miércoles, 15 de noviembre de 2017

¡Bailad, bailad, malditos!


A finales de los setenta, en cualquier concierto de rock que tuviera lugar entre Nueva York y Los Angeles, el ritual se cumplía con la precisión de un reloj suizo. En un descuido del servicio de seguridad, algún melenudo particularmente ágil saltaba al escenario y arrancaba la ovación de la noche exhibiendo una pancarta en la que se leía: “Disco Sucks”. ¿Cómo pudo un estilo musical tan frívolo e intrascendente concitar el odio de toda la comunidad rockera? ¿Tanto les ofendían los ritmos cuadriculados, el vuelo rasante de los violines, el brillo de las lentejuelas? ¿No sería que aquellos fieles adoradores de la sacrosanta guitarra eléctrica, secretamente hartos de punteos inacabables y de cantantes con garganta de titanio, contemplaban con disimulada envidia el hedonismo y la diversión que se cocía en las discotecas?

Sincronicemos nuestros relojes: hoy hace cuarenta años que salió “Saturday Night Fever”, el doble LP que lo cambió todo. No fueron pocos los hitos musicales de aquel lejano 1977: surgió el punk (con el debut discográfico de The Clash y Sex Pistols), vieron la luz cumbres del rock adulto como “Hotel California” y “Rumours”, un gafoso Elvis Costello empezó a dar la murga con “My Aim is True”, David Bowie publicó su última gran obra (“Heroes”), descubrimos el pop sinfónico gracias a un tipo de alto tonelaje que respondía al muy apropiado alias de Meat Loaf… Pero ninguno de estos acontecimientos trepó a las alturas sociológicas de “Fiebre del sábado noche”, banda sonora de una película perfectamente olvidable, pero que supuso el surgimiento de una cultura de baile y evasión que convirtió a las discotecas en el centro de la vida juvenil, en su ágora y su parlamento, en su trinchera y su Sodoma. Si bien su aparición es muy anterior (en España lo hicieron bajo la enternecedora denominación de Boîtes), las discotecas eran un sitio para reunirse, para beber (y fumar esto y aquello, ya me entendéis), para ligar e incluso para escuchar música enrollada. Pero desde que la gran pantalla descubrió las contorsiones de aquel desgalichado Tony Manero, las discotecas aumentaron drásticamente su repertorio de funciones: en ellas sobre todo se iba a bailar.

Buena culpa de ese cambio cultural la tienen tres hermanos ingleses y paliduchos (valga la redundancia), emigrados a Australia en su juventud, donde aprendieron a hacer canciones y adoptaron el nombre de Bee Gees. A su vuelta a Gran Bretaña alcanzan el éxito como compositores e intérpretes de pop melódico, hasta que la inevitables peleas fraternas (ni siquiera en esto son originales los hermanos Gallagher) deshicieron el grupo. Pasaron los años, y ciertas necesidades monetarias borraron las antiguas querellas, por lo que los hermanos Gibb se volvieron a reunir. Tras trasladarse a Florida (por consejo de Eric Clapton), olfatearon lo que hoy llamamos un “nicho de mercado”: aunque había una parte del público blanco que, ahítos de caras ocultas de la luna y de escaleras al cielo, quería mover el esqueleto, el funk se les antojaba demasiado salvaje, demasiado tórrido, demasiado (digámoslo todo) negro. Nadie mejor que los sonrosados hermanos Gibb para quitarle color al asunto. Tras algunas tentativas, la fórmula empieza a cuajar: letras escapistas (nada de la turbia sexualidad de, por ejemplo, “Lady Marmalade”), falsetes celestiales (cortesía de Barry, el mayor de los hermanos), violines rampantes, producciones satinadas… Con “Jive Talkin’” consiguen, en 1975, llegar al número 1, y durante un par de años largos no habrá quien les baje de allí.

Por entonces, su productor Robert Stigwood estaba trabajando en una película de bajo coste, cuya peculiaridad consistía en adentrarse en un submundo relativamente desconocido: el de los jóvenes que dedicaban el ocio de sus fines de semana a bailar en las discotecas, como alivio a su alienante vida laboral. Aunque parezca imposible, el proyecto tenía un embrionario contenido social, pues pretendía reflejar esa Nueva York deprimente y áspera que no solía salir en las grandes producciones. Asumiendo que la banda sonora debía ocupar un papel primordial, Stigwood contactó al principio con artistas como Stevie Wonder y Boz Scaggs, suministradores de soul bailable de calidad. Pero, por un tema de derechos (y con la icónica escena del baile de Travolta ya filmada), se hubo de renunciar al soundtrack ya utilizado y buscar uno nuevo. Y allí estaban, con su sonrisa Profiden y sus camisas con cuello de gaviota, los tres hermanos Gibb, que aportaron seis canciones y se encargaron de reclutar un puñado de músicos solventes (David Shire, KC & The Sunshine Band, Kool & The Gang, The Trammps…) para completar el lote.


