Desconfío
de las novelas que se presentan como “una exploración del deseo” y que, a mayor
abundamiento, te presentan una tía en bolas en la portada: a otro perro con ese
hueso. Desconfío de los escritores que reutilizan / deconstruyen / plagian el
esquema narrativo de “Las mil y una noches”. Desconfío de las historias que
transcurren en uno o en varios jardines, las plantas no suelen ser personajes
apasionantes. Desconfío de la prosa poética: eliminadas las restricciones y la
capacidad de síntesis que se exige a la verdadera poesía, se cae
sistemáticamente en el lirismo de garrafón, consistente en acumular conceptos
satinados y lustrosos como quien acumula mala madera para el invierno que se
avecina a pesar de no tener chimenea. Desconfío de los libros que recurren a
ilustraciones supuestamente estetizantes (letras o frases de alfabetos remotos,
por ejemplo): normalmente se trata de un señuelo para disimular la falta de
profundidad. Desconfío de la utilización de escenarios exóticos en tiempos
históricos indeterminados, es una forma de tangar al lector con mercancía
caducada y en mal estado. Desconfío de las alusiones y los juegos
metaliterarios que tienen como protagonista a Borges, dejen al pobre hombre en
paz. Desconfío de los textos con alta carga sensorial en los que los pezones
saben a ciruela almibarada y el coito no es más que una filigrana muy etérea.
Desconfío de los autores que presumen de haber estudiado con Roland Barthes y
con Gilles Deleuze: vaya un par de cantamañanas. Desconfío de los títulos que
incorporan la palabra “secreto”, ya somos muy mayorcitos para andarnos con
tonterías. Desconfío de las ficciones que transcurren en Mogador (la actual
Essaouira), temo que vulgaricen uno de los escasos sitios en el mundo en los
que se mitiga mi angustia. Desconfío de los narradores soberanamente cursis, me
dan ganas de meterles la lira por el culo. Llamadme desconfiado si queréis,
pero yo soy así.
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