lunes, 9 de octubre de 2017

Sweet Home Barcelona


Sisa y su banda, a finales de los setenta
Para los adolescentes de finales de los setenta (no me obliguéis a utilizar esa muletilla tan ominosa de “del siglo pasado”), la mera mención de Barcelona venía aureolada con una pátina de irresistible modernidad. Pongámosnos en situación: hablamos de aquellos años vertiginosos que van desde la muerte de Franco hasta el infausto Tejerazo, lo que se viene llamando “La Transición”: sacralizada por algunos, denostada por otros, tendrán que venir los inefables hispanistas para sacarnos de dudas al respecto. Pero estábamos con la Ciudad Condal y su magnético poder de irradiación: de allí venían las revistas musicales y de tendencias que leíamos con fervor hasta aprendérnoslas de memoria (“Vibraciones”, “Popular 1”, “Ajoblanco”), su potente industria editorial nos suministraba los libros más novedosos (comparabas las portadas de Seix Barral, de Bruguera o de Anagrama con las de la venerable Austral y comprendías muchas cosas), los comics traían el inconfundible marchamo cosmopolita del underground catalán (“El Víbora”, “Cairo”), hasta sus melenudos músicos (Iceberg, Compañía Eléctrica Dharma, Pau Riba, Sisa) lucían muchísimo más cool que los ceñudos rockeros urbanos madrileños, empeñados en recordarnos lo asqueroso y alienante (¿perdón?) que era vivir en el Foro. A diferencia de la capital, Barcelona había sido una ciudad hippie y libertaria, abierta a todo tipo de experimentalismos (culturales, sociales, políticos, sexuales…), y, quizás por eso, durante unos años gloriosos había acogido a lo más granado del boom literario sudamericano (García Márquez, Vargas Llosa, Bryce Echenique, José Donoso, Álvaro Mutis…). Todos teníamos algún amigo (mejor dicho, el hermano mayor de algún amigo) que se había ido a pasar una temporada a una comuna cerca del Paseo de Gracia, o en el Ampurdán,  y que volvía contando maravillas de aquellos catalanes pirados que vivían al margen de los convencionalismos y a los que la política les traía al pairo. Cuando le preguntábamos por, ya sabes, je je, bajábamos insensiblemente la voz, el amor libre y esas cosas, nos miraba muy fijamente, daba una profunda calada a su canuto de marihuana, y decía que allí le habían enseñado que solo puede haber amor si hay libertad (¡qué tíos!, rugíamos de envidia, ¡qué orgías se tienen que montar!). Nosotros, que nos reuníamos en el garaje del padre de un amigo (no flipas igual mirando al mar que rodeado de destornilladores y llaves inglesas, eso os lo aseguro), admirábamos en la distancia a aquellos catalanes vacilones y enrollados (así se hablaba entonces) que habían tardado décimas de segundo en desprenderse del asfixiante guardapolvos del franquismo para ponerse las ropas más molonas y embadurnarse de patchouli, y que durante unos años nos dieron sopas con onda en música, literatura y arte. De acuerdo, nos conjurábamos, en cuanto reuniésemos pasta iríamos a Londres a ver a los Clash (lo primero es lo primero), pero el siguiente sitio a visitar sería Barcelona, eso era seguro.

Pero la Historia escribe torcido con renglones en espiral (o algo así), y de repente todo se volvió más complicado, o más simple, a saber. El Tejerazo supuso el pistoletazo de salida para lo que poco después se llamaría la Movida, y casi sin darnos cuenta descubrimos que Madrid, esa ciudad de Notarios y churreros, se volvía súbitamente interesante. Cineastas, músicos más o menos pop, escritores, actores, filósofos muy noctámbulos: una variopinta caterva de vividores tomaron las calles de la capital, y con ellos aparecieron colores que se superpusieron a las grises fachadas de la Gran Vía. Tan entusiasmados estábamos con aquella explosión de cultura y libertad que casi nadie notó cómo la festiva Barcelona iba siendo tomada, como si de una película de zombies se tratara, por unos seres alicatados con la senyera, que no paraban de decir que eran diferentes y que bailaban la sardana con una concentración ensimismada que no hacía presagiar nada bueno.

Pasaron los años: vinieron unas olimpiadas muy eficaces, cayeron muros y torres, perdimos todo atisbo de ingenuidad. Un día, sin comerlo ni beberlo, descubrimos que aquella arcadia libertaria y sandunguera había acabado convirtiéndose en lo que nos muestran los Telediarios: un monocultivo del nacionalismo más adocenado y empobrecedor. La Barcelona a la que cantaba Gato Pérez o por donde paseaba el desencantado Carvalho fue poco a poco sucumbiendo ante el relato monocromo del Cataluña über alles, un parque temático en el que no encuentran cabida versos sueltos como Boadella, Isabel Coixet, Juan Marsé o (quién lo iba a decir) Serrat, estigmatizado por no seguir las directrices del independentismo. Y como una imagen vale más que mil palabras, quien escribe estas líneas pudo ver, no hace aún dos semanas, en una tienda musical en Barcelona una guitarra eléctrica con la forma de la triunfante Cataluña independiente, exhibida sobre una estelada rampante. Parafraseando la canción de los Stones: “It’s only xenofobia (but I like it)”.


Y en esas estamos. Nadie (y yo menos que nadie) se atreve a dar un pronóstico de lo que ha de venir, y hay que ser muy optimista para pensar que la costra identitaria va a desaparecer siquiera a medio plazo. En todo caso, y como soñar no cuesta nada, secretamente espero que resurja aquella ciudad tolerante y coqueta que tanto nos deslumbró en nuestra adolescencia. 

domingo, 24 de septiembre de 2017

Reflexiones en el Matadero


Hay otros mundos, pero no están en Cataluña. Abandonemos por un rato el monotema (¿o no?: ya veremos). Estuve el sábado en el Matadero, hoy por hoy el lugar que más me gusta en el mundo. En su sala “Abierto x obras” se podía ver una exposición / performance de Juan López, un artista multipremiado nacido en Cantabria (sic). Su trabajo consiste en añadir una serie de listones o entablamentos que unen las columnas ya existentes en la sala, sin abandonar la estética brutalista-industrial del recinto. Oye, hasta tiene su puntillo, y me paseo con agrado por la instalación. Pero lo que desata mi perplejidad es la explicación esotérica-hortera que se marca el señor López para conseguir que los simples humanos comprendamos su obra. Copio: “Juan López propone una intervención escultórica sobre la arquitectura como forma de resistencia contra lo establecido”. Agárrame esa mosca por el rabo, como diría aquel. Sigo: “Desde sus obras tempranas de intervención en el espacio urbano, el trabajo de este artista busca desvelar otros modos de percibir el lugar como hipótesis para otras relaciones sociales fuera de la normatividad impuesta por el poder”. Ah, el poder, qué avieso es, qué mefistófelico. Como en el viejo sketch de Monty Python: ¿qué ha hecho el poder por nosotros? Bueno, ha hecho la seguridad social, las carreteras, la liga de fútbol, los aeropuertos, el código de circulación, la Denominación de Origen Rioja y un sinfín de cosas más. Pero resulta que ahora llega Juan López y, cambiando unos pocos paneles de sitio, nos saca de la normatividad impuesta por el poder. Y eso para empezar. Retomo este iluminador párrafo de su explicación: “En un mundo hipercomunicado, poblado de signos creados por una élite intelectual y/o social, López juega con la posibilidad de alumbrar nuevos significados, nuevos espacios y otros regímenes de lo sensible” ¡Otros regímenes de lo sensible!: el premio a la Chorrada del Año ya tiene firme candidato, y eso que la cosecha está siendo abundante.


