Los peores
eran los paracaidistas: en mitad de la proyección se ponían a cantar, o a
empujarse, y no había quién se enterase de nada. Es verdad que aquellas
películas de artes marciales no requerían excesiva concentración (todos los
japoneses nos parecían iguales), pero siempre había quien llamaba al acomodador
a voces, reclamando silencio. Saliendo sigilosamente desde algún lugar
escondido, aparecía precedido por su linterna, ese sable de luz de andar por
casa. En otras salas eran más corpulentos, o llevaban un uniforme con más
galones, y solucionaban los problemas a las bravas, arrastrando a la calle a los
alborotadores, incluso a mí me echaron alguna vez. Pero el del Cine Paz era flaco y desmedrado, no sería mucho más
alto que yo. Sin apresurarse se
acercaba a la zona de los paracas, y no sé cómo lo haría, pero les decía un par
de cosas que no alcanzábamos a escuchar, se reían, y poco a poco iban
callándose: una sábana de tranquilidad se extendía por la platea mientras los
japoneses (quizás fueran chinos, quién sabe) seguían zurrándose la badana. Otras veces eran los de los pueblos
vecinos, que venían a buscar bronca (y a ver alguna peli de destape): el
acomodador se arrimaba a ellos como quien no quiere la cosa, les contaba un
chiste, les vacilaba un poco, intercambiaban cigarrillos y aquí paz y después gloria. En todos los años que
frecuenté aquella cueva llena de columnas mal colocadas y de butacas a medio
disolver, no hubo ni un solo incidente que no resolviera con mano izquierda aquel
señor del que nunca supe el nombre, pero al que yo hubiera puesto sin dudar como mediador entre árabes y judíos. Y si cuento esto es porque el otro día, y mira
que han pasado años (ya solo veo cine en salas ultramodernas, donde la única
interrupción son los omnipresentes móviles), creí reconocer a aquel acomodador
de mi adolescencia sentado en un banco del parque, entregado a la espera sin recompensa. Al principio dudé, el tiempo le había reducido aún más, y el pelo era del color de la ceniza en otoño: un anciano indistinguible, quizás fuera otro, el parque estaba lleno de ellos. Pero
cuando vi cómo engatusó a su perrito para que dejara de pelearse con un chihuahua
me convencí: qué tío, no ha perdido maña.
sábado, 4 de abril de 2015
sábado, 21 de marzo de 2015
El último ácrata
Ácrata: qué
bonita palabra. “Ni dios, ni amo, ni estado”, vi pintar en un muro cerca de la
fábrica Roca, con soñadora caligrafía, a un barbudo con apretados pantalones de
campana, atuendo que se demostró poco idóneo cuando a continuación tuvo que
salir pitando delante de los grises, le hostiaron hasta en el cielo de la boca.
Hoy ya no se lleva la acracia: todos somos demasiado serios, demasiado
solidarios, estamos demasiado indignados. Pero hubo unos años, en aquella
transición hoy tal maltratada, en los que los anhelos revolucionarios no eran
incompatibles con el sentido del humor, con la ironía, con la arraigada
convicción de que la risa es más disolvente que los cócteles molotov. Cualquier
adolescente que se asomara a la vida por entonces (uno que fuera, yo qué sé,
feúcho y entusiasta, y que soñara con escribir poemas y al mismo tiempo militar
en un conjunto de punk-rock, por ejemplo, y que viviera en una ciudad no lejos
de Madrid famosa por sus almendras garapiñadas y sus muchos conventos) no podía
por menos que ojear fascinado “El Víbora”, o escuchar en la radio al Mariscal
Romero, o leer vorazmente la miríada de revistas y fanzines (lo que entonces se
llamaba la prensa underground o contracultural) que te demostraban que
el mundo era algo mucho más enriquecedor que estudiar una carrera y encontrar
un empleo.
Una de esas revistas era “Madrid me Mata” (MmM), una de las
innumerables intentonas de Moncho Alpuente para convertir un país gris poblado
de oficinistas en una lisérgica explosión de colores. Creo que aún conservo
varios números por casa, con aquel formato apaisado tan singular, junto con ejemplares
de “Ajoblanco”, “Sal Común”, “Vibraciones” y otras flores de la época. Muchos de
los artículos hoy en día serían sencillamente irreproducibles: nos hemos vuelto
demasiado pejigueros, nuestra piel es tan fina como gruesa es nuestra capacidad
para sentirnos ultrajados por cualquier comentario mínimamente humorístico. Sí,
todos afirmamos ser Charlie, excepto
cuando es a nosotros (o a los nuestros,
o a nuestra sacrosanta identidad) a quien se pone en solfa, entonces todos
somos Coulibali.
Pero Moncho no
fue solamente un periodista: fue uno de los primeros agitadores culturales,
tanto en los mundos del teatro como en la literatura y la música. Ya en los
amenes de la oprobiosa fundó algunos de los grupos más corrosivos e
iconoclastas de la historia musical española: Las Madres del Cordero, al que siguió otra banda, también de nombre
delirante: Desde Santurce a Bilbao Blues
Band. Eran buenos tiempos para el humorismo musical: más o menos por
entonces surgirían La Charanga del Tío
Honorio y Desmadre 75, en
Cataluña ya triunfaban La Trinca, y, unos años después, la Orquesta Mondragón alcanzaría el cielo con su mezcla de cabaret y
surrealismo. Las Madres… tuvieron el
único éxito entre muchas comillas que puede atribuírsele a Moncho: la impagable
“Adelante hombre del 600”, gloriosa
burla del españolito medio, ese que renunció a sus ideales democráticos a
cambio de poseer esa perfecta máquina automovilística con la que identificamos
el desarrollismo hispano.
