sábado, 7 de febrero de 2015

Lennon & Yoko, Suite 1742


   ¡Qué incómodos son algunos mitos, qué indigestos! En “La Térmica”, aquí en Málaga (avenida de los Guindos, 48), dedican una exposición a las fotografías que Bruno Vagnini realizó a John Lennon y Yoko Ono en la Suite 1742 del Hotel Queen Elizabeth de Montreal, con ocasión de aquel happening con el que la pareja más crucificada del mundo en aquellos momentos (escúchese “The ballad of John & Yoko”) protestaba a su manera contra la guerra de Vietnam. Es el día 31 de mayo de 1969, y quedan un año y siete meses exactos para que se disuelva la banda de rock and roll más famosa de todos los tiempos.
              Durante toda una semana, el aún Beatle y la aún artista conceptual se meten en la cama y no salen de ella (un Bed-In, lo bautizaron). Si tenemos en cuenta que se habían casado en Gibraltar apenas pocos días antes, cabe deducir que dedicaron su luna de miel, en lugar de jugar a médicos y enfermeras, a hablar con los periodistas, soltar soflamas políticas y cantar la horrorosa “Give peace a chance”. Para más inri, los pijamitas que luce John son lo menos avant-garde que imaginarse pueda, y recuerdan mucho a los que llevaba Jose Sazatornil en “La escopeta nacional”, para escarnio de su amante, una Mónica Randall con ganas de guerra, y no precisamente la de Vietnam. Del estilismo de Yoko, mejor ni hablamos.

       Es al ver estos retratos, en las antípodas de los cánones al uso (Vagnini era un estudiante italiano de Fotografía en la Academia de Bellas Artes de Montreal, y su acceso a la mítica Suite 1742 fue fruto de un enrevesado cúmulo de casualidades), cuando nos acecha (o por lo menos a mí me acecha) una duda: ¿de verdad éramos tan ingenuos? Quita ingenuos y pon mitómanos: ¿de verdad éramos tan mitómanos? Quita mitómanos y pon tontos de culo: ¿de verdad éramos tan tontos del culo? Es difícil explicar cómo pudimos tragarnos sin rechistar una melonada de tal calibre y convertirla en un acto de profunda significación pacifista. La propia Yoko (que de tonta no tenía un pelo) se apresuró a calificar el Bed-In como “una performance que cuestiona las definiciones de identidad, privacidad y espacio”. Toma geroma pastillas de goma. No, definitivamente no: hoy en día, con lo cínicos que nos hemos vuelto, nadie se atrevería a hacer una cosa de estas, por miedo a ser escarnecidos hasta límites inverosímiles. Echarse un cubito de agua por encima para luchar por no sé qué enfermedad: bueno, bien, pero de ahí es mejor no pasar, las marcas comerciales que te esponsorizan pueden retirarte su patrocinio, aterradas por perder cuota de mercado.

     Sí, ya, todo lo que quieras: pero ante estos recuerdos de una época que no viví me brota una sonrisa de añoranza, de vaga melancolía por aquello que pudo ser y no fue. Es una melonada, de acuerdo, pero también uno de los últimos estertores de aquella década milagrosa en la que todo o casi todo podía pasar. Luego no pasó nada, hasta ahí podríamos llegar, y la guerra de Vietnam se cobraría una obscena cantidad de víctimas en uno y sobre todo en otro bando, y total para qué. Y vendrían más guerras, y ya nadie se metió en la cama para protestar, y ahora mismo (mientras escribo estas líneas) seguro que se están zurrando en montones de sitios por todo el planeta (lo de Ucrania parece inminente), pero no se me ocurre otra cosa que pedir a un hipster que pasaba por allí que me haga una foto contra ese fondo, mentiría si no dijera que me hizo ilusión.


            Postdata: llego a casa dándole vueltas al asunto (qué obsesivo soy a veces), no saco nada en claro. Para precipitar las cosas me pongo a toda castaña el “Made in Japan” (¿qué tendrá que ver lo uno con lo otro?), una idea atraviesa mi cabeza, y me digo ¿por qué no? ¿Sí? ¿En serio? ¿Lo vas a hacer? Pues claro que sí, menudo es el nene, me vengo arriba, saco la guitarra, me peino con raya en medio, consigo unas gafitas redondas y me monto un Bed-In sin finalidad precisa, más que nada por enredar. Cuando ya llevo un rato y nadie me hace caso (mi Yoko Ono particular se niega a llamar a los periodistas) amenazo con no salir de aquí hasta que el Atlético no se vengue por la afrenta de Lisboa. Temblad, madridistas: pienso llegar hasta el final. 

