martes, 30 de enero de 2018

"De vicio", de Arturo G. Pavón (Ed. Relee)

            

       Mi absoluta ignorancia respecto de los protocolos que rigen la crítica literaria facilita enormemente mi acercamiento a “De vicio”. No necesito saber si es una novela social, o un bildungsroman, hasta estaría por jurar que me la bufa si tiene elementos de autoficción. Bastará con que diga que Santos Padilla me cuenta una serie de acontecimientos (divertidos unos, aterradores otros, esclarecedores todos) que yo me creo al pie de la letra, gracias a un manejo de la voz protagonista que me ha impedido cerrar el libro hasta la amarga escena final. Cuidado: no estoy diciendo que sea un libro verista, de esos que tienes que creerte como artículo de fe, cual si hubieran sido escritos por un notario. Yo no sé si Santos Padilla me está contando la verdad, ni me importa. Lo relevante es que su forma de contarla es literariamente magnífica, una voz que me remite a otras grandes novelas de voz (mira, quizás estoy inventando un concepto de crítica literaria) como “La vida perra de Juanita Narboni”, “El Jarama” o “La plaza del Diamante”. Libros en los que el autor (a través de una aparente sencillez verbal y estructural) nos llega a hacer olvidar que estamos adentrándonos en un sofisticadísimo aparato cultural llamado “novela”, más falso que un duro de madera. La voz que ocupa todas las páginas del libro entronca con algunos autores ingleses (Nick Hornby, Irvine Welsh, el Martin Amis más cockney), y nos lleva desde 1988 a 2008, veinte años que no serán nada en las acarameladas estrofas del tango, pero que en La Elipa son mucho, muchísimo, el tránsito desde los pasillos de la Facultad hasta las antesalas de la Gran Crisis (“eso es el mercado, amigo”, Rodrigo dixit). Con las “Aventuras de Arthur Gordon Pym” como amuleto, el protagonista emprende un viaje sin retorno a lomos del cambio de milenio: empleos destartalados, novias de caducidad breve, autobiografías pigmeas, drogas a veces chungas, a veces muy chungas… Ulises (perdón: Santos) ha de sortear todas las trampas que le arroja Poseidón, o Zeus, o quien coño sea, y que tanta manía parece tener a nuestro protagonista. El personaje de la madre (si me dejáis que consulte mi diccionario de mitología… euh, aquí está: Gea, ese centro de gravedad permanente al que cantaba Battiato) equilibra un relato que de otro modo podría haber caído en lo pintoresco, en lo meramente suburbial. Lejos de regodearse en estereotipos, Santos es una mezcla del Lazarillo y de Johnny Cifuentes, y, rendido fan de los dos como soy, no puedo sino recomendar vivamente este libro, un estimulante recordatorio de que la literatura consiste, nada más y nada menos, en saber contar.


PS. Arturo G. Pavón, una vez recuperada su identidad de César S. Sánchez (no preguntéis, es una historia complicada) presenta su nueva novela este jueves día 1 de febrero, a las 19:00, en “Pandora’s Vox” (Calle Rafael de Riego, 1). “Ciudades en las que nunca has estado”: intrigante título, voto a tal.