En fin, nada nuevo bajo el sol: la habitual verborrea lisérgica con la que muchos artistas contemporáneos glasean sus incomprensibles juguetitos. Y es ahora cuando enlazamos el discurso hueco y pomposo de un artista al que yo no conocía hasta el sábado con lo que está sucediendo en Cataluña. Habituados como estamos a fijarnos en las esteladas y las marchas a lo Kim Jong-Il que tanto salen en los periódicos, deberíamos ampliar la foto y ver que toda esa escenografía se nutre de la hiperinflación lingüística que ha espesado nuestras vidas desde que el populismo hizo su descacharrante aparición (no solo en España) a comienzos de esta década. Otredad, empoderamiento, heteropatriarcado, transversalidad, micromachismos, alteridad… Toda una panoplia de conceptos evanescentes que sirven lo mismo para un roto que para un descosido, pero que te arreglan el mitin sin tener que estrujarte mucho el cacumen (y si tienes un público difícil, suelta eso de que aún vivimos en el franquismo: la gente se corre). Y el nacionalismo (que lo aprovecha todo) ha rejuvenecido su inmemorial discurso xenófobo y supremacista (estamos nosotros y están ellos: punto) con invenciones verbales tan desorbitadas como el derecho a decidir (¿a decidir qué?), derecho que, por cierto, ha sido discretamente invitado a abandonar el proyecto de constitución catalana, no vaya a ser que. No deja de ser tronchante que cada vez que uno se adentra en algún análisis de la cuestión catalana, necesita un microscopio muy potente para distinguir el catalanismo del independentismo, y este del separatismo, y este del soberanismo. Y si a eso añadimos la pirueta que significa eso de “nación de naciones”, el berenjenal se convierte en desaforadamente laberíntico (por cierto: hoy he escuchado que España es un “país de países”: no sé si es un lapsus, o ya hemos llegado a ese punto en el que todo vale). En fin, que de aquellos polvos vienen estos lodos: dejamos que un artista así como conceptual alumbre otros regímenes de lo sensible (manda huevos…), y acabamos diciendo que España es una unidad de destino en lo universal que a su vez alberga otras unidades de destino en lo universal. Y yo con estos pelos.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Regreso (ácrata) al pasado (lisérgico)


          Si alguien me preguntara (y no sé por qué no lo hacen) qué necesitamos en estos tiempos tan convulsos, diría que ingenuidad. Kilos, toneladas, montañas, océanos de ingenuidad. No voy a ser tan cursi como para decir que es urgente que recuperemos la limpia mirada de un niño, pero por ahí le andará. Me explicaré: nos hemos resabiado demasiado, sabemos de todo, pontificamos como inquisidores, juzgamos a las primeras de cambio, condenamos pero ya. Por eso, recibí con indudable alegría la noticia de que volvía “Ajoblanco”, la mítica revista libertaria catalana que con tanto fervor leí cuando iba al Instituto. Qué época aquella: casi todo lo hippie / anarco / subversivo venía de allí, empezando por las revistas (además del “Ajo” estaban los cómics como “El Víbora” o “Cairo”, y en el mundo de la música “Vibraciones”, “Popular 1” y otras muchas), siguiendo por grupos como la Compañía Eléctrica Dharma o Iceberg (mezcla de prog e infumable jazz-rock, pero con unas melenazas que horrorizaban a nuestras madres) o el inclasificable “El Papus”. Mientras tanto, Madrid era una urbanización suburbial de un millón de notarios que tardó algo en despertar tras la criogenización franquista, aunque cuando lo hizo su estallido oscureció a la Ciudad Condal, despertando un resquemor que, en parte, intuyo que está debajo de la hojarasca de agravios que ahora nos ahoga. Pero volvamos a aquellas revistas: me fascinaban. A decir verdad, no las entendía demasiado, su jerigonza post-situacionista y comunal me desbordaba, no terminaba de pillar las sutilezas de sus artículos dedicados a la antipsiquiatría o a la colectivización. Pero el poderosísimo aliento de libertad que emanaban me dejaba alelado, eran un soplo de aire en el muy viciado y vicioso túnel de viento en el que estábamos metidos en la Baja Transición (y del que salimos, fíjate tú por dónde, gracias al Tejerazo: es una teoría propia que admite refutaciones). Por ahí deben de seguir guardados mis viejas revistas, en alguna tímida repisa de mi biblioteca, cuando me encuentro muy nostálgico saco algún número, me pongo en el pick up a Pau Riba (“Dioptria” es una jodida obra maestra, y yo no utilizo el adjetivo que empieza por jota así como así), y flipo un rato.

            A lo que vamos: me compro el nuevo “Ajoblanco” (7 euros: ni barato ni caro). Buena encuadernación, reportajes jugosos, la dosis justa de libertarismo sin caer en el panfleto. Las únicas firmas que conozco son las de Juan Soto Ivars y Javier Pérez de Andújar, y tuerzo el morro cuando veo que hay una entrevista a Claudio Naranjo (¿quién será el próximo, Paolo Coelho?). Cuando cierro sus 130 páginas, caigo en que no hay ni una sola mención a lo que está pasando en Cataluña. ¡Una revista alternativa editada allí que no dedica ni una línea al fementido Procès! Una de dos: o son de una ingenuidad desarmante, o (y esta posibilidad me gusta más) tienen un sentido de la provocación fino filipino. Es más, y no sé si es un sutil puente tendido, dedican el primer artículo a “El Madrid rebelde”, un generoso recorrido por las iniciativas autogestionarias de la capital del Estado, por utilizar la jerga al uso. Qué audacia: recuerdo que leí hace unos años las memorias del factótum de la revista, Pepe Ribas (“Los setenta a destajo”), y me pareció que se trataba de un personaje genuinamente hippie, inmune a las disputas políticas, más preocupado por su desconexión personal del sistema que por desfilar marcialmente todos los 11 de septiembre haciendo el paso de la estelada. El nuevo avatar de “Ajoblanco” demuestra que la llama libertaria sigue viva en Cataluña, y que es una infamia que las monjitas leninistas de la CUP se atrevan siquiera a reclamarse herederas de personajes tan mercuriales (todos surgieron en la estela de “Ajoblanco”, o colaboraron con la revista, o simplemente pasaban por allí) como Ocaña, Nazario, Sisa, el Perich, Vázquez Montalbán o Mariscal, a los que la Cataluña über Alles que precocinó maese Pujol y ahora emplatan sus herederos se la bufaba ampliamente. En fin, que me parece un signo de esperanza poder incorporar de nuevo al “Ajo…” a mi dieta lectora, un poco desvitaminada últimamente. Y como han tenido la audacia de autogestionarse (no admiten publicidad) animo a mis hordas de lectores a rascarse el bolsillo y contribuir a que sobreviva uno de los escasísimos reductos de libertad que quedan fuera del mercado. Como dijo Timothy Leary: “Turn on, tune in, drop out!” (traduzco: “¡compra el Ajoblanco, joder, que son solo siete euros!”)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El burócrata imperial y el guerrillero planetario


