¿Nueva Política?
¿Transversalidad? ¿Empoderamiento? ¿Plurinacionalidad? No preocuparse, que el
nene ya ha encontrado la explicación a toda esa monserga. Y no he tenido que
irme muy lejos, pues está aquí cerca, en el centro de Madrid, concretamente en
Gran Vía, 32. El mismo edificio que durante años ha servido como sede al grupo
editorial español más identificado con ese proyecto colectivo que es la
socialdemocracia, hoy en día ha sido ocupado por la megacorporación que mejor
representa la dictadura blanda de la globalización y el low cost. De PRISA a PRIMARK: no hace falta decir más.
lunes, 25 de enero de 2016
martes, 19 de enero de 2016
Loving the Alien
Camaleón. Marciano. Visionario. Hum, no sé si estoy muy de acuerdo con la
avalancha de apresurados elogios que ha recibido David Bowie desde que falleció
el pasado once de enero. No, vamos a ver si me explico, más bien discrepo del
enfoque, no del contenido. Me da la impresión (reconozco que soy muy mal
pensado) que la inmensa mayoría de gente que se ha sentido tan afectada por la
muerte del cantante de mirada bifocal en realidad le conocían más por sus
excentricidades vestimentarias y por la pegajosa etiqueta de Rey del Gay Power
(¡sí, así se titulaba el primer recopilatorio de su obra que se publicó en
España, cuando Patascortas aún era el Rey del Fascist Power!) que por sus
canciones (si quisiera ser malo preguntaría a sus floridos plañideros por el
título de alguna de ellas, más allá de “Heroes” y las dos o tres que ha
adulterado la publicidad: no, no lo haré, qué necesidad tengo de granjearme
enemigos). No seré yo quien minusvalore la enorme importancia de Bowie para
hipervitaminar la estética del rock tras la resaca hippie, pero eso sería
banalizar su verdadera aportación a la historia de la música pop de los últimos
cincuenta años, de la que es uno de sus más rutilantes pilares.
Digámoslo pronto: de todos los solistas que han seguido la estela de
Elvis, solo Bob Dylan supera a David Bowie en influencia e irradiación (el
mismo Bowie le homenajeó en Hunky Dory con la maravillosa Song for Bob Dylan). Hum,
espera un momento: acabo de escribir la frase, y ya tengo dudas. Es evidente
que el áspero trovador de Duluth es uno de los forjadores de la sensibilidad
pop contemporánea, tal y como hoy la entendemos, pero su hosquedad y la
impenetrabilidad que rodea a su obra ha desalentado a muchos seguidores,
cansados de recurrir a una hermenéutica casi religiosa para saber de qué coño
les está hablando su gurú. Por el contrario, Bowie (cuyos textos no son mucho
más accesibles que los de Dylan), sí ha facilitado la autopista que lleva a su extraño
mundo, gracias a la profusión de referencias visuales o iconográficas, a su
temprana adhesión a ese nuevo sistema de signos que es el video clip, y a su colosal talento para la promoción (todos los periodistas le tenían por el entrevistado
más amable y encantador de normalmente abrupto mundo del rock). En España, sin
ir más lejos, durante la Movida, el cantante de Brixton era el único de los
dinosaurios de la Época Dorada del Rock al que respetaban la crítica y los
músicos (ah, todavía recuerdo la maravillosa versión de The secret life of Arabia que interpretaron Radio Futura en una de
las veces que pude verles en Rockola). Frente a la adustez cuasi trapense de
Dylan, Bowie ejercía de magnético pavo real para aquella tribu frívola y
pinturera que entró en la edad adulta a principios de los ochenta (y eso que
por entonces el Duque Blanco empezaba a dar muestras de agotamiento musical,
especialmente tras el decepcionante Tonight).