Pero de repente vino
la movida: todo el mundo se volvió moderno, todo el mundo se tiñó el pelo, todo
el mundo se infantilizó. A consecuencia de esa brusca mutación cultural, el
frágil entramado musical construido hasta entonces por el antifranquismo se fue
al garete, y los cantautores volvieron a sus clases de Lengua y Literatura en
los Institutos de Segunda Enseñanza. Pero Moncho, un superviviente al fin y al
cabo, supo olfatear los tiempos, y sin perder mordacidad se recicló en otro
grupo de nombre no menos ingenioso (Moncho Alpuente
y los Kwai), con los que obtuvo algún éxito menor (“Carolina querida”). A partir de ese momento, y sin renunciar a
puntuales incursiones musicales, Moncho se concentró en su faceta periodística y
humorística. El que esto suscribe recuerda las panzadas a reír que le produjo El País Imaginario, aquella disparatada
separata que, hacia 1985, empezó a publicar en El País, y que duró unos años. Sé que puede sonar a retruécano
literario, pero hoy en día aquellas noticias inventadas por Moncho y su equipo
no tendrían cabida en “el diario global en español”, por la sencilla razón de que el periódico
de Cebrián y sus secuaces ya hace mucho tiempo que se dedica de pleno al
periodismo imaginario, tal y como hemos comprobado con el feo affaire del acoso
y derribo de Tomás Gómez.
Pero estábamos
hablando de Moncho Alpuente. Sí, ya sé que he titulado este artículo / réquiem
/ homenaje / cosa como “El último ácrata”. ¿De verdad lo es? Murieron Agustín
García Calvo, el Maestro Reverendo e Iván Zulueta, Sisa y Pau Riba están
desaparecidos en combate, no sé nada de Nazario ni del Mariscal Romero ni de
Chicho Sánchez Ferlosio, Sabina está abotargado por su propio éxito, Gonzalo
García Pelayo hace mucho que ha abandonado su vertiente contracultural para
dedicarse al muy lucrativo hobby de reventar casinos, Lluis Llach se ha
convertido en requeté catalanista… Únicamente Krahe sigue dale que te pego,
fiel a su ideario antidogmático y sandunguero. Uf, pues va a ser que sí: la
cantera ácrata ya hace tiempo que no produce frutos apreciables. Y por si a
alguno de mis muy improbables lectores se le pasa por las mientes que Podemos
podría aglutinar a los ácratas supervivientes, le recuerdo que una de las
obsesiones de Pablo Iglesias y su gente es el poder, concepto que a un
verdadero ácrata le ha de provocar sarpullidos sin freno.
En fin, Moncho,
no tengo mucho más que decirte. Aquel adolescente feúcho y entusiasta que devoraba
tus fanzines y tus canciones allá por los primeros ochenta ya no es un
adolescente, y mentiría si te dijera que he hecho de la acracia un modo de vida
(¡hasta estoy pagando una hipoteca!): muy a mi pesar me he dejado devorar por
el odioso establishment. Pero a veces
(esto que quede entre nosotros) se me enturbia la cabeza y me pongo melancólico,
intuyo que hay otra vida por ahí que se nos escapa, más libre, más auténtica. Sin
ir más lejos, la otra noche, cuando estaba cenando en uno de esos restaurantes
tecnoemocionales tan caros que últimamente frecuento, al mirar fijamente la
pijada que iba a comerme me di cuenta de lo muy gilipollas que nos estamos
volviendo todos. Pedí educadamente permiso para ir un momento al baño, y al
llegar allí cerré el pestillo, comprobé que no me veía nadie, saqué un
bolígrafo que siempre llevo conmigo y escribí en la pared “Ni dios, ni amo, ni
estado”. No creo que sirva de mucho, la verdad, pero te juro que salí del baño
con una sonrisa de oreja a oreja.
jueves, 12 de marzo de 2015
Estampas británicas. Nº 1: Christopher Hitchens
Es
curioso: a pesar de considerarme ateo, me causa cierto desasosiego
determinados ataques a la Iglesia Católica o al Cristianismo en general. No me
refiero a esa inquina burda, propia de tertulias de bar, del que asegura que
todos los curas son pederastas y que la jerarquía eclesiástica está formada por
una panda de retrógrados oscurantistas que aspiran a vivir sin hacer nada útil
gracias a nuestros impuestos. Intuyo que atacar a la Iglesia, hoy en día, es
buscarse un adversario torpe y sin reflejos, al que su propio boato y el
espesor de sus dogmas imposibilitan para devolver los sarcasmos y las puyas que
le vienen encima.
No
seré yo quien defienda a la multinacional más eficaz de los últimos dos mil
años (de eso ya se encargan los apolillados columnistas del ABC, el diario de
las grapas equidistantes), pero, en mí nada modesta opinión, dedicar tiempo y
esfuerzo a desgarrarnos las túnicas ante los ultramontanos dicterios de la
Curia Romana tiene más que ver con nuestra necesidad de reafirmar una
tambaleante identidad izquierdista (zurrar a la Iglesia te permite recuperar
los puntos que perdiste de tu carnet de progre cuando te compraste esa
desaforada televisión de plasma) que con una supuesta alarma por un regreso a
los años de la frailocracia. Llamadme frívolo si queréis, pero estimo que ante
las encíclicas del Papa y ante las tronituantes opiniones de nuestra castiza
Conferencia Episcopal hay que comportarse como lo hacemos con esos enajenados
que nos juran haber sido abducidos por visitantes del planeta X-25, del que han
regresado con la conciencia expandida: nos reímos blandamente de su locura, no
nos atrevemos a llevarles la contraria, hasta les preguntamos si en X-25 el IVA es más reducido que en el nuestro, pero nos abstenemos de ensañarnos con
ellos, bastante tienen con lo suyo.