En las fotos que conservamos de Sir William Henry Beveridge (todas en riguroso blanco y negro), se nos aparece como lo que fue: un acabado producto del Imperio Británico. Tanto es así, que tuvo la muy cosmopolita idea de nacer en lo que hoy es Bangladesh, donde su padre ejercía como juez de la administración colonial. Corría 1879, y para que nos hagamos una idea, cabe decir que, en ese mismo año, Edison inventó la bombilla: literalmente, hasta entonces las noches se pasaban a la luz de las velas. Hemos visto las suficientes películas para suponer cómo fueron los días de infancia del joven William: calor sofocante, nativos de extrañas costumbres, la irónica certidumbre de pertenecer al lado correcto de las creencias. Con el paso de los años, Mr. Beveridge emigraría a la Gran Bretaña de sus ancestros, donde estudió literatura clásica antes de dedicarse al periodismo, para finalmente entrar en el mundo de la política de la mano del mismísimo Winston Churchill, por entonces ministro de economía. Dos guerras mundiales después, y tras una vida dedicada a la función pública (lo cual le valió ser ennoblecido), mister Beveridge murió discretamente en 1963. El mundo en el que había nacido se apolillaba en los museos: pocos días después, The Beatles grabarían “From me to you”, la tarjeta de presentación de lo que con el tiempo se llamaría “la Década Prodigiosa”.

           
         Resulta innecesario de todo punto presentar al personaje de la otra foto, dado que para gente como él se inventaron los adjetivos. Ernesto Guevara nació en Argentina en 1928, e intentar resumir su trayectoria provocará más de un bostezo, habida cuenta de la cantidad de libros, películas y documentales que ha generado una vida que, y no creo que nadie lo discuta, resultó tan apasionante como controvertida. Su muerte, de la que en unos días se cumplirá medio siglo, fue un acontecimiento planetario, a la altura del fallecimiento de Kennedy o de la llegada a la luna: el Che fue abatido en Bolivia el 9 de octubre de 1967, pocos días antes de que The Beatles grabaran “The fool of the hill” (pasmosamente, nadie ha preguntado a McCartney si “el hombre que ve cómo el mundo gira a su alrededor” era el guerrillero recién abatido).

            Es difícil encontrar dos personalidades más antitéticas. Beveridge era metódico, aburrido, victoriano hasta la médula, un ratón de jurisprudencia y reglamentos. No hace falta documentarse para intuir que, como buen inglés, le gustaba el té y recortar obsesivamente los rododendros, y dudo que alguien, además de su esposa, le viera sin su cuello duro. Ernesto Guevara, por el contrario, era exuberante y carismático, abundante en arrojo físico a pesar de su asma, palabrero y seductor. Es uno de los pocos mitos incontrovertibles que nos ha legado el siglo, y su brillo no da muestras de agotarse: raro es el día en que uno no se cruza con una camiseta en la que esté reproducido su rostro, ese rostro que mira hacia el infinito y que provocó un vahído de deseo en Simone de Beauvoir cuando acudió, acompañada de su pareja Jean-Paul Sartre, a entrevistar al guerrillero más famoso de todos los tiempos.

            Pero si escarbamos un poco, descubriremos algo que une a nuestros protagonistas de hoy. Ambos poseían una conciencia social muy desarrollada, con todo lo genérico que esto suena. No será necesario explicitar cómo vehiculó el Che dicha conciencia, que le llevó a luchar en Cuba, África y Sudamérica, donde alcanzó la palma del martirio, quedando como, posiblemente, el último hombre de acción que ha conocido la humanidad. Mr. Beveridge, aclarémoslo ya, no era precisamente un aguerrido activista (hay que ser muy fantasioso para imaginarle manejando una metralleta, o lanzando un cóctel molotov), sino un burócrata concienzudo que dejó sus incipientes estudios de derecho para ponerse a trabajar en Toynbee Hall, una fundación humanitaria al este de Londres. Nada especialmente aventurero, hay que admitirlo: pero aquellos años de formación pusieron las bases de un empeño que le llevaría muchos años después, tras la derrota de las tropas nazis, a elaborar lo que se conoce como el “Informe Beveridge”, un árido documento que significó, nada más y nada menos, que el nacimiento de la seguridad social tal y como hoy la conocemos.

            En los tiempos que corren (y no creo que sea necesario detallar a qué me refiero), parece lugar común hacer gala de compromiso con los desfavorecidos, con los que sufren. Hasta en los perfiles de internet es casi una cláusula de estilo comenzarlos proclamando que se odia la injusticia y la discriminación. Y ese ha sido el punto medular que, durante el último siglo largo, ha constituido el ADN de lo que muy genéricamente podríamos llamar la izquierda. Si se me permite la hipótesis, una sociedad posee una conciencia social articulada cuando en su seno se complementan armoniosamente los Beveridge y los Guevara, los legisladores y los visionarios. Pero desde hace unos años, desde que el populismo llegó a la política mundial, nadie quiere ser Beveridge, todos pretenden constituirse en Guevaras de inflamada oratoria y formidable melena al viento. Siento ser aguafiestas: mientras que el pulcro y morigerado señor Beveridge nos legó el más formidable instrumento de nivelación social que ha conocido la raza humana, las aportaciones del señor Guevara en ese sentido han sido (¿cómo decirlo sin que se ofenda nadie?) radicalmente irrelevantes. Por lo tanto, y aquí quería yo llegar, el partido que representa a la socialdemocracia en España (y al que llevo votando desde octubre de 1982, lo cual me da cierta legitimidad para decir lo que estoy diciendo) debe dejar de creerse un émulo del Che para adoptar la ideología pragmática, tenaz y reformista que guió los pasos del señor Beveridge. En lugar de pretender gobernar a través de pancartas y tweets, ha de hacerlo como los partidos con vocación de gobierno: a través del BOE. Es verdad que no suena muy aventurero, es verdad que no suena muy excitante, es verdad que eso no va a recolectar muchos likes en su página de facebook. Es verdad (no lo vamos a negar) que lo más bonito que le van a llamar es el partido de la casta. Pero no se gobierna para ser popular, sino para cambiar la sociedad. Y no recuerdo ninguna sociedad que se haya cambiado a base de camisetas. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Lecturas de verano

De todas las concesiones al exhibicionismo que permite facebook, una de las pocas que cuentan con mi comprensión es aquella por la que se nos informa de los libros que el interfecto va a intentar leer en estos días de asueto que nos proporciona el verano. Como todo lo que se nos ofrece a través de la red de redes, dichas listas hay que tomarlas cum grano salis (ay, perdón, que mi correctora de estilo me ha prohibido usar cultismos: bueno, pues hay que tomarlas de aquella manera, ¿está bien así? ¿soy lo suficientemente populachero?). Si es verdad lo que en ellas se dice, en España nadie se va a la playa con las novelas de María Dueñas, o de Pérez-Reverte, ya no digamos de Dan Brown: todo el mundo se jacta de adentrarse en poesía ultímisima, o en thrillers recién sacados del horno (que, inevitablemente, nos desvelan el lado oculto de nuestras sociedades occidentales: qué ganas tengo de que un thriller nos desvele el lado visible de dichas sociedades), o en ensayos de densa papilla postestructuralista. Además, me resulta muy curioso que prácticamente todos los títulos que se mencionan han visto la luz en los últimos tres o cuatro años. ¿Qué pasa, qué nadie lee a Maupassant, o a Baroja, o a Virginia Woolf? ¿No hay un punto de papanatería en declamar con énfasis: si tiene más de cinco años ya no me representa, no es moderno?