Daba igual: sus magníficos video clips y su alambicada sexualidad (pero ¿es o
no es?, nos preguntábamos, un punto morbosos) le mantuvieron en la cresta de la
ola durante toda la década, incluso le perdonábamos sus erráticas apariciones
cinematográficas, qué fans éramos. Cuando llegó el grunge nuestro unicornio
favorito desapareció con elegancia: qué pintaba él en medio de aquella horda de
depresivos mal peinados y con la camisa sin planchar, ahí os quedáis con
vuestro angst de andar por casa. Se
largó a Nueva York, se casó con una modelo (¡how
shocking!), se obsesionó con la pintura vanguardista y ya casi no volvimos
a saber nada de él hasta que, en 2013, sacó The next day (disco que, reconozco, no he escuchado más que
superficialmente). Y hace un par de semanas, cuando aún estábamos digiriendo
los jodidos polvorones, las agencias de noticias se alborotan con un nuevo
video clip del artista (titulado Lazarus:
ah, qué rápido hilamos todos a posteriori). Dos días después desaparece. ¡Me
quito el cráneo, mago del márketing!
En fin, supongo que sería ridículo enumerar las canciones que me han
acompañado desde que, corría 1982, Julio Ruiz (sigue dando guerra, ahora no sé
en qué emisora) dedicó un programa especial a los diez años de Ziggy Stardust: qué flipe, sentado en mi
habitación del Gurugú, escuchando aquella música que no tenía nada que ver
(¡pero nada!) con la que yo consumía por entonces, y eso que lo hacía por toneladas.
Qué inconsistente se me antojó, en comparación, la aún incipiente Movida, qué
toscos los Stones, qué decimonónicos los Beatles, qué previsibles los Who:
aquel tipo de ojos discordantes mezclaba guitarras como serruchos con violines
de miel, y lo envolvía todo con historias que no transcurrían ni en Nebraska ni
en California, sino en lejanas órbitas mentales, y se vestía como un empleado
de gasolinera que se hubiera pasado con el ácido, y era inquietantemente bello
como una gacela, como una mentira muy bien contada, y pasaba de la melodía más
delicada al estribillo más vacilón, te obligaba a bailar y luego a flotar, te
hipnotizaba. No, no cometí la locura de proclamar que yo quería ser como él
(uf, ya por entonces mi carrocería era mucho más, euh, terrenal), pero algo se
descolocó, algo me hizo sospechar que todo es más imprevisible de lo que nos
creemos, todo es mucho más sutil y delicado que aquella monserga que se
empeñaba en contarnos el profesor de Derecho Político (¿habrá escuchado este
mamón alguna vez Soul Love, o Moonage daydream, me preguntaba yo?).
Que sí, que estoy de acuerdo: Bowie era un camaleón, un marciano, un
revolucionario, todo lo que quieras, pero sobre todo era el cantante de pinta
indescriptible que hizo soñar a aquel adolescente desorientado en la soledad de
su cuarto, y por eso siempre le estaré agradecido, por eso sigo
escuchando su música (lo estoy haciendo ahora), por eso me dolió su muerte,
pero más me dolió saber que ordenó ser incinerado sin nadie a su alrededor, sin
su familia, a solas con el anodino empleado de la funeraria. David Robert Jones,
lo siento, tus órdenes me las paso por el forro: no sé cómo, pero yo estaba
allí, y sé que no te molestó que bailara.