¿Y
a qué venía todo esto? Ah, sí: como ya he explicado, me resulta ligeramente /
bastante démodé que se critique a la Iglesia, ya que es lo mismo que censurar a
la navegación a vapor por ser excesivamente lenta, o escandalizarse ante la
ineficacia de los sacrificios rituales como método para atajar las epidemias. Por
eso, reconozco que abrí con cierta prevención, allá por el verano de 2009, el
libro que me descubrió a Christopher Hitchens: “dios no es bueno”. Apenas
conocía la reputación del polemista británico, pero a medida que atravesaba las
páginas del ensayo se me antojó que la indudable brillantez expositiva del
autor y su vigoroso uso del lanzallamas se desperdiciaban en una presa menor.
Sin necesidad de tanta erudición, cualquier comecuras de provincias hubiera
llegado a la misma conclusión de que las instituciones religiosas son un bochornoso
anacronismo en la (supuesta) edad de la razón. Para este viaje no hacía falta
alforjas, podría haber dicho cualquier adicto a las frases hechas.
Pero
lo uno no quita lo otro. Al terminar el libro comprobé que, además de ser un
polemista de primera, Hitchens entroncaba en la tradición británica de los
grandes ensayistas políticos, cuyo representante más eximio es Orwell, pero que
en estas últimas décadas ha suministrado una serie de nombres a los que
agradezco que, con sus libros, hayan intentado convertirme en alguien menos
ignorante: Hobsbawn, Judt, Robin Lane Fox, Peter Watson, Niall Ferguson,
incluso nuestro Ian Gibson. Pensadores a los que no les importa cargar con el
desdoro de escribir con claridad, algo para lo que parecen genéticamente incapaces
toda esa patulea de sacamuelas franceses (Lyotard, Debord, Bordieau) a los que
he leído sin entender ni papa (con Foucault ni lo he intentado). Hum, musité al
cerrar “dios no es bueno”, habrá que darle otra oportunidad al autor.
Y
como soy hombre de palabra, en el verano de 2011, junto a los acantilados de
Cadavedo, me adentré en “Amor, pobreza y guerra”, una recopilación de artículos
en los que, en su mayor parte, Hitchens defendía y argumentaba su toma de
postura a favor de la última (por el momento) Guerra del Golfo, la invasión
norteamericana de Irak que condujo al ajusticiamiento final de Sadam Hussein. A
decir verdad, conforme leía el libro no tuve la impresión de que el autor
estuviera defendiéndose: más justo sería decir que arremetía a toda máquina
contra todos aquellos que habían adoptado la decisión contraria. Aunque no
todos los artículos me interesaron por igual (algunos exigían un conocimiento exhaustivo
de los meandros de la política estadounidense), aprecié en su justa medida que
el autor tuviese la valentía de adoptar una postura tan poco popular, y que
desplegase para ello una capacidad de argumentación tan formidable como para
llegar a erosionar algunos de los sillares sobre los que se asienta mi
inveterado pacifismo. Al cerrar el libro, a pesar de todo, permanecí fiel a mi
negativa a la guerra (buen intento, Mr. Hitchens, pero no), embargado por la
íntima satisfacción de comprobar que no hay lectura más productiva y
estimulante que aquella que nos pone a prueba, de la misma forma en que nada
existe más pernicioso que limitar nuestra dieta intelectual a aquellos libros
destinados únicamente a reforzar nuestras certezas. A partir de aquel momento,
y por mucho que sus detractores se empeñasen en calificarle como neoconservador
y belicista, Christopher Hitchens contaba con un (devoto) lector más.
Ya
estamos en marzo de 2013, fecha en la que tiene lugar mi tercera y definitiva
aproximación al universo hitchensiano: su esperada autobiografía “Hitch-22” ha
entrado directamente al selecto grupo que forman aquellas obras que, más pronto
que tarde, habré de releer. Dando por descontados la brillantez y el brío
marcas de la casa, estas memorias (adecuadamente subtituladas “Confesiones y
contradicciones” en su traducción española) ejemplifican de forma harto gráfica
esa voltereta que ha dado la historia de las ideas políticas en los últimos
cuarenta años, durante los cuales el formidable huracán que soplaba desde la
izquierda en los años sesenta ha ido perdiendo paulatinamente vigor, para
convertirse en la actualidad en un no menos abrumador tsunami (con rachas que
va de lo alarmante a lo muy alarmante) y que sopla sin obstáculos desde lo más
profundo de la derecha económica. ¿Quiere esto decir que, a lo largo de su
vida, Hitchens traicionó sus ideales progresistas para (¡vade retro, Satanás!)
mutar en adalid del neoconservadurismo más recalcitrante? A ver, no seamos
simples, escondamos ese pequeño (¡qué coño pequeño: enorme!) Torquemada que
dormita dentro de cada español y pensemos un poco con la cabeza.
Hace ya tiempo leí, no sé dónde y dicho por
no sé quién (esta maldita manía que tengo de no apuntar las cosas) un aserto
que me hizo reflexionar: “El que de joven no es de izquierdas, no tiene
corazón; el que de mayor no es de derechas, no tiene cerebro”. Las casi
quinientas páginas de “Hitch-22” nos ayudan a bucear dentro de esa elegante
paradoja. En el capítulo adecuadamente titulado: “¿Declive, mutación o
metamorfosis?”, el autor recuerda un párrafo de su contemporáneo y amigo Julian
Barnes, en el que se habla de “el giro
ritual a la derecha” por el que han de pasar, indefectiblemente, todos
aquellos que, en algún momento de su vida, se autodefinieron como
izquierdistas, progresistas o incluso revolucionarios. Glups: ¿es así de fácil?
