la
teatralidad posible, Basilio sacó un puñal que llevaba escondido, y
levantándolo sobre su cabeza como un trofeo lo dejó caer cerca del corazón,
donde se clavó con contundencia. Un chorro de sangre brotó de la herida, generando
un grito de angustia entre los presentes y algún desmayo. S no paraba de hacer
fotos, un click detrás de otro. Unos cuantos de los invitados se abalanzaron
sobre Basilio, y llegaron a tiempo para recoger su cuerpo que se derrumbaba,
depositándolo a continuación sobre una mesa. El bello rostro de Quiteria se
volvió blanquecino, como de mármol, mientras que Camacho, sin mover un músculo,
mascaba con denuedo el puro que se estaba fumando. Como surgiendo de un globo
que pierde aire, se escuchó la voz del moribundo.
- Estando ya
con un pie en el estribo, solo pido un favor: solicito de Quiteria que me
acepte como esposo para estos pocos momentos que me quedan. Al menos mientras
baja el telón quiero ser feliz.
El Cura, al
que habían empujado junto al agonizante, meneó la cabeza confuso, no sabía qué
hacer. Al fin carraspeó y se dirigió a Basilio: es verdad que desde que el Papa
Francisco está al mando nos hemos vuelto todos muy modernos, hasta dice que los
gays son personas normales, pero qué quieres que te diga, no creo que una boda in articulo mortis sea una buena idea, a
la hora de la herencia eso es un lío.
Arreciaron los
gritos a favor y en contra, nadie se privó de expresar su opinión entre
alaridos. Pero atravesando el insoportable bullicio se oyó cómo alguien
golpeaba una copa con una cucharilla, y todos se volvieron hacia la mesa
presidencial al tiempo en que enmudecían. Camacho jugueteó con su puro, lo
depositó con lentitud en el cenicero. Sorprendentemente para una persona de
edad tan avanzada, su voz era aflautada, casi juvenil: Padre, conceda a ese
pobre calavera su último deseo. Pero deprisita, luego tengo consejo de
administración y voy a llegar tarde.
El Cura tragó
saliva visiblemente. Hizo un gesto a Quiteria para que se acercara, y ésta le
obedeció contrita. Entrelazando las manos de ambos, el Cura soltó unos
latinajos, para acabar haciendo la señal de la cruz. Cuando acabó, los
flamantes esposos se miraron tiernamente, y la concurrencia no pudo evitar
exhalar un suspiro sincronizado. Eso sí, la ternura del momento fue efímera,
desapareciendo cuando el agonizante Basilio, con un brinco impropio de su
estado, se puso de pie. Sonriendo se quitó el puñal que le atravesaba y lo
enseñó a la concurrencia.
- No sabéis la
cantidad de trucos que te enseñan los expertos en efectos especiales cuando
trabajas en películas de acción.
- ¡Un puñal de
pega! – exclamó S - ¡Vaya tunante está hecho el tal Basilio!
Q no escuchó a
su amigo, admirado como estaba por la astucia de los amantes. Sí, eso tenía que
haber hecho él con Dulcinea: pelear por su amor, y no acatar disciplinadamente
su rechazo. El romanticismo tenía un lugar en este mundo gracias a gente como
Quiteria y Basilio, y lamentaba no haber sido valiente para luchar, qué cobarde
fui, qué conformista. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el formidable
griterío que se desparramaba a su alrededor: los amigos de Camacho berreaban
enfurecidos, los de Basilio chillaban regocijados, hasta los camareros
reclamaban a voces instrucciones sobre si servir o no la Esferificación espumosa de ánade vietnamita. El Cura gritó que un
consentimiento conseguido a base de engaños no tenía validez, pero Quiteria le
mandó callar con desdén, y utilizando el micrófono no dejó lugar a dudas: si no
es válido, yo lo confirmo. Mi único marido es Basilio.