El resto es historia. Cuarenta millones de copias vendidas, cinco premios Grammy, altísima consideración en las listas de los mejores álbums de todos los tiempos… Es verdad que, como casi siempre ocurre, lo peor fueron los epígonos, esos músicos de medio pelo que se subieron sin pudor al carro (¡hasta Mick Jagger lo intentó, con cierta gracia en “Miss You”, sin puta gracia en “Emotional Rescue”!) y que llenaron las ondas de estribillos machacones y melaza sonora (mención especial para ese estomagante invento llamado EuroDisco, del que aún nos estamos reponiendo). Los propios hermanos Gibb no tardaron en repetirse una y otra vez, hasta que fueron discretamente apartados un par de años después de las lista de éxitos, colonizadas por lo que se llamó New Wave. Acabó el siglo, vino el nuevo milenio, murió Maurice, murió Robin, solo Barry sigue arrastrando por los escenarios su imponente pelucón. Los millenials (¡qué plaga!) ya hace mucho que han desertado de las discotecas: según me confesó una veinteañera “nosotros ya salimos ligados de casa”, ellos se lo pierden. Sin embargo, en la República del Karaoke, en el Reino Unificado de las Despedidas de Soltero / Soltera, en la Confederación de las Reuniones de ExAlumnos, la ceremonia de izado de bandera coincide siempre con “Stayin’ Alive”, ese momento fundacional en el que todos, sin excepción, hacemos el ridículo señalando con el índice una imaginaria bola de espejos.

martes, 7 de noviembre de 2017

Libertad, cuántos malos poemas han sido perpetrados en tu nombre.


El primer aniversario de la muerte de Leonard Cohen me ha obligado (¡bendita obligación!) a revisitar el cancionero del bardo canadiense. No he experimentado grandes sorpresas: lo frecuento a menudo, algunas de sus canciones siguen escuchándose sin interrupción, no parece que su fallecimiento haya menguado su prestigio como chansonnier postmoderno. De todo su repertorio siempre he preferido el atípico “I’m your man”, pues se me antoja irresistible esa mezcla de poesía y cinismo, interpretada al compás de un teclado Casio de baratillo. Muchos de sus versos (¡marchando una ración de confesiones impúdicas!) han servido para dar lustre a mis tartamudeantes intentos de cortejar a una dama, y no siempre sin resultado. Y en más de una ocasión he toreado las destempladas recriminaciones de mis parejas soltando como al desgaire:

“ (…) So you can stick your little pins in that voodoo doll.
I'm very sorry, baby, doesn't look like me at all  (…)”

“Puedes pinchar tus alfileres en ese muñequito de vudú / Lo siento mucho, baby, pero no se parece nada a mí” (“Tower of song”). ¡Qué tío! ¡No me extraña que tantas mujeres se volvieran locas por él! Si Woody Allen dijo que le gustaría reencarnarse en los dedos de Warren Beatty (prototipo de seductor hollywoodense), supongo que no somos pocos a los que nos encantaría poseer el pausado carisma y la voz acariciante del señor Cohen, elegante tanto con las mujeres como con sus sucesivas bancarrotas.

Pero la escucha de sus discos y, en especial, el disfrute de sus letras me han provocado otra reflexión, algo más abstracta pero quizás interesante. Tras años de seguir su carrera musical, en 2011 me decidí a leer algo de su producción poética, y en un viaje a Asturias aproveché para adentrarme en “Flores para Hitler”. Seamos justos: se trata de un texto de esos que la crítica etiqueta rápidamente como “de búsqueda de su propia voz”. En sus poemas (y en “El nuevo paso”, una especie de pequeña obra de teatro pomposamente subtitulada “Un  Ballet-Drama de un acto”) se adivinaban los temas que con posterioridad (el poemario es de 1964, tres años antes de que sacara su primer disco) abundarían en sus canciones: el amor, el pesimismo inteligente, el desamor, el ansía de inmortalidad, el amor, la desazón ante la espiritualidad, el desamor… Sin embargo (quizás estaba yo revenido por entonces, quién sabe) aquellos recitados tan cohenianos se me hacían espesos, innecesariamente enfáticos, demasiado largos y farragosos. De repente lo comprendí, la frase que encabeza este texto se me apareció diáfana, resolutiva: “Libertad, cuántos malos poemas se han perpetrado en tu nombre”. Voluptuosamente ajeno a cualquier límite, el joven Leonard se dejaba llevar sin freno por su musa, incapaz de ponerle coto, recreándose en su propia facilidad expresiva: es el mismo reproche que puedo hacer a buena parte de la poesía contemporánea, que confunde la falta de reglas con el “todo vale”, gracias a lo cual cualquiera se puede creer vanguardista simplemente por llevar al papel (sin necesidad de filtro alguno) lo primero que se le viene a la cabeza. ¡Qué harto estoy de todo ese surrealismo de garrafón al que tan aficionados son los jurados de poesía, y que con tanto ardor premian: “no entiendo lo que dice, pero intuyo que hay algo muy intenso en esos versos”! ¡A otro perro con ese hueso!