¿así de irremediable? ¿estamos ante una ley cuasibiológica, como la alopecia o
la menopausia? Más importante aún: ¿me volveré yo de derechas? ¿Empezarán a
gustarme los polos con la banderita de España, los toros, el despido libre, la
xenofobia… en definitiva, todos los tópicos con los que se asocia tal opción
política? Peor aún: ¿abjuraré de mi apasionada militancia rojiblanca y me
pasaré al lado blanco de la Fuerza? Uf, me está dando un sofoco, necesito
echarme agua en la cara…
En
fin, aparquemos la ironía, lenguaje que (a pesar de haber sido llevado a lo más
alto por nuestro compatriota Cervantes) es comprendido en España aún peor que
el inglés. En el manido debate izquierda / derecha, en lugar de descalificar a
todos aquellos que cuestionan los anticuados mapas por los que nos regimos,
deberíamos buscar cartógrafos que nos indicasen dónde está la una y dónde está
la otra. Deberíamos incluso arriesgarnos a descubrir que ambos continentes,
antaño en las antípodas el uno del otro, hoy están más próximos de lo que nos conviene
admitir. En política, saber dónde están las ideas es mucho más importante que
saber dónde están las personas. Hora es ya de que acabemos con esta ficción que
alimenta las fantasías de muchos de los guardianes de la ortodoxia, que afirman
que la izquierda está donde están ellos. Si eso no es egocentrismo (o, para ser exactos, egoizquierdismo), que venga
el Che Guevara y lo vea.
Pues
bien, en “Hitch-22” el polemista británico se convierte en autorizado dragomán
de este viaje en busca de la verdad, aún a costa de dibujar el mapa sobre jirones
de su propia piel. El lector asiste a una revisión minuciosa y sin reservas de
todos y cada uno de los fundamentos de la izquierda occidental, eviscerados por
la formidable energía intelectual del apasionado Hitchens, comprobando que es
posible mantener la coherencia siendo al mismo tiempo partidario de la Guerra
del Golfo y furibundo detractor de todo tipo de religiones. Al lado de tal
proeza, la cuadratura del círculo es un juego de niños.
Bueno,
bueno, maticemos: a pesar de mantenerse inmune al atractivo de las religiones,
hay circunstancias que incluso a alguien tan radical como Hitchens no le pueden
dejar indiferente. Cuando se entera, ya largamente entrado en la madurez, de
que su familia posee sangre judía, su reacción refleja (una vez más) todas las
contradicciones que atenazan a la izquierda occidental. Será el novelista
Martin Amis quien, informado de la nueva condición de su amigo, escenifique la
incapacidad patológica de su entorno para enfrentarse desprejuiciadamente al
llamado conflicto de Oriente Medio: Amis reconoce sin ambages tener envidia de
su camarada, pues, de golpe y porrazo, ha adquirido una especie de aureola de
trascendencia, un sello de intangibilidad histórica con el que la inteligencia
occidental ha envuelto a todo lo que tenga que ver con la tan traída y llevada
Cuestión Judía, y que podría resumirse con la siguiente aporía: ¿Qué partido
tomar en una guerra en la que las dos partes se proclaman (y las proclamamos)
víctimas? Una muestra sangrante de que, hoy en día, abundan los problemas
políticos que ni siquiera alguien tan libre como Hitchens puede abordar sin
desprenderse de sus anteojeras ideológicas.
Pero
además de un vademécum de la confusión política contemporánea, “Hitch-22” es
una autobiografía, la transcripción literaria y forzosamente subjetiva de una
vida. Y aunque en algún momento puede caer en la tentación del namedropping, no podemos por menos que
reconocer que estamos ante un relato lleno de brío y pasión, desbordante de ese
patrimonio inmaterial de la humanidad que conocemos como humor inglés. Como
cada uno tenemos nuestras obsesiones, permitidme que reproduzca un párrafo que
me hizo singular gracia, y en el que Hitchens nos cuenta su tonificante dieta
alcohólica:
“(…) En torno a las
doce y media, un buen trago del reconstituyente del señor Walker, mezclado con
agua de Perrier (un sistema ideal) y sin hielo. A la hora de comer, quizá media
botella de vino tinto: no siempre más, pero nunca menos. Después vuelvo a la
mesa, preparado para repetir el tratamiento en la comida de la noche (…) Las
copas dependen de lo bien que haya ido el día, pero siempre el combinado de
antes: nada de enredar con ginebra aquí y vodka allá (…)”
¿Por qué los
intelectuales españoles (con la gozosa excepción de Fernando Savater) lucen tan
sosos, tan pálidos, tan monaguillescos en comparación con el dionisíaco
Hitchens? Encerrados en sus cómodas certezas, nuestros reconcentrados
compatriotas se muestran más preocupados por mantener a toda costa su estatus
libertario, guardándose de adentrarse en excursiones ideológicas por terrenos
pantanosos. Aterrados ante la posibilidad de ser motejados como chaqueteros,
traidores o (directamente) fascistas, nuestros pensadores, en lugar de intentar
atraer con sus escritos a nuevos adeptos para la causa, prefieren recolectar el
aplauso fácil de los suyos, gracias a lo cual los periódicos están plagados de
artículos terroríficamente banales y retóricos, cuidadosamente pergeñados para
evitar herir cualquier tipo de sensibilidad, especialmente aquellas que
provienen de una minoría (y hoy en día todos nos refugiamos en una). Eso sí,
cuando por fin deciden salir de su refugio es peor, pues, como hacía Tarzán con
las lianas, solo sueltan una ortodoxia para aferrarse a otra, tal y como
demuestra la hornada de antiguos ultraizquierdistas que hoy en día publicitan
desde jugosas tribunas (Roma sí paga traidores) las excelencias del libre
mercado.
