La primera vez, cuando tras
perseguirle hasta los servicios le acorralamos para hacerle una novatada, nos
partimos de risa en cuanto abrió la boca: qué chaval más cachondo, dijimos
todos, qué ingenioso. Gracias a ello se libró de que le pintásemos los pezones
con bolígrafo, con lo difícil que es luego de quitar, el resto de los nuevos no
tuvo tanta suerte. Pero según pasaban los días, al comprobar que incluso cuando
le sacaban a la pizarra seguía hablando de sí mismo en tercera persona, empezamos
a sospechar que era uno de esos retrasados cuyos padres venían a llorarle al
Padre Higinio para que les admitieran, y que acababan rebotando de un colegio a
otro como una bola de billar.

Que quede bien claro: de retrasado no
tenía nada. Siempre iba limpio y vestido con corrección, sacaba muy buenas
notas y además jugaba de vicio al fútbol, lo supimos cuando se lesionó Miranda
y no tuvimos más remedio que pedirle que saliera porque los de 2º de BUP nos
estaban dando una paliza de escándalo. A Héctor le apetece mucho jugar, dijo
quitándose el chándal con parsimonia, vosotros pasádsela a él, y Héctor ya se
encarga, vale, respondimos reprimiendo la risa. Y tanto que se encargó:
perdíamos dos a cero al descanso y en cuanto pisó el campo metió dos goles casi
seguidos, y cuando el árbitro iba a pitar el final dio un pase maravilloso a Germán
para que solo tuviera que empujarla a la red. Qué figura, recuerdo haber
pensado mientras nos abrazábamos festejando la victoria. Nos vimos obligados a
invitarle donde Sebas a una Coca-Cola, y de verdad que no parecía molestarle
que le mirásemos como a un subnormal, Héctor es más de Pepsi, pero no pasa
nada, nos sonrió, él agradece vuestra amabilidad.
En fin, que era raro, no hay otra
forma de decirlo. Pero raro gracioso, no raro como Jiménez y su manía de llamar
la atención a toda costa, a qué obedecía el capricho ese de intentar suicidarte
cada dos por tres solo para que le hiciésemos un poco de caso, venía con las
muñecas vendadas así como pavoneándose, chaval, córtate un poco, le decíamos
(qué cabrones éramos, lo reconozco). Héctor iba a lo suyo, no necesitaba de
nadie, siempre te respondía como si no fuera con él con quien estabas hablando,
sino con otro. Cada vez nos molestaba menos, pero, eso sí, había límites que
era mejor no franquear: a los cumpleaños no le invitábamos, ni a que conociera
a nuestros padres, qué necesidad había de pasarlo mal y tener que explicar eso.
Él no se ofendía en absoluto, ¿lo pasasteis bien?, nos preguntaba al día siguiente
con placidez, Héctor también, nos informaba, fue a un museo. Y todos tan
amigos.
Pasaron los años, fuimos a la
universidad, ninguno acabamos nuestros respectivas carreras salvo él: muy
apropiadamente se había matriculado en traducción e interpretación, y por lo
visto era muy bueno, no tenía que hablar nunca de sí mismo y eso supongo que le
evitaría malentendidos. Casi todos los de la panda nos casamos, él no. Pero
contra lo que nos temíamos, Héctor empezó a tener mucho éxito con las chicas:
creían que lo suyo era una estratagema para ligar, y bien que le funcionaba,
cada mes yo le veía con una distinta. Eso sí, una vez coincidí en un bar con una
que no me acuerdo de su nombre (¿Eva? ¿Bea?), lo habían dejado un par de años
antes y me reconoció. Estuvo muy amable, me preguntó por todos los de la panda,
pero a mí solo me interesaba saber una cosa: ¿Por qué rompisteis? ¿Por qué
rompéis todas con Héctor? Ella bebió un trago largo de su copa, luego suspiró:
era como estar con un ventrílocuo, no sabías si te lo estabas follando a él o a
su muñeco. Supuse que tenía razón, algo de eso había (luego le propuse que me
invitara a subir a su casa pero no hubo suerte, lo atribuí a que seguía
enamorada de Héctor, o por lo menos eso me interesó creer).