lunes, 18 de enero de 2016
"Reyes de Alejandría", de José Carlos Llop (Alfaguara, 2016)
Un libro que viene auspiciado por Ezra Pound y Lou Reed merece que le
demos una oportunidad, y así lo hago, a pesar de no haber leído nunca al chiflado
poeta norteamericano (para compensar, el no menos chiflado bardo neoyorkino es
casi como de la familia, y quizás por eso nunca le perdonaré que, después de
tirarse toda la vida enganchado a la heroína, se nos muriera haciendo Taichi:
qué falta de respeto). A lo que vamos: son muchos los dioses tutelares que
florecen por los cuatro rincones de “Reyes de Alejandría”, la crónica
sentimental que José Carlos Llop
(Palma de Mallorca, 1956) dedica a los años de su adolescencia y primera
madurez que transcurrieron entre su ciudad natal y la mítica Barcelona de,
entre otros, Ocaña, Vázquez Montalbán y Sisa, en aquel mágico paréntesis
libertario que va desde la disolución del meapilas Régimen Franquista hasta el
advenimiento del latrócida Régimen Nacionalista. A caballo entre la música y la
poesía, Llop nos cuenta nuestra mentira favorita: tras cocinar los datos en la
trastienda de la memoria, todas las chicas que te follaste a los dieciocho años
resulta que tenían nombres fascinantes (¡Fabianne! ¡Zaida! ¡Miss Opalo!), todas
exhalaban un delicioso perfume a hash (¡a grifa hubiera dicho yo, que tan
mitómano soy!), y de su boca salían frases misteriosas y evocadoras, como
versos muy bruñidos. A Llop le traiciona su vocación lírica y cuando está
inspirado deja párrafos de límpida serenidad mediterránea, pero en ocasiones se
le va la mano con la nostalgia (la testosterona de los poetas): “No puedo contar el amor porque el amor,
como larva que nunca ha de completar su metamorfosis, no puede contarse” (pag.
152) ¡Agárrame esa mosca por el rabo! La situación política aparece de refilón
y tratada con cierto desdén, como si no tuviera demasiada importancia para
aquel imberbe José Carlos tan henchido de poesía y de rock (música de la que
demuestra un conocimiento enciclopédico). El libro es breve y triste, al
cerrarlo te queda una sensación cenicienta en la boca: la vida iba en serio, ya
lo dijo Gil de Biedma, y el muy puñetero siempre tenía razón.
martes, 8 de diciembre de 2015
“Limónov”, de Emmanuel Carrère (Anagrama, 2013)
No
deja de ser curioso (incluso le dedicó una biografía) que una de las
referencias de Emmanuel Carrère (París, 1957) sea Phillip K. Dick, una de las
mentes más imaginativas de la literatura del siglo XX. Frente a los delirios y
las fabulaciones del norteamericano, su biógrafo ha construido una sólida
carrera sobre un género que se popularizó en la estela de “A sangre fría” y
que, hoy en día, ha desembocado en una verdadera avalancha de libros
etiquetados como “novelas biográficas” o “biografías noveladas” (piénsese en
“La fiesta del Chivo”, o “Anatomía de un instante”), en los que, y ahora se
entenderá la mención a Dick, la imaginación ha cedido el mando al estilo, a la
eficacia narrativa, que, en el caso de Carrère, es innegable. ¿Para qué crear
peripecias cuando tu personaje (como es el caso del inclasificable Eduard
Limónov) ha tenido una vida que excede toda invención? Y si además esa vida te
sirve como perfecto correlato de los últimos cuarenta años de historia de la
URSS / Rusia, pues miel sobre hojuelas. Ya en “De vidas ajenas” (el título es
toda una declaración de principios) y en “El adversario”, Carrère demostraba un
olfato finísimo a la hora de recurrir a historias verdaderas a las que aplicaba
el barniz de la creación novelística, aderezado con algunos toques del Nuevo
Periodismo: el resultado era magnífico, tal y como acreditan la cantidad de
premios que han recibido sus libros. Es cierto que en “Limónov” nunca sabes
cuál es la droga que te engancha, si las volteretas vitales del personaje (¿es
un personaje?: en realidad es una persona) o la pericia con la que el autor
(¿es un autor?: el DRAE lo define como “el que inventa alguna cosa”) ordena los
materiales que se le suministran. Pero qué más da: Carrère escribe de puta
madre, que es lo que importa, y las sutilezas terminológicas es mejor dejárselas
a los eruditos, con su pan se las coman.
viernes, 4 de diciembre de 2015
Dos cuadros
Sonará muy
pomposo, pero entro en el Museo del Prado con la sensación de que éste es el
único lugar en el mundo en el que me siento completamente seguro, a resguardo
de yihadistas, acreedores y señoritas empeñadas en hacerme (¡qué manía!) el
test de paternidad. En cuanto entrego en la consigna mi abrigo alcanzo un
estado de euforia, casi de ingravidez, ni siquiera una excursión de ruidosos
niños me alcanza, estoy muy por encima de las inquietudes humanas. Incapaz de
elegir entre la fabulosa oferta de cuadros, me dejo llevar cual leucocito por
el sistema linfático de un hipertenso (me lo he inventado, que quede claro: de
medicina no tengo ni idea). Al girar por una de las salas veo un cartel con “La
gran odalisca”: me anuncia la exposición dedicada a Ingres, y allá que te voy.