Apenas
unos meses después de dejarme embriagar por la estimulante lectura de
“Hitch-22”, su autor fallecía en Texas a la improbable edad de 62 años, víctima
de un cáncer. La prensa se ocupó con profusión de su dolorosa agonía, quizás
esperando una retractación en su firme rechazo de la religión. Hitchens no solo
eludió con elegancia las trampas de la fe, sino que se convirtió en una mezcla
de apóstol y mártir de la causa del ateísmo (tal y como atestiguan los
numerosos debates en los que intervino, y que hoy pueden encontrarse con
facilidad en youtube), circunstancia que, sin duda, habrá provocado más de una
nostálgica carcajada entre el círculo de sus incondicionales, entre los que me
cuento (“¿qué hubiera pensado Hitch de esto?”, no puedo evitar fantasear cuando
la actualidad nos sirve alguna noticia descabalada). Un referente más que se
pierde, y los puntos cardinales están cada vez más borrosos.
CODA:
Aquí finalizaría mi relación (por libros interpuestos, pero no por ello menos
intensa) con el escritor inglés, de no ser por uno de esos avatares (por
decirlo de alguna forma) que nos demuestran que la vida es una formidable caja
de sorpresas. Me explicaré: un año y medio después de la muerte de Hitchens, en
mayo de 2014, cumplí cincuenta años, y para celebrar tamaño acontecimiento mi
novia y yo decidimos pasar unos días en Venecia. Tranquilos, os ahorraré toda
la quincallería descriptiva (¡pero qué ciudad!), e iré al grano.
La noche del
doce, el día de mi cumpleaños, nos encaminamos hacia el “Harry’s Bar”,
dispuestos a brindar con una copa de Bellini, ese cóctel que tantos momentos de
placer ha provocado a dispsómanos de medio mundo, y que fue inventado allí. El
pequeño bar estaba abarrotado de gente, y solo a duras penas conquistamos un
hueco en la barra. Pedimos la especialidad de la casa, y ya habíamos
entrechocado nuestras copas cuando se fueron nuestros vecinos de la derecha,
siendo inmediatamente sustituidos por dos mujeres indudablemente
norteamericanas, con toda probabilidad recién desembarcadas de algún crucero.
Más o menos de mi edad, peripuestas, guapas a su manera, adictas sin duda al
gimnasio y al aggiornamiento estético. Alegres y confiadas ciudadanas del
mundo, varios escalones por encima de los sacafotos, unos pocos por debajo del
verdadero cosmopolitismo. Elvira y yo levantamos nuestros Bellinis hacia ellas,
que nos correspondieron: un signo de complicidad entre los turistas que nos
jactamos de no serlo. Fue al pedir refuerzos al camarero cuando noté que alguien
había atracado junto a las dos señoras. A pesar de situarse en mi ángulo ciego,
pude percibir los contornos de un hombre de robusta constitución, bien vestido
pero mal afeitado, que estaba haciendo reír a aquellas dos gallinitas de
Brooklyn (un suponer) con su recio acento cockney. Nada nuevo bajo el sol: el
recurrente ciclo cinegético, la eterna zarabanda del depredador y la presa.
Cuidado, advertí mentalmente a nuestro Romeo, éstas tienen espolones. A la
tercera carcajada no pude evitar volverme, y al mirar al tipo me asaltó un
atisbo de intriga: y a mí que esta cara me suena. Durante unas décimas de
segundo (quizás algo más: los dos Bellinis ya estaban haciendo de las suyas)
analicé, calculé, rebusqué, deseché. No, cómo va a ser. A ver si dejas de
cotillear, me interrumpió Elvira, tironeándome de la manga de la chaqueta. No
te lo vas a creer, le repliqué, pero el que está detrás de mí es un escritor inglés
al que admiro mucho. No le conté que en realidad estaba muerto, qué necesidad
había de alarmarla. Disimulé como pude el desconcierto, tamborileé con los
dedos sobre la madera de la barra, me bebí de un trago lo que quedaba de copa.
El alboroto a mis espaldas se iba transformando paulatinamente, la voz del
hombre se hizo menos acechante, se convirtió en un melodioso solo de saxofón.
Vaya pájaro tu amigo el escritor, me informó mi novia, que estaba frente a
ellos, se va a pegar un atracón de padre y muy señor mío con esas dos cacatúas.
No pude resistirlo más: dejé el vaso vacío sobre la barra y me di media vuelta.
No, claro que no era Hitchens, qué tontería. Se daba un aire, de acuerdo, pero
éste tenía el pelo más castaño, y los ojos eran oscuros y huidizos. Era otro,
vaya. Nos sonreímos, yo a consecuencia del alivio, él por razones que
desconozco. Me volví suspirando, y levantando mi copa vacía le hice al camarero
ese gesto universal del que solicita más combustible. De eso nada, monada, me
reconvino amablemente Elvira, nos vamos. Nos pusimos los abrigos: mayo, en
Venecia, puede ser muy inclemente. Mientras pagábamos comprendí que la suerte
estaba echada: el hombre había elegido a la más pimpolluda, a la que engatusaba
con lindezas al oído, mientras que la otra removía mecánicamente el hielo de su
combinado. Pura selección natural, mascullé, incrédulo aún de que, aunque solo
hubiera sido durante unos segundos, hubiera confundido a aquel pichabrava con
mi admirado Hitchens. Eso sí: no puedo asegurarlo con certeza, pues ya
estábamos casi fuera, pero según salíamos me pareció que el tipo llamaba al
camarero y le pedía una copa del reconstituyente del señor Walker. No sé, a
veces mi inglés no es tan bueno como yo quisiera, y además estaba un poco
curda, lo más seguro es que me confundiese.
sábado, 7 de febrero de 2015
Lennon & Yoko, Suite 1742
¡Qué
incómodos son algunos mitos, qué indigestos! En “La Térmica”, aquí en Málaga
(avenida de los Guindos, 48), dedican una exposición a las fotografías que
Bruno Vagnini realizó a John Lennon y Yoko Ono en la Suite 1742 del Hotel Queen
Elizabeth de Montreal, con ocasión de aquel happening
con el que la pareja más crucificada del mundo en aquellos momentos (escúchese “The
ballad of John & Yoko”) protestaba a su manera contra la guerra de Vietnam.