martes, 3 de febrero de 2015

“Los jardines secretos de Mogador”, de Alberto Ruy Sánchez (Anagrama, 2001)


       Desconfío de las novelas que se presentan como “una exploración del deseo” y que, a mayor abundamiento, te presentan una tía en bolas en la portada: a otro perro con ese hueso. Desconfío de los escritores que reutilizan / deconstruyen / plagian el esquema narrativo de “Las mil y una noches”. Desconfío de las historias que transcurren en uno o en varios jardines, las plantas no suelen ser personajes apasionantes. Desconfío de la prosa poética: eliminadas las restricciones y la capacidad de síntesis que se exige a la verdadera poesía, se cae sistemáticamente en el lirismo de garrafón, consistente en acumular conceptos satinados y lustrosos como quien acumula mala madera para el invierno que se avecina a pesar de no tener chimenea. Desconfío de los libros que recurren a ilustraciones supuestamente estetizantes (letras o frases de alfabetos remotos, por ejemplo): normalmente se trata de un señuelo para disimular la falta de profundidad. Desconfío de la utilización de escenarios exóticos en tiempos históricos indeterminados, es una forma de tangar al lector con mercancía caducada y en mal estado. Desconfío de las alusiones y los juegos metaliterarios que tienen como protagonista a Borges, dejen al pobre hombre en paz. Desconfío de los textos con alta carga sensorial en los que los pezones saben a ciruela almibarada y el coito no es más que una filigrana muy etérea. Desconfío de los autores que presumen de haber estudiado con Roland Barthes y con Gilles Deleuze: vaya un par de cantamañanas. Desconfío de los títulos que incorporan la palabra “secreto”, ya somos muy mayorcitos para andarnos con tonterías. Desconfío de las ficciones que transcurren en Mogador (la actual Essaouira), temo que vulgaricen uno de los escasos sitios en el mundo en los que se mitiga mi angustia. Desconfío de los narradores soberanamente cursis, me dan ganas de meterles la lira por el culo. Llamadme desconfiado si queréis, pero yo soy así. 


martes, 27 de enero de 2015

Música ligerísima


¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cuarenta años ya! El próximo veinte de noviembre se cumplirán cuatro décadas desde que aquel señor bajito abandonó el establecimiento para no volver jamás, por utilizar un símil muy apreciado por los camareros. No es éste el lugar para analizar aquel régimen ominoso y estúpido, pero sí para hablar de alguna de sus consecuencias, por muy colaterales que estas sean. Y una de las más perniciosas es el desdén que sufren hoy en día muchas manifestaciones artísticas y culturales que eclosionaron en aquellos años plomizos, lo que les ha acarreado la etiqueta de ser políticamente sospechosas, cuando no directamente cómplices.
            Centrémonos en lo que me interesa: por decirlo pronto, España nunca fue una potencia musical de primer orden, y menos aún en las condiciones de aislamiento y hostilidad que imponía la dictadura (impagable el locutor del No-Do que, al comentar la visita de los Beatles a Madrid y Barcelona, se refiere a los Fab Four como “los melenudos”). Pero en el periodo que va de 1960 a 1975, y a pesar del casticismo reinante y la decidida incomprensión de las autoridades, en nuestro país se crearon músicas y canciones que no convendría menospreciar al calificarlas simplemente como “Banda sonora de Cuéntame”. No quiero ponerme prolijo, pero es ese periodo de tiempo publicaron lo mejor de su discografía el Dúo Dinámico (ya sé que ahora nos parecen un chiste, pero fueron los primeros en hacer twist en España), los Brincos, los Canarios, Pau Riba (cantando en catalán, que conste), Joan Manuel Serrat, los Pekenikes, Cecilia, los Módulos, Nino Bravo, Sisa, Smash, Miguel Ríos y un largo etcétera. Es cierto que sus logros no son ni remotamente comparables con lo que consiguieron algunos de sus colegas británicos y norteamericanos, pero sería injusto despreciarlos con ese ademán displicente que dedicamos a todo aquello que no nos parece lo suficientemente moderno.
            Mientras esperamos que alguna compañía independiente recupere el catálogo de estos artistas y lo reedite con rigor y dedicación (hay algunas iniciativas parciales que permiten albergar cierta esperanza, como la recopilación “El soul es una droga”, sobre los sonidos negroides producidos aquí en la década de los sesenta y setenta), Televisión Española ha salido de su habitual letargo haciendo gala de su mejor arma (su fantástico archivo), y ha emitido los nueve capítulos de una programa de desafortunado título pero de fascinante contenido: “Música ligerísima”, un recorrido por las músicas y los artistas de una época que va desde l968 hasta 1978, diez años cruciales en los que pasamos del blanco y negro al color más chirriante. Concebido con criterio, el programa pretende homenajear al pop y al rock españoles y a todos los que lo hicieron posible, para gozo de sus cada vez más escasos degustadores. Se pueden ver directamente en su página web, y yo me trago todas las noches uno antes de dormir. Quizás por eso mis sueños han adquirido últimamente la vertiginosa textura de un video clip de Valerio Lazarov: qué flipe, colega.  