No creo que
sea necesario que presente a Ingres, uno de los pocos pintores clásicos
respetados tanto por impresionistas como vanguardistas en general. La selección
de cuadros es apabullante: retratos hagiográficos de Napoleón (¡con la mano
metida dentro de la chaqueta comme il
faut!), alegorías medievalistas muy del gusto de la época, desnudos
femeninos de todo tipo (incluyendo el muy audaz “El baño turco”)… El pintor
francés se adentra con mano maestra en la apoteosis de la carne, gracias a una
serie de cuadros de erotismo adulto que convierten el calendario Pirelli en la
tosca fantasía de un adolescente granujiento. Como curiosidad, la exposición
también explora la vertiente religiosa de su obra: “Virgen adorando la sagrada
forma” o “Jesús entre los doctores” son dos muestras impagables de que un
artista del siglo XIX podía, al mismo tiempo, ser profundamente sensual y un
fervoroso cristiano. Hum, ahora que lo pienso, esa capacidad para integrar
ideas tan opuestas se perdió en el siglo XX, donde la exigencia de autenticidad
y coherencia fue una de las reglas básicas, dando lugar a artistas enormemente
libres, pero también enormemente predecibles. En fin, no se puede tener todo
(supongo).
Pero la joya
de la corona de la exposición es, sin ninguna duda, el retrato de
Louis-Françoise Bertin, un adictivo imán para los ojos ante el que permanezco
un buen rato, fascinado por ese pelo al tresbolillo y esa postura de gato a
punto de saltar sobre el descuidado ratón. El señor Bertin nos mira con una
mezcla de desfachatez y desafío muy propios de la clase social a la que
representa (la burguesía enriquecida que superó todas las piruetas políticas de
comienzos de XIX en Francia) y del estamento laboral en el que desarrolló su
actividad (la prensa, ese cuarto poder que tan decisivo iba a ser a partir de
entonces). Me tengo que remontar a los retratos del renacimiento italiano para
encontrar una intensidad tal en la mirada: bien visto, los propietarios de
periódicos fueron los herederos de los antiguos condottieri, y gracias a ellos se encumbró (y luego defenestró) a
la clase política de la época. Estamos ante uno de los últimos grandes retratos
de la Historia del Pintura, ya que, pocos años después, se popularizaría la
cámara de fotos, y los pintores, para no morirse de hambre, tuvieron que
inventarse ese coñazo del retrato subjetivo: a otro perro con ese hueso.
Mientras
recobro fuerzas con un refrigerio en la cafetería del Museo, advierto que hay
otra exposición, esta de muy distinto signo, dedicada al Divino Morales. Uf:
con la excepción de las baladas heavys, no hay un género artístico que me
irrite tanto como la pintura religiosa española. Ya sea en un museo diocesano o
en la sala de estar de cualquier andaluz, esos cristos dolientes y esas
magdalenas llorosas me ponen de los nervios, no lo puedo decir de otra forma.
En fin, que ya que estoy aquí, pago mi café y mi napolitana de chocolate
(¡cinco euros y diez céntimos por esto! ¿Viene con un Velázquez de regalo o
qué?, le espeto al camarero), y me meto a ver la exposición, si no me gusta me
largo y santas pascuas.