La mirada de
los concurrentes se desplazo angustiada hacia la mesa presidencial. Sin
inmutarse, Camacho hizo una señal a los suyos: se pasó el dedo índice enhiesto
de una parte a otra del cuello. No hacía falta ser un experto en semiótica para
darse cuenta de que la vida de Basilio corría grave peligro, hacia él se
dirigían los secuaces del cacique. Q notó que su corazón se aceleraba: tú sigue
haciendo fotos, enseguida vuelvo, rugió a S. En tres zancadas, y saltando por
encima de las mesas, Q se plantó junto a Camacho. De un puñetazo derribó a su
escolta, cogió el cuchillo destinado a cortar la tarta y se lo puso en el
cuello al frustrado contrayente. A continuación lo empujó contra la pared,
abrió una puerta y lo metió en un cuarto, fuera del alcance de todos. Aunque
parezca una tontería, se encomendó a su señora Dulcinea (seguía llamándola así):
¡Fuera!, ordenó a los sicarios, ¡tengo que hablar con vuestro jefe!
Los secuaces
miraron al rico empresario, que con un arqueo de cejas les instó a obedecer: salid
fuera, bisbiseó. En cuanto estuvieron solos, y con el cuchillo empotrado en la
papada del empresario, Q empezó a susurrarle en el oído: Camacho, tengo algo
que le interesa, y con la mano libre rebuscó en su agenda, de la que torpemente
extrajo los documentos que tanto le había costado conseguir. Los ojos de
Camacho, habitualmente escondidos entre los pliegues de sus avejentados
párpados, se abrieron de par en par al escuchar lo que el periodista iba
contándole y al reconocer los papeles. Donaciones ilegales, blanqueo, cajas B: no
faltaba de nada. Déjeles escapar, reiteró el periodista, y le entregaré todo
esto. Tras un larguísimo minuto el potentado suspiró, y asintió con la cabeza.
Q bajó el cuchillo.
- Dejadle ir.
Dejadles ir a todos – gritó a sus muchachos, cuya silueta destacaba al otro lado
de la puerta de cristal esmerilado.
Q siguió unos
segundos con el cuchillo en la mano, y a continuación lo arrojó al suelo. Salió
Camacho de la habitación, y mientras sus secuaces arreglaban el traje del jefe
y le apaciguaban la pelambrera, el periodista aprovechó para desaparecer. El preboste,
una vez calmados los nervios, se zafó de sus muchachos, cogió el micrófono y
con una voz autoritaria gritó que aquel circo se había acabado. Todos los
presentes se congelaron de golpe y volvieron sus ojos hacia la mesa
presidencial. Camacho, muy lentamente, volvió a adquirir su habitual gesto de
imperturbabilidad, el mismo que tiene un sapo después de haberse merendado una
mosca especialmente suculenta. Levantó una mano gordezuela y habló: dejad que los
tortolitos se vayan. Una salva de aplausos subrayó la emoción del momento. Se
nota que estamos en año electoral, susurró alguien cerca de Q. A pesar de que
acababa de tirar por la borda su carrera y la posibilidad de recuperar al amor
de su vida, el periodista no pudo evitar sonreír: qué país.
Cogidos de la
mano, Quiteria y Basilio abandonaron el lugar de la boda y se encaminaron hacia
la salida, seguidos por amigos y parientes. S recogió sus cámaras, y se unió a
los que se iban, echando un último vistazo a las viandas. Solo en ese momento
notó que su amigo estaba a su lado, algo más triste de lo habitual.
- ¿Dónde
estabas? Me he hartado de hacer fotos, pero no sé yo si esto va a interesar al
jefe. Las historias tristes no interesan a los compradores de revistas.
Q torció el
gesto. Cada vez le irritaba más la simplonería del fotógrafo: ¿piensas que ha
sido una historia triste? ¿No crees que el amor ha vencido al interés?
- Ay, cada día
estás más adolescente - S sonrió – Esos dos pimpollos van a durar juntos menos
que un caramelo en la puerta de un colegio. Son jóvenes y bellos, de acuerdo,
pero también son un par de descerebrados. Te apuesto lo que quieras a que en seis
meses cada uno está por su lado.
Q no quiso
hacerle caso, y siguieron a cierta distancia al alegre cortejo, sumidos ambos
en sus propias elucubraciones. Incapaz de permanecer callado mucho rato, S
preguntó: ¿por qué crees que cambió Camacho de opinión y les dejó escapar? Q
miró el cielo, se acordó una vez más de su señora Dulcinea. Por fin habían
llegado al coche. Sacó las llaves, abrió la puerta, pensó que daría un brazo
por una frasca de Valdepeñas, entró: puede que, y se encogió de hombros
mientras hablaba, Camacho sea un romántico, quién sabe. S le miró con rechifla
pero no le replicó, no se encontraba con fuerzas para discutir con el estómago
vacío.