Pero volvamos con nuestro héroe: años después, ese mismo Cohen incapaz de ajustarse a la esencia de las cosas (como dicen los contables: el papel lo aguanta todo) se tiene que enfrentar a las imposiciones de la composición musical, a la frontera no escrita pero infranqueable de los cuatro minutos, y el milagro se produce: costreñido por una métrica y unos ritmos, sus poemas ganan en concisión, en profundidad, en economía narrativa. El magma de “Flores para Hitler” se embrida sin perder sustancia, se hace preciso, quirúrgico. ¡Qué lástima que su colega Dylan no siguiera su ejemplo, y continuara con sus interminables y a menudo incomprensibles jeremiadas!

Vuelvo a “I’m your man”, me dejó mecer por su minimalismo sonoro, por el laconismo casi zen de sus letras. La imagen es poderosa: un señor bien trajeado, con su inseparable Fedora en la cabeza, transita por un mundo de fugaz melancolía. De repente, un recuerdo trepa por mi memoria, se abre paso a codazos: ¿cómo se llamaba (¿Marta? ¿María? Tenía el pelo alborotado y la sonrisa no se le caía de la boca, de eso sí que me acuerdo…) aquella chica a la que abordé con estos versos?:

I don't need to be forgiven for loving you so much
It's written in the scriptures
It's written there in blood
I even heard the angels declare it from above
There ain't no cure, There ain't no cure for love”

(“No necesito ser perdonado por amarte tanto / Está escrito en los Evangelios / Allí está escrito con sangre / Incluso he escuchado ángeles declarándolo desde allá arriba / No hay remedio para el amor”)


El trovador de Montreal se fue hace un año sin hacer ruido. Y desde entonces ruego por no cruzarme por la calle con Marta (o María): no sabría qué decir.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Aquellos años del pasado en los que no había futuro

            Hacía finales de 1977, en inopinada sincronía, una música estridente surgió de los garajes donde ensayaban diversas bandas de Miranda de Ebro, Almendralejo, Cornellá del Vallés, Muskiz, Antequera, Villarcayo, Almazán. Si alguien se hubiera preocupado en averiguar por qué aquellos chavalotes aparentemente tan sanos habían arrinconado sus mandolinas y sus versiones de Simon & Garfunkel para pasarse a rasguñar guitarras eléctricas de segunda mano, la respuesta hubiera estado en el dial de la radio, más concretamente en las escasas emisoras que radiaban una canción áspera y chirriante que había revolucionado las listas de éxitos británicas, y que hablaba (qué barbaridad) de anarquía y del anticristo. Y cuando los amigos de la cuadrilla se pasmaban con la melonada esa de teñirse el pelo de verde (¡ande vas, Manolín, con esas pintas!), o se burlaban de la repentina moda de ponerse imperdibles por toda la ropa (¡como te vea tu madre te la cargas, barbián!), los muchachos sonreían con desdén y se largaban del bar haciendo una peineta, al tiempo en que berreaban que no había futuro.

            En realidad sí que lo hubo, pero eso poco importó a los que, desde que salió “Never Mind the Bollocks – Here’s the Sex Pistols” consideraron que aquellas trece canciones eran el vademécum imprescindible para manejarse en un mundo lleno de paranoia, drogas y banalidad. No estará de más que lo recordemos: por aquel entonces el rock and roll (y la música popular en general) se encontraba en un callejón sin salida, con el rock progresivo y la música disco copando las emisoras, para desesperación de aquellos que apostaban por la energía y la provocación como ingredientes necesarios para cualquier canción que se precie. Bastará con decir que el tema más radiado en la primera mitad del año había sido “Hotel California”, el equivalente sonoro de una sobredosis de melatonina.

            No, no había sofisticadas (a la par que misteriosas) damas ni coches cromados en las canciones de los Pistols. Confusión política, egocentrismo adolescente, consignas de instituto, arrogancia proletaria… Un caos existencial que nos llegó justo (qué casualidad) cuando se celebraban las bodas de plata de Isabel II a la cabeza de la monarquía británica. Para amargarle el festejo, un grupo de cuatro mozalbetes londinenses, ninguno de los cuales tenía más de 22 años, sacaron uno de los álbumes más influyentes de la historia, venerado desde entonces como la última oportunidad que tuvo el rock de reinventarse, antes de que llegaran los monaguillos ecologistas y transversales de U2, the Smiths y REM (qué coñazo, oiga).