Al primer
golpe de vista se confirman todos mis temores: Jesusitos almibarados, vírgenes
de guardarropía, santos alopécicos, escenas de contrición y martirio. Me abruma
esa sensación de pegajosa religiosidad que te asalta en cualquiera de nuestras
iglesias, y de la que no te libras hasta la tercera ducha. El extremeño Morales
(contemporáneo de Carlos V y Felipe II) dedicó su carrera a suministrar cuadros
al por mayor para iglesias y conventos, por lo que no se planteó grandes
aventuras artísticas ni retos estilísticos, las innovaciones no dan de comer,
pensaría juiciosamente. Probablemente su estilo estuviese por encima del de sus
colegas (de ahí su mote de El Divino: mote que, por cierto, comparte con Francisco Vallés, el médico que aún hoy da nombre a un hospital en Alcalá),
pero no puedo decir que me entusiasme, al contrario, a los dos minutos estoy
harto de vírgenes y natividades, es como vivir dentro de un belén, qué agobio.
Pero
(Siempre hay
un pero)
Pero de
repente… harto como estoy de iconografía con olor a cirio, abro los ojos como
platos al toparme con “Cristo, varón de dolores”, un cuadro traído del
Minneapolis Institute of Arts que me deja fascinado (y cuando digo fascinado,
quiero decir fascinado). Hartos como estamos de ver representaciones canónicas
de la crucifixión, esa imagen de Cristo sentado con las piernas cruzadas (¡con
las piernas cruzadas!) y la cara apoyada en la palma de la mano como si fuera
un novelista primerizo posando para la solapa de su libro me atrapa inmediatamente. Solo le falta un cigarrillo
entre los dedos de su mano derecha para convertirse en una figura de Edward Hopper,
una especie de alegoría de la soledad o de la melancolía, de alguno de esos
sentimientos que tanto abundan en otoño. No soy experto en la pasión de Cristo,
pero en este cuadro (en el que, a pesar de que también aparece la cruz y
algunos útiles de carpintería, no sabemos si está concebido antes o después del
martirio) es como si el CEO de la Cristiandad se estuviera planteando alguna
duda existencial de mucho calado: qué hago yo aquí, o quién me mandaría meterme
en este fregado. En definitiva, un cuadro de una modernidad apabullante, que me
ayuda a salir de la exposición dando una zapateta de alegría y confirmando ese
refrán tan sabio que dice que nunca se sabe por dónde puede saltar la liebre.
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Estampas británicas nº 2: The ladies who laugh
Empecemos con un
recuerdo personal: es agosto de 2011, y estoy en Phuket (Tailandia), donde he
viajado con María. Nos acercamos a una de esas Full Moon Parties, una fiesta en la que abundan el alcohol y la
desinhibición. La mayoría somos europeos, aunque también se distinguen
australianos y algún que otro norteamericano, todos bajo una luna llena que se
pelea contra las amenazadoras nubes. Una multitud que no sabría cuantificar se
contorsiona sobre la playa al ritmo de la abominable música electrónica,
mayormente vestidos con ropas de color fluorescente y monados hasta las
trancas. La media de edad es bastante joven, pero mantengo el tipo parapetado
tras mis gafas de sol, como si la cosa no fuera conmigo: tarde o temprano
pondrán rock’n’roll, me digo (y no). Tras una hora larga de baile distingo junto
a nosotros, en pleno furor dionisíaco, a media docena de funcionarias de
Birmingham (y si no lo son, como si lo fueran), agarradas a sus mojitos y
fumando como aspiradoras. Ninguna es especialmente atractiva (el detalle no
resultará secundario), y acogen con razonable escepticismo las embestidas de
los gigolós locales (¡uno de ellos va disfrazado de Jack Sparrow!). De repente,
y en cuestión de segundos, el monzón se abate sobre la playa, y casi todos nos
refugiamos en un tejadillo de cañas, esperando que se encoja la tormenta, un
telón de agua pesada y furiosa que hace temblar las frágiles estructuras. Las
mujeres holandesas, altas y elegantes, arreglan como pueden los desperfectos
que el agua ha ocasionado en su peinado, mientras que las francesas se
maquillan a toda velocidad, asustadas por haber perdido (aunque solo fuera por
unos segundos) la fogosidad de su rouge.