Es el día 31 de mayo de 1969, y quedan un año y siete meses exactos para que se
disuelva la banda de rock and roll más famosa de todos los tiempos.
Durante
toda una semana, el aún Beatle y la aún artista conceptual se meten en la cama
y no salen de ella (un Bed-In, lo
bautizaron). Si tenemos en cuenta que se habían casado en Gibraltar apenas
pocos días antes, cabe deducir que dedicaron su luna de miel, en lugar de jugar
a médicos y enfermeras, a hablar con los periodistas, soltar soflamas políticas
y cantar la horrorosa “Give peace a chance”. Para más inri, los pijamitas que
luce John son lo menos avant-garde
que imaginarse pueda, y recuerdan mucho a los que llevaba Jose Sazatornil en “La
escopeta nacional”, para escarnio de su amante, una Mónica Randall con ganas de
guerra, y no precisamente la de Vietnam. Del estilismo de Yoko, mejor ni
hablamos.
Es
al ver estos retratos, en las antípodas de los cánones al uso (Vagnini era un
estudiante italiano de Fotografía en la Academia de Bellas Artes de Montreal, y
su acceso a la mítica Suite 1742 fue fruto de un enrevesado cúmulo de casualidades),
cuando nos acecha (o por lo menos a mí me acecha) una duda: ¿de verdad éramos
tan ingenuos? Quita ingenuos y pon mitómanos: ¿de verdad éramos tan mitómanos? Quita
mitómanos y pon tontos de culo: ¿de verdad éramos tan tontos del culo? Es
difícil explicar cómo pudimos tragarnos sin rechistar una melonada de tal
calibre y convertirla en un acto de profunda significación pacifista. La propia
Yoko (que de tonta no tenía un pelo) se apresuró a calificar el Bed-In como “una performance que
cuestiona las definiciones de identidad, privacidad y espacio”. Toma geroma
pastillas de goma. No, definitivamente no: hoy en día, con lo cínicos que nos
hemos vuelto, nadie se atrevería a hacer una cosa de estas, por miedo a ser
escarnecidos hasta límites inverosímiles. Echarse un cubito de agua por encima
para luchar por no sé qué enfermedad: bueno, bien, pero de ahí es mejor no
pasar, las marcas comerciales que te esponsorizan pueden retirarte su
patrocinio, aterradas por perder cuota de mercado.
Sí,
ya, todo lo que quieras: pero ante estos recuerdos de una época que no viví me brota una sonrisa de añoranza, de vaga melancolía por aquello que pudo ser y no
fue. Es una melonada, de acuerdo, pero también uno de los últimos estertores de
aquella década milagrosa en la que todo o casi todo podía pasar. Luego no pasó
nada, hasta ahí podríamos llegar, y la guerra de Vietnam se cobraría una
obscena cantidad de víctimas en uno y sobre todo en otro bando, y total para
qué. Y vendrían más guerras, y ya nadie se metió en la cama para protestar, y
ahora mismo (mientras escribo estas líneas) seguro que se están zurrando en
montones de sitios por todo el planeta (lo de Ucrania parece inminente), pero
no se me ocurre otra cosa que pedir a un hipster que pasaba por allí que me
haga una foto contra ese fondo, mentiría si no dijera que me hizo ilusión.
Postdata:
llego a casa dándole vueltas al asunto (qué obsesivo soy a veces), no saco nada en claro. Para precipitar las cosas me pongo a
toda castaña el “Made in Japan” (¿qué tendrá que ver lo uno con lo otro?), una
idea atraviesa mi cabeza, y me digo ¿por qué no? ¿Sí? ¿En serio? ¿Lo vas a hacer? Pues
claro que sí, menudo es el nene, me vengo arriba, saco la guitarra, me peino
con raya en medio, consigo unas gafitas redondas y me monto un Bed-In
sin finalidad precisa, más que nada por enredar. Cuando ya llevo un rato y nadie me hace caso (mi Yoko Ono particular se niega a llamar a los periodistas) amenazo con
no salir de aquí hasta que el Atlético no se vengue por la afrenta de Lisboa.
Temblad, madridistas: pienso llegar hasta el final.
martes, 3 de febrero de 2015
“Los jardines secretos de Mogador”, de Alberto Ruy Sánchez (Anagrama, 2001)
Desconfío
de las novelas que se presentan como “una exploración del deseo” y que, a mayor
abundamiento, te presentan una tía en bolas en la portada: a otro perro con ese
hueso. Desconfío de los escritores que reutilizan / deconstruyen / plagian el
esquema narrativo de “Las mil y una noches”. Desconfío de las historias que
transcurren en uno o en varios jardines, las plantas no suelen ser personajes
apasionantes. Desconfío de la prosa poética: eliminadas las restricciones y la
capacidad de síntesis que se exige a la verdadera poesía, se cae
sistemáticamente en el lirismo de garrafón, consistente en acumular conceptos
satinados y lustrosos como quien acumula mala madera para el invierno que se
avecina a pesar de no tener chimenea. Desconfío de los libros que recurren a
ilustraciones supuestamente estetizantes (letras o frases de alfabetos remotos,
por ejemplo): normalmente se trata de un señuelo para disimular la falta de
profundidad. Desconfío de la utilización de escenarios exóticos en tiempos
históricos indeterminados, es una forma de tangar al lector con mercancía
caducada y en mal estado. Desconfío de las alusiones y los juegos
metaliterarios que tienen como protagonista a Borges, dejen al pobre hombre en
paz. Desconfío de los textos con alta carga sensorial en los que los pezones
saben a ciruela almibarada y el coito no es más que una filigrana muy etérea.
