sábado, 4 de abril de 2015

El hombre de la linterna


Los peores eran los paracaidistas: en mitad de la proyección se ponían a cantar, o a empujarse, y no había quién se enterase de nada. Es verdad que aquellas películas de artes marciales no requerían excesiva concentración (todos los japoneses nos parecían iguales), pero siempre había quien llamaba al acomodador a voces, reclamando silencio. Saliendo sigilosamente desde algún lugar escondido, aparecía precedido por su linterna, ese sable de luz de andar por casa. En otras salas eran más corpulentos, o llevaban un uniforme con más galones, y solucionaban los problemas a las bravas, arrastrando a la calle a los alborotadores, incluso a mí me echaron alguna vez. Pero el del Cine Paz era flaco y desmedrado, no sería mucho más alto que yo. Sin apresurarse se acercaba a la zona de los paracas, y no sé cómo lo haría, pero les decía un par de cosas que no alcanzábamos a escuchar, se reían, y poco a poco iban callándose: una sábana de tranquilidad se extendía por la platea mientras los japoneses (quizás fueran chinos, quién sabe) seguían zurrándose la badana. Otras veces eran los de los pueblos vecinos, que venían a buscar bronca (y a ver alguna peli de destape): el acomodador se arrimaba a ellos como quien no quiere la cosa, les contaba un chiste, les vacilaba un poco, intercambiaban cigarrillos y aquí paz y después gloria. En todos los años que frecuenté aquella cueva llena de columnas mal colocadas y de butacas a medio disolver, no hubo ni un solo incidente que no resolviera con mano izquierda aquel señor del que nunca supe el nombre, pero al que yo hubiera puesto sin dudar como mediador entre árabes y judíos. Y si cuento esto es porque el otro día, y mira que han pasado años (ya solo veo cine en salas ultramodernas, donde la única interrupción son los omnipresentes móviles), creí reconocer a aquel acomodador de mi adolescencia sentado en un banco del parque, entregado a la espera sin recompensa. Al principio dudé, el tiempo le había reducido aún más, y el pelo era del color de la ceniza en otoño: un anciano indistinguible, quizás fuera otro, el parque estaba lleno de ellos. Pero cuando vi cómo engatusó a su perrito para que dejara de pelearse con un chihuahua me convencí: qué tío, no ha perdido maña.  



sábado, 21 de marzo de 2015

El último ácrata

Ácrata: qué bonita palabra. “Ni dios, ni amo, ni estado”, vi pintar en un muro cerca de la fábrica Roca, con soñadora caligrafía, a un barbudo con apretados pantalones de campana, atuendo que se demostró poco idóneo cuando a continuación tuvo que salir pitando delante de los grises, le hostiaron hasta en el cielo de la boca. Hoy ya no se lleva la acracia: todos somos demasiado serios, demasiado solidarios, estamos demasiado indignados. Pero hubo unos años, en aquella transición hoy tal maltratada, en los que los anhelos revolucionarios no eran incompatibles con el sentido del humor, con la ironía, con la arraigada convicción de que la risa es más disolvente que los cócteles molotov. Cualquier adolescente que se asomara a la vida por entonces (uno que fuera, yo qué sé, feúcho y entusiasta, y que soñara con escribir poemas y al mismo tiempo militar en un conjunto de punk-rock, por ejemplo, y que viviera en una ciudad no lejos de Madrid famosa por sus almendras garapiñadas y sus muchos conventos) no podía por menos que ojear fascinado “El Víbora”, o escuchar en la radio al Mariscal Romero, o leer vorazmente la miríada de revistas y fanzines (lo que entonces se llamaba la prensa underground o contracultural) que te demostraban que el mundo era algo mucho más enriquecedor que estudiar una carrera y encontrar un empleo. 

Una de esas revistas era “Madrid me Mata” (MmM), una de las innumerables intentonas de Moncho Alpuente para convertir un país gris poblado de oficinistas en una lisérgica explosión de colores. Creo que aún conservo varios números por casa, con aquel formato apaisado tan singular, junto con ejemplares de “Ajoblanco”, “Sal Común”, “Vibraciones” y otras flores de la época. Muchos de los artículos hoy en día serían sencillamente irreproducibles: nos hemos vuelto demasiado pejigueros, nuestra piel es tan fina como gruesa es nuestra capacidad para sentirnos ultrajados por cualquier comentario mínimamente humorístico. Sí, todos afirmamos ser Charlie, excepto cuando es a nosotros  (o a los nuestros, o a nuestra sacrosanta identidad) a quien se pone en solfa, entonces todos somos Coulibali.