lunes, 29 de enero de 2018

"Vestido azul", de Shelly y la Nueva Generación



            ¿Existencialismo? ¿Estructuralismo? ¿Pensamiento débil? Nada de eso: el último gran movimiento filosófico que surgió en Europa fue el Ye-yé, y desde su desaparición vamos claramente en declive, no creo que sea necesario que os ponga ejemplos. Los prodigios del Beat inglés se tradujeron en Francia y en Italia por medio de arrolladoras canciones de poco más de dos minutos, gracias a miríadas de vocalistas felinas y minifalderas a las que sus nietas, muchos años después, acusarían de frívolas y poco empoderadas. En España, por entonces pinchaba DJ Paco (factótum del llamado “El Pardo Sound”), y a su sombra surgieron montones de grupos con chica al frente, normalmente mucho más desinhibidas que sus hieráticos colegas masculinos. María Concepción Gutiérrez Cobo (sic) nació en Venezuela de padres españoles, y al regresar a la Madre Patria estuvo trasteando por el ambiente musical hasta ser descubierta por Marini Callejo, la productora que había puesto en órbita a Los Brincos. Sensatamente rebautizada como Shelly, se agenció a La Nueva Generación como banda de apoyo, y aunque apenas sacaron tres singles han dejado una huella luminosa en la historia de nuestro pop gracias a “Vestido azul”. A pesar de que es una adaptación de una festivalera canción brasileña, Shelly y sus chicos obvian el lánguido tono del original y se lo llevan a territorio soul: órgano chirriante, bajo vacilón, guitarra incendiaria. Y, para rematar, la incandescente voz de Shelly (¡atentos al glorioso final, cuando se nos viene arriba!), gracias a la cual sus directos aún son recordados. Un efímero hit que hoy recordamos, justo cuando se cumplen cuarenta años de su edición. ¡Groove, baby!



miércoles, 24 de enero de 2018

Un libro ayuda a triunfar (no siempre)


Sigo haciéndome propósitos de año nuevo. Eso sí: todos me pillan dentro de la zona de confort, que fuera se está muy mal, muy a trasmano (¡por algo se la llama de confort!). De momento he puesto en práctica uno que me ronda desde hace tiempo: si un libro no me engancha a las cien páginas, cada cual por su camino y aquí paz y después gloria. Eso no quiere decir que sea malo, simplemente que no está hecho para mí. Quedamos como amigos (al menos eso nos decimos), y punto. Reconozco que desde siempre me ha costado mucho dejarlos a medias: mi sustrato pequeñoburgués me impelía a seguir leyendo, a agradecer al autor con mi esfuerzo las muchas horas que había dedicado, los innúmeros ratos de soledad que le había costado finiquitar su obra, la cantidad de programas de televisión que se había perdido por su empecinamiento. Pero llega un momento en el que (refutando el celebérrimo poema de Mallarmé) te das cuenta que hay muchísimos libros esperando a que les des una oportunidad, y que perder el tiempo con uno que no te está gustando es un error de libro (nunca mejor dicho).

Si hago memoria, apenas habrá sido una docena los libros que, a lo largo de mi vida, han vuelto a la estantería sin haberme desvelado su final. Recuerdo que comencé a leer “El valle de los avasallados” con gran interés (no en vano es la novela que inspiró a Jean-Claude Lauzon ese desasosegante poema fílmico que es “Léolo”), pero su diatriba adolescente (“todos los adultos sois malos y tontos”) se me hizo enormemente repetitiva y panfletaria (además, el abuso de los signos de admiración me puso de los nervios). Otra majadería ortográfica (casi todas las frases acaban con puntos suspensivos) me llevó a aparcar “Muerte a crédito”, del ahora muy mentado Louis-Ferdinand Céline, a pesar de que su “Viaje al final de la noche” se me aparece como una de las grandes novelas del siglo (apunte mental: me gustaría releerla). “Las gomas”, de Alain Robbe-Grillet: todo lo nouveau roman que se quiera, pero un coñazo de mucho cuidado, le di boleto a la enésima vez en que me perdí (¿pero quién es este nuevo personaje? ¿y por qué hace lo que hace?). “La chica del pelo raro” es una recopilación de cuentos de David Foster Wallace, y su manierismo impostado (era como ver a esos jugadores de fútbol que se regatean a sí mismos) me llevó a decirle: hasta luego, Lucas. Un poco diferentes fueron las razones por las que cerré abrumado “Paradiso”: joder, me dije, no soy lo suficientemente culto como para entender una mierda. Quizás cuando completé cuatro o cinco carreras más (arte, filologías variadas, literatura comparada y santería) me atreva a volver con el opus magnum de Lezama Lima.