                                                       "Música ligerísima, episodio 1"

domingo, 25 de enero de 2015

Cosas que hacer en Jaén cuando no tienes nada que hacer

            Las capitales de provincia cuentan todas con su cronista oficial, y una de las exigencias para auparlo a tal cargo es que posea un nombre deliciosamente obsoleto: Telesforo, Aniceto, Arsenio, algo así (sí, también vale Emeterio). También tienen su propio periódico, que indefectiblemente acaba reutilizado para envolver los churros, aquí no se tira nada. El de Jaén se llama Jaén hoy: no es especialmente innovador ni en sus planteamientos ni en su diseño, reconozcámoslo, pero absorbe la grasa estupendamente. En las capitales de provincia (y Jaén es una de ellas, como Guadalajara o Teruel) se ven señoras estupendas que llevan a sus hijos a las academias de inglés: los idiomas abren muchas puertas, ya se sabe. En las capitales de provincia siempre se está casando alguien, es como si no escarmentaran. En las capitales de provincia no tardas en encontrarte con una delegación o subdelegación del Banco de España, un edificio feo y antipático: para qué hacerlo atractivo, allí se va a tratar de dinero, no a solazarse con su arquitectura. Por el contrario, y quizás para compensar, en las capitales de provincia es fácil encontrar uno de esos museos de segunda división a los que no van los turistas, pero en los que puedes pasar el rato si te encuentras medio perdido un gélido miércoles de enero. Y como ese es mi caso, pregunto por el Palacio de Villadompardo: ahí mismo, me señala un labriego (o un campesino, no sé muy bien la diferencia).
            Se trata de un edificio renacentista al que dotan de cierto aire levantino unas palmeras datileras a las que se defiende contra el picudo rojo. Tras muchas vicisitudes ha acabado como centro cultural multiusos, lo mismo vale para un roto que para un descosío. La entrada es gratis, y lo primero que me encuentro es un patio de mucha prestancia, con sus arcos y sus columnas. Me imagino que aquí es donde actúan todos los veranos las compañías locales de aficionados, con sus familias rompiéndose las manos a aplaudir. Pero hace un frío que pela, y me meto a ver lo que me han dicho que es la joya del centro, cuya restauración les hizo merecedores de la Medalla de Honor del Premio Europa Nostra. 
       Desciendo unas escaleras, saludo a un guardia que se aburre (en las capitales de provincia siempre hay un guardia que se aburre) y llego a los Baños Árabes, que datan del S. XI. Tienen una extensión de 450 m2, lo que los convierte en los más extensos y mejor conservados de Europa y el Norte de África. Hay que reconocer que están impecables, qué gustazo da comprobar que a veces nuestras autoridades dan buen uso a los fondos públicos. Me paseo un rato entre las columnas, me siento en el aljibe, intento ponerme andalusí pero no lo consigo, no funciona, me dejan un poco frío, todo está demasiado bien acabado, carecen de  la lóbrega autenticidad de los de Ronda, que visité hace un par de años, qué le vamos a hacer.
            Subo de nuevo las escaleras, consulto el folleto: resulta que la primera planta alberga el Museo Internacional de Arte Naïf “Manuel Moral”. ¿Arte Naïf? ¿No es eso lo que hacen los pintores de domingo, o las folklóricas cuando no están de gira? Uf, qué pereza. Pero fuera sigue lloviznando, y de repente pienso que hay que dar una oportunidad a la paz (yo me entiendo), adentro. La primera impresión es desarmante, así ha de sentirse uno después de haberse bebido de golpe un cubata de Mimosín muuuuuy cargado. Intento aparcar mis prejuicios y contemplo con esfuerzo algunos de los cuadros: es como entrar a hurtadillas en el cuarto de aquella tía solterona que todos tenemos, y que dedicó su vida a coleccionar cucharitas de postre y a velar por su doncellez. 
        Leo que el Museo acoge más de seiscientas obras, españolas y de países como Haití, Tibet (sic), Francia, Colombia, etc… Al fijarme veo que la inmensa mayoría de las obras han sido donadas por sus propios autores, y que casi todas ellas vienen firmadas por mujeres (y, no sé por qué, me descubro pensando que es lógico: ¿son ellas naives y nosotros malîns?, hum, arduo debate). Hay una que me hace mucha gracia, un collage de tejidos de Marta Rodríguez Salmones, titulado “La coronación de S.M. el Rey Juan Carlos I”, que confirma lo que yo hace tiempo sospechaba: la monarquía no es tanto una forma de estado como un avatar de la fantasía, un recurso literario para sacar a escena conceptos con poca salida estilística, como tronos, vasallaje o hemofilia. 
       Un rey es una figura imaginaria, como un gnomo o un elfo, no tiene nada que ver con la política, pertenece al ámbito mágico de las cosas (¿no afirman tener sangre azul?: voilà). Uf, se me está yendo la chola: estoy rodeado por demasiadas hadas, por demasiadas muñecas de porcelana, por demasiados miriñaques y campanillas. Cuando empiezo a oler a lo que huelen las nubes comprendo que tengo que salir: necesito algo más, euh, masculino. No necesito buscar mucho: dos salas más allá se encuentra el Museo de Artes y Costumbres Populares: es decir, cómo era el mundo antes del advenimiento de la Santa Internet. Y (por cierto) era bastante tosco: venga carruajes, venga botijos, venga hoces, venga guadañas… Esto es otra cosa, me tranquilizo.