            No entraré en la hagiografía laudatoria que tanto abunda estos días de celebraciones: la imagen de un Johnny Rotten (sí, ya sé que desde hace mucho tiempo se hace llamar Johnny Lydon, su nombre real) sesentón y aburguesado me causa bastante repelús, y me niego a caer en la mitificación necrófila de alguien tan descerebrado como Sid Vicious. Lo más sensato es sentarse frente al equipo de música y escuchar, a ser posible con los oídos bien abiertos, aquel disco que (todo hay que decirlo) frecuenté relativamente poco en mi adolescencia, pues lo descubrí al mismo tiempo que el cláshico “London Calling” y el “Armed Forces” de Elvis Costello, ambos infinitamente mejores que el exabrupto amarillo de los pupilos de Malcolm McLaren. Desconecto mi móvil, pongo la música a tope… y tengo que reconocer que el milagro no funciona. Las canciones son toscas, minimalistas, cansinas. El fraseo (por llamarlo de algún modo) del señor Rotten es francamente irritante, y la simpleza sonora me cansa, especialmente cuando, con un punto de melodía más, se puede llegar a maravillas como “Teenage kicks” (Undertones) o “Roadrunner” (Jonathan Richman). Eso sí, reconozco que las letras (cuando abandonan el “fuck this and fuck that”) tienen algo más de relieve, adentrándose en temas como el aborto (“Bodies”) o la incompetencia de la burocracia (“Pretty vacant”). ¿La famosa energía? Pues sí, está ahí, eso no lo niega nadie, los guitarrazos de Steve Jones siguen sonando como una motosierra que intenta cortar por la mitad un radiador oxidado. A lo mejor soy yo el que ya no tiene el cuerpo para estos excesos tan burdos, quién sabe…


            En todo caso, no me gustaría ser injusto: un LP como este sirvió para sacar al rock de su narcisismo sinfónico (¡acordaos de Yes, de Genesis, de todos aquellos universitarios pretenciosos que jamás de los jamases escupieron a su público!) y abrir de nuevo la puerta a la espontaneidad y el descaro. Eso sí, pocas veces en la historia una predicción apocalíptica anduvo tan errada: apenas un año después de que los Pistols anunciaran el advenimiento de la anarquía y el anticristo, Margaret Thatcher se convertía en Primera Ministra del Reino Unido. ¿O quizás sí acertaron?



lunes, 9 de octubre de 2017

Sweet Home Barcelona


Sisa y su banda, a finales de los setenta
Para los adolescentes de finales de los setenta (no me obliguéis a utilizar esa muletilla tan ominosa de “del siglo pasado”), la mera mención de Barcelona venía aureolada con una pátina de irresistible modernidad. Pongámosnos en situación: hablamos de aquellos años vertiginosos que van desde la muerte de Franco hasta el infausto Tejerazo, lo que se viene llamando “La Transición”: sacralizada por algunos, denostada por otros, tendrán que venir los inefables hispanistas para sacarnos de dudas al respecto. Pero estábamos con la Ciudad Condal y su magnético poder de irradiación: de allí venían las revistas musicales y de tendencias que leíamos con fervor hasta aprendérnoslas de memoria (“Vibraciones”, “Popular 1”, “Ajoblanco”), su potente industria editorial nos suministraba los libros más novedosos (comparabas las portadas de Seix Barral, de Bruguera o de Anagrama con las de la venerable Austral y comprendías muchas cosas), los comics traían el inconfundible marchamo cosmopolita del underground catalán (“El Víbora”, “Cairo”), hasta sus melenudos músicos (Iceberg, Compañía Eléctrica Dharma, Pau Riba, Sisa) lucían muchísimo más cool que los ceñudos rockeros urbanos madrileños, empeñados en recordarnos lo asqueroso y alienante (¿perdón?) que era vivir en el Foro. A diferencia de la capital, Barcelona había sido una ciudad hippie y libertaria, abierta a todo tipo de experimentalismos (culturales, sociales, políticos, sexuales…), y, quizás por eso, durante unos años gloriosos había acogido a lo más granado del boom literario sudamericano (García Márquez, Vargas Llosa, Bryce Echenique, José Donoso, Álvaro Mutis…). Todos teníamos algún amigo (mejor dicho, el hermano mayor de algún amigo) que se había ido a pasar una temporada a una comuna cerca del Paseo de Gracia, o en el Ampurdán,  y que volvía contando maravillas de aquellos catalanes pirados que vivían al margen de los convencionalismos y a los que la política les traía al pairo. Cuando le preguntábamos por, ya sabes, je je, bajábamos insensiblemente la voz, el amor libre y esas cosas, nos miraba muy fijamente, daba una profunda calada a su canuto de marihuana, y decía que allí le habían enseñado que solo puede haber amor si hay libertad (¡qué tíos!, rugíamos de envidia, ¡qué orgías se tienen que montar!). Nosotros, que nos reuníamos en el garaje del padre de un amigo (no flipas igual mirando al mar que rodeado de destornilladores y llaves inglesas, eso os lo aseguro), admirábamos en la distancia a aquellos catalanes vacilones y enrollados (así se hablaba entonces) que habían tardado décimas de segundo en desprenderse del asfixiante guardapolvos del franquismo para ponerse las ropas más molonas y embadurnarse de patchouli, y que durante unos años nos dieron sopas con onda en música, literatura y arte. De acuerdo, nos conjurábamos, en cuanto reuniésemos pasta iríamos a Londres a ver a los Clash (lo primero es lo primero), pero el siguiente sitio a visitar sería Barcelona, eso era seguro.