Pero de todos los libros que me han derrotado (sí, admitámoslo: es una derrota), el que más me duele haber abandonado fueron los diarios de Kafka. No me andaré con chiquitas: he leído prácticamente toda la obra del checo (hum, más bien del praguense), y estoy convencido de que es el escritor más importante del siglo XX, por lo menos para mí. Sin embargo (y lo he intentado dos veces), sus memorias se me han atragantado, no he sido capaz de integrarlas en mi fascinación por el autor de “El Proceso”. Sus numerosísimas alusiones a la vida y espiritualidad judías (que al principio se hacen hasta graciosas) van llenando el texto de grumos, y llega un momento en el que la ciénaga de términos yiddish (que el traductor ha considerado oportuno mantener en su lengua original) te impide avanzar, convierte todo en una especie de parodia a lo Woody Allen (“Anoche vi al rabino, y me dijo que llevaba mal puesto mi dhobbik. Yo le respondí que era porque había comido hubmishka, y él me respondió que bromeaba como un trumllinkerk, y ambos acabamos con un rymllush de mucho cuidado”). En fin, espero que, cuando acceda a la circuncisión y me haga sionista, sea capaz de entender qué coño es un hubmishka (y cuántas calorías tiene).


A esta lista de amores frustrados acabo de añadir otra supuesta obra maestra: “La región más trasparente”, de Carlos Fuentes. Ya venía advertido: hace años leí su “Cambio de piel”, y me pareció un tostón pretendidamente vanguardista, que acabé con las mismas energías con las que un gregario alcanza, con más de una hora de retraso respecto del maillot amarillo, la cima del Tourmalet. A pesar de todo, empecé con bríos “La región…” (que casi comparte título con otro de los ochomiles de la literatura epatante-que-te-cagas, a cargo del señoritingo Juan Benet), y por unas páginas creí que me iba a quitar el mal sabor de boca que me dejo “Cambio de piel” (la escena de la huida de los prófugos no está mal). Pero poco a poco todo fue derivando hacia esa melaza intelectualoide tan propia de finales de los cincuenta del siglo XX, y cada cucharada que me iba tragando se me hacía más y más insufrible. En resumen: que le di carpetazo sin remordimientos. La vida es corta, y hay muchos libros que leer, me recordé. Y en esas ando.  

lunes, 22 de enero de 2018

"Dorados días de sol y noche", de Luis Antonio de Villena (Ed. Pre-Textos)

           



             Casi todos los jueves de 2006 y 2007, tras zamparnos sendos Sushi especiales y ventilarnos un Terras Gauda que quitaba el sentido, Eva y yo acabábamos en “Del Diego”, la deliciosa coctelería escondida a espaldas de la Gran Vía, una diminuta embajada Art Déco entre callejuelas mayormente siniestras. Al segundo Margarita las cosas a nuestro alrededor perdían su filo, se volvían suaves y acariciables, mientras que al tercero se desintegraban, convirtiéndose en hologramas de incierta etiquetación. Pero ni siquiera en los momentos de más acendrada encebolladura alcohólica se disolvió una figura familiar que, alicatado de alhajas como una virgen barroca, peroraba sin pausa al fondo del local, casi siempre apabullando a algún poetastro de provincias que escuchaba con la boca abierta, transido de admiración y vasallaje.

            Muchos años atrás, yo había leído de Luis Antonio de Villena (pues de él se trataba) una biografía de Oscar Wilde y un librito sobre el dandismo, y siempre tenía en cartera hacerme con alguna de sus novelas o de sus diarios (su poesía me interesa menos). Cuando vi su último libro decidí que ya era hora de pagar mi deuda con él, y no me lo pensé, a pesar de mis dudas sobre la cursilería del título: “Dorados días de sol y noche”. Poetas, cabeceé, qué raritos son.