(Versión libre del episodio de las Bodas de Camacho, de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha")
miércoles, 7 de junio de 2017
Los bares y yo
Yo he sido, lo
confieso, muy de bares. Los griegos tenían su agora, los romanos el foro y
los ingleses tienen sus clubs, pero
los españoles hemos escogido para crecer y aprender las verdades de la vida ese
lugar mágico en el que te acodas sobre una barra, pontificando a todo pulmón junto
a tu grupo de amigos y amigas, mientras un camarero de edad indeterminada y
carácter avinagrado te repone sin que tú se lo ordenes la caña que te estás
tomando. Prácticamente desde que cumplí los quince años (en aquella época el
alcohol era parte de la dieta de los adolescentes, como el paliluz o las
pastillas de leche de burra), casi todos los fines de semana me he dejado caer
por algún bar (durante mucho tiempo fue “Casa Pepe”, en Alcalá, mi abrevadero
favorito, véase documento gráfico nº 1), lo cual me ha deparado momentos de
intensa diversión y de convivialidad extrema (y alguna que otra resaca,
confesémoslo) a los que no estoy dispuesto a renunciar.
Por lo tanto,
es comprensible que me muestre hasta cierto punto preocupado por el cariz que
están tomando los acontecimientos, y que resumiré en una sola frase: hay una
conspiración para acabar con los bares. Así, como suena. ¿Pruebas? No, claro
que no tengo pruebas, las conspiraciones no se imprimen en el Boletín Oficial
del Estado, estaría bueno. Pero llevo demasiados años frecuentando dichos
establecimientos como para no detectar, en estos últimos meses, ciertas
maniobras (sutiles y no tanto) que pretenden menoscabar el prestigio de una
institución que, junto con la Monarquía y el “Marca”, son las tres columnas que
vertebran eso que los cronistas sin imaginación llamaban “La piel de toro”.
No me andaré
con más misterios y os pondré un ejemplo palmario: hace unos meses, y con
motivo de un premio literario que me concedieron en Bilbao, me desplacé a la
patria chica de Unamuno, otro habitual de los bares (no en vano, en ellos se
fraguó la Generación del 98, una generación de bebedores recios, de mucho
pacharán, no como la del 27, que era más de poleo-menta). Allí fui acogido de
manera estupenda por los promotores del concurso, que me llevaron a su bar favorito
(“La Granja”), donde tuve oportunidad de tomarme un pelotazo con ellos mientras
charlábamos de literatura experimental rusa y su influencia en el realismo
socialista. El bar, todo hay que decirlo, era de esos que tanto me gustan: veladores
de mármol, música tenue pero efectiva, techos amplios, enorme variedad de
alcoholes, camareros tan discretos como eficaces. Por todas partes se extendía
esa sensación de que en un sitio así nada malo te puede pasar, como si hubiera una
muralla que se interpusiese entre tu copa y el chirriante mundo exterior. Pero
poco a poco (estas cosas no suceden de golpe) fui notando algo extraño. Aburrido
por el giro que estaba tomando la conversación (se discutía la primacía
estética de la poesía de Ajmatòva sobre Tsvietáieva: yo me limitaba a asentir,
sin tener ni puta idea de lo que estaban hablando) levanté la cabeza y observé que
toda la tertulia estaba integrada por hombres. Hum, pensé, mejor no digas nada,
quién eres tú para meterte en las preferencias sexuales de gente que levanta
piedras, a ver si te vas a llevar una hostia. Pero el primer J&B Cola
estaba muy cargado, en el segundo la coca-cola era meramente testimonial (y ya
estaba hasta el culo de no poder meter baza con Ajmatòva y Tsvietáieva), por lo
que se me calentó la boca y no pude reprimirme:
- Oye, perdonad
mi indiscreción, pero ¿no hay titis en la tertulia?
Imaginaos a
ocho (¡ocho!) Iñakis Perurenas que se giran hacia ti y te miran como el
lehendakari mira al tronco que va a cortar. Os lo juro: se me pusieron de
txapela. Pero al fijarme con más cuidado descubrí que un evidente desconcierto
se había apoderado de sus rostros. El que estaba a mi lado carraspeó y con un
hilo de voz que no correspondía a su metro noventa me susurró:
- Una
cuadrilla somos. Mujeres aquí no hay, pues.