Pero la Historia escribe torcido con renglones en espiral (o algo así), y de repente todo se volvió más complicado, o más simple, a saber. El Tejerazo supuso el pistoletazo de salida para lo que poco después se llamaría la Movida, y casi sin darnos cuenta descubrimos que Madrid, esa ciudad de Notarios y churreros, se volvía súbitamente interesante. Cineastas, músicos más o menos pop, escritores, actores, filósofos muy noctámbulos: una variopinta caterva de vividores tomaron las calles de la capital, y con ellos aparecieron colores que se superpusieron a las grises fachadas de la Gran Vía. Tan entusiasmados estábamos con aquella explosión de cultura y libertad que casi nadie notó cómo la festiva Barcelona iba siendo tomada, como si de una película de zombies se tratara, por unos seres alicatados con la senyera, que no paraban de decir que eran diferentes y que bailaban la sardana con una concentración ensimismada que no hacía presagiar nada bueno.

Pasaron los años: vinieron unas olimpiadas muy eficaces, cayeron muros y torres, perdimos todo atisbo de ingenuidad. Un día, sin comerlo ni beberlo, descubrimos que aquella arcadia libertaria y sandunguera había acabado convirtiéndose en lo que nos muestran los Telediarios: un monocultivo del nacionalismo más adocenado y empobrecedor. La Barcelona a la que cantaba Gato Pérez o por donde paseaba el desencantado Carvalho fue poco a poco sucumbiendo ante el relato monocromo del Cataluña über alles, un parque temático en el que no encuentran cabida versos sueltos como Boadella, Isabel Coixet, Juan Marsé o (quién lo iba a decir) Serrat, estigmatizado por no seguir las directrices del independentismo. Y como una imagen vale más que mil palabras, quien escribe estas líneas pudo ver, no hace aún dos semanas, en una tienda musical en Barcelona una guitarra eléctrica con la forma de la triunfante Cataluña independiente, exhibida sobre una estelada rampante. Parafraseando la canción de los Stones: “It’s only xenofobia (but I like it)”.


Y en esas estamos. Nadie (y yo menos que nadie) se atreve a dar un pronóstico de lo que ha de venir, y hay que ser muy optimista para pensar que la costra identitaria va a desaparecer siquiera a medio plazo. En todo caso, y como soñar no cuesta nada, secretamente espero que resurja aquella ciudad tolerante y coqueta que tanto nos deslumbró en nuestra adolescencia. 

domingo, 24 de septiembre de 2017

Reflexiones en el Matadero


Hay otros mundos, pero no están en Cataluña. Abandonemos por un rato el monotema (¿o no?: ya veremos). Estuve el sábado en el Matadero, hoy por hoy el lugar que más me gusta en el mundo. En su sala “Abierto x obras” se podía ver una exposición / performance de Juan López, un artista multipremiado nacido en Cantabria (sic). Su trabajo consiste en añadir una serie de listones o entablamentos que unen las columnas ya existentes en la sala, sin abandonar la estética brutalista-industrial del recinto. Oye, hasta tiene su puntillo, y me paseo con agrado por la instalación. Pero lo que desata mi perplejidad es la explicación esotérica-hortera que se marca el señor López para conseguir que los simples humanos comprendamos su obra. Copio: “Juan López propone una intervención escultórica sobre la arquitectura como forma de resistencia contra lo establecido”. Agárrame esa mosca por el rabo, como diría aquel. Sigo: “Desde sus obras tempranas de intervención en el espacio urbano, el trabajo de este artista busca desvelar otros modos de percibir el lugar como hipótesis para otras relaciones sociales fuera de la normatividad impuesta por el poder”. Ah, el poder, qué avieso es, qué mefistófelico. Como en el viejo sketch de Monty Python: ¿qué ha hecho el poder por nosotros? Bueno, ha hecho la seguridad social, las carreteras, la liga de fútbol, los aeropuertos, el código de circulación, la Denominación de Origen Rioja y un sinfín de cosas más. Pero resulta que ahora llega Juan López y, cambiando unos pocos paneles de sitio, nos saca de la normatividad impuesta por el poder. Y eso para empezar. Retomo este iluminador párrafo de su explicación: “En un mundo hipercomunicado, poblado de signos creados por una élite intelectual y/o social, López juega con la posibilidad de alumbrar nuevos significados, nuevos espacios y otros regímenes de lo sensible” ¡Otros regímenes de lo sensible!: el premio a la Chorrada del Año ya tiene firme candidato, y eso que la cosecha está siendo abundante.