Lawrence Osborne
En fin: que para pasar los rigores del verano yo me he permitido escoger (ese momento en el que te sientes seleccionador de fútbol y dices tú sí, le metes en la maleta, tú no, lo devuelves a su estantería, tú quizás el año que viene…) una serie de libros mayoritariamente viejunos, pero que me han proporcionado instantes de inaudito placer, entreverado con alguna decepción (léase bostezo). Cerré julio y abrí agosto con “El turista desnudo”, de Lawrence Osborne (Gatopardo Ediciones), una vindicación inteligente y desinhibida de la última Gran Presa del Progresismo Europeo: el turista. Osborne cuenta con gracia y rigor sus peripecias por algunos de esos lugares que aparecen en los folletos satinados de las agencias de viajes, y es tan sincero como para confesar que, en lugar de ir a ashrams incómodos o a campos de trabajo solidario, él es más de perderse por los garitos de masajes de Bangkok (he estado a esto de escribir: no es tonto el pibe, no, pero si se entera mi agente de prensa me la lía: ¿qué quieres, insensato, que perdamos el target de las feministas?).

Esperé a estar frente al mar para abrir “Moby Dick”. Ya sé que la amaestrada bahía de Altea está en las antípodas de los feroces océanos que surca la Ballena Blanca, pero supongo que su presencia salitrosa algo tuvo que ver con el entusiasmo con el que leí una obra que tiene más de siglo y medio, pero que no ha perdido su capacidad de fascinación, ni el filo del bisturí con el que secciona algunas de las neurosis humanas. A pesar de que Melville, muy cervantinamente, se adentra a veces en excursos que amenazan con sacarte de la obra (esas académicas descripciones de los diferentes tipos de cetáceos, o el pormenorizado recuento de las partes de un navío), reconozco que las cincuenta últimas páginas son magnéticas, con la locura de Ahab campando por sus respetos, en un crescendo de horror que las adaptaciones cinematográficas solo muy pálidamente han logrado reflejar. Un clásico absoluto que no sabes muy bien en qué compartimento de tu biblioteca colocar, si en el libros de aventuras o en el de novela psicológica.

Max Aub
Tenía muchas ganas de leer “La calle de Valverde” (Seix Barral). Cuando yo hacía COU, para mi profesor de Literatura Contemporánea solo había dos autores españoles que merecieran la pena: Juan Goytisolo y Max Aub. Han pasado los años, Muñoz Molina se ha hartado de alabar las virtudes de un escritor medio suizo, medio español, medio judío, medio exiliado, y que, sin embargo, escribió la frase definitiva sobre la identidad: “Uno es de donde hace el bachillerato”. Apuro mi segundo Campari, me arrellano en la silla, regulo la luz y me adentro por fin en el libro: ambientado en 1926, se trata de un maravilloso pastiche galdosiano (pasado por la trituradora verbal de Valle-Inclán), que me engancha desde el principio. Eso sí, su prosa suena completamente demodé: el mismo año de su publicación (1961), Luis Martín-Santos dio a conocer “Tiempo de silencio”: es como comparar un Ford-T con la Apolo XII. Ah: y como uno tiene sus debilidades, me encanta que una de las escenas claves de la novela se desarrolle en Alcalá de Henares (“…un pueblo ancho, limpio, viejo. Hermoso color de piedra”).

Hace un par de años, y despejando prejuicios como el portero despeja a corner un chut envenado que, tras tocar en un defensa, se colaba por la escuadra (el departamento de metáforas y símiles de mi editorial se tira de los pelos cada vez que les intento endilgar una como esta: ¿pero qué pretendes, que nos machaquen los de Babelia, con lo refitoleros que son para estas cosas?) me compré un libro de Stephen King (otro de esos autores que nunca verás en la lista de libros para el verano). “La zona muerta” me gustó mucho, y este año me llevé “En el umbral de la noche”: creo que es su primer libro de cuentos. Si obviamos algunos de monótona filiación lovecraftiana, hay cinco o seis que me parecen verdaderamente originales, olvidando todos los tópicos del terror decimonónico (los vampiros, las casas edificadas junto a acantilados, etc…), y descubriendo el potencial inquietante de lavadoras, gasolineras, plantaciones de maíz y demás lugares aparentemente inocuos. Me ha divertido especialmente “Basta S.A.” (mala traducción del original: “Quitters Inc.”), una delicia de mala baba que dedico a todos mis amigos fumadores.

Tras dejar Altea me fui a Marruecos, concretamente a Essaouira y Marrakech. Qué coño fui a hacer allí no es el tema de estas líneas, por lo que me limitaré a decir que me llevé como compañeros de viaje a dos libros bastante disímiles. “El divino fracaso” (El Club Diógenes – Valdemar) es una melopea modernista de Rafael Cansinos Assens (“Qué bueno es Cansinos”, se limitaba a balbucear Borges cuando le preguntaban por la literatura española. “¿Y Cela? ¿No le gusta Cela, Maestro?”, “Qué bueno es Cansinos”, “¿Y Delibes?”, “Qué bueno es Cansinos”), en la que se nos insta a seguir aferrados al arte más sublime y no ceder nunca a las pretensiones del mercado y los mediocres. Esto que yo acabo de resumir en una frase Cansinos lo desarrolla durante casi trescientas páginas, con lo que en algún momento la cosa se pone repetitiva, no nos vamos a engañar. No he leído nada más del autor sevillano, pero empiezo a confirmar algo que ya sospechaba antes de abrir el libro: estamos ante uno de esos artistas cuya obra está por debajo del personaje que la creó. Valga un polémico ejemplo: Paul Bowles, y mira que me duele decirlo.

Y aunque quedan unos días para que acabe el mes, cierro este listado con uno de esos escritores a los que próximamente borrarán de los callejeros de España, dado que difícilmente puede agavillar más iniquidades: novelista de éxito durante el franquismo, escritor de escasa conciencia social (¡el protagonista de sus libros era un comisario de policía!), cantor ternurista del paisaje manchego y sus gentes, y, para rematar la jugada, físicamente era un clon de José María Ruiz Mateos: si se descubriera que Francisco García Pavón fue quien mató a Kennedy o quien comercializó el aceite de Colza, no creo que su popularidad descendiera significativamente. Pero a mí me encanta su prosa, su lenguaje lleno de tersura, su aparente sencillez, la elegancia con la que alancea tópicos sin necesidad de meterse en berenjenales vanguardistas. Aunque no alcanza la excelencia de sus novelas de Plinio, el volumen titulado “La cueva de Montesinos y otros relatos” (tengo una edición de Austral comprada en alguna librería de lance) es un excelente relajante para los excesos narrativos, pues cuenta las cosas con una gracia y una liviandad bajo las que se ocultan muchas horas de afanosa artesanía. El perfecto regalo para ese amigo de Podemos que todos los cumpleaños nos inflige la última jeremiada de Juan Carlos Monedero.