            El libro es un recorrido fragmentario y egocéntrico (¡qué menos si tratamos de un dandi!) que va desde 1970 hasta 1996: básicamente desde que aquel jovenzuelo mimado y culteranista empieza a investirse como sumo sacerdote de su propia religión, algo muy finisecular (ah, quizás me compré el libro para luego poder aplicarle este adjetivo, de tan poca salida comercial). Las anécdotas que en él se cuentan son, básicamente, de dos tipos: o literarias, o bien homoeróticas. No, vamos a ver, rectifico: son literariohomoeróticas, todo junto, como los Juegos Reunidos Geyper. Libros, sortijas, efebos (todos con “piel de jazmín”: sí, esto sí que es cursi, aquí no me quedan dudas), premios literarios, noche y más noche… No hay apenas profundidad de campo, el enorme cambio que experimenta España en esos años no es ni siquiera bocetado, la única Transición que interesa al autor es la suya propia. Y no lo hace mal: hay momentos de intensa dicha lectora, pero que (en mi caso) han sido salvajemente boicoteados por una de las peores prosas que yo haya leído en mi vida. ¿Que si exagero? Como sé que habrá quien no me crea, escogeré unos cuantos ejemplos que, sin duda, harán las delicias de los profesores de talleres literarios (concretamente para la asignatura “Cómo no redactar”). “Jamás nunca supe qué había sido de aquel hombre muy educado” (pág. 89). “Llevé a Jaime a una de las discotecas con morbo de ese tiempo (…) en el lado de la Castellana otro, esto es, el opuesto a Chueca” (pág. 95). “Me di cuenta de que Randy buscaba otra noche de discoteca, pero que se daba cuenta de que no había otro remedio que esperar un poco” (pág. 153). “Yo no tenía aún poemas traducidos al inglés (…), pero los podía conseguir antes de finales de octubre, cuando volaría a Toronto” (pág. 195). “Te esperaba serio, sentado en la baranda, magnificante y radiante” (pág. 210).  “No hablaba contra Castellet o no habitualmente, pero tampoco y nunca a favor” (pág. 387). “En general es persona de mucha discreción general” (pág. 421). ¿Es que un libro que cuesta una pasta (y sacado además por una editorial normalmente muy cuidadosa) no merece una buena corrección de textos? Peor aún: ¿el corrector tenía algún rencor enquistado con el seráfico Luis Antonio y ha aprovechado para hacerle una de Jaimito? En fin, no me quiero poner tiquismiquis: los letraheridos disfrutarán sin duda con algunas de las historias que recoge el libro (especialmente divertida la de José Agustín Goytisolo en la piscina) y con las atinadas reflexiones del autor acerca del paso del tiempo, ese ruido de fondo que va poco a poco ensordeciendo cada una de nuestras palabras hasta condenarnos al silencio más absoluto. En todo caso, los amantes de la construcción de una personalidad literaria (pues a ese subgénero que me acabo de inventar podría adscribirse el libro) apreciarán sin duda mucho más el segundo tomo de la autobiografía de Terenci Moix (“El peso de Peter Pan”), o, en un registro ligeramente distinto, las memorias de Francisco Umbral (“Trilogía de Madrid”). En fin, que todos aquellos que creemos que la España de los ochenta aún no ha sido adecuadamente reflejada en la literatura (como sí lo ha sido en el cine, con Almodóvar) deberemos seguir esperando. 

lunes, 8 de enero de 2018

“Sumisión”, de Michel Houellebecq (Anagrama)