En fin, nada nuevo bajo el sol: la habitual verborrea lisérgica con la que muchos artistas contemporáneos glasean sus incomprensibles juguetitos. Y es ahora cuando enlazamos el discurso hueco y pomposo de un artista al que yo no conocía hasta el sábado con lo que está sucediendo en Cataluña. Habituados como estamos a fijarnos en las esteladas y las marchas a lo Kim Jong-Il que tanto salen en los periódicos, deberíamos ampliar la foto y ver que toda esa escenografía se nutre de la hiperinflación lingüística que ha espesado nuestras vidas desde que el populismo hizo su descacharrante aparición (no solo en España) a comienzos de esta década. Otredad, empoderamiento, heteropatriarcado, transversalidad, micromachismos, alteridad… Toda una panoplia de conceptos evanescentes que sirven lo mismo para un roto que para un descosido, pero que te arreglan el mitin sin tener que estrujarte mucho el cacumen (y si tienes un público difícil, suelta eso de que aún vivimos en el franquismo: la gente se corre). Y el nacionalismo (que lo aprovecha todo) ha rejuvenecido su inmemorial discurso xenófobo y supremacista (estamos nosotros y están ellos: punto) con invenciones verbales tan desorbitadas como el derecho a decidir (¿a decidir qué?), derecho que, por cierto, ha sido discretamente invitado a abandonar el proyecto de constitución catalana, no vaya a ser que. No deja de ser tronchante que cada vez que uno se adentra en algún análisis de la cuestión catalana, necesita un microscopio muy potente para distinguir el catalanismo del independentismo, y este del separatismo, y este del soberanismo. Y si a eso añadimos la pirueta que significa eso de “nación de naciones”, el berenjenal se convierte en desaforadamente laberíntico (por cierto: hoy he escuchado que España es un “país de países”: no sé si es un lapsus, o ya hemos llegado a ese punto en el que todo vale). En fin, que de aquellos polvos vienen estos lodos: dejamos que un artista así como conceptual alumbre otros regímenes de lo sensible (manda huevos…), y acabamos diciendo que España es una unidad de destino en lo universal que a su vez alberga otras unidades de destino en lo universal. Y yo con estos pelos.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Regreso (ácrata) al pasado (lisérgico)


          Si alguien me preguntara (y no sé por qué no lo hacen) qué necesitamos en estos tiempos tan convulsos, diría que ingenuidad. Kilos, toneladas, montañas, océanos de ingenuidad. No voy a ser tan cursi como para decir que es urgente que recuperemos la limpia mirada de un niño, pero por ahí le andará. Me explicaré: nos hemos resabiado demasiado, sabemos de todo, pontificamos como inquisidores, juzgamos a las primeras de cambio, condenamos pero ya. Por eso, recibí con indudable alegría la noticia de que volvía “Ajoblanco”, la mítica revista libertaria catalana que con tanto fervor leí cuando iba al Instituto. Qué época aquella: casi todo lo hippie / anarco / subversivo venía de allí, empezando por las revistas (además del “Ajo” estaban los cómics como “El Víbora” o “Cairo”, y en el mundo de la música “Vibraciones”, “Popular 1” y otras muchas), siguiendo por grupos como la Compañía Eléctrica Dharma o Iceberg (mezcla de prog e infumable jazz-rock, pero con unas melenazas que horrorizaban a nuestras madres) o el inclasificable “El Papus”. Mientras tanto, Madrid era una urbanización suburbial de un millón de notarios que tardó algo en despertar tras la criogenización franquista, aunque cuando lo hizo su estallido oscureció a la Ciudad Condal, despertando un resquemor que, en parte, intuyo que está debajo de la hojarasca de agravios que ahora nos ahoga. Pero volvamos a aquellas revistas: me fascinaban. A decir verdad, no las entendía demasiado, su jerigonza post-situacionista y comunal me desbordaba, no terminaba de pillar las sutilezas de sus artículos dedicados a la antipsiquiatría o a la colectivización. Pero el poderosísimo aliento de libertad que emanaban me dejaba alelado, eran un soplo de aire en el muy viciado y vicioso túnel de viento en el que estábamos metidos en la Baja Transición (y del que salimos, fíjate tú por dónde, gracias al Tejerazo: es una teoría propia que admite refutaciones). Por ahí deben de seguir guardados mis viejas revistas, en alguna tímida repisa de mi biblioteca, cuando me encuentro muy nostálgico saco algún número, me pongo en el pick up a Pau Riba (“Dioptria” es una jodida obra maestra, y yo no utilizo el adjetivo que empieza por jota así como así), y flipo un rato.