Desconfío de los autores que presumen de haber estudiado con Roland Barthes y
con Gilles Deleuze: vaya un par de cantamañanas. Desconfío de los títulos que
incorporan la palabra “secreto”, ya somos muy mayorcitos para andarnos con
tonterías. Desconfío de las ficciones que transcurren en Mogador (la actual
Essaouira), temo que vulgaricen uno de los escasos sitios en el mundo en los
que se mitiga mi angustia. Desconfío de los narradores soberanamente cursis, me
dan ganas de meterles la lira por el culo. Llamadme desconfiado si queréis,
pero yo soy así.
martes, 27 de enero de 2015
Música ligerísima
¡Cómo pasa el
tiempo! ¡Cuarenta años ya! El próximo veinte de noviembre se cumplirán cuatro
décadas desde que aquel señor bajito abandonó el establecimiento para no volver
jamás, por utilizar un símil muy apreciado por los camareros. No es éste el
lugar para analizar aquel régimen ominoso y estúpido, pero sí para hablar de
alguna de sus consecuencias, por muy colaterales que estas sean. Y una de las
más perniciosas es el desdén que sufren hoy en día muchas manifestaciones
artísticas y culturales que eclosionaron en aquellos años plomizos, lo que les
ha acarreado la etiqueta de ser políticamente sospechosas, cuando no
directamente cómplices.
Centrémonos
en lo que me interesa: por decirlo pronto, España nunca fue una potencia
musical de primer orden, y menos aún en las condiciones de aislamiento y
hostilidad que imponía la dictadura (impagable el locutor del No-Do que, al
comentar la visita de los Beatles a Madrid y Barcelona, se refiere a los Fab
Four como “los melenudos”). Pero en el periodo que va de 1960 a 1975, y a pesar
del casticismo reinante y la decidida incomprensión de las autoridades, en
nuestro país se crearon músicas y canciones que no convendría menospreciar al
calificarlas simplemente como “Banda sonora de Cuéntame”. No quiero ponerme
prolijo, pero es ese periodo de tiempo publicaron lo mejor de su discografía el
Dúo Dinámico (ya sé que ahora nos parecen un chiste, pero fueron los primeros
en hacer twist en España), los Brincos, los Canarios, Pau Riba (cantando en
catalán, que conste), Joan Manuel Serrat, los Pekenikes, Cecilia, los Módulos,
Nino Bravo, Sisa, Smash, Miguel Ríos y un largo etcétera. Es cierto que sus
logros no son ni remotamente comparables con lo que consiguieron algunos de sus
colegas británicos y norteamericanos, pero sería injusto despreciarlos con ese
ademán displicente que dedicamos a todo aquello que no nos parece lo
suficientemente moderno.
Mientras
esperamos que alguna compañía independiente recupere el catálogo de estos
artistas y lo reedite con rigor y dedicación (hay algunas iniciativas parciales
que permiten albergar cierta esperanza, como la recopilación “El soul es una
droga”, sobre los sonidos negroides producidos aquí en la década de los sesenta
y setenta), Televisión Española ha salido de su habitual letargo haciendo gala
de su mejor arma (su fantástico archivo), y ha emitido los nueve capítulos de
una programa de desafortunado título pero de fascinante contenido: “Música
ligerísima”, un recorrido por las músicas y los artistas de una época que va
desde l968 hasta 1978, diez años cruciales en los que pasamos del blanco y
negro al color más chirriante. Concebido con criterio, el programa pretende
homenajear al pop y al rock españoles y a todos los que lo hicieron posible,
para gozo de sus cada vez más escasos degustadores. Se pueden ver directamente en
su página web, y yo me trago todas las noches uno antes de dormir. Quizás por
eso mis sueños han adquirido últimamente la vertiginosa textura de un video
clip de Valerio Lazarov: qué flipe, colega.
"Música ligerísima, episodio 1"
domingo, 25 de enero de 2015
Cosas que hacer en Jaén cuando no tienes nada que hacer
Las capitales de provincia cuentan todas
con su cronista oficial, y una de las exigencias para auparlo a tal cargo es
que posea un nombre deliciosamente obsoleto: Telesforo, Aniceto, Arsenio, algo
así (sí, también vale Emeterio). También tienen su propio periódico, que indefectiblemente
acaba reutilizado para envolver los churros, aquí no se tira nada. El de Jaén
se llama Jaén hoy: no es
especialmente innovador ni en sus planteamientos ni en su diseño, reconozcámoslo,
pero absorbe la grasa estupendamente. En las capitales de provincia (y Jaén es
una de ellas, como Guadalajara o Teruel) se ven señoras estupendas que llevan a
sus hijos a las academias de inglés: los idiomas abren muchas puertas, ya se
sabe. En las capitales de provincia siempre se está casando alguien, es como si
no escarmentaran. En las capitales de provincia no tardas en encontrarte con
una delegación o subdelegación del Banco de España, un edificio feo y
antipático: para qué hacerlo atractivo, allí se
va a tratar de dinero, no a solazarse con su arquitectura. Por el contrario, y
quizás para compensar, en las capitales de provincia es fácil
encontrar uno de esos museos de segunda división a los que no van los turistas,
pero en los que puedes pasar el rato si te encuentras medio perdido un gélido
miércoles de enero. Y como ese es mi caso, pregunto por el Palacio de Villadompardo:
ahí mismo, me señala un labriego (o un campesino, no sé muy bien la
diferencia).