Pero Moncho no fue solamente un periodista: fue uno de los primeros agitadores culturales, tanto en los mundos del teatro como en la literatura y la música. Ya en los amenes de la oprobiosa fundó algunos de los grupos más corrosivos e iconoclastas de la historia musical española: Las Madres del Cordero, al que siguió otra banda, también de nombre delirante: Desde Santurce a Bilbao Blues Band. Eran buenos tiempos para el humorismo musical: más o menos por entonces surgirían La Charanga del Tío Honorio y Desmadre 75, en Cataluña ya triunfaban La Trinca, y, unos años después, la Orquesta Mondragón alcanzaría el cielo con su mezcla de cabaret y surrealismo. Las Madres… tuvieron el único éxito entre muchas comillas que puede atribuírsele a Moncho: la impagable “Adelante hombre del 600”, gloriosa burla del españolito medio, ese que renunció a sus ideales democráticos a cambio de poseer esa perfecta máquina automovilística con la que identificamos el desarrollismo hispano.
Pero de repente vino la movida: todo el mundo se volvió moderno, todo el mundo se tiñó el pelo, todo el mundo se infantilizó. A consecuencia de esa brusca mutación cultural, el frágil entramado musical construido hasta entonces por el antifranquismo se fue al garete, y los cantautores volvieron a sus clases de Lengua y Literatura en los Institutos de Segunda Enseñanza. Pero Moncho, un superviviente al fin y al cabo, supo olfatear los tiempos, y sin perder mordacidad se recicló en otro grupo de nombre no menos ingenioso (Moncho Alpuente y los Kwai), con los que obtuvo algún éxito menor (“Carolina querida”). A partir de ese momento, y sin renunciar a puntuales incursiones musicales, Moncho se concentró en su faceta periodística y humorística. El que esto suscribe recuerda las panzadas a reír que le produjo El País Imaginario, aquella disparatada separata que, hacia 1985, empezó a publicar en El País, y que duró unos años. Sé que puede sonar a retruécano literario, pero hoy en día aquellas noticias inventadas por Moncho y su equipo no tendrían cabida en “el diario global en español”, por la sencilla razón de que el periódico de Cebrián y sus secuaces ya hace mucho tiempo que se dedica de pleno al periodismo imaginario, tal y como hemos comprobado con el feo affaire del acoso y derribo de Tomás Gómez.
Pero estábamos hablando de Moncho Alpuente. Sí, ya sé que he titulado este artículo / réquiem / homenaje / cosa como “El último ácrata”. ¿De verdad lo es? Murieron Agustín García Calvo, el Maestro Reverendo e Iván Zulueta, Sisa y Pau Riba están desaparecidos en combate, no sé nada de Nazario ni del Mariscal Romero ni de Chicho Sánchez Ferlosio, Sabina está abotargado por su propio éxito, Gonzalo García Pelayo hace mucho que ha abandonado su vertiente contracultural para dedicarse al muy lucrativo hobby de reventar casinos, Lluis Llach se ha convertido en requeté catalanista… Únicamente Krahe sigue dale que te pego, fiel a su ideario antidogmático y sandunguero. Uf, pues va a ser que sí: la cantera ácrata ya hace tiempo que no produce frutos apreciables. Y por si a alguno de mis muy improbables lectores se le pasa por las mientes que Podemos podría aglutinar a los ácratas supervivientes, le recuerdo que una de las obsesiones de Pablo Iglesias y su gente es el poder, concepto que a un verdadero ácrata le ha de provocar sarpullidos sin freno.
En fin, Moncho, no tengo mucho más que decirte. Aquel adolescente feúcho y entusiasta que devoraba tus fanzines y tus canciones allá por los primeros ochenta ya no es un adolescente, y mentiría si te dijera que he hecho de la acracia un modo de vida (¡hasta estoy pagando una hipoteca!): muy a mi pesar me he dejado devorar por el odioso establishment. Pero a veces (esto que quede entre nosotros) se me enturbia la cabeza y me pongo melancólico, intuyo que hay otra vida por ahí que se nos escapa, más libre, más auténtica. Sin ir más lejos, la otra noche, cuando estaba cenando en uno de esos restaurantes tecnoemocionales tan caros que últimamente frecuento, al mirar fijamente la pijada que iba a comerme me di cuenta de lo muy gilipollas que nos estamos volviendo todos. Pedí educadamente permiso para ir un momento al baño, y al llegar allí cerré el pestillo, comprobé que no me veía nadie, saqué un bolígrafo que siempre llevo conmigo y escribí en la pared “Ni dios, ni amo, ni estado”. No creo que sirva de mucho, la verdad, pero te juro que salí del baño con una sonrisa de oreja a oreja.            

jueves, 12 de marzo de 2015

Estampas británicas. Nº 1: Christopher Hitchens

       Es curioso: a pesar de considerarme ateo, me causa cierto desasosiego determinados ataques a la Iglesia Católica o al Cristianismo en general. No me refiero a esa inquina burda, propia de tertulias de bar, del que asegura que todos los curas son pederastas y que la jerarquía eclesiástica está formada por una panda de retrógrados oscurantistas que aspiran a vivir sin hacer nada útil gracias a nuestros impuestos. Intuyo que atacar a la Iglesia, hoy en día, es buscarse un adversario torpe y sin reflejos, al que su propio boato y el espesor de sus dogmas imposibilitan para devolver los sarcasmos y las puyas que le vienen encima.

         No seré yo quien defienda a la multinacional más eficaz de los últimos dos mil años (de eso ya se encargan los apolillados columnistas del ABC, el diario de las grapas equidistantes), pero, en mí nada modesta opinión, dedicar tiempo y esfuerzo a desgarrarnos las túnicas ante los ultramontanos dicterios de la Curia Romana tiene más que ver con nuestra necesidad de reafirmar una tambaleante identidad izquierdista (zurrar a la Iglesia te permite recuperar los puntos que perdiste de tu carnet de progre cuando te compraste esa desaforada televisión de plasma) que con una supuesta alarma por un regreso a los años de la frailocracia. Llamadme frívolo si queréis, pero estimo que ante las encíclicas del Papa y ante las tronituantes opiniones de nuestra castiza Conferencia Episcopal hay que comportarse como lo hacemos con esos enajenados que nos juran haber sido abducidos por visitantes del planeta X-25, del que han regresado con la conciencia expandida: nos reímos blandamente de su locura, no nos atrevemos a llevarles la contraria, hasta les preguntamos si en X-25 el IVA es más reducido que en el nuestro, pero nos abstenemos de ensañarnos con ellos, bastante tienen con lo suyo.