            A las seis y media me lo he visto todo, y abandono el Palacio. Está anocheciendo, el frío se hace cada vez más opresivo, me hago un selfie con el edificio de fondo, intento sonreír pero estoy congelado, salgo con el careto que puso Scott poco antes de convertirse en medallones de merluza en el Polo Sur. 
¿Qué se me habrá perdido a mí en Jaén, vamos a ver? No sé, quizás esté buscando alguna respuesta, a veces me pasa. ¿El arte naïf es esa respuesta? ¿Debería ver el mundo con ese colorido, con ese candor, con esa alegría un poco infantiloide? ¿Debería dejar el tenebrismo (por seguir estirando la metáfora pictórica) y abrazar el universo pop? ¿Debería olvidarme de mi atormentada personalidad tipo Montgomery Clif para adoptar el luminoso optimismo de Doris Day? A lo lejos diviso el campanario de la catedral, hacia él me dirijo (¿debería tirar a la basura mis discos de Leonard Cohen, rebosantes de amargo cinismo, y sustituirlos por las mermeladas filosóficas de los libros de autoayuda?). Las capitales de provincia son a menudo inescrutables, hay que estar muy iniciado para entender sus mensajes, saben ser retorcidamente sutiles. De repente levanto los ojos, ahí está. 
           Uf, un poco duro, pero es así. Sí, ésa es la única certidumbre que nos queda, más claro no se puede decir. Anulo mi propósito de visitar la catedral, total para qué, me vuelvo al hotel a ver la tele, una película, un concurso, lo que sea: cualquier cosa antes de enfrentarme al inapelable dictamen que descubrí en una capital de provincia un miércoles de enero.

martes, 20 de enero de 2015

Fragmentos de una Biblia aún por escribir

Fragmento 23: HABACUC BLUES

Mi nombre (que procede de una planta: concretamente, la albahaca) puede que no os diga nada, pero soy el octavo de los profetas menores. Soy consciente de que había que seleccionar en la voluminosa Biblia para destacar a unos en detrimento de otros. Pero que en un volumen de ¿cuántas? ¿mil quinientas, dos mil páginas? se me dediquen un par de renglones, pues qué queréis que os diga: sabe mal. El octavo de los profetas menores: me siento como uno de esos equipos que están jugándose año tras año la permanencia en tercera regional. Mi libro (en el que recojo mis profecías: está a punto de aparecer la versión de bolsillo) apenas tiene reseñas, su exégesis aún permanece en barbecho. No es que sea el más ameno de la historia, eso lo reconozco, pero tiene su punto. No me falta garra narrativa cuando describo el castigo que amenaza a los saduceos por no respetar la prohibición de mezclar berenjenas con carne de jumento en la comida de los viernes impares de la segunda luna de julio. Y el episodio de la batalla de Leb-Qamay fue alabado por el ceñudo crítico del Jerusalem Books Review, que afirmó sin ambages: “Pueden sentirse los tajos de las espadas sobre los infames cráneos de los enemigos del Señor”. Pero no, la gente prefiere a profetas más campanudos, como el sobrevalorado Ezequiel, o Isaías, tan farragoso como incierto. Ay, otro gallo me cantaría si hubiera hecho caso a mi mujer y me hubiera buscado un buen agente literario.