¿Y en septiembre? ¿Qué tengo previsto para la rentrée? Desde hace años me rondan las ganas de hincarle el diente a “Bouvard y Pécuchet”. También he leído calurosas reseñas de “Los senderos del mar”, de María Belmonte. Pero todo eso tendrá que esperar, pues dado que tengo cita con los Stones el próximo 27 de septiembre, antes me voy a leer la autobiografía del Gran Pirata del Rock, su Majestad Keith Richards. I know, It’s only literature, (but I like it)!   

martes, 27 de junio de 2017

Ecos de sociedad en La Mancha





            Q notó que el naciente sol le taladraba. Uf, rezongó. Se desperezó a retazos, con las articulaciones machacadas por la incomodidad. No era la primera vez que dormían en el coche, ya tuvieron que hacerlo cuando persiguieron de fiesta en fiesta a la princesa Micomicona, aunque la exclusiva valió la pena, su jefe les felicitó y les dedicaron la portada, un exitazo. Pero se estaba haciendo mayor, su cuerpo ya no le respondía como cuando empezó en el mundillo de la prensa rosa, muchos años atrás. Miró a su inseparable S. El fotógrafo dormía apaciblemente, roncando como un bendito, qué envidia: ¡venga, que es la hora!, le zarandeó.

            S bostezó antes incluso de abrir los ojos. Habrá que desayunar, ¿no?, musitó entre risas, sin preocuparse siquiera de dar los buenos días. Q miró a su compañero: ¿desde cuándo llevaban recorriendo la Mancha a la caza de noticias? El periodista no recordaba la fecha, pero daba fe de que el primer pensamiento matutino del fotógrafo siempre versaba sobre el desayuno. Qué hombre, qué obsesión tenía. Incluso simuló husmear como un perro de caza: no sé si será por la resaca, Q, pero juraría que huele deliciosamente…

            Ya iba a descargar su ira sobre su hambriento amigo cuando su olfato se activó: sí, sí que olía a comida al otro lado de la enramada, tenía razón. Se acicalaron un poco, S se cercioró de que llevaba sus cámaras de fotos, Q hizo lo mismo con su grabadora y su agenda, en la que escondió con mimo unos papeles. Salieron del coche, serpentearon por un laberinto vegetal que parecía no acabarse nunca. Mientras peleaban con la floresta, S le pidió a Q que le refrescara la memoria: ¿y esto de qué va?

- Si dedicaras menos tiempo a pensar en comida tus facultades no estarían tan mermadas. Vamos a cubrir la boda de la señorita Quiteria Von Hollenzozer Und Taxis.

- ¿Ésa no fue Miss La Mancha? – S pareció despertar de su letargo. - Le saqué unas fotos en el concurso. Buenos pechos, buenos muslos, una jaca en condiciones… ¿Y, por cierto, no estaba liada con un actor, un tal Bartolo, o Bernardo…?

- Basilio. Pero el chico no tenía ni un euromaravedí, y ella se hartó de que sus películas fracasasen una tras otra en taquilla. Y como se le iba a pasar el arroz, pues se decidió a aceptar la propuesta del conocido industrial manchego J.B. Camacho III.

- ¿El millonetis ese que sale en los papeles? ¿El presidente del club de fútbol?

Q asintió, y no pudo evitar acariciar su agenda. Inconscientemente comprobó que los llevaba consigo. Sí, ahí estaban los papeles que, si todo salía bien, podrían auparle a ese éxito profesional que tanto tiempo llevaba eludiéndole. Se trataba de los documentos que, filtrados por una fuente anónima, demostraban que Camacho había reunido su fortuna especulando con terrenos y blanqueando capitales. Le había costado años conseguirlos, pero ahí estaba todo: domiciliaciones bancarias, cuentas off shore, fotos incriminatorias… Tras más de veinte años en la profesión, por fin la fortuna le había dado buenas cartas. No le había dicho nada a S para que no se fuera de la lengua, menudo bocazas estaba hecho. Solo necesitaba unas cuantas fotos actuales para presentarse ante su jefe con todo el material, y, si la cosa gustaba, dejaría el cotilleo para pasar a nacional, su auténtico sueño. En fin, mejor no fantasear: céntrate, se impuso.

- Lo que yo digo: donde esté un industrial de posibles que se quite un titiritero.

Q no supo qué hacer: si indignarse por el materialismo de S o admirar su inefable olfato, gracias al cual no se perdieron entre la maleza y llegaron a un claro en el que había dispuestas numerosas mesas y utensilios de cocina, mientras un batallón de cocineros trasteaban de acá para allá llevando viandas de todo tipo. S puso los ojos en blanco y pidió permiso para fisgonear un poco, para ir calentando la cámara, como él decía. Q accedió, y con guasa le vio partir, sabiendo que iba de cabeza a conseguirse algo de manduca, qué tío. El periodista siguió andando sin prisa, tomando nota mental de la elegancia de los invitados, reconociendo a algunas caras conocidas: varios congresistas, la presidenta de la diputación, un famoso cantante. Al dejar atrás una arboleda, la estupefacta mirada de Q descubrió una estrafalaria estructura de unos cincuenta metros de altura sin forma reconocible, a medio camino entre una sala de torturas y un columpio medio oxidado. Un mozo de la organización pasó a su lado, y el periodista le echó el guante mientras le enseñaba su carnet de prensa.

- Soy de “La Mancha News”. Esa cosa de ahí, ¿qué se supone que es?

- ¿De verdad no lo sabe? - El mancebo escrutó a Q de arriba a abajo, y un rictus de sarcasmo se derramó por su cara. - Es una capilla deconstruida por Frank Gerhy para la ceremonia. Es un ready made de una audacia absolutamente posmoderna. Y ha costado una burrada de euromaravedíes, el señor Camacho nunca repara en gastos.

Q se rascó la cabeza. Aquello era un churro de mucho cuidado, sin pies ni cabeza, una acumulación insensata de ventanas y ángulos: ¿y por qué la ceremonia no tiene lugar en El Bonillo? Me han dicho que es un lugar precioso, con un palacio de…

- No sea usted vintage. Los palacios renacentistas no son modernos, son superantiguos. A ver si lo entiende: es como si usted escribiera sus crónicas en una Olivetti. Bueno, me tengo que ir, hay que hacer muchas cosas.

Q le dejó ir. Se encendió un cigarro: ¿qué tendría aquel cretino en contra de las Olivetti? Por supuesto que ya no la usaba, en la redacción todo estaba informatizado, a la última. Pero en su casa aún sacaba de vez en cuando su vieja máquina de escribir y la limpiaba cuidadosamente, anda que no había hecho kilómetros y reportajes con ella. S, que se le había arrimado sin hacer ruido, le sacó de sus ensoñaciones.