      ¿Y a qué venía todo esto? Ah, sí: como ya he explicado, me resulta ligeramente / bastante démodé que se critique a la Iglesia, ya que es lo mismo que censurar a la navegación a vapor por ser excesivamente lenta, o escandalizarse ante la ineficacia de los sacrificios rituales como método para atajar las epidemias. Por eso, reconozco que abrí con cierta prevención, allá por el verano de 2009, el libro que me descubrió a Christopher Hitchens: “dios no es bueno”. Apenas conocía la reputación del polemista británico, pero a medida que atravesaba las páginas del ensayo se me antojó que la indudable brillantez expositiva del autor y su vigoroso uso del lanzallamas se desperdiciaban en una presa menor. Sin necesidad de tanta erudición, cualquier comecuras de provincias hubiera llegado a la misma conclusión de que las instituciones religiosas son un bochornoso anacronismo en la (supuesta) edad de la razón. Para este viaje no hacía falta alforjas, podría haber dicho cualquier adicto a las frases hechas.

         Pero lo uno no quita lo otro. Al terminar el libro comprobé que, además de ser un polemista de primera, Hitchens entroncaba en la tradición británica de los grandes ensayistas políticos, cuyo representante más eximio es Orwell, pero que en estas últimas décadas ha suministrado una serie de nombres a los que agradezco que, con sus libros, hayan intentado convertirme en alguien menos ignorante: Hobsbawn, Judt, Robin Lane Fox, Peter Watson, Niall Ferguson, incluso nuestro Ian Gibson. Pensadores a los que no les importa cargar con el desdoro de escribir con claridad, algo para lo que parecen genéticamente incapaces toda esa patulea de sacamuelas franceses (Lyotard, Debord, Bordieau) a los que he leído sin entender ni papa (con Foucault ni lo he intentado). Hum, musité al cerrar “dios no es bueno”, habrá que darle otra oportunidad al autor.

         Y como soy hombre de palabra, en el verano de 2011, junto a los acantilados de Cadavedo, me adentré en “Amor, pobreza y guerra”, una recopilación de artículos en los que, en su mayor parte, Hitchens defendía y argumentaba su toma de postura a favor de la última (por el momento) Guerra del Golfo, la invasión norteamericana de Irak que condujo al ajusticiamiento final de Sadam Hussein. A decir verdad, conforme leía el libro no tuve la impresión de que el autor estuviera defendiéndose: más justo sería decir que arremetía a toda máquina contra todos aquellos que habían adoptado la decisión contraria. Aunque no todos los artículos me interesaron por igual (algunos exigían un conocimiento exhaustivo de los meandros de la política estadounidense), aprecié en su justa medida que el autor tuviese la valentía de adoptar una postura tan poco popular, y que desplegase para ello una capacidad de argumentación tan formidable como para llegar a erosionar algunos de los sillares sobre los que se asienta mi inveterado pacifismo. Al cerrar el libro, a pesar de todo, permanecí fiel a mi negativa a la guerra (buen intento, Mr. Hitchens, pero no), embargado por la íntima satisfacción de comprobar que no hay lectura más productiva y estimulante que aquella que nos pone a prueba, de la misma forma en que nada existe más pernicioso que limitar nuestra dieta intelectual a aquellos libros destinados únicamente a reforzar nuestras certezas. A partir de aquel momento, y por mucho que sus detractores se empeñasen en calificarle como neoconservador y belicista, Christopher Hitchens contaba con un (devoto) lector más.

        Ya estamos en marzo de 2013, fecha en la que tiene lugar mi tercera y definitiva aproximación al universo hitchensiano: su esperada autobiografía “Hitch-22” ha entrado directamente al selecto grupo que forman aquellas obras que, más pronto que tarde, habré de releer. Dando por descontados la brillantez y el brío marcas de la casa, estas memorias (adecuadamente subtituladas “Confesiones y contradicciones” en su traducción española) ejemplifican de forma harto gráfica esa voltereta que ha dado la historia de las ideas políticas en los últimos cuarenta años, durante los cuales el formidable huracán que soplaba desde la izquierda en los años sesenta ha ido perdiendo paulatinamente vigor, para convertirse en la actualidad en un no menos abrumador tsunami (con rachas que va de lo alarmante a lo muy alarmante) y que sopla sin obstáculos desde lo más profundo de la derecha económica. ¿Quiere esto decir que, a lo largo de su vida, Hitchens traicionó sus ideales progresistas para (¡vade retro, Satanás!) mutar en adalid del neoconservadurismo más recalcitrante? A ver, no seamos simples, escondamos ese pequeño (¡qué coño pequeño: enorme!) Torquemada que dormita dentro de cada español y pensemos un poco con la cabeza.

       Hace ya tiempo leí, no sé dónde y dicho por no sé quién (esta maldita manía que tengo de no apuntar las cosas) un aserto que me hizo reflexionar: “El que de joven no es de izquierdas, no tiene corazón; el que de mayor no es de derechas, no tiene cerebro”. Las casi quinientas páginas de “Hitch-22” nos ayudan a bucear dentro de esa elegante paradoja. En el capítulo adecuadamente titulado: “¿Declive, mutación o metamorfosis?”, el autor recuerda un párrafo de su contemporáneo y amigo Julian Barnes, en el que se habla de “el giro ritual a la derecha” por el que han de pasar, indefectiblemente, todos aquellos que, en algún momento de su vida, se autodefinieron como izquierdistas, progresistas o incluso revolucionarios. Glups: ¿es así de fácil? ¿así de irremediable? ¿estamos ante una ley cuasibiológica, como la alopecia o la menopausia? Más importante aún: ¿me volveré yo de derechas? ¿Empezarán a gustarme los polos con la banderita de España, los toros, el despido libre, la xenofobia… en definitiva, todos los tópicos con los que se asocia tal opción política? Peor aún: ¿abjuraré de mi apasionada militancia rojiblanca y me pasaré al lado blanco de la Fuerza? Uf, me está dando un sofoco, necesito echarme agua en la cara…