 Fragmento 29: JOB LAVA MÁS BLANCO

           Disculpa que no me levante a agasajarte, pero desde que Yavhé me bendijo con la artrosis no estoy para muchos trotes. No es que me queje, pero si ya me envió la halitosis, la glosopeda, la enfermedad esa que hace que confundas a los hombres con las mujeres, la tuberculosis y no sé cuántas más, la verdad es que no sé a qué montañas de mansedumbre he de trepar para que se dé cuenta de que acepto de buen rollo sus designios. No, gracias, no puedo tomar agua, me produce paludismo: otro de los regalos de mi idolatrado Yavhé. Y eso que ya he dejado bien clara mi resignación durante estos años. Al principio, cada vez que me mataba a un hijo me llevaba un disgusto, uno es así de sentimental. Pero nos acostumbramos a todo, y ahora los entierro por la mañana, y por la tarde ya me he olvidado hasta de sus nombres. Y que me haya fulminado a todos los corderos, pues qué quieres que te diga: ya hacía tiempo que quería diversificar mis esfuerzos empresariales, la ganadería es muy esclava. Estoy pensando en importar alfombras de Anatolia. Siempre que a Yavhé no le parezca mal, por supuesto: si no quiere, que me lo diga, y aquí paz y después gloria. Pero no me lo dirá así: “Job, no importes alfombras”, qué va, Yavhé es más de comunicación no verbal. Dejará que abra la tienda, y cuando ya me haya hecho con una cartera de clientes me los exterminará de un plumazo, con lo que cuesta hacerte un nicho de mercado. No sé, chico, a veces me gustaría ser menos servil y dar un puñetazo en la mesa: es una lástima que la lepra me haya dejado sin manos, con los muñones no es lo mismo.

Fragmento 61.b: LÁZARO Y EL OCASO

          Más pudor me da a mí, se lo juro. Póngase en mi lugar, tener que contar a todo el mundo mi historia y que nadie te crea. En serio, no es ninguna bicoca: “¿Que tú qué? ¿Y luego qué?”. A veces renuncio y les digo que era una broma, un chiste, como ese de que van dos filisteos en una carreta y se encuentran a un hitita haciendo auto-stop. Ah, que se lo sabe. Bueno, pues usted ya me entiende, que ir contando que yo estaba muerto y que luego resucité no es plato de gusto. Pero con usted es diferente, a usted tengo que decírselo porque nos une un vínculo jurídico (se dice así, ¿verdad?), y, aunque no soy avaricioso, tengo que cobrar esa cantidad que me prometió cuando firmamos la póliza: el alquiler del nicho, aunque solo fuera por unos días, te sale por un pico. Hombre, ya sé que el mío es un caso excepcional y que no suele recogerse en los seguros de vida, pero qué quiere que le diga, se estipuló una cantidad de monedas de plata a mi muerte, y yo, morir, lo que se dice morir, he muerto. Como si dijéramos, he cumplido con mi parte del trato. No se me ponga farruco, que he leído el pergamino de cabo a rabo y no dice nada de anulación en caso de resurrección. La cláusula décimo tercera enumera las causas de denegación del cobro, mire, mire, aquí está, y solo habla de suicidio y del advenimiento del Armagedón. Nada más. Y no me amenace, que el amigo que me hizo esto puede venir y hacerle a usted lo contrario.



Fragmento 88: FÁBULA DE LO SUMERGIBLE Y LO INSUMERGIBLE

            La magnitud, también la insensatez de la tarea abruma a Noé. Quizás os equivocáis, Oh Todopoderoso, hay otro Noé dos pueblos más allá, puede que sea a él a quien buscáis. La ira del Señor no deja lugar a dudas: no solo no hay equivocación posible, sino que las nubes empiezan a enfurruñarse, hay que ir dándose prisita. Reúne a sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, a los que bautizó conforme a misteriosas onomatopeyas: ¿vosotros sabéis distinguir un lagarto macho de un lagarto hembra? No, responden recelosos los tres zangolotinos, ¿es una de esas preguntas trampa? Pues vais a tener que ir aprendiendo, chavales. Mientras sus retoños husmean entre las entrepiernas de los animales, Noé encarga mil codos de la mejor madera de cedro a su vecino Adramélec. Esto te va a salir por un pico, le espeta el astuto comerciante, ¿cuándo piensas saldar tu deuda? ¿Te viene bien un pagaré a noventa días?, replica el no menos astuto Noé, sabedor de que está firmando papel mojado (nunca mejor dicho). En fin, que entre unas cosas y otras llegó el diluvio, y desde su bien calafateado barco el padre de la humanidad (al que todas estas movidas ni le van ni le vienen) piensa que a él lo que de verdad le hubiera gustado ser es músico, anda que no disfruta tañendo la deleitosa lira o entonando cánticos que bordean lo licencioso. Pero qué le vamos a hacer, suspira asomado por la borda, indeciso sobre qué animal cocinarán por la noche, una especie más o menos no va a ninguna parte. 