            Primera consideración (a bote pronto): Houellebecq no tiene razón. Segunda consideración (un poco más reflexiva): Houellebecq no debería tener razón. Tercera (y aterrada) consideración: Houellebecq tiene toda la razón del mundo. Es en los resquicios de estas tres proposiciones donde habita mi inmoderada admiración por el novelista francés, uno de los pocos escritores contemporáneos que leo con el alma encogida. Sus propuestas (monotemáticas, machaconas, escalofriantes) reflejan a la perfección el drama de las sociedades contemporáneas, la pérdida de valores y el ensimismamiento en el que chapoteamos con nuestros amigos y conocidos. Sus textos miserabilistas nos llevan al límite: lucha de clases entre bostezos, sexo patológico, nihilismo de garrafón. Solo un soterradísimo sentido del humor (muy a lo Céline) le salva de caer en el sermón (error en el que incurrió otro grande de la novela actual que nos abandonó demasiado pronto, el justamente celebrado Rafael Chirbes). “Sumisión” es una distopía (no creo que estéis ni la mitad de hartos que yo de la dichosa palabrita) que fabula sobre el acceso al poder en Francia, y por vías perfectamente democráticas, de un partido musulmán. Utilizando la figura del escritor del siglo XIX Huysman como McGuffin, Houellebecq aprovecha para saldar cuentas con el espectro político de nuestros vecinos (memorable su retrato de Bayrou, una especie de Javier Arenas galo, tan omnipresente como prescindible), con los medios de comunicación, con todo el estamento universitario, con las mujeres, con los progres… Solo escapa a su inquina la gastronomía franchute, en especial sus quesos y vinos, el único motivo de placer del protagonista. “Sumisión” no es, ni de lejos, lo mejor de Houellebecq (su fundacional “Ampliación del campo de batalla”, así como “El mapa y el territorio”, están, en mi opinión, mucho más logradas), pero plantea un ejercicio de política ficción que entronca con “El choque de civilizaciones”, el polémico libelo de Samuel Huntington, y cuyo muy resumido trasfondo es hasta cuándo aguantaran las democracias occidentales los embates de aquellas fuerzas antidemocráticas (muchas de ellas nacidas, crecidas y subvencionadas en su interior) que luchan por destruirlas. De momento, la inquietante posibilidad de que la Sorbona (¡la Sorbona!) acabe convertida en una medersa (universidad islámica) deja a la altura del betún las propuestas supuestamente perturbadoras de “Black Mirror”.     

domingo, 26 de noviembre de 2017

Nocturno de Princesa

            


Te despedías de la panda tras haber arreglado el mundo y volvías un poco colocado a casa, con Madrid ya a punto de echar el cierre. Pero cuando estabas a dos calles le decías al taxista que cambio de planes, que necesitabas saber qué coño había pasado mientras tú habías quemado la ciudad (menos lobos), vamos al drugstore más cercano, ¿cómo dice?, vamos a un VIPS, jefe, le traducías, que quiero comprar la prensa. Los magníficos noctámbulos de siempre estaban allí, fuera de todas las modas, inmunes al tiempo, ojeando las revistas, comiendo Donuts de chocolate un poco duros para que se les pasara el colocón, intentando conseguir un ligue de última hora con el que dignificar aquel sábado de mierda. Te encaminabas tambaleando hacia el mostrador (ese último cubata había sobrado), cogías “El País”, te hacías la ilusión de que aún olía a rotativa, a noticia sin enfriar. Te sentías como un personaje de Alan Rudolph, como el protagonista de cualquier película vista en los Alphaville, solo te faltaba comprarte una botellita de whisky y meterla en una bolsa de papel de estraza, mejor no, tampoco hay que pasarse. Si había suerte también te agenciabas alguno de esos libros de saldo que, en apresurada coyunda, se desparramaban por las estanterías, tratados de arte, catálogos de antiguas exposiciones, “La lozana andaluza”, castillos de Bohemia (¿), novelas de detectives, cosas incomprendidas de Siruela. Salías a la calle tarareando “Nocturno de Princesa”, la maravillosa canción de Moris que se desarrollaba allí, y por un rato te sabías parte de la Gran Novela del Mundo. Ayer supimos que van a cerrar, que su margen de beneficio bla bla bla, y que los establecimientos servirán como sede para restaurantes de franquicia, la versión hipster de la alimentación estabulada. Sé que no soy objetivo, pero las noches de Madrid antes molaban mucho más.    





lunes, 20 de noviembre de 2017

"Los motivos del fuego; el Podcast"

No todo es deleznable en las nuevas tecnologías. Gracias a ellas me puedo permitir un viejo sueño: poner banda sonora a mis textos. Los lectores de “Los motivos del fuego” podrán disfrutar de la novela teniendo en la cabeza el soundtrack que aquí se indica. ¡No perdáis el swing!