Se trata de un edificio renacentista
al que dotan de cierto aire levantino unas palmeras datileras a las que se
defiende contra el picudo rojo. Tras muchas vicisitudes ha acabado como centro
cultural multiusos, lo mismo vale para un roto que para un descosío. La entrada
es gratis, y lo primero que me encuentro es un patio de mucha prestancia, con sus arcos
y sus columnas. Me imagino que aquí es donde actúan todos los veranos las
compañías locales de aficionados, con sus familias rompiéndose las manos a
aplaudir. Pero hace un frío que pela, y me meto a ver lo que me han dicho que
es la joya del centro, cuya restauración les hizo merecedores de la Medalla de
Honor del Premio Europa Nostra.
Desciendo unas escaleras, saludo a un guardia
que se aburre (en las capitales de provincia siempre hay un guardia que se aburre)
y llego a los Baños Árabes, que datan del S. XI. Tienen una extensión de 450
m2, lo que los convierte en los más extensos y mejor conservados de Europa y el
Norte de África. Hay que reconocer que están impecables, qué gustazo da
comprobar que a veces nuestras autoridades dan buen uso a los fondos públicos.
Me paseo un rato entre las columnas, me siento en el aljibe, intento ponerme
andalusí pero no lo consigo, no funciona, me dejan un poco frío, todo está
demasiado bien acabado, carecen de la
lóbrega autenticidad de los de Ronda, que visité hace un par de años, qué le
vamos a hacer.
Subo de nuevo las escaleras,
consulto el folleto: resulta que la primera planta alberga el Museo
Internacional de Arte Naïf “Manuel Moral”. ¿Arte Naïf? ¿No es eso lo que hacen
los pintores de domingo, o las folklóricas cuando no están de gira? Uf, qué
pereza. Pero fuera sigue lloviznando, y de repente pienso que hay que dar una
oportunidad a la paz (yo me entiendo), adentro. La primera impresión es desarmante,
así ha de sentirse uno después de haberse bebido de golpe un cubata de Mimosín
muuuuuy cargado. Intento aparcar mis prejuicios y contemplo con esfuerzo
algunos de los cuadros: es como entrar a hurtadillas en el cuarto de aquella
tía solterona que todos tenemos, y que dedicó su vida a coleccionar cucharitas
de postre y a velar por su doncellez.
Leo que el Museo acoge más de seiscientas
obras, españolas y de países como Haití, Tibet (sic), Francia, Colombia, etc…
Al fijarme veo que la inmensa mayoría de las obras han sido donadas por sus
propios autores, y que casi todas ellas vienen firmadas por mujeres (y, no sé
por qué, me descubro pensando que es lógico: ¿son ellas naives y nosotros malîns?,
hum, arduo debate). Hay una que me hace mucha gracia, un collage de tejidos de
Marta Rodríguez Salmones, titulado “La coronación de S.M. el Rey Juan Carlos
I”, que confirma lo que yo hace tiempo sospechaba: la monarquía no es tanto una
forma de estado como un avatar de la fantasía, un recurso literario para sacar
a escena conceptos con poca salida estilística, como tronos, vasallaje o
hemofilia.
Un rey es una figura imaginaria, como un gnomo o un elfo, no tiene
nada que ver con la política, pertenece al ámbito mágico de las cosas (¿no
afirman tener sangre azul?: voilà). Uf, se me está yendo la chola: estoy
rodeado por demasiadas hadas, por demasiadas muñecas de porcelana, por
demasiados miriñaques y campanillas. Cuando empiezo a oler a lo que huelen las
nubes comprendo que tengo que salir: necesito algo más, euh, masculino. No necesito
buscar mucho: dos salas más allá se encuentra el Museo de Artes y Costumbres
Populares: es decir, cómo era el mundo antes del advenimiento de la Santa
Internet. Y (por cierto) era bastante tosco: venga carruajes, venga botijos,
venga hoces, venga guadañas… Esto es otra cosa, me tranquilizo.
A las seis y media me lo he visto
todo, y abandono el Palacio. Está anocheciendo, el frío se hace cada vez más
opresivo, me hago un selfie con el edificio de fondo, intento sonreír pero
estoy congelado, salgo con el careto que puso Scott poco antes de convertirse
en medallones de merluza en el Polo Sur.
¿Qué se me habrá perdido a mí en Jaén,
vamos a ver? No sé, quizás esté buscando alguna respuesta, a veces me pasa. ¿El
arte naïf es esa respuesta? ¿Debería ver el mundo con ese colorido, con ese
candor, con esa alegría un poco infantiloide? ¿Debería dejar el tenebrismo (por
seguir estirando la metáfora pictórica) y abrazar el universo pop? ¿Debería
olvidarme de mi atormentada personalidad tipo Montgomery Clif para adoptar el
luminoso optimismo de Doris Day? A lo lejos diviso el campanario de la
catedral, hacia él me dirijo (¿debería tirar a la basura mis discos de Leonard
Cohen, rebosantes de amargo cinismo, y sustituirlos por las mermeladas
filosóficas de los libros de autoayuda?). Las capitales de provincia son a
menudo inescrutables, hay que estar muy iniciado para entender sus mensajes,
saben ser retorcidamente sutiles. De repente levanto los ojos, ahí está.
Uf, un
poco duro, pero es así. Sí, ésa es la única certidumbre que nos queda, más
claro no se puede decir. Anulo mi propósito de visitar la catedral, total para
qué, me vuelvo al hotel a ver la tele, una película, un concurso, lo que sea:
cualquier cosa antes de enfrentarme al inapelable dictamen que descubrí en una
capital de provincia un miércoles de enero.
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