Fragmento 123: LONG LIVE MATUSALÉN

            No soy teólogo, que conste, pero no me resulta difícil imaginar el infierno como una continua fiesta de cumpleaños. Sé lo que me digo, me encuentro a punto de celebrar mi noveno centenario: estoy hasta el gorro de frascos de colonia y de corbatas. Por razones que no me explico, Yavhé quiso premiar mi anodina vida prolongándola casi hasta el infinito. Porque os voy a ser sincero: ni he sido un profeta de esos de relumbrón, ni he guiado a mi pueblo a pagos en los que mana la leche y la miel. Nada de eso. Me he limitado a ir al taller, descansar el Sabbath, lapidar adúlteros de vez en cuando… Como cualquier hijo de vecino, vaya. Y sin venir mucho a cuento, Yavhé ha pensado: pues a este tío le voy a hacer casi inmortal. Se nota que no ha venido por mi pueblo, el sitio más aburrido del mundo. Desde hace quinientos trece años, por poneros un ejemplo, no tenemos una buena guerra que anime esto. Y la última plaga que tiñó todo el valle de sangre se remonta a los tiempos de mis abuelos. Un rollazo, ya os lo digo. Y eso por no hablar de las dificultades para tener relaciones sexuales: a partir de los trescientos años es un milagro echar un macabeo en condiciones. Y el caso es que habrá más de uno que piense: vaya suerte, vivir tantísimo tiempo. Pues no. Si va contra natura que un padre entierre a sus hijos, qué decir de un padre que entierre a sus nietos, a sus bisnietos, a sus tataranietos, a los hijos de sus tataranietos, a los nietos de los tataranietos, a los bisnietos de los tataranietos… (no es necesario que siga, ¿verdad?: ya se entiende lo que quiero decir).




domingo, 18 de enero de 2015

Monjas en Osuna


             Tras cinco o seis timbrazos se abre la puerta, y una monjita diminuta asoma la cabeza con recelo.
            - ¿Qué quiere? ¿Quién le envía?
            - Vengo a visitar el monasterio – le informo.
            La monjita me mira de abajo a arriba, no debe de medir más de un metro cincuenta de altura. A pesar de la barba de apóstol que gasto últimamente no termina de fiarse de mí. Sus ropajes solo dejan al descubierto el rostro, de las cejas a la barbilla. Entrecierra una vez más los ojos.
            - ¿Pero quién le envía?
            Estoy a punto de desconcertarme. Según el folleto que me han proporcionado en la oficina de turismo, el Monasterio de la Encarnación es la sede del Museo de Arte Sacro: a eso vengo. Llame usted al timbre, y una hermana le guiará, me habían dicho, sin avisarme de que había un password para entrar. Decido improvisar.
            - ¿El Espíritu Santo?
            La monjita sigue sin reaccionar, escrutándome de hito en hito, y casi me alegro de que no haya hecho caso de mi tontería. Por fin se encoge de hombros, hace un gesto y me conmina a entrar. Compro la entrada, sonrío.
            - ¿De dónde es?
            - De Alcalá de Henares. Allí también hay muchas monjas.
            Asiente con la cabeza. Quizás debería preguntarle de dónde es ella, tiene evidente acento sudamericano, probablemente colombiano o caribeño, a pesar de lo cual sus carrillos son rubicundos, como de sólida doncella prusiana. No se lo pregunto y me dejo guiar. Antes de que me dé tiempo a decir nada me avisa que nada de fotos.
            - No soy muy de hacer fotos – miento.
            Atravesamos una iglesia de una sola nave, sin nada especialmente remarcable: la habitual sobreabundancia decorativa del barroco andaluz, ese estilo para el que nunca es bastante. El altar, los retablos, las estatuas, los cuadros, las alfombras: todo está perfectamente restaurado, impecable.
            - Aquí es donde rezamos. Ahora pasemos al Museo.
            Bien visto, toda España es un elefantiásico museo de arte sacro, una incansable repetición de un escaso número de temas y motivos. En éste se han especializado en estatuillas del Niño Jesús. Las tienen en todas sus infinitas variedades: es decir, sentados y de pie.
            - Niño Jesús del siglo XVII. Niño Jesús napolitano del siglo XVIII. Niño Jesús del siglo XVI. Niño Jesús de marfil del siglo XVIII.
            Es curioso el lenguaje: en castellano hay dos palabras que parecen exigir el diminutivo. La una es monjita, es como si para serlo se exigiera una cierta concentración, un acabado de miniatura, las jugadoras de baloncesto no profesarán jamás. La otra es braguitas: en este caso las razones se me antojan más procaces, y quizás éste no sea el sitio para desarrollarlas, ya habrá tiempo cuando salga. Un carraspeo me saca de mis ensoñaciones filológicas, se me invita a entrar por una puerta: voy A continuación salimos a un pequeño patio. La monjita me señala el zócalo, formado por azulejos, un friso con imágenes de las estaciones del año, de la actividad de la congregación y de otras muchas cosas más: una estética ingenua, como de portada de Vainica Doble. Subimos al segundo piso, y nos paramos ante un cuadro en el que se representan, de abajo a arriba, los infiernos, la vida en la tierra y ese cielo de nubes algodonosas que espera a los buenos cristianos.
            - Ahí es donde todos queremos ir ¿verdad?
            Ups, con eso no contaba, no sé si está poniendo a prueba mis conocimientos teológicos. Decido no mojarme.
            - Supongo que sí.