        En fin, aparquemos la ironía, lenguaje que (a pesar de haber sido llevado a lo más alto por nuestro compatriota Cervantes) es comprendido en España aún peor que el inglés. En el manido debate izquierda / derecha, en lugar de descalificar a todos aquellos que cuestionan los anticuados mapas por los que nos regimos, deberíamos buscar cartógrafos que nos indicasen dónde está la una y dónde está la otra. Deberíamos incluso arriesgarnos a descubrir que ambos continentes, antaño en las antípodas el uno del otro, hoy están más próximos de lo que nos conviene admitir. En política, saber dónde están las ideas es mucho más importante que saber dónde están las personas. Hora es ya de que acabemos con esta ficción que alimenta las fantasías de muchos de los guardianes de la ortodoxia, que afirman que la izquierda está donde están ellos. Si eso no es egocentrismo (o, para ser exactos, egoizquierdismo), que venga el Che Guevara y lo vea.

       Pues bien, en “Hitch-22” el polemista británico se convierte en autorizado dragomán de este viaje en busca de la verdad, aún a costa de dibujar el mapa sobre jirones de su propia piel. El lector asiste a una revisión minuciosa y sin reservas de todos y cada uno de los fundamentos de la izquierda occidental, eviscerados por la formidable energía intelectual del apasionado Hitchens, comprobando que es posible mantener la coherencia siendo al mismo tiempo partidario de la Guerra del Golfo y furibundo detractor de todo tipo de religiones. Al lado de tal proeza, la cuadratura del círculo es un juego de niños.  

    Bueno, bueno, maticemos: a pesar de mantenerse inmune al atractivo de las religiones, hay circunstancias que incluso a alguien tan radical como Hitchens no le pueden dejar indiferente. Cuando se entera, ya largamente entrado en la madurez, de que su familia posee sangre judía, su reacción refleja (una vez más) todas las contradicciones que atenazan a la izquierda occidental. Será el novelista Martin Amis quien, informado de la nueva condición de su amigo, escenifique la incapacidad patológica de su entorno para enfrentarse desprejuiciadamente al llamado conflicto de Oriente Medio: Amis reconoce sin ambages tener envidia de su camarada, pues, de golpe y porrazo, ha adquirido una especie de aureola de trascendencia, un sello de intangibilidad histórica con el que la inteligencia occidental ha envuelto a todo lo que tenga que ver con la tan traída y llevada Cuestión Judía, y que podría resumirse con la siguiente aporía: ¿Qué partido tomar en una guerra en la que las dos partes se proclaman (y las proclamamos) víctimas? Una muestra sangrante de que, hoy en día, abundan los problemas políticos que ni siquiera alguien tan libre como Hitchens puede abordar sin desprenderse de sus anteojeras ideológicas.

            Pero además de un vademécum de la confusión política contemporánea, “Hitch-22” es una autobiografía, la transcripción literaria y forzosamente subjetiva de una vida. Y aunque en algún momento puede caer en la tentación del namedropping, no podemos por menos que reconocer que estamos ante un relato lleno de brío y pasión, desbordante de ese patrimonio inmaterial de la humanidad que conocemos como humor inglés. Como cada uno tenemos nuestras obsesiones, permitidme que reproduzca un párrafo que me hizo singular gracia, y en el que Hitchens nos cuenta su tonificante dieta alcohólica:

            “(…) En torno a las doce y media, un buen trago del reconstituyente del señor Walker, mezclado con agua de Perrier (un sistema ideal) y sin hielo. A la hora de comer, quizá media botella de vino tinto: no siempre más, pero nunca menos. Después vuelvo a la mesa, preparado para repetir el tratamiento en la comida de la noche (…) Las copas dependen de lo bien que haya ido el día, pero siempre el combinado de antes: nada de enredar con ginebra aquí y vodka allá (…)”

            ¿Por qué los intelectuales españoles (con la gozosa excepción de Fernando Savater) lucen tan sosos, tan pálidos, tan monaguillescos en comparación con el dionisíaco Hitchens? Encerrados en sus cómodas certezas, nuestros reconcentrados compatriotas se muestran más preocupados por mantener a toda costa su estatus libertario, guardándose de adentrarse en excursiones ideológicas por terrenos pantanosos. Aterrados ante la posibilidad de ser motejados como chaqueteros, traidores o (directamente) fascistas, nuestros pensadores, en lugar de intentar atraer con sus escritos a nuevos adeptos para la causa, prefieren recolectar el aplauso fácil de los suyos, gracias a lo cual los periódicos están plagados de artículos terroríficamente banales y retóricos, cuidadosamente pergeñados para evitar herir cualquier tipo de sensibilidad, especialmente aquellas que provienen de una minoría (y hoy en día todos nos refugiamos en una). Eso sí, cuando por fin deciden salir de su refugio es peor, pues, como hacía Tarzán con las lianas, solo sueltan una ortodoxia para aferrarse a otra, tal y como demuestra la hornada de antiguos ultraizquierdistas que hoy en día publicitan desde jugosas tribunas (Roma sí paga traidores) las excelencias del libre mercado.