            A lo que vamos: me compro el nuevo “Ajoblanco” (7 euros: ni barato ni caro). Buena encuadernación, reportajes jugosos, la dosis justa de libertarismo sin caer en el panfleto. Las únicas firmas que conozco son las de Juan Soto Ivars y Javier Pérez de Andújar, y tuerzo el morro cuando veo que hay una entrevista a Claudio Naranjo (¿quién será el próximo, Paolo Coelho?). Cuando cierro sus 130 páginas, caigo en que no hay ni una sola mención a lo que está pasando en Cataluña. ¡Una revista alternativa editada allí que no dedica ni una línea al fementido Procès! Una de dos: o son de una ingenuidad desarmante, o (y esta posibilidad me gusta más) tienen un sentido de la provocación fino filipino. Es más, y no sé si es un sutil puente tendido, dedican el primer artículo a “El Madrid rebelde”, un generoso recorrido por las iniciativas autogestionarias de la capital del Estado, por utilizar la jerga al uso. Qué audacia: recuerdo que leí hace unos años las memorias del factótum de la revista, Pepe Ribas (“Los setenta a destajo”), y me pareció que se trataba de un personaje genuinamente hippie, inmune a las disputas políticas, más preocupado por su desconexión personal del sistema que por desfilar marcialmente todos los 11 de septiembre haciendo el paso de la estelada. El nuevo avatar de “Ajoblanco” demuestra que la llama libertaria sigue viva en Cataluña, y que es una infamia que las monjitas leninistas de la CUP se atrevan siquiera a reclamarse herederas de personajes tan mercuriales (todos surgieron en la estela de “Ajoblanco”, o colaboraron con la revista, o simplemente pasaban por allí) como Ocaña, Nazario, Sisa, el Perich, Vázquez Montalbán o Mariscal, a los que la Cataluña über Alles que precocinó maese Pujol y ahora emplatan sus herederos se la bufaba ampliamente. En fin, que me parece un signo de esperanza poder incorporar de nuevo al “Ajo…” a mi dieta lectora, un poco desvitaminada últimamente. Y como han tenido la audacia de autogestionarse (no admiten publicidad) animo a mis hordas de lectores a rascarse el bolsillo y contribuir a que sobreviva uno de los escasísimos reductos de libertad que quedan fuera del mercado. Como dijo Timothy Leary: “Turn on, tune in, drop out!” (traduzco: “¡compra el Ajoblanco, joder, que son solo siete euros!”)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El burócrata imperial y el guerrillero planetario


En las fotos que conservamos de Sir William Henry Beveridge (todas en riguroso blanco y negro), se nos aparece como lo que fue: un acabado producto del Imperio Británico. Tanto es así, que tuvo la muy cosmopolita idea de nacer en lo que hoy es Bangladesh, donde su padre ejercía como juez de la administración colonial. Corría 1879, y para que nos hagamos una idea, cabe decir que, en ese mismo año, Edison inventó la bombilla: literalmente, hasta entonces las noches se pasaban a la luz de las velas. Hemos visto las suficientes películas para suponer cómo fueron los días de infancia del joven William: calor sofocante, nativos de extrañas costumbres, la irónica certidumbre de pertenecer al lado correcto de las creencias. Con el paso de los años, Mr. Beveridge emigraría a la Gran Bretaña de sus ancestros, donde estudió literatura clásica antes de dedicarse al periodismo, para finalmente entrar en el mundo de la política de la mano del mismísimo Winston Churchill, por entonces ministro de economía. Dos guerras mundiales después, y tras una vida dedicada a la función pública (lo cual le valió ser ennoblecido), mister Beveridge murió discretamente en 1963. El mundo en el que había nacido se apolillaba en los museos: pocos días después, The Beatles grabarían “From me to you”, la tarjeta de presentación de lo que con el tiempo se llamaría “la Década Prodigiosa”.