            No parece satisfecha con la vaguedad de mi respuesta, y vuelve a mirarme de soslayo, como diciendo: no deberíamos dejar entrar a los librepensadores. Cuando estoy a punto de soltar alguna estupidez (tipo: “bueno, depende de lo que entendamos por cielo, esa misma palabra no significa lo mismo para un cura que para una azafata, y no digamos para un meteorólogo”) aparece otra monja. Igual de pequeñita, pero mucho más sonriente.
            - Buenos días, espero que esté disfrutando de nuestro museo.
            También es sudamericana, y decide unirse a nosotros. Me cuenta que es una suerte poder visitar el monasterio a solas, que así se puede disfrutar mejor de los tesoros que en él se guardan.
            - Y más en un día tan maravilloso como éste. Qué sol, ¿verdad?
            Sí, el día es maravilloso, miramos sincronizadamente los tres al formidable azul y por un momento nos quedamos callados. El silencio de un monasterio no es un silencio normal, no es la mera desaparición de ruidos, es como un silencio dentro de un silencio, es el silencio que emiten las flores o los acantilados. No, admito que yo no podría vivir en estas condiciones, es más, me parece contra natura, pero empiezo a intuir alguna de las ventajas del régimen de clausura, ese remecerse en el propio bordoneo interior. Se ve que ellas están más acostumbradas, a mí me cuesta seguir así, y por eso decido romper el hechizo y preguntar algo, lo que sea, hay silencios que pesan como grilletes.
            - ¿Cuántas monjas viven en el Monasterio?
            - Somos diecisiete.
            ¿Cuántas redes de silencio pueden tejerse entre diecisiete personas que tienen vedado hablar entre sí, o apenas sienten la necesidad de hacerlo? Volvemos a caminar, me rodean de nuevo docenas y docenas de Niños Jesuses que me son minuciosamente descritos, las dos monjitas y yo atravesamos estancias hasta regresar al zaguán de entrada. Estoy por despedirme cuando la primera de las monjitas, haciendo gala de una zalamería hasta entonces inédita, me dice que ellas mismas hacen dulces, que si quiero comprar alguno, que están muy ricos.
            - Tenemos rosquillas de anís, de vino, de almendras.
            Miro las cajas, de un diseño rudo, sin abalorios, nada que ver con el mundo-floritura en el que vivimos. Claro que compro una caja, no tengo temple para negarle nada a una monjita, son solo cinco euros. Me despido de ellas con cierta admiración, qué envidia mantener ese candor en los siglos que corren.
            - Adiós.
            Cruzo el portón del monasterio, el sol de invierno es blando, ya se aproxima la hora de comer algo. Pasa un coche tamborileando sobre el empedrado y casi agradezco el ruido: qué densos pueden llegar a ser algunos silencios, qué reveladores.