Un escalofrío
me recorrió la espalda. Si como dice “La Razón” (¿quién podría dudar de la
fiabilidad de una noticia publicada en un periódico dirigido por Paco
Marhuenda?) los nacionalismos periféricos van a acabar imponiendo a sangre y
fuego sus costumbres a la España inmemorial… ¿quiere eso decir que se
restringirá la entrada de mujeres a los bares? ¿Volverá el apartheid con bares
exclusivamente para el sexo masculino y bares exclusivamente para el sexo
femenino? Sentí un rebrote de angustia: una de las sacrosantas funciones de los
bares (por lo menos hasta ahora) ha sido la de servir como eficaz agencia
matrimonial, y no avizoro lugar o hábito que los sustituya para tal tarea
(¿internet?: eso tiene los días contados, como todas las modas). Embreadme y
emplumadme si exagero, pero calculo que al menos siete de cada diez relaciones
de pareja empiezan en un bar (¿los servicios son parte del bar? ¿sí?: pues
entonces ocho de cada diez). Si alguien os cuenta que conoció a su pareja en el
Club de Debate de Física Cuántica de la Universidad de Oxford, os lo digo ya,
ése o ésa os está metiendo una bola de mucho cuidado. En mi ingenuidad, me creí
obligado a convencer a los integrantes de la tertulia de las ventajas de ir con
mujeres a los bares (“puedes aprender mucho de ellas, de su tolerancia, de su
generosidad, de su intuición… y si la cosa funciona te las puedes tirar”), pero
ellos se negaron a escucharme: “Por traerte a la parienta a la cuadrilla
empiezas, y por llevarla a la trainera acabas… ¡y ya muy apretados vamos!”.
Incluso alguno se tapó las orejas con las manos, al tiempo en que gritaba: “¡No
hacedle caso! ¡Acordaos de que el Padre Koldo nos avisó de que esto pasaría! ¡Podría
adoptar cualquier forma nos dijo!”. En fin, que, en vista del cariz que estaban
tomando los acontecimientos, abandoné desconcertado la tertulia, y al atravesar
el bar comprobé que, efectivamente, no había ni una sola mujer. Salí abatido, y
desde la puerta eché un último vistazo a la cuadrilla. Lo que vi me dejó de
piedra, pues aquellos tiarrones se habían arrodillado y rezaban fervorosamente:
“San Mamés, ayúdanos a mantenernos puros, los chicos con los chicos, las chicas
con las chicas, ya casaremos con quien nos diga ama”. En fin, que puede que sea un hecho aislado, pero no descarto
encabezar algún tipo de iniciativa (tipo de esas que organiza change.org) para pedir que los bares
españoles sean declarados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Cuento con
vuestro apoyo, ¿verdad?
lunes, 5 de junio de 2017
El disidente profesional
Mi profesor de Literatura de COU
tenía dos autores fetiche: un tal Ramón Nieto, del que nos dictaba con
engolosinamiento párrafos y párrafos de su novela “La señorita”, y Juan
Goytisolo. De Nieto no he vuelto a saber nada (uno más de los muchos escritores
a los que se tragó la Transición, por parafrasear el célebre final de “La
vorágine”), pero Goytisolo ha sido una presencia constante en las algaradas
culturales de los últimos cincuenta años, y no tanto por sus cualidades
literarias, sino más bien por haberse autoerigido en el paradigma del
intelectual disidente, del francotirador que dispara contra todo y contra
todos, del escritor insobornable que solo rinde cuentas ante su propia
exigencia ética.