- Y yo que me las prometía muy felices poniéndome hasta la bola de los productos de la tierra.... Pues resulta que me acerco a la comida, y ni rastro de las famosas gallinas, ni de los quesos. Todo es, agárrate, tecnoemocional. No me preguntes qué es eso, me lo ha explicado aquel zangolotino de allí, el de la cresta y los tatuajes.

S señaló al que parecía dirigir las operaciones. Vestía como de pirata, con aretes en las orejas, y todo el tiempo estaba gritando por el móvil, más parecía un director de orquesta que un cocinero. Q reconoció al tipo: Adrián Ferrys, el chamán de los fogones, el Edison de la gastronomía cuántica, el demiurgo de la fabada neoconceptual. A Camacho le habrá salido por una pasta.

S se puso a hacer unas fotos mientras Q apuntaba unas frases en su libreta: “Blanqueo de capitales en la Mancha”, había que ir pensando en un titular de impacto para el reportaje, lo tachó, ya se le ocurriría otro mejor. De repente, un ruido horrísono le obligó a volver la cabeza. Un tipo estrafalariamente vestido, subido a una tarima, empuñaba un micrófono, y en un castellano aproximativo se presentó como DJ Benengeli. Iba a encargarse de la música, y exigió a los asistentes que se olvidasen de los mortalmente aburridos (“deadly boring”) bailes típicos de la región, la modernidad venía de la mano de su novísima performance “Holistic Wedding mindfullness nº 35

- Yeah, motherfuckers, let’s have some dancing!

Una docena de bailarines surgió de entre la multitud, y comenzaron a moverse al ritmo de los crispantes gruñidos que el tal DJ Benengeli extraía de sus platos, y que sonaban como dos chimpancés peleándose con tenedores oxidados. Q y S se miraron con ironía. Ya estaban acostumbrados a los caprichos de los ricos, anda que no habían cubierto saraos y festejos, pero lo que estaban viendo superaba todo lo imaginable. Los invitados a la boda, cada vez más numerosos, hicieron un corro alrededor de los bailarines, que ya habían abandonado cualquier concesión a la armonía y a la elegancia corporal para contorsionarse como si se hubieran tomado un chupito de ácido sulfúrico. Qué avant-garde, suspiró una señora al lado de S, y éste le dio la razón, avant-garde a tope, se rió, mientras dejaba deslizar sus ojos por el generoso escote de la invitada.

Con la misma brusquedad con la que había comenzado, la música cesó, y los bailarines se retiraron entre aplausos. Un silencio expectante recayó sobre el lugar. Alguien dio unas palmadas y avisó de la inminente llegada de la novia. Por una de las puertas laterales, rodeada de edecanes y damas de honor, apareció una radiante Quiteria, arrancando de todos los presentes un unánime estertor de admiración. Sí, había que reconocer que era de una belleza incomparable, una de esas mujeres que hacen enamorarse a todos los que las ven. El vestido es de Montesinos, escuchó Q a alguien, y lo apuntó en su libreta. ¿El de la cueva también es modisto?, le preguntó S, y Q ni se dignó en corregir la incultura de su amigo, absorto como estaba en la contemplación de la esplendorosa Quiteria. Allá dentro, en los sótanos de su alma, una campanilla de oro y miel le trajo a la mente la imagen de su adorada Dulcinea, y una repentina amargura inundó todo su ser. No sabía nada de ella desde hacía tiempo, desde que su novia había roto el compromiso alegando que el estilo de vida de un paparazzi era incompatible con el matrimonio. Puede que tuviera razón: era una profesión sin horarios, sin rutinas, siempre pendiente de salir corriendo si una rica heredera hacía un posado en la playa o un terrateniente calavera era pillado en una venta con su secretaria. Dulcinea se hartó, y durante meses Q había recurrido al Valdepeñas para olvidar, la de tinajas que vaciaría en aquella época. Ya llevaba limpio un tiempo, pero el cabello dorado y los ojos azules de Quiteria le recordaron que, allá en el Toboso, en un álamo a las afueras del pueblo, había un corazón tallado con su nombre y el de su amada. Sacudió la cabeza, no quería dejarse llevar por la melancolía, quizás si lograba dar la campanada con el reportaje que tenía entre manos Dulcinea reconsideraría su negativa, quién sabe. Comprobó con satisfacción que S estaba haciendo fotos con su habitual eficacia. Sería muy primitivo, de acuerdo, pero en lo suyo era el número uno, el mejor. Mientras la concurrencia seguía ensimismada con Quiteria, descubrió con el rabillo del ojo que, en la mesa presidencial y sin apenas anunciarse, se había aposentado un hombre de cierta edad, al que rodeaban una docena de secretarios y guardaespaldas. A Q se le aceleró el ritmo cardiaco y se le secó la garganta: voy a por ti, sinvergüenza, pensó.
   
Apenas había la multitud empezado a tomar asiento cuando, abriéndose paso a codazos, surgió un desconocido, y de un salto se subió a la tarima de la música. Sin hacer caso de sus melifluas protestas empujó al DJ, que cayó al suelo de mala manera, para después salir huyendo. Acto seguido, el recién llegado miró a todos desafiante, se quitó la chaqueta y dejó ver una camiseta que decía: “No a la boda”.

- Déjame adivinarlo: ése es el tal actor Basilio.

S había acertado. A su alrededor, la gente estalló en un griterío formidable: unos le reprochaban su aparición, mientras que otros jaleaban su audacia. ¡Qué querrá ese cantamañanas!, se sulfuró una señora, ¡que lo echen! Camacho, sentado y paladeando una copa de champagne, asistía a la escena sin pestañear, hasta se diría que con un punto de cruel satisfacción. Sus acompañantes, eso sí, parecían bastante más nerviosos, y alguno de ellos se aprestó a telefonear a la Santo Oficio para que viniera a imponer su autoridad. En medio de toda aquella barahúnda Basilio cogió el micrófono, y así dijo:

- Señoras y señores, todos me conocéis. Vengo aquí movido por el amor que tuve a la sin par Quiteria. Mas al verla en trance de casarse con el avieso Camacho, he comprendido que mi vida carece de sentido. Por lo tanto, haré mutis por el foro.

Con toda la teatralidad posible, Basilio sacó un puñal que llevaba escondido, y levantándolo sobre su cabeza como un trofeo lo dejó caer cerca del corazón, donde se clavó con contundencia. Un chorro de sangre brotó de la herida, generando un grito de angustia entre los presentes y algún desmayo. S no paraba de hacer fotos, un click detrás de otro. Unos cuantos de los invitados se abalanzaron sobre Basilio, y llegaron a tiempo para recoger su cuerpo que se derrumbaba, depositándolo a continuación sobre una mesa. El bello rostro de Quiteria se volvió blanquecino, como de mármol, mientras que Camacho, sin mover un músculo, mascaba con denuedo el puro que se estaba fumando. Como surgiendo de un globo que pierde aire, se escuchó la voz del moribundo.