Sin embargo, las alegres chicas de Birmingham, empapadas hasta el tuétano,
siguen retorciéndose impertérritas sobre la arena, al compás de las pocas notas
que pueden atravesar el diluvio, riéndose sin parar, con el pelo convertido en
una fregona mal escurrida, azotándose las unas a las otras sus poco torneados
culos y burlándose con suavidad del resto de los turistas, que las miramos desde
nuestro precario refugio con una mezcla de curiosidad y secreta admiración. No
sé porqué, pero intuyo que estoy ante una de las últimas manifestaciones del
Imperio Británico: su formidable capacidad para reírse de sí mismos y convertir
el humor en una coraza contra las adversidades.
Sé que suena muy cursi, incluso
podría parecer un exceso retórico, pero si yo tuviera que proponer uno de esos
Patrimonios Inmateriales de la Humanidad que con tanta prodigalidad se conceden
últimamente, sin dudarlo nominaría el Humor Británico, así, en mayúsculas, esa
maravillosa filosofía de vida que desdramatiza cualquier tentación de
trascendencia y reduce todo lo humano a sus verdaderos límites de chiste
millones de veces contado y recontado. Cualquiera que quiera comprobarlo no
tiene más que buscar en youtube el famoso discurso de Winston Churchill en el
que prometió a sus compatriotas “sangre, sudor y lágrimas” ante la perspectiva
de una guerra sin cuartel contra los nazis. Más allá de las palabras
angustiosas, que sin duda harían brotan más de una lágrima en los endurecidos
parlamentarios, el Primer Ministro soltó algunas de sus memorables sentencias
irónicas, las cuales provocaron generosas carcajadas en el Parlamento,
demostrando que incluso el momento más intenso admite (siempre desde la
inteligencia) una generosa rociada de sentido del humor (no voy a ser tan
grosero como para comparar dicha actitud con la de nuestros políticos
plasmáticos: no, no voy a ser tan grosero).
Por lo tanto, a nadie extrañará si
confieso que, durante bastante tiempo, decidí rebajar la resaca de Nochevieja
descojonándome al día siguiente con los libros de Wodehouse, el más reputado de
los escritores humorísticos británicos: qué mejor manera de empezar el año. Y
desde entonces no ha faltado en mi dieta de lecturas anuales alguna dosis de
ese indescriptible remedio contra la usura de los tiempos que te suministran
unas cuantas carcajadas con sabor a sándwich de pepino. Pero ha tenido que llegar
2015 para que me haya decidido a probar una ligera variación en mi habitual
cita con el humorismo británico: este año que acaba lo he dedicado a las
escritoras británicas (The ladies who
laugh, parafraseando la canción de Jerome Kern) que, sin ningún reparo, han
entrado ya hace mucho tiempo en un terreno reservado en Europa para sus colegas
masculinos, pero que en la Islas Británicas acoge a ambos sexos con similar
fortuna: el humor.
Empezamos por la londinense Stella Gibbons (nacida en 1902) cuya novela “Cold Confort Farm” (traducida aquí como “La hija de Robert Poste”) es un juguete cómico que bien podría haber firmado el creador de Jeeves. De la misma forma en que Cervantes utiliza el esquema de las novelas de caballerías para elevarse por encima de ellas, la Gibbons recurre a un género muy en boga: el de la novela rural, del que se burla inmisericordemente. El cottage inglés es algo más que un modelo arquitectónico, es un modelo de vida, y a su alrededor se despliegan las figuras tradicionales sobre las que con tanta certeza supo ironizar la escritora: la pequeña aristocracia rural, los capataces adustos y retrógrados, las solteronas, los párrocos de pocas luces, la jovencita rebelde e insatisfecha. En tan cerrado escenario desembarca Flora Poste, una mujer liberada y cosmopolita que pondrá todo el orden establecido cabeza abajo gracias a unas peripecias que nos aseguran unas cuantas horas de irrepetible felicidad. Tan suelta está la autora con su arte narrativo, que hasta se permite burlarse de la modernidad literaria de la época (aunque sea a través de personaje interpuesto, es hilarante su retrato de D.H.Lawrence, al que pinta permanentemente obsesionado por el sexo), llegando incluso (en un guiño a las guías de viajes) a puntuar con dos y tres asteriscos sus mejores párrafos. Y todo ello sin incurrir nunca en la pedantería o la pretenciosidad, y con un estilo que (y esto son palabras mayores) la emparenta con su estricto contemporáneo Jardiel Poncela (hum, no quiero ni pensar cómo hubiera salido el hipotético hijo de tan divertida pareja: todo menos aburrido, eso seguro).