            Apenas unos meses después de dejarme embriagar por la estimulante lectura de “Hitch-22”, su autor fallecía en Texas a la improbable edad de 62 años, víctima de un cáncer. La prensa se ocupó con profusión de su dolorosa agonía, quizás esperando una retractación en su firme rechazo de la religión. Hitchens no solo eludió con elegancia las trampas de la fe, sino que se convirtió en una mezcla de apóstol y mártir de la causa del ateísmo (tal y como atestiguan los numerosos debates en los que intervino, y que hoy pueden encontrarse con facilidad en youtube), circunstancia que, sin duda, habrá provocado más de una nostálgica carcajada entre el círculo de sus incondicionales, entre los que me cuento (“¿qué hubiera pensado Hitch de esto?”, no puedo evitar fantasear cuando la actualidad nos sirve alguna noticia descabalada). Un referente más que se pierde, y los puntos cardinales están cada vez más borrosos.

            CODA: Aquí finalizaría mi relación (por libros interpuestos, pero no por ello menos intensa) con el escritor inglés, de no ser por uno de esos avatares (por decirlo de alguna forma) que nos demuestran que la vida es una formidable caja de sorpresas. Me explicaré: un año y medio después de la muerte de Hitchens, en mayo de 2014, cumplí cincuenta años, y para celebrar tamaño acontecimiento mi novia y yo decidimos pasar unos días en Venecia. Tranquilos, os ahorraré toda la quincallería descriptiva (¡pero qué ciudad!), e iré al grano. 

       La noche del doce, el día de mi cumpleaños, nos encaminamos hacia el “Harry’s Bar”, dispuestos a brindar con una copa de Bellini, ese cóctel que tantos momentos de placer ha provocado a dispsómanos de medio mundo, y que fue inventado allí. El pequeño bar estaba abarrotado de gente, y solo a duras penas conquistamos un hueco en la barra. Pedimos la especialidad de la casa, y ya habíamos entrechocado nuestras copas cuando se fueron nuestros vecinos de la derecha, siendo inmediatamente sustituidos por dos mujeres indudablemente norteamericanas, con toda probabilidad recién desembarcadas de algún crucero. Más o menos de mi edad, peripuestas, guapas a su manera, adictas sin duda al gimnasio y al aggiornamiento estético. Alegres y confiadas ciudadanas del mundo, varios escalones por encima de los sacafotos, unos pocos por debajo del verdadero cosmopolitismo. Elvira y yo levantamos nuestros Bellinis hacia ellas, que nos correspondieron: un signo de complicidad entre los turistas que nos jactamos de no serlo. Fue al pedir refuerzos al camarero cuando noté que alguien había atracado junto a las dos señoras. A pesar de situarse en mi ángulo ciego, pude percibir los contornos de un hombre de robusta constitución, bien vestido pero mal afeitado, que estaba haciendo reír a aquellas dos gallinitas de Brooklyn (un suponer) con su recio acento cockney. Nada nuevo bajo el sol: el recurrente ciclo cinegético, la eterna zarabanda del depredador y la presa. Cuidado, advertí mentalmente a nuestro Romeo, éstas tienen espolones. A la tercera carcajada no pude evitar volverme, y al mirar al tipo me asaltó un atisbo de intriga: y a mí que esta cara me suena. Durante unas décimas de segundo (quizás algo más: los dos Bellinis ya estaban haciendo de las suyas) analicé, calculé, rebusqué, deseché. No, cómo va a ser. A ver si dejas de cotillear, me interrumpió Elvira, tironeándome de la manga de la chaqueta. No te lo vas a creer, le repliqué, pero el que está detrás de mí es un escritor inglés al que admiro mucho. No le conté que en realidad estaba muerto, qué necesidad había de alarmarla. Disimulé como pude el desconcierto, tamborileé con los dedos sobre la madera de la barra, me bebí de un trago lo que quedaba de copa. El alboroto a mis espaldas se iba transformando paulatinamente, la voz del hombre se hizo menos acechante, se convirtió en un melodioso solo de saxofón. Vaya pájaro tu amigo el escritor, me informó mi novia, que estaba frente a ellos, se va a pegar un atracón de padre y muy señor mío con esas dos cacatúas. No pude resistirlo más: dejé el vaso vacío sobre la barra y me di media vuelta. No, claro que no era Hitchens, qué tontería. Se daba un aire, de acuerdo, pero éste tenía el pelo más castaño, y los ojos eran oscuros y huidizos. Era otro, vaya. Nos sonreímos, yo a consecuencia del alivio, él por razones que desconozco. Me volví suspirando, y levantando mi copa vacía le hice al camarero ese gesto universal del que solicita más combustible. De eso nada, monada, me reconvino amablemente Elvira, nos vamos. Nos pusimos los abrigos: mayo, en Venecia, puede ser muy inclemente. Mientras pagábamos comprendí que la suerte estaba echada: el hombre había elegido a la más pimpolluda, a la que engatusaba con lindezas al oído, mientras que la otra removía mecánicamente el hielo de su combinado. Pura selección natural, mascullé, incrédulo aún de que, aunque solo hubiera sido durante unos segundos, hubiera confundido a aquel pichabrava con mi admirado Hitchens. Eso sí: no puedo asegurarlo con certeza, pues ya estábamos casi fuera, pero según salíamos me pareció que el tipo llamaba al camarero y le pedía una copa del reconstituyente del señor Walker. No sé, a veces mi inglés no es tan bueno como yo quisiera, y además estaba un poco curda, lo más seguro es que me confundiese.


