Casi todos los jueves de 2006 y
2007, tras zamparnos sendos Sushi especiales y ventilarnos un Terras Gauda que
quitaba el sentido, Eva y yo acabábamos en “Del Diego”, la deliciosa coctelería
escondida a espaldas de la Gran Vía, una diminuta embajada Art Déco entre
callejuelas mayormente siniestras. Al segundo Margarita las cosas a nuestro
alrededor perdían su filo, se volvían suaves y acariciables, mientras que al
tercero se desintegraban, convirtiéndose en hologramas de incierta etiquetación.
Pero ni siquiera en los momentos de más acendrada encebolladura alcohólica se
disolvió una figura familiar que, alicatado de alhajas como una virgen barroca,
peroraba sin pausa al fondo del local, casi siempre apabullando a algún
poetastro de provincias que escuchaba con la boca abierta, transido de
admiración y vasallaje.
Muchos años atrás, yo había leído de
Luis Antonio de Villena (pues de él se trataba) una biografía de Oscar Wilde y
un librito sobre el dandismo, y siempre tenía en cartera hacerme con alguna de
sus novelas o de sus diarios (su poesía me interesa menos). Cuando vi su último
libro decidí que ya era hora de pagar mi deuda con él, y no me lo pensé, a
pesar de mis dudas sobre la cursilería del título: “Dorados días de sol y noche”.
Poetas, cabeceé, qué raritos son.
El libro es un recorrido
fragmentario y egocéntrico (¡qué menos si tratamos de un dandi!) que va desde
1970 hasta 1996: básicamente desde que aquel jovenzuelo mimado y culteranista empieza
a investirse como sumo sacerdote de su propia religión, algo muy finisecular
(ah, quizás me compré el libro para luego poder aplicarle este adjetivo, de tan
poca salida comercial). Las anécdotas que en él se cuentan son, básicamente, de
dos tipos: o literarias, o bien homoeróticas. No, vamos a ver, rectifico: son
literariohomoeróticas, todo junto, como los Juegos Reunidos Geyper. Libros,
sortijas, efebos (todos con “piel de jazmín”: sí, esto sí que es cursi, aquí no
me quedan dudas), premios literarios, noche y más noche… No hay apenas
profundidad de campo, el enorme cambio que experimenta España en esos años no
es ni siquiera bocetado, la única Transición que interesa al autor es la suya
propia. Y no lo hace mal: hay momentos de intensa dicha lectora, pero que (en
mi caso) han sido salvajemente boicoteados por una de las peores prosas que yo
haya leído en mi vida. ¿Que si exagero? Como sé que habrá quien no me crea,
escogeré unos cuantos ejemplos que, sin duda, harán las delicias de los
profesores de talleres literarios (concretamente para la asignatura “Cómo no
redactar”). “Jamás nunca supe qué había sido de aquel hombre muy educado” (pág.
89). “Llevé a Jaime a una de las discotecas con morbo de ese tiempo (…) en el
lado de la Castellana otro, esto es, el opuesto a Chueca” (pág. 95). “Me di
cuenta de que Randy buscaba otra noche de discoteca, pero que se daba cuenta de
que no había otro remedio que esperar un poco” (pág. 153). “Yo no tenía aún
poemas traducidos al inglés (…), pero los podía conseguir antes de finales de
octubre, cuando volaría a Toronto” (pág. 195). “Te esperaba serio, sentado en
la baranda, magnificante y radiante” (pág. 210). “No hablaba contra Castellet o no
habitualmente, pero tampoco y nunca a favor” (pág. 387). “En general es persona
de mucha discreción general” (pág. 421). ¿Es que un libro que cuesta una pasta
(y sacado además por una editorial normalmente muy cuidadosa) no merece una
buena corrección de textos? Peor aún: ¿el corrector tenía algún rencor
enquistado con el seráfico Luis Antonio y ha aprovechado para hacerle una de
Jaimito? En fin, no me quiero poner tiquismiquis: los letraheridos disfrutarán
sin duda con algunas de las historias que recoge el libro (especialmente
divertida la de José Agustín Goytisolo en la piscina) y con las atinadas
reflexiones del autor acerca del paso del tiempo, ese ruido de fondo que va
poco a poco ensordeciendo cada una de nuestras palabras hasta condenarnos al
silencio más absoluto. En todo caso, los amantes de la construcción de una
personalidad literaria (pues a ese subgénero que me acabo de inventar podría
adscribirse el libro) apreciarán sin duda mucho más el segundo tomo de la
autobiografía de Terenci Moix (“El peso de Peter Pan”), o, en un registro
ligeramente distinto, las memorias de Francisco Umbral (“Trilogía de Madrid”).
En fin, que todos aquellos que creemos que la España de los ochenta aún no ha
sido adecuadamente reflejada en la literatura (como sí lo ha sido en el cine,
con Almodóvar) deberemos seguir esperando.