- Estando ya con un pie en el estribo, solo pido un favor: solicito de Quiteria que me acepte como esposo para estos pocos momentos que me quedan. Al menos mientras baja el telón quiero ser feliz.

El Cura, al que habían empujado junto al agonizante, meneó la cabeza confuso, no sabía qué hacer. Al fin carraspeó y se dirigió a Basilio: es verdad que desde que el Papa Francisco está al mando nos hemos vuelto todos muy modernos, hasta dice que los gays son personas normales, pero qué quieres que te diga, no creo que una boda in articulo mortis sea una buena idea, a la hora de la herencia eso es un lío.

Arreciaron los gritos a favor y en contra, nadie se privó de expresar su opinión entre alaridos. Pero atravesando el insoportable bullicio se oyó cómo alguien golpeaba una copa con una cucharilla, y todos se volvieron hacia la mesa presidencial al tiempo en que enmudecían. Camacho jugueteó con su puro, lo depositó con lentitud en el cenicero. Sorprendentemente para una persona de edad tan avanzada, su voz era aflautada, casi juvenil: Padre, conceda a ese pobre calavera su último deseo. Pero deprisita, luego tengo consejo de administración y voy a llegar tarde.

El Cura tragó saliva visiblemente. Hizo un gesto a Quiteria para que se acercara, y ésta le obedeció contrita. Entrelazando las manos de ambos, el Cura soltó unos latinajos, para acabar haciendo la señal de la cruz. Cuando acabó, los flamantes esposos se miraron tiernamente, y la concurrencia no pudo evitar exhalar un suspiro sincronizado. Eso sí, la ternura del momento fue efímera, desapareciendo cuando el agonizante Basilio, con un brinco impropio de su estado, se puso de pie. Sonriendo se quitó el puñal que le atravesaba y lo enseñó a la concurrencia.

- No sabéis la cantidad de trucos que te enseñan los expertos en efectos especiales cuando trabajas en películas de acción.

- ¡Un puñal de pega! – exclamó S - ¡Vaya tunante está hecho el tal Basilio!

Q no escuchó a su amigo, admirado como estaba por la astucia de los amantes. Sí, eso tenía que haber hecho él con Dulcinea: pelear por su amor, y no acatar disciplinadamente su rechazo. El romanticismo tenía un lugar en este mundo gracias a gente como Quiteria y Basilio, y lamentaba no haber sido valiente para luchar, qué cobarde fui, qué conformista. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el formidable griterío que se desparramaba a su alrededor: los amigos de Camacho berreaban enfurecidos, los de Basilio chillaban regocijados, hasta los camareros reclamaban a voces instrucciones sobre si servir o no la Esferificación espumosa de ánade vietnamita. El Cura gritó que un consentimiento conseguido a base de engaños no tenía validez, pero Quiteria le mandó callar con desdén, y utilizando el micrófono no dejó lugar a dudas: si no es válido, yo lo confirmo. Mi único marido es Basilio.

La mirada de los concurrentes se desplazo angustiada hacia la mesa presidencial. Sin inmutarse, Camacho hizo una señal a los suyos: se pasó el dedo índice enhiesto de una parte a otra del cuello. No hacía falta ser un experto en semiótica para darse cuenta de que la vida de Basilio corría grave peligro, hacia él se dirigían los secuaces del cacique. Q notó que su corazón se aceleraba: tú sigue haciendo fotos, enseguida vuelvo, rugió a S. En tres zancadas, y saltando por encima de las mesas, Q se plantó junto a Camacho. De un puñetazo derribó a su escolta, cogió el cuchillo destinado a cortar la tarta y se lo puso en el cuello al frustrado contrayente. A continuación lo empujó contra la pared, abrió una puerta y lo metió en un cuarto, fuera del alcance de todos. Aunque parezca una tontería, se encomendó a su señora Dulcinea (seguía llamándola así): ¡Fuera!, ordenó a los sicarios, ¡tengo que hablar con vuestro jefe!

Los secuaces miraron al rico empresario, que con un arqueo de cejas les instó a obedecer: salid fuera, bisbiseó. En cuanto estuvieron solos, y con el cuchillo empotrado en la papada del empresario, Q empezó a susurrarle en el oído: Camacho, tengo algo que le interesa, y con la mano libre rebuscó en su agenda, de la que torpemente extrajo los documentos que tanto le había costado conseguir. Los ojos de Camacho, habitualmente escondidos entre los pliegues de sus avejentados párpados, se abrieron de par en par al escuchar lo que el periodista iba contándole y al reconocer los papeles. Donaciones ilegales, blanqueo, cajas B: no faltaba de nada. Déjeles escapar, reiteró el periodista, y le entregaré todo esto. Tras un larguísimo minuto el potentado suspiró, y asintió con la cabeza. Q bajó el cuchillo.

- Dejadle ir. Dejadles ir a todos – gritó a sus muchachos, cuya silueta destacaba al otro lado de la puerta de cristal esmerilado.

Q siguió unos segundos con el cuchillo en la mano, y a continuación lo arrojó al suelo. Salió Camacho de la habitación, y mientras sus secuaces arreglaban el traje del jefe y le apaciguaban la pelambrera, el periodista aprovechó para desaparecer. El preboste, una vez calmados los nervios, se zafó de sus muchachos, cogió el micrófono y con una voz autoritaria gritó que aquel circo se había acabado. Todos los presentes se congelaron de golpe y volvieron sus ojos hacia la mesa presidencial. Camacho, muy lentamente, volvió a adquirir su habitual gesto de imperturbabilidad, el mismo que tiene un sapo después de haberse merendado una mosca especialmente suculenta. Levantó una mano gordezuela y habló: dejad que los tortolitos se vayan. Una salva de aplausos subrayó la emoción del momento. Se nota que estamos en año electoral, susurró alguien cerca de Q. A pesar de que acababa de tirar por la borda su carrera y la posibilidad de recuperar al amor de su vida, el periodista no pudo evitar sonreír: qué país.

Cogidos de la mano, Quiteria y Basilio abandonaron el lugar de la boda y se encaminaron hacia la salida, seguidos por amigos y parientes. S recogió sus cámaras, y se unió a los que se iban, echando un último vistazo a las viandas. Solo en ese momento notó que su amigo estaba a su lado, algo más triste de lo habitual.

- ¿Dónde estabas? Me he hartado de hacer fotos, pero no sé yo si esto va a interesar al jefe. Las historias tristes no interesan a los compradores de revistas.

Q torció el gesto. Cada vez le irritaba más la simplonería del fotógrafo: ¿piensas que ha sido una historia triste? ¿No crees que el amor ha vencido al interés?

- Ay, cada día estás más adolescente - S sonrió – Esos dos pimpollos van a durar juntos menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Son jóvenes y bellos, de acuerdo, pero también son un par de descerebrados. Te apuesto lo que quieras a que en seis meses cada uno está por su lado.