           
         Resulta innecesario de todo punto presentar al personaje de la otra foto, dado que para gente como él se inventaron los adjetivos. Ernesto Guevara nació en Argentina en 1928, e intentar resumir su trayectoria provocará más de un bostezo, habida cuenta de la cantidad de libros, películas y documentales que ha generado una vida que, y no creo que nadie lo discuta, resultó tan apasionante como controvertida. Su muerte, de la que en unos días se cumplirá medio siglo, fue un acontecimiento planetario, a la altura del fallecimiento de Kennedy o de la llegada a la luna: el Che fue abatido en Bolivia el 9 de octubre de 1967, pocos días antes de que The Beatles grabaran “The fool of the hill” (pasmosamente, nadie ha preguntado a McCartney si “el hombre que ve cómo el mundo gira a su alrededor” era el guerrillero recién abatido).

            Es difícil encontrar dos personalidades más antitéticas. Beveridge era metódico, aburrido, victoriano hasta la médula, un ratón de jurisprudencia y reglamentos. No hace falta documentarse para intuir que, como buen inglés, le gustaba el té y recortar obsesivamente los rododendros, y dudo que alguien, además de su esposa, le viera sin su cuello duro. Ernesto Guevara, por el contrario, era exuberante y carismático, abundante en arrojo físico a pesar de su asma, palabrero y seductor. Es uno de los pocos mitos incontrovertibles que nos ha legado el siglo, y su brillo no da muestras de agotarse: raro es el día en que uno no se cruza con una camiseta en la que esté reproducido su rostro, ese rostro que mira hacia el infinito y que provocó un vahído de deseo en Simone de Beauvoir cuando acudió, acompañada de su pareja Jean-Paul Sartre, a entrevistar al guerrillero más famoso de todos los tiempos.

            Pero si escarbamos un poco, descubriremos algo que une a nuestros protagonistas de hoy. Ambos poseían una conciencia social muy desarrollada, con todo lo genérico que esto suena. No será necesario explicitar cómo vehiculó el Che dicha conciencia, que le llevó a luchar en Cuba, África y Sudamérica, donde alcanzó la palma del martirio, quedando como, posiblemente, el último hombre de acción que ha conocido la humanidad. Mr. Beveridge, aclarémoslo ya, no era precisamente un aguerrido activista (hay que ser muy fantasioso para imaginarle manejando una metralleta, o lanzando un cóctel molotov), sino un burócrata concienzudo que dejó sus incipientes estudios de derecho para ponerse a trabajar en Toynbee Hall, una fundación humanitaria al este de Londres. Nada especialmente aventurero, hay que admitirlo: pero aquellos años de formación pusieron las bases de un empeño que le llevaría muchos años después, tras la derrota de las tropas nazis, a elaborar lo que se conoce como el “Informe Beveridge”, un árido documento que significó, nada más y nada menos, que el nacimiento de la seguridad social tal y como hoy la conocemos.

            En los tiempos que corren (y no creo que sea necesario detallar a qué me refiero), parece lugar común hacer gala de compromiso con los desfavorecidos, con los que sufren. Hasta en los perfiles de internet es casi una cláusula de estilo comenzarlos proclamando que se odia la injusticia y la discriminación. Y ese ha sido el punto medular que, durante el último siglo largo, ha constituido el ADN de lo que muy genéricamente podríamos llamar la izquierda. Si se me permite la hipótesis, una sociedad posee una conciencia social articulada cuando en su seno se complementan armoniosamente los Beveridge y los Guevara, los legisladores y los visionarios. Pero desde hace unos años, desde que el populismo llegó a la política mundial, nadie quiere ser Beveridge, todos pretenden constituirse en Guevaras de inflamada oratoria y formidable melena al viento. Siento ser aguafiestas: mientras que el pulcro y morigerado señor Beveridge nos legó el más formidable instrumento de nivelación social que ha conocido la raza humana, las aportaciones del señor Guevara en ese sentido han sido (¿cómo decirlo sin que se ofenda nadie?) radicalmente irrelevantes. Por lo tanto, y aquí quería yo llegar, el partido que representa a la socialdemocracia en España (y al que llevo votando desde octubre de 1982, lo cual me da cierta legitimidad para decir lo que estoy diciendo) debe dejar de creerse un émulo del Che para adoptar la ideología pragmática, tenaz y reformista que guió los pasos del señor Beveridge. En lugar de pretender gobernar a través de pancartas y tweets, ha de hacerlo como los partidos con vocación de gobierno: a través del BOE. Es verdad que no suena muy aventurero, es verdad que no suena muy excitante, es verdad que eso no va a recolectar muchos likes en su página de facebook. Es verdad (no lo vamos a negar) que lo más bonito que le van a llamar es el partido de la casta. Pero no se gobierna para ser popular, sino para cambiar la sociedad. Y no recuerdo ninguna sociedad que se haya cambiado a base de camisetas.