Ya estoy acabando este texto, y es
ahora cuando se me formula la pregunta que debería haberlo encabezado: ¿por qué
me cae tan mal Goytisolo? Repito: he leído “Señas de identidad”, “Campos de
Níjar”, los dos tomos de memorias antes mencionados, bastantes de sus artículos
periodísticos, un libro que dedicó a la Estambul Otomana… Hasta he visto muchos
de los capítulos de “Alquibla”, la serie con la que pretendía darnos a conocer el
mundo musulmán: no creo que se me pueda acusar de hablar sin conocimiento. De
repente me viene a la cabeza una frase: me resulta increíble que, en una obra de
un volumen y ambición tan considerables, no haya descubierto jamás un atisbo de
humor. ¿Ya está? ¿Por esto crucificas a un intelectual de su talla, a un Premio
Cervantes? Pues sí, y me quedo tan ancho. La literatura de ceño fruncido, que de
tanto predicamento goza desde que Jeremías inventó la profecía apocalíptica, me
resulta artificiosa, antinatural, impostada, y el autor barcelonés es un
perfecto ejemplo de cómo las vanguardias y la mal entendida intransigencia
ética produjeron monstruos literarios tan carentes de vida como rebosantes de pretenciosidad
y esnobismo (¿alguien recuerda “Larva”, de Julián Ríos?: mejor que no lo haga).
Profesores de Literatura del futuro, escuchad ahora mi preclaro pronóstico: dentro
de unos años estudiaremos a Juan Goytisolo como un creador tan incorruptible como
profundamente plomizo, el perfecto ejemplo de que, cuando te autoproclamas
disidente full time, en realidad te
conviertes en el relaciones públicas de tu propia vanidad.
martes, 30 de mayo de 2017
El Coronel Aureliano Buendía y su Banda de Corazones Solitarios
A principios de junio de 1967, hace ahora justamente
medio siglo (que se dice pronto), el conflicto árabe-israelí estallaba (una vez
más) en la efímera Guerra de los Seis Días, elevando a la categoría de celebridad
planetaria al general judío Moshe Dayan. Los niños de la época, al ver su
imagen en el Telediario, no podíamos
evitar simpatizar con aquel tipo con parche de pirata, y tardaríamos muchos
años en averiguar que tenía muy poco que ver con John Silver el Largo o con
Barbarroja, pues, en lugar de tesoros, enterró a miles de combatientes haciendo
gala de una crueldad verdaderamente innecesaria. Pero a lo que vamos. En esas
mismas fechas, a muchos kilómetros de distancia, alcanzaron la fama otros dos
militares no menos ilustres y desde luego mucho menos sanguinarios: el
melancólico y levantisco Coronel Aureliano Buendía y el muy poco belicoso
Sargento Pepper.
Aunque su partida de nacimiento fuera expedida en
Argentina (fue en Buenos Aires donde se publicó, el treinta de mayo), el
primero es uno de los muy caribeños protagonistas de la novela más conocida del
llamado 'boom' de la literatura hispanoamericana: "Cien años de
soledad", del colombiano Gabriel García Márquez. Puesto que el libro lo
permite (y casi lo exige), permitámonos el lujo de ser excesivos: a través de
trescientas cincuenta páginas, el escritor de Aracataca nos fascina con un
siglo de la turbulenta historia de Macondo, ciudad imaginaria en la que se
resumen todas las convulsas etapas por las que ha pasado Latinoamérica,
utilizando una estructura circular que nos llevará desde su fundación (en la
que el mundo era tan reciente, que muchas
cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo)
hasta su agónico final, en que la ciudad es arrasada
por el viento y desterrada de la memoria de los hombres. Entre ambos
acontecimientos, seremos deslumbrados por personajes bigger than life, entre los cuales seleccionar alguno es mera
cuestión de gusto personal (ah, el entrañable arbitrista José Arcadio Buendía:
qué difícil me resulta no identificarme con su desmesura). De la misma manera,
no podremos dejar de emocionarnos con las historias que, como nervaduras
góticas, se entrecruzan una y otra vez, y entre las que se pueden destacar la
inacabable y absurda (¿alguna no lo es?) guerra, o el episodio de la matanza
del banano. Y sobrevolándolo todo, como los gallinazos que tan copioso festín
se dan en la novela, el verbo incandescente de García Márquez, el único
escritor que nos puede hacer creer que el Padre Nicanor Reyna levitaba mediante
la ingestión de una taza de chocolate, o que el Judío Errante, capturado y
muerto en Macondo, tenía en los omoplatos
los muñones cicatrizados y callosos de unas alas potentes, que debieron ser
desbastadas con hachas de labrador. El resto es bien conocido: la
fulgurante reválida a nivel mundial de la narrativa hispanoamericana, las
reediciones hiperbólicas, el encono de algunos popes de la crítica (pero, ¡si
es, arg, entretenido!), el Premio Nobel, el molesto status de clásico viviente.