Fire”, Robert Gordon & Link Wray

Qué curioso: las canciones de Springsteen que más me gustan son aquellas que, en un rapto de generosidad, fue regalando a amigos y colegas. La más conocida es “Because the night”, que supuso el hit más comercial de Patti Smith, gracias al cual por unos meses abandonó las barriadas de la marginalidad para trasladarse a la Milla de Oro. Pero la que hoy traigo aquí, y que sirve para dar el tono a las primeras páginas de LMDF, es “Fire”, un vibrante medio tiempo que defendieron con ardor el cantante Robert Gordon y su guitarrista de entonces, el nativoamericano (de origen shawnee) Link Wray. Gobernada por un riff a punto de reventar en todas direcciones, la canción encapsula lo mejor de Springsteen: inminencia del clímax, pasiones soterradas, guitarras incandescentes. Se puede escuchar como fondo sonoro en las citas adulterinas de los protagonistas, pero también en los momentos de hibris (desmesura blasfema) de Arturo, por culpa de los cuales se va convirtiendo en una bomba de relojería cuyo mecanismo (tic tac, tic tac) se desboca bajo la inquieta mirada del lector.

“Queen of the rapping scene” Modern Romance

Cuando alguien me pregunta: ¡Oh, sapientérrimo Muñoz!, ¿de dónde procede tu inagotable sabiduría, de qué Ateneo, de qué Enciclopedia?, no puedo evitar reírme antes de contestar. A mediados de los ochenta, yo era un habitual de las discotecas. Resumiré el cuento: una noche estaba entregado a la fiebre del baile cuando el DJ seleccionó una canción desconocida que, en principio, conjugaba algunos de los detalles que (por lo menos para mí) pueden hacer que un tema pase de ser meramente correcto a integrarse en mi particular Canon. Un acordeón susurrante surfeaba sobre el maremágnum sonoro, y el estribillo corría a cargo de una chica que rapeaba en inglés (mon dieu!) con irresistible acento francés. Pero la epifanía vino cuando, en mitad del baile, supe traducir el estribillo: “Nothing ever goes the way you plan”. ¡Las cosas nunca suceden como las planeas!, grité en mitad de la pista de baile, paralizado y sapientísimo, y solo los codazos y empellones del resto de los danzarines lograron que me pusiera de nuevo en movimiento. Nothing ever goes the way you plan, le dice (a su manera) Victoria a Arturo, y también se lo recuerda Camila, y Jonás, hasta su fiel conciencia (travestida en narrador guadianesco) se lo suelta a la mínima oportunidad. Pero no puedes interponerte entre un ser humano y su destino, y el de Arturo es subir hasta lo más alto e inflamarse, cual nuevo Ícaro, mientras Modern Romance siguen recitando su mantra una y otra vez.

“Disco Inferno” The Trammps.

Desde New Orleans me escribe John W. Gilmour, profesor titular del Departamento de Español de la Tulane University. Está culminando su tesis doctoral (“Masks, Faces and the Lost Chord: New Fiction in Contemporary Spanish Literature”) y me pide (traduzco) que le diga quién, o qué, es la manada de financieros que supuestamente tutelan la vida y los avatares de los protagonistas de LMDF. Querido John, una de las prerrogativas del autor es la de abstenerse de dar respuestas, de balizar interpretaciones, de sugerir significados. Admito que pueden ser unos financieros, pero también pueden ser unas entidades incorpóreas de difícil catalogación, y tampoco hay que descartar  que sean un mero recurso del novelista para irse por las ramas. Puestos a especular, también podrían ser un grupo de Funky-Disco, por qué no. Y podrían llamarse (qué sé yo) The Trammps. ¿Pruebas? Mírales aquí interpretando el que fue su mayor éxito, incluido en la banda sonora de “Saturday Night Fever”. La canción se titula (otra pista más) “Disco Inferno”. Y juraría (me estoy yendo de la lengua) que el mefistofélico guitarrista cuadra perfectamente con la descripción que en la novela se hace de Número 7. 
  