El caso es que nosotros sí que
seguíamos viéndole, ya nos habíamos acostumbrado a sus excentricidades. Bueno,
mejor dicho, a su excentricidad. Porque, por lo demás, era perfectamente normal,
hasta anodino. De alguien así te esperas, yo qué sé, que vista con chilaba por
la calle, o que tenga veinte gatos, pero qué va: era imposible concebir un
ciudadano más cuidadoso y formal, hasta se prestaba gustoso a ser presidente de
la comunidad de vecinos, con eso lo digo todo.
Así iban las cosas hasta que me pasó
aquello. Estoy harto de contarlo, pero creo que es necesario: una noche de
lluvia salí de casa un poco quemado de mis movidas conyugales, me apetecía
tomarme una copa y de repente encontré un pub medio escondido y me metí, dentro
estaba todo oscuro, cómo iba a saber yo que era un prostíbulo y había menores
de edad, no se veía una mierda. Y dio la casualidad que esa misma noche vino la
policía a hacer una redada, que de verdad parece que me ha mirado un tuerto, y
no sé por qué una de las niñas empezó a gritar que yo me había acostado con
ella, juró y perjuró que yo era un habitual, sigo sin entender a qué vino esa
sarta de mentiras. El caso es que me obligaron a ir a juicio y me pusieron una
multa, cómo entiendo a esos que dicen que la justicia es un sindiós. Pero lo
peor fue que mi mujer me dejó por pederasta (la muy bruja me la tenía guardada
desde hacía mucho tiempo), y me echaron del trabajo para que no les asociaran
con un pervertido como yo. Incluso mis amigos, y eso sí que me dolió, me dieron
la espalda.
Bueno, no todos. Tres días apenas
después de la sentencia Héctor vino a casa, me miró a la cara fijamente, me dio
un abrazo de oso y me dijo: él te cree. Me puse a llorar como un niño, no
quería soltarme de entre sus brazos, allí me sentía querido, me sentía
comprendido. Hasta estuve a punto de confesarle la verdad, pero al final me
recompuse. Venga, me dijo palmeándome la espalda, invita a Héctor a una copa,
dejé que me pusiera el abrigo con mimo, ya verás como él te ayuda a olvidar
esta pesadilla.

Poco a poco se fue estableciendo una
rutina entre nosotros: quedábamos un par de veces por semana, íbamos a cenar a
un chino (el propietario no entendía casi español, dudo mucho que se enterara
de la peculiaridad de mi amigo), luego nos tomábamos una copa o dos en un bar
muy iluminado en plena Gran Vía, él me hablaba del trabajo o de sus cada vez
más esporádicas novias, las tías están medio locas, me decía, Héctor está a
esto de hacerse gay, yo me reía, y hasta la próxima cita. Solo dejamos de salir
los meses que tuvo de recuperación tras el infarto, yo iba a su casa a verle,
no te preocupes por él, que ese nos entierra a todos, me informaba. Lo
pasábamos bien juntos, creo.
Ya acabo: a pesar de lo desastre que
soy para estas cosas (lo voy dejando todo para el día siguiente), hicimos el
papeleo a tiempo, y por eso ahora estamos en la misma residencia, tuve que
remover Roma con Santiago pero mereció la pena. Las enfermeras se ríen mucho
con Héctor, les hace gracia su forma de hablar, supongo que pensarán que es una
de las manifestaciones del Alzheimer, ojalá todas fueran tan benignas, afirman
complacidas. Hay veces en que para liar más la cosa yo también habló de mí
mismo en tercera persona, las enfermeras se parten con
nosotros dos. Hace unos días me sorprendí mirándole con cariño, como se mira a
un viejo sillón o a la tumba de tus padres: ya sé que está como una cabra,
joder, pero es mi amigo.