Q no quiso hacerle caso, y siguieron a cierta distancia al alegre cortejo, sumidos ambos en sus propias elucubraciones. Incapaz de permanecer callado mucho rato, S preguntó: ¿por qué crees que cambió Camacho de opinión y les dejó escapar? Q miró el cielo, se acordó una vez más de su señora Dulcinea. Por fin habían llegado al coche. Sacó las llaves, abrió la puerta, pensó que daría un brazo por una frasca de Valdepeñas, entró: puede que, y se encogió de hombros mientras hablaba, Camacho sea un romántico, quién sabe. S le miró con rechifla pero no le replicó, no se encontraba con fuerzas para discutir con el estómago vacío.


(Versión libre del episodio de las Bodas de Camacho, de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha")

miércoles, 7 de junio de 2017

Los bares y yo

Yo he sido, lo confieso, muy de bares. Los griegos tenían su agora, los romanos el foro y los ingleses tienen sus clubs, pero los españoles hemos escogido para crecer y aprender las verdades de la vida ese lugar mágico en el que te acodas sobre una barra, pontificando a todo pulmón junto a tu grupo de amigos y amigas, mientras un camarero de edad indeterminada y carácter avinagrado te repone sin que tú se lo ordenes la caña que te estás tomando. Prácticamente desde que cumplí los quince años (en aquella época el alcohol era parte de la dieta de los adolescentes, como el paliluz o las pastillas de leche de burra), casi todos los fines de semana me he dejado caer por algún bar (durante mucho tiempo fue “Casa Pepe”, en Alcalá, mi abrevadero favorito, véase documento gráfico nº 1), lo cual me ha deparado momentos de intensa diversión y de convivialidad extrema (y alguna que otra resaca, confesémoslo) a los que no estoy dispuesto a renunciar.

Por lo tanto, es comprensible que me muestre hasta cierto punto preocupado por el cariz que están tomando los acontecimientos, y que resumiré en una sola frase: hay una conspiración para acabar con los bares. Así, como suena. ¿Pruebas? No, claro que no tengo pruebas, las conspiraciones no se imprimen en el Boletín Oficial del Estado, estaría bueno. Pero llevo demasiados años frecuentando dichos establecimientos como para no detectar, en estos últimos meses, ciertas maniobras (sutiles y no tanto) que pretenden menoscabar el prestigio de una institución que, junto con la Monarquía y el “Marca”, son las tres columnas que vertebran eso que los cronistas sin imaginación llamaban “La piel de toro”.

No me andaré con más misterios y os pondré un ejemplo palmario: hace unos meses, y con motivo de un premio literario que me concedieron en Bilbao, me desplacé a la patria chica de Unamuno, otro habitual de los bares (no en vano, en ellos se fraguó la Generación del 98, una generación de bebedores recios, de mucho pacharán, no como la del 27, que era más de poleo-menta). Allí fui acogido de manera estupenda por los promotores del concurso, que me llevaron a su bar favorito (“La Granja”), donde tuve oportunidad de tomarme un pelotazo con ellos mientras charlábamos de literatura experimental rusa y su influencia en el realismo socialista. El bar, todo hay que decirlo, era de esos que tanto me gustan: veladores de mármol, música tenue pero efectiva, techos amplios, enorme variedad de alcoholes, camareros tan discretos como eficaces. Por todas partes se extendía esa sensación de que en un sitio así nada malo te puede pasar, como si hubiera una muralla que se interpusiese entre tu copa y el chirriante mundo exterior. Pero poco a poco (estas cosas no suceden de golpe) fui notando algo extraño. Aburrido por el giro que estaba tomando la conversación (se discutía la primacía estética de la poesía de Ajmatòva sobre Tsvietáieva: yo me limitaba a asentir, sin tener ni puta idea de lo que estaban hablando) levanté la cabeza y observé que toda la tertulia estaba integrada por hombres. Hum, pensé, mejor no digas nada, quién eres tú para meterte en las preferencias sexuales de gente que levanta piedras, a ver si te vas a llevar una hostia. Pero el primer J&B Cola estaba muy cargado, en el segundo la coca-cola era meramente testimonial (y ya estaba hasta el culo de no poder meter baza con Ajmatòva y Tsvietáieva), por lo que se me calentó la boca y no pude reprimirme:

- Oye, perdonad mi indiscreción, pero ¿no hay titis en la tertulia?

Imaginaos a ocho (¡ocho!) Iñakis Perurenas que se giran hacia ti y te miran como el lehendakari mira al tronco que va a cortar. Os lo juro: se me pusieron de txapela. Pero al fijarme con más cuidado descubrí que un evidente desconcierto se había apoderado de sus rostros. El que estaba a mi lado carraspeó y con un hilo de voz que no correspondía a su metro noventa me susurró:

- Una cuadrilla somos. Mujeres aquí no hay, pues.


Un escalofrío me recorrió la espalda. Si como dice “La Razón” (¿quién podría dudar de la fiabilidad de una noticia publicada en un periódico dirigido por Paco Marhuenda?) los nacionalismos periféricos van a acabar imponiendo a sangre y fuego sus costumbres a la España inmemorial… ¿quiere eso decir que se restringirá la entrada de mujeres a los bares? ¿Volverá el apartheid con bares exclusivamente para el sexo masculino y bares exclusivamente para el sexo femenino? Sentí un rebrote de angustia: una de las sacrosantas funciones de los bares (por lo menos hasta ahora) ha sido la de servir como eficaz agencia matrimonial, y no avizoro lugar o hábito que los sustituya para tal tarea (¿internet?: eso tiene los días contados, como todas las modas). Embreadme y emplumadme si exagero, pero calculo que al menos siete de cada diez relaciones de pareja empiezan en un bar (¿los servicios son parte del bar? ¿sí?: pues entonces ocho de cada diez). Si alguien os cuenta que conoció a su pareja en el Club de Debate de Física Cuántica de la Universidad de Oxford, os lo digo ya, ése o ésa os está metiendo una bola de mucho cuidado. En mi ingenuidad, me creí obligado a convencer a los integrantes de la tertulia de las ventajas de ir con mujeres a los bares (“puedes aprender mucho de ellas, de su tolerancia, de su generosidad, de su intuición… y si la cosa funciona te las puedes tirar”), pero ellos se negaron a escucharme: “Por traerte a la parienta a la cuadrilla empiezas, y por llevarla a la trainera acabas… ¡y ya muy apretados vamos!”. Incluso alguno se tapó las orejas con las manos, al tiempo en que gritaba: “¡No hacedle caso! ¡Acordaos de que el Padre Koldo nos avisó de que esto pasaría! ¡Podría adoptar cualquier forma nos dijo!”. En fin, que, en vista del cariz que estaban tomando los acontecimientos, abandoné desconcertado la tertulia, y al atravesar el bar comprobé que, efectivamente, no había ni una sola mujer. Salí abatido, y desde la puerta eché un último vistazo a la cuadrilla. Lo que vi me dejó de piedra, pues aquellos tiarrones se habían arrodillado y rezaban fervorosamente: “San Mamés, ayúdanos a mantenernos puros, los chicos con los chicos, las chicas con las chicas, ya casaremos con quien nos diga ama”. En fin, que puede que sea un hecho aislado, pero no descarto encabezar algún tipo de iniciativa (tipo de esas que organiza change.org) para pedir que los bares españoles sean declarados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Cuento con vuestro apoyo, ¿verdad?