sábado, 7 de febrero de 2015

Lennon & Yoko, Suite 1742


   ¡Qué incómodos son algunos mitos, qué indigestos! En “La Térmica”, aquí en Málaga (avenida de los Guindos, 48), dedican una exposición a las fotografías que Bruno Vagnini realizó a John Lennon y Yoko Ono en la Suite 1742 del Hotel Queen Elizabeth de Montreal, con ocasión de aquel happening con el que la pareja más crucificada del mundo en aquellos momentos (escúchese “The ballad of John & Yoko”) protestaba a su manera contra la guerra de Vietnam. Es el día 31 de mayo de 1969, y quedan un año y siete meses exactos para que se disuelva la banda de rock and roll más famosa de todos los tiempos.
              Durante toda una semana, el aún Beatle y la aún artista conceptual se meten en la cama y no salen de ella (un Bed-In, lo bautizaron). Si tenemos en cuenta que se habían casado en Gibraltar apenas pocos días antes, cabe deducir que dedicaron su luna de miel, en lugar de jugar a médicos y enfermeras, a hablar con los periodistas, soltar soflamas políticas y cantar la horrorosa “Give peace a chance”. Para más inri, los pijamitas que luce John son lo menos avant-garde que imaginarse pueda, y recuerdan mucho a los que llevaba Jose Sazatornil en “La escopeta nacional”, para escarnio de su amante, una Mónica Randall con ganas de guerra, y no precisamente la de Vietnam. Del estilismo de Yoko, mejor ni hablamos.

       Es al ver estos retratos, en las antípodas de los cánones al uso (Vagnini era un estudiante italiano de Fotografía en la Academia de Bellas Artes de Montreal, y su acceso a la mítica Suite 1742 fue fruto de un enrevesado cúmulo de casualidades), cuando nos acecha (o por lo menos a mí me acecha) una duda: ¿de verdad éramos tan ingenuos? Quita ingenuos y pon mitómanos: ¿de verdad éramos tan mitómanos? Quita mitómanos y pon tontos de culo: ¿de verdad éramos tan tontos del culo? Es difícil explicar cómo pudimos tragarnos sin rechistar una melonada de tal calibre y convertirla en un acto de profunda significación pacifista. La propia Yoko (que de tonta no tenía un pelo) se apresuró a calificar el Bed-In como “una performance que cuestiona las definiciones de identidad, privacidad y espacio”. Toma geroma pastillas de goma. No, definitivamente no: hoy en día, con lo cínicos que nos hemos vuelto, nadie se atrevería a hacer una cosa de estas, por miedo a ser escarnecidos hasta límites inverosímiles. Echarse un cubito de agua por encima para luchar por no sé qué enfermedad: bueno, bien, pero de ahí es mejor no pasar, las marcas comerciales que te esponsorizan pueden retirarte su patrocinio, aterradas por perder cuota de mercado.

     Sí, ya, todo lo que quieras: pero ante estos recuerdos de una época que no viví me brota una sonrisa de añoranza, de vaga melancolía por aquello que pudo ser y no fue. Es una melonada, de acuerdo, pero también uno de los últimos estertores de aquella década milagrosa en la que todo o casi todo podía pasar. Luego no pasó nada, hasta ahí podríamos llegar, y la guerra de Vietnam se cobraría una obscena cantidad de víctimas en uno y sobre todo en otro bando, y total para qué. Y vendrían más guerras, y ya nadie se metió en la cama para protestar, y ahora mismo (mientras escribo estas líneas) seguro que se están zurrando en montones de sitios por todo el planeta (lo de Ucrania parece inminente), pero no se me ocurre otra cosa que pedir a un hipster que pasaba por allí que me haga una foto contra ese fondo, mentiría si no dijera que me hizo ilusión.


            Postdata: llego a casa dándole vueltas al asunto (qué obsesivo soy a veces), no saco nada en claro. Para precipitar las cosas me pongo a toda castaña el “Made in Japan” (¿qué tendrá que ver lo uno con lo otro?), una idea atraviesa mi cabeza, y me digo ¿por qué no? ¿Sí? ¿En serio? ¿Lo vas a hacer? Pues claro que sí, menudo es el nene, me vengo arriba, saco la guitarra, me peino con raya en medio, consigo unas gafitas redondas y me monto un Bed-In sin finalidad precisa, más que nada por enredar. Cuando ya llevo un rato y nadie me hace caso (mi Yoko Ono particular se niega a llamar a los periodistas) amenazo con no salir de aquí hasta que el Atlético no se vengue por la afrenta de Lisboa. Temblad, madridistas: pienso llegar hasta el final. 

martes, 3 de febrero de 2015

“Los jardines secretos de Mogador”, de Alberto Ruy Sánchez (Anagrama, 2001)