Es tan alto el
pedestal sobre el que reluce que no lo denigrará ni siquiera una excursión por
mi álbum de recuerdos: cumplía yo catorce años (estamos en 1978) cuando mi
tía-abuela Beatriz me regaló un libro que había encontrado en el rellano de su
escalera, toma, para ti, qué formalito nos ha salido, todo el día leyendo. Sé
que suena muy realismo mágico, pero se trataba de la mítica edición de
Sudamericana, con la “E” del título al revés. Devoré la novela del tirón, y juraría
que aún no me he repuesto.
Pero abandonemos Macondo y
vayamos a la pérfida Albión. El primero de junio, también en aquella prodigiosa
semana, el todo Londres se estremecía con parecida intensidad: "Sgt.
Pepper's Lonely Hearts Club Band" (El Sargento Pepper y su Banda de los
Corazones Solitarios), el nuevo LP de The Beatles, se encaramaba a lo más alto
de las listas, lugar de privilegio que no abandonaría durante casi doce meses. Ah,
pero aquí no hay sorpresa. Si el Gabo pre-Cien
años... no era sino un oscuro escritor semidesconocido, los Fab Four ya
eran más famosos que Jesucristo (en la gráfica imagen de John Lennon: supongo
que hoy diría “más famosos que Mark Zuckerberg”). Entonces, ¿por qué tanto alboroto
por un disco que, bien mirado, no contiene ninguno de los hits más conocidos
del cuarteto? ¿A qué viene tanto ditirambo por un simple disco de rock?
Ahí está el error. El "Sgt. Pepper's..." no es
un simple disco de rock. Es, probablemente, la más lograda e influyente
colección de canciones que ha producido la música popular desde el momento en
que, proveniente de EEUU y filtrada por los británicos, se convierte en la
banda sonora de varias generaciones. No cuesta tanto recordar que, antes de ser
lobotomizados por el reggaetón y los Másters en Administración de Empresas, el
rock and roll representó para la juventud mundial, como no supo hacerlo ninguna
de las artes tradicionales, eso tan pedante que los alemanes llaman zeitgeist, el espíritu de los tiempos. Y
nadie mejor que The Beatles para abanderar aquel reflujo libertario,
probablemente el momento de la Historia en que más lejos se ha ido en cuanto al
desarrollo de los derechos individuales de la persona.
Ah, pero me estoy poniendo estupendo, y tanta fraseología
amenaza con ocultar ese ramillete de joyas, esas irresistibles trece canciones
que hicieron caer muchos de los prejuicios que acantonaban a sus autores como
un mero fenómeno juvenil sin mayor trascendencia. Desde la misma portada (tan
rupturista), obra de Peter Blake, hasta la nunca desmentida incitación
lisérgica de Lucy in the sky with diamods,
pasando por la incuestionable perfección de las composiciones de Lennon y
McCartney, incluso el más furibundo de sus detractores hubo de reconocer que aquello era una obra madura, un firme
candidato a ser, dentro de unos años, la verdadera música clásica surgida a
caballo de dos milenios.
Un Coronel colombiano y un Sargento inglés. Dos seres de
fábula que han sobrevivido a la usura de los tiempos mucho mejor que sus
colegas de carne y hueso (¿quién se acuerda ahora de Moshe Dayan?), y a los
que, aparte de su afición por charreteras y toques de retreta, unen hilos
invisibles, menos disparatados de lo que pudieran parecer. ¿No sería el circo
de Mr. Kite aquel al que se alistó José Arcadio? ¿No es evidente que Remedios,
la bella, una vez llegada a los cielos, se convirtió en Lucy in the sky with diamonds? ¿La soledad de la Banda del Sargento
Pepper no es la misma que marca el cruel destino de los Buendía? ¿Y, para
acabar, de qué otro modo podría ensalzarse She
is leaving home si no es con las palabras que Gabo utiliza para describir
la canción con la que Pietro Crespi intenta conseguir a una irreductible
Amaranta: Macondo despertó en una especie
de estupor, angelizado por una cítara que no merecía ser de este mundo y una
voz como no podía concebirse que hubiera otra en la tierra con tanto amor?
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