martes, 13 de enero de 2015

"V.I.P.", de Joglars

Je suis Charlie: también en España hemos podido ver la pancarta que simbolizaba nuestra solidaridad con las víctimas de la matanza parisina. Pero… ¿de verdad somos Charlie? ¿Existen en nuestro país humoristas o escritores que puedan competir en ferocidad y mala leche con Wolinski, Cabu y demás? Hum, permitidme que lo dude: desde que murió Quevedo (léanse sus poesías: es difícil encontrar algo que las supere en salvajismo), durante siglos nos hemos abonado a la guasa y a la gracieta, a los chistes chuscos y a la mofa de las minorías, nada que inquietara en demasía al poder. La Transición no hizo más que visibilizar el humor de trinchera al que somos tan aficionados, y que consiste en burlarse despiadadamente de los adversarios, sin osar nunca cuestionar nuestros propios defectos. A día de hoy (y reconociendo que apenas he leído “Mongolia”, de la que no puedo opinar), solo veo dos propuestas humorísticas que se atrevan a saltarse las concertinas impuestas por la dictadura de lo políticamente correcto: la viñeta que cada día nos regala El Roto en “El País”, y la trayectoria de “Els Joglars”, la compañía teatral creada por Albert Boadella hace más de cincuenta años, y que desde 2012 dirige su discípulo, el superdotado histrión Ramon Fontseré.

            Vaya por delante que soy fan absoluto de Boadella: qué queréis que os diga, me encantan los tocapelotas. Sin disculpar sus volteretas político-taurinas, reconozco que viendo “El increíble caso del doctor Floïd y Mister Pla” (creo que fue en 1997, en el ahora desoladoramente vacío teatro Albéniz) lloré de risa como no he vuelto a hacerlo en una platea: qué mala baba tiene este cabrón, recuerdo haber musitado mientras me secaba las lágrimas. Además, la lectura de su autobiografía “Memorias de un bufón” es un saludable recordatorio de cómo era la rauxa catalana antes de que se convirtiera en un arma de secesión masiva. Años después vería “El retablo de las maravillas” (muy divertida también, pero con menos chispa), y en 2011 “Omena-G”, en la que el azufre tradicional de la compañía aparecía bastante diluido, era como si sus provocaciones estuviesen pasadas de fecha. 
            Acudí anoche al malagueño Teatro Cervantes con cierta inquietud: temía que la bajada de tensión que advertí en “Omena-G” se hubiese convertido en una franca decadencia. Una hora y media después comprobé que, sin llegar a las excelencias de sus grandes obras, Joglars (ahora se han quitado el artículo) tienen cuerda para rato. En “V.I.P.”, los irreductibles catalanes dirigen sus dardos contra una plaga de nuestro tiempo: la sobreprotección con la que asfixiamos a nuestros hijos, y que les convierte en unos pequeños tiranos. Una escenografía sobria y la contrastada eficacia actoral de la compañía convierten la obra en una carga de profundidad contra una sociedad que, ya desde la misma cuna, imbuye en los críos la conciencia de que poseen todos los derechos, sin tener que hacer frente a ninguna responsabilidad. Las risas nerviosas y los carraspeos culposos que coreaban las andanzas de Lucas, el niño protagonista (interpretado por Fontserè) confirmaban que muchos de los espectadores se sentían identificados con esos padres que, en uno de los momentos más decapantes de la obra, amenazan al profesor de su hijo simplemente porque ha intentado meterle ligeramente en vereda: “La disciplina es de fachas”, le espeta su padre, y en la butaca de al lado un hombre en su cuarentena ríe para, a continuación, alzar las cejas como pillado en falta, quizás sea una de sus frases de cabecera. Cuando baja el telón todos aplaudimos agradecidos: nos han hecho reír y pensar, qué más se puede pedir.
       Salgo del teatro dándole vueltas al mensaje de la obra: ¿de verdad estamos tan esclavizados por los más pequeños? ¿Hasta qué punto nuestros complejos de culpa respecto de ellos nos impide tratarles no ya con rigor, sino siquiera con justicia? ¿Llegará un día en que nuestra mala conciencia nos lleve a bajar la edad para poder votar a los catorce, a los diez, a los cuatro años? Dejo atrás la plaza de la Victoria, la agradable temperatura del enero malagueño (trece grados a las diez y media de la noche) me permite pasear sumido en mis pensamientos. De repente, frente al teatro romano, descubro el cartel que acompaña a estas líneas: sí, algo estamos haciendo mal cuando tenemos que proclamar que somos amigos de la infancia. Para poder decir algo sin caer en la mera retórica también ha de ser pensable poder decir lo contrario: ¿habría alguna posibilidad de que una ciudad se proclamara “enemiga de la infancia”? Maldito Disney, qué daño nos has hecho a todos, mascullo mientras vuelvo a casa.