Con una producción novelística más variada que la de la Gibbons, Muriel Spark nació en Edimburgo (no me atrevo a afirmar que su sangre escocesa se nota en sus libros, ese tipo de juicios basados en la identidad se los dejo a otros más dogmáticos). Con ella empecé mal: hace unos años leí “Las señoritas de escasos medios”, y no le pillé el punto, quizás debido a que el eje medular de su comicidad pasaba por la diferencia de clases (muchos de sus párrafos estaban dedicados a los matices de la pronunciación inglesa, algo totalmente incomprensible para cualquier persona nacida en este lado del Canal, y que ya me privó de disfrutar “Lucky Jim”, la famosísima novela de Kinsgley Amis que trataba de lo mismo). Pero a la segunda fue la vencida: “La plenitud de la Señorita Brodie” (1961) es otro monumento a la ligereza con la que muchos escritores ingleses se toman la vida, actitud en las antípodas de tantos y tantos intelectuales europeas, convencidos de que poner cara de sufrir en silencio y balbucear nimiedades sobre la existencia dota de espesor sus textos. Su punto de partida es otro clásico de las letras (y de las películas picantonas): el internado femenino. Allí da clases la Señorita Brodie, que busca refinar a sus alumnas y diferenciarlas del resto de la humanidad, haciendo gala de un esnobismo tan ridículo como enternecedor. A diferencia de la Gibbons, Muriel Spark se permite algunas pinceladas de amargura (la traición de una de las niñas es parte del desenlace de la novela). Ambientada en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, “La plenitud…” puede ser considerada una novela de aprendizaje a la inglesa, y en sus breves páginas se alternan una ironía agridulce y la nostalgia por los tiempos que nunca volverán.
“La familia Mitford, en su conjunto, no vino a la tierra a otra cosa que no fuera demostrarnos que la vida puede ser algo infinitamente más liviano y más grácil” (copio la frase del formidable “Pompa y circunstancia”, el vademécum de anglofilia de Ignacio Peyró). De entre las cinco hermanas Mitford, Nancy (nacida en Londres en 1904) fue la más constante y exitosa en sus propósitos literarios, y a su pluma debemos “A la caza del amor” (“The pursuit of love”, en el original: ¿no quedaría mejor La búsqueda en lugar del excesivamente predatorio La caza?), publicado en el año mismo del final de la Segunda Guerra Mundial. La novela (en parte autobiográfica) utiliza otro de esos recursos tan afines al carácter británico: la familia excéntrica. La protagonista, Linda, tendrá que aprender el difícil arte del amor, y lo hará sin perder jamás su buen humor y su entusiasmo por la vida, a pesar de los tropezones y los derrapajes. Sublimemente divertida en ocasiones, la autora no retrocede ante las adversidades, desplegando una ternura y una emoción (especialmente en la parte final) que hacen que la novela sobrevuele muy por encima de su etiqueta como literatura de entretenimiento. Tanto esta obra como las de sus hermanas son una excelente oportunidad para comprobar cómo pensaban las mujeres antes de ser abducidas por los libros de autoayuda.