       Desconfío de las novelas que se presentan como “una exploración del deseo” y que, a mayor abundamiento, te presentan una tía en bolas en la portada: a otro perro con ese hueso. Desconfío de los escritores que reutilizan / deconstruyen / plagian el esquema narrativo de “Las mil y una noches”. Desconfío de las historias que transcurren en uno o en varios jardines, las plantas no suelen ser personajes apasionantes. Desconfío de la prosa poética: eliminadas las restricciones y la capacidad de síntesis que se exige a la verdadera poesía, se cae sistemáticamente en el lirismo de garrafón, consistente en acumular conceptos satinados y lustrosos como quien acumula mala madera para el invierno que se avecina a pesar de no tener chimenea. Desconfío de los libros que recurren a ilustraciones supuestamente estetizantes (letras o frases de alfabetos remotos, por ejemplo): normalmente se trata de un señuelo para disimular la falta de profundidad. Desconfío de la utilización de escenarios exóticos en tiempos históricos indeterminados, es una forma de tangar al lector con mercancía caducada y en mal estado. Desconfío de las alusiones y los juegos metaliterarios que tienen como protagonista a Borges, dejen al pobre hombre en paz. Desconfío de los textos con alta carga sensorial en los que los pezones saben a ciruela almibarada y el coito no es más que una filigrana muy etérea. Desconfío de los autores que presumen de haber estudiado con Roland Barthes y con Gilles Deleuze: vaya un par de cantamañanas. Desconfío de los títulos que incorporan la palabra “secreto”, ya somos muy mayorcitos para andarnos con tonterías. Desconfío de las ficciones que transcurren en Mogador (la actual Essaouira), temo que vulgaricen uno de los escasos sitios en el mundo en los que se mitiga mi angustia. Desconfío de los narradores soberanamente cursis, me dan ganas de meterles la lira por el culo. Llamadme desconfiado si queréis, pero yo soy así. 


martes, 27 de enero de 2015

Música ligerísima


¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cuarenta años ya! El próximo veinte de noviembre se cumplirán cuatro décadas desde que aquel señor bajito abandonó el establecimiento para no volver jamás, por utilizar un símil muy apreciado por los camareros. No es éste el lugar para analizar aquel régimen ominoso y estúpido, pero sí para hablar de alguna de sus consecuencias, por muy colaterales que estas sean. Y una de las más perniciosas es el desdén que sufren hoy en día muchas manifestaciones artísticas y culturales que eclosionaron en aquellos años plomizos, lo que les ha acarreado la etiqueta de ser políticamente sospechosas, cuando no directamente cómplices.
            Centrémonos en lo que me interesa: por decirlo pronto, España nunca fue una potencia musical de primer orden, y menos aún en las condiciones de aislamiento y hostilidad que imponía la dictadura (impagable el locutor del No-Do que, al comentar la visita de los Beatles a Madrid y Barcelona, se refiere a los Fab Four como “los melenudos”). Pero en el periodo que va de 1960 a 1975, y a pesar del casticismo reinante y la decidida incomprensión de las autoridades, en nuestro país se crearon músicas y canciones que no convendría menospreciar al calificarlas simplemente como “Banda sonora de Cuéntame”. No quiero ponerme prolijo, pero es ese periodo de tiempo publicaron lo mejor de su discografía el Dúo Dinámico (ya sé que ahora nos parecen un chiste, pero fueron los primeros en hacer twist en España), los Brincos, los Canarios, Pau Riba (cantando en catalán, que conste), Joan Manuel Serrat, los Pekenikes, Cecilia, los Módulos, Nino Bravo, Sisa, Smash, Miguel Ríos y un largo etcétera. Es cierto que sus logros no son ni remotamente comparables con lo que consiguieron algunos de sus colegas británicos y norteamericanos, pero sería injusto despreciarlos con ese ademán displicente que dedicamos a todo aquello que no nos parece lo suficientemente moderno.
            Mientras esperamos que alguna compañía independiente recupere el catálogo de estos artistas y lo reedite con rigor y dedicación (hay algunas iniciativas parciales que permiten albergar cierta esperanza, como la recopilación “El soul es una droga”, sobre los sonidos negroides producidos aquí en la década de los sesenta y setenta), Televisión Española ha salido de su habitual letargo haciendo gala de su mejor arma (su fantástico archivo), y ha emitido los nueve capítulos de una programa de desafortunado título pero de fascinante contenido: “Música ligerísima”, un recorrido por las músicas y los artistas de una época que va desde l968 hasta 1978, diez años cruciales en los que pasamos del blanco y negro al color más chirriante. Concebido con criterio, el programa pretende homenajear al pop y al rock españoles y a todos los que lo hicieron posible, para gozo de sus cada vez más escasos degustadores. Se pueden ver directamente en su página web, y yo me trago todas las noches uno antes de dormir. Quizás por eso mis sueños han adquirido últimamente la vertiginosa textura de un video clip de Valerio Lazarov: qué flipe, colega.  


                                                       "Música ligerísima, episodio 1"