“Devil with a blue dress on” Mitch Ryder & The Detroit Wheels.

Las últimas páginas de la novela están atravesadas por la pegajosa sombra de lo ineluctable: se veía venir, dirán los lectores más perspicaces; se lo merece, cabecearán los más moralistas; pobre Arturo, se compadecerán los más sensibles. Se dan la vuelta los naipes, y nuestro protagonista se da cuenta de que no tiene nada, ni una mísera pareja. La novela termina con el voltaje a tope, ese mismo zumbido ominoso que desprende una silla eléctrica tras haber sido usada. Esa intensidad, esa feroz cabalgada de ritmo es la que exhibe el grupo de Mitch Ryder al versionar este clásico, un verdadero comprimido de rabia y energía protagonizado por una mujer que parece “El diablo vestido de azul” (¿lo pillamos?). Atención a las dos frenéticas go-gos subidas a las plataformas: ¿no se parecen a las chicas que, inducidas por Ray, asedian la virtud de Arturo?

Extra Track: “Shangri La” The Kinks

Dirigida en 1937 por Frank Capra, “Horizontes perdidos” consagra el mito de Shangri-La, mítica ciudad utópica enclavada en lo más recóndito del Himalaya. Desde entonces, la cultura popular anglosajona identifica ese exótico topónimo con el paraíso en la tierra, con ese rincón que cada uno de nosotros buscamos para alcanzar la felicidad. Sesenta y dos años después, Ray Davies (sombreros fuera) compuso la canción que bien podría servir como sustrato de interpretación de LMDF, y en la que un innominado protagonista cree haber trepado a su particular nirvana tras comprarse una casa (¿os suena de algo?). Os traduzco esta pequeña maravilla de costumbrismo y mala baba:

Por fin has encontrado tu paraíso.
Este es el reino que has buscado.
Puedes salir fuera y limpiar tu coche.
O sentarte junto al fuego en tu Shangri La.
Esta es tu recompensa por trabajar tan duro.
Se acabó aquello de ir al excusado en el patio trasero.
Se acabaron aquellos días en los que soñabas con tener un coche.
Solo quieres sentarte en tu Shangri La.
Ponte las pantuflas y siéntate junto al fuego.
Has alcanzado tu meta, y no puedes ir más lejos.
Estás en tu casa, y sabes dónde estás
En tu Shangri La.
Siéntate en tu vieja mecedora.
No tienes que preocuparte de nada.
No puedes ir a ninguna parte.
Shangri La.
El hombrecito que va en el tren
Tiene una hipoteca que pende sobre su cabeza.
Pero está demasiado asustado para quejarse.
Porque ha sido creado así.
Pasa el tiempo y paga sus deudas.
Consigue una televisión y una radio.
Por siete chelines al mes.
Shangri La.
Todas las casas de la calle tienen un nombre.
Porque todas las casas de la calle parecen la misma.
Los mismos cacharros de la chimenea, los mismos cochecitos, los mismos vidrios de las ventanas,
Los vecinos te llaman para contarte cosas que deberías saber.
Dicen sus frases, toman su té, y luego se van.
Te cuentan sus negocios en otro Shangri La.
Las facturas del gas y del agua, las letras del coche.
Demasiado asustados para pensar lo frágil que es su situación
La vida no es tan feliz en tu pequeño Shangri La.


(“Los motivos del fuego” es un egotrip de J.C.Muñoz, publicado por “Relee”. All rights reserved)