Muy posterior en el tiempo, y con mucha más mala leche, Caitlin Moran (Brighton, 1975) ha sido durante años una de las columnistas más leídas de The Times, donde su acidez (y su mechón de pelo canoso a lo Kiko Veneno) han hecho de ella toda una celebridad. Su “Cómo se hace una chica” (2014) ha sido un best seller en toda Europa, siendo considerado como un verdadero manifiesto punk-feminista (o feminista-punk, lo que se prefiera). La Moran traviste apenas su biografía como aspirante a periodista musical, y reflexiona sobre la New Wave, la menstruación, las drogas, los hombres y la decadencia de la vieja Inglaterra sin bajar nunca de la quinta velocidad. Enormemente divertida, la novela revienta las costuras de esa chicklit al uso, tan empalagosa como sutilmente reaccionaria, y, a pesar de su evidente englishness, puede ser leída en cualquier parte con igual disfrute. Eso sí: fans de Almudena Grandes y su feminismo de axilas arborescentes, abstenerse.
Vuelvo a la imagen del principio: el
monzón descarga sobre aquellas feúchas funcionarias de Birmingham, que siguen
bailando sin parar sobre la arena mientras el resto de los turistas las observamos
fascinados, como se observa a ese espontáneo que sale al karaoke y se lo pasa de
puta madre destripando a Pimpinela, y luego pide otra, y otra. Ya hace mucho
que no les queda ni rastro de maquillaje, y sus movimientos han dejado de ser
armónicos tras el cuarto mojito. En los tiempos del bótox que vivimos nadie en
su sano juicio les pediría que posasen para un calendario de moda, se diría que
acaban de llegar de algún casting de las deprimentes películas de Ken Loach. En
todo caso, no puedo quitar los ojos de ellas: no serán las más guapas, de
acuerdo, pero son las que mejor se lo están pasando. No sé si estoy en lo
correcto, pero pienso que quizás ése sea el secreto que llevó a un pequeño país
de clima destemplado y gastronomía abyecta a dominar casi todo el globo: hacer
algo que a los demás les parece una majadería. Y hacerlo (éste es el matiz) sin
tomárselo demasiado en serio. God Save the Queen (otra adicta al humor, by the way)!
miércoles, 25 de noviembre de 2015
“La mano azul. La generación beat en la India”, de Deborah Baker (Fórcola, 2014)
Entre
los muchos descubrimientos que debemos a la llamada Década Prodigiosa (y espero
no tener que especificar de qué década estamos hablando), uno de los más
relevantes fue la identificación de la India como la quintaesencia de la
espiritualidad. Cualquiera que haya pasado un tiempo en aquel país excesivo
podrá argumentar que la realidad es mucho más compleja y resbaladiza, pero
cuando Allen Ginsberg, faro de la Generación Beat, parte en 1961 hacia la
patria de Gandhi y de Tagore lo hace urgido por la necesidad de encontrar
respuestas que no podía proporcionarle la pimpante Norteamérica que extendía
por el mundo, y sin oposición aparente, ese modelo de sociedad en el que ahora
sobrenadamos (casi) todos. Deborah Baker nos cuenta con oficio las andanzas del
muy pirado autor de “Aullido”, acompañado por su pareja Peter Orlovsky, en las
que se mezclan intuiciones muy de la época (ese anhelo de trascendencia que a
continuación caricaturizarían los hippies) con desafueros también muy de la
época (ah, esos años en los que los intelectuales enviaban candorosas cartas a
los mandatarios mundiales exigiéndoles la paz y el desarme…). Sin embargo, el
insospechado hallazgo del libro es una presencia lateral y escurridiza: la musa
beat Hope Savage (¡sí, se llamaba así!: Esperanza Salvaje), cuyo viaje errático
y alucinado por Oriente encapsula a la perfección el evangelio nómada y
desarraigado de un movimiento (nunca mejor dicho) literario al que el tiempo
está poniendo en su verdadero sitio. Eso sí, avisamos que este no es el libro
adecuado para el que espere conocer la India a través de las gruesas gafas de
pasta de un personaje como Ginsberg: el barbudo poeta solo tenía ojos para sus
obsesiones, que eran muchas, y no es buena idea interponerse entre un beatnik y
sus neurosis.
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