domingo, 25 de enero de 2015

Cosas que hacer en Jaén cuando no tienes nada que hacer

            Las capitales de provincia cuentan todas con su cronista oficial, y una de las exigencias para auparlo a tal cargo es que posea un nombre deliciosamente obsoleto: Telesforo, Aniceto, Arsenio, algo así (sí, también vale Emeterio). También tienen su propio periódico, que indefectiblemente acaba reutilizado para envolver los churros, aquí no se tira nada. El de Jaén se llama Jaén hoy: no es especialmente innovador ni en sus planteamientos ni en su diseño, reconozcámoslo, pero absorbe la grasa estupendamente. En las capitales de provincia (y Jaén es una de ellas, como Guadalajara o Teruel) se ven señoras estupendas que llevan a sus hijos a las academias de inglés: los idiomas abren muchas puertas, ya se sabe. En las capitales de provincia siempre se está casando alguien, es como si no escarmentaran. En las capitales de provincia no tardas en encontrarte con una delegación o subdelegación del Banco de España, un edificio feo y antipático: para qué hacerlo atractivo, allí se va a tratar de dinero, no a solazarse con su arquitectura. Por el contrario, y quizás para compensar, en las capitales de provincia es fácil encontrar uno de esos museos de segunda división a los que no van los turistas, pero en los que puedes pasar el rato si te encuentras medio perdido un gélido miércoles de enero. Y como ese es mi caso, pregunto por el Palacio de Villadompardo: ahí mismo, me señala un labriego (o un campesino, no sé muy bien la diferencia).
            Se trata de un edificio renacentista al que dotan de cierto aire levantino unas palmeras datileras a las que se defiende contra el picudo rojo. Tras muchas vicisitudes ha acabado como centro cultural multiusos, lo mismo vale para un roto que para un descosío. La entrada es gratis, y lo primero que me encuentro es un patio de mucha prestancia, con sus arcos y sus columnas. Me imagino que aquí es donde actúan todos los veranos las compañías locales de aficionados, con sus familias rompiéndose las manos a aplaudir. Pero hace un frío que pela, y me meto a ver lo que me han dicho que es la joya del centro, cuya restauración les hizo merecedores de la Medalla de Honor del Premio Europa Nostra. 
       Desciendo unas escaleras, saludo a un guardia que se aburre (en las capitales de provincia siempre hay un guardia que se aburre) y llego a los Baños Árabes, que datan del S. XI. Tienen una extensión de 450 m2, lo que los convierte en los más extensos y mejor conservados de Europa y el Norte de África. Hay que reconocer que están impecables, qué gustazo da comprobar que a veces nuestras autoridades dan buen uso a los fondos públicos. Me paseo un rato entre las columnas, me siento en el aljibe, intento ponerme andalusí pero no lo consigo, no funciona, me dejan un poco frío, todo está demasiado bien acabado, carecen de  la lóbrega autenticidad de los de Ronda, que visité hace un par de años, qué le vamos a hacer.
            Subo de nuevo las escaleras, consulto el folleto: resulta que la primera planta alberga el Museo Internacional de Arte Naïf “Manuel Moral”. ¿Arte Naïf? ¿No es eso lo que hacen los pintores de domingo, o las folklóricas cuando no están de gira? Uf, qué pereza. Pero fuera sigue lloviznando, y de repente pienso que hay que dar una oportunidad a la paz (yo me entiendo), adentro. La primera impresión es desarmante, así ha de sentirse uno después de haberse bebido de golpe un cubata de Mimosín muuuuuy cargado. Intento aparcar mis prejuicios y contemplo con esfuerzo algunos de los cuadros: es como entrar a hurtadillas en el cuarto de aquella tía solterona que todos tenemos, y que dedicó su vida a coleccionar cucharitas de postre y a velar por su doncellez. 
        Leo que el Museo acoge más de seiscientas obras, españolas y de países como Haití, Tibet (sic), Francia, Colombia, etc… Al fijarme veo que la inmensa mayoría de las obras han sido donadas por sus propios autores, y que casi todas ellas vienen firmadas por mujeres (y, no sé por qué, me descubro pensando que es lógico: ¿son ellas naives y nosotros malîns?, hum, arduo debate). Hay una que me hace mucha gracia, un collage de tejidos de Marta Rodríguez Salmones, titulado “La coronación de S.M. el Rey Juan Carlos I”, que confirma lo que yo hace tiempo sospechaba: la monarquía no es tanto una forma de estado como un avatar de la fantasía, un recurso literario para sacar a escena conceptos con poca salida estilística, como tronos, vasallaje o hemofilia. 
       Un rey es una figura imaginaria, como un gnomo o un elfo, no tiene nada que ver con la política, pertenece al ámbito mágico de las cosas (¿no afirman tener sangre azul?: voilà). Uf, se me está yendo la chola: estoy rodeado por demasiadas hadas, por demasiadas muñecas de porcelana, por demasiados miriñaques y campanillas. Cuando empiezo a oler a lo que huelen las nubes comprendo que tengo que salir: necesito algo más, euh, masculino. No necesito buscar mucho: dos salas más allá se encuentra el Museo de Artes y Costumbres Populares: es decir, cómo era el mundo antes del advenimiento de la Santa Internet. Y (por cierto) era bastante tosco: venga carruajes, venga botijos, venga hoces, venga guadañas… Esto es otra cosa, me tranquilizo.

            A las seis y media me lo he visto todo, y abandono el Palacio. Está anocheciendo, el frío se hace cada vez más opresivo, me hago un selfie con el edificio de fondo, intento sonreír pero estoy congelado, salgo con el careto que puso Scott poco antes de convertirse en medallones de merluza en el Polo Sur. 
¿Qué se me habrá perdido a mí en Jaén, vamos a ver? No sé, quizás esté buscando alguna respuesta, a veces me pasa. ¿El arte naïf es esa respuesta? ¿Debería ver el mundo con ese colorido, con ese candor, con esa alegría un poco infantiloide? ¿Debería dejar el tenebrismo (por seguir estirando la metáfora pictórica) y abrazar el universo pop? ¿Debería olvidarme de mi atormentada personalidad tipo Montgomery Clif para adoptar el luminoso optimismo de Doris Day? A lo lejos diviso el campanario de la catedral, hacia él me dirijo (¿debería tirar a la basura mis discos de Leonard Cohen, rebosantes de amargo cinismo, y sustituirlos por las mermeladas filosóficas de los libros de autoayuda?). Las capitales de provincia son a menudo inescrutables, hay que estar muy iniciado para entender sus mensajes, saben ser retorcidamente sutiles. De repente levanto los ojos, ahí está. 
           Uf, un poco duro, pero es así. Sí, ésa es la única certidumbre que nos queda, más claro no se puede decir. Anulo mi propósito de visitar la catedral, total para qué, me vuelvo al hotel a ver la tele, una película, un concurso, lo que sea: cualquier cosa antes de enfrentarme al inapelable dictamen que descubrí en una capital de provincia un